Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 10
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Kathleen Strauss

La magia es tan poderosa que nos consume con tanta intensidad que se nos ha prohibido.

Así como la crisis del frenesí se propaga por las calles de la ciudad, las escasas reservas de sangre han condicionado el funcionamiento de mi hogar.

Por suerte, las runas que protegen las catacumbas en las que vivimos los miembros del Aquelarre del Cuervo, tienen la esencia de nuestras antepasadas y no necesitan tener a una bruja renovándolas constantemente.

—¡Convocad los escudos! —grita Calista al mismo tiempo que una luz tan cegadora como el sol recorra los pasillos de la guarida.

Estoy leyendo en la biblioteca cuando me veo obligada a extender mi mano y rodear mi cuerpo con una cúpula que disipa cualquier hechizo que pretenda matarme.

Escudo de bruja nivel alto. Si el enemigo piensa que Plaguen es fácil de asediar porque el estropicio que hicieron los de la Orden ha debilitado a sus brujas, están muy equivocados.

No solo canalizamos la magia a través de la sangre que bebemos, sino que los huesos de nuestras antepasadas nos dotan de la energía que necesitamos.

Y no hay que olvidar que acabamos de enterrar a nuestras tres madres bajo el mismo techo del lugar en el que vivimos.

—¿Otra vez? —formulo a través de mis pensamientos para asegurarme que mis hermanas me escuchen estén donde estén. Telepatía nivel bajo.

—Esta cría es incontrolable, no puedo más. ¿Cuándo me toca el relevo? —se queja Calista mientras la imagino con las manos en la cabeza.

—Ya voy, ya voy... —insta Edana con sus pasos haciendo eco en nuestros pasillos—. Esa perturbada me ha robado más tiempo de la cuenta.

—¿Te atreves a hablar así de la futura duquesa del norte? —En mi soledad se me escapa una carcajada que solo yo puedo escuchar.

—Lady Alia necesita terapia, os lo juro. No se conforma con que le congele la habitación, sino que me pide cosas que me dan dolor de cabeza.

—¿Ya no te la tiras, Edana? —Le desafío sin poder olvidar lo que vi aquella vez en el cuarto de baño de la stoker.

—¿Te has tirado a la lady de las nieves?

—¿No te lo he contado, Cali? Es que todo eso de consagrar los cuerpos de nuestras madres nos ha tenido muy ocupadas.

—Solo fue una vez. ¿Y qué pasa? La perturbada está bien buena.

—¿Piensas algún día besar a alguien que no esté loco?

—Mira quién habla. ¿Ya has recordado la cara del Maestro o necesitas otra chupadita?

—Lechuza endiablada —le insulto mientras me dirijo a la zona del incidente para asegurarme de que todo está bien.

—Pienso hacerme un abrigo con tu pelo, zorra —me responde ella al instante.

Fuera de mi cabeza la guarida se mantiene tranquila, en silencio como le gustaba a la Tríada.

En verdad las echo de menos, las brujas madres le daban sentido a todo esto de la magia.

Sé que, aunque hayamos estudiado todo lo que nos han enseñado, siempre había algo nuevo que aprender.

Sin ellas también se han vaciado las otras habitaciones, mis hermanas desertaron cuando estalló la rebelión y empezó la crisis del frenesí.

No las culpo, si yo tuviera dónde ir también habría desaparecido.

Pero Plaguen es mi razón de ser, incluso mi hermano Malik lo sabe y no me recrimina el simple hecho de que haya tomado la decisión de quedarme.

—Gracias a Santa Illythia que estás bien —Edana aparece frente a mí para abrazarme preocupada. Lejos de todo lo que hablamos a través de la telepatía, el afecto que nos tenemos es tan eterno como la noche.

—Ya sabes que pienso que ella no es nuestra diosa.

—Ay, cállate, Kath. Vayamos con Calista o se quedará calva de tanto estrés.

La cabellera rubia de Edana contrasta con el fuego de mis rizos. Nuestras maestras siempre decían que no podíamos estar juntas porque atraíamos el caos por donde caminábamos. Ahora no hay nadie que pueda separarnos, ni a nosotros ni a...

—¡Calista, por la diosa! ¿Qué estás haciendo? —se me escapa entre los labios cuando veo a la bruja de piel morena sujetando el largo cabello de la pequeña Seylah.

—Tranquila, tranquila... le estoy quitando el brebaje que se ha echado encima mientras aprendía alquimia.

—Perdonad, hermanas... he vuelto a brillar —La niña tiene una dulzura endemoniada. No podemos negar el simple hecho de la edad que tiene y el poder que está conteniendo en su interior.

—Ya te dijimos que esos hechizos están prohibidos en Plaguen, cariño—Verla tan frágil me hace ser cariñosa con ella, aunque en el fondo sé que es un monstruo disfrazado de muñeca de trapo.

—Vamos a ver, Seylah... no puedes lanzar rayos de sol cuando te venga en gana —Edana verbaliza lo que todas estamos pensando—. ¿No te das cuenta de que puedes matar a la gente?

—Salen cuando me enfado.

—Pues no te enfades —secunda Calista con los ojos en blanco—. Si no te controlas la corona de oro negro y rubíes te ejecutará por miedo a que destruyas su legado.

—Es que es muy difícil lo que me pedís... Odio la alquimia.

—Pues tienes que aprenderla para poder servir al reino ¿Lo entiendes? —Edana está imposible.

—Vale, ¿qué tal si hacemos algo más divertido? —Y de pronto me convierto en la voz de nuestras madres.

—Sí, sí... algo divertido.

—Eso, eso... —ironiza Edana—. ¿Qué vamos a hacer?

—Bueno, tenemos un salón de baile que decorar y seguro que la astalmancia de Seylah nos viene genial.

—No, no y no... —se niega Calista agitando los brazos nerviosa—. No podemos sacar a la niña de la guarida. Aquí su poder está confinado, pero allí afuera puede traernos problemas.

—¿Quieres subir al palacio, Seylah? —Mis hermanas tienen razón, sacar a la ocultista de las catacumbas significa poner en peligro a toda la sociedad vampírica.

—Sí, por favor...

—¿Y te vas a poner la pulsera cuando acabes de invocar flores? —Ella asiente con la cabeza mientras las otras no se dan por convencidas. Entonces extiendo mi dedo meñique y lo entrelazo con el suyo—. ¿Promesa de bruja?

—Promesa de bruja —repite ella justo antes de irse saltando de la habitación.

No me hace falta escuchar a mis hermanas para saber que no están de acuerdo con mi idea.

Tener contenta a la niña significa poder estar en calma por lo menos unas horas.

Ahora entiendo porque el aquelarre nunca reclutaba brujas tan pequeñas, son imposibles de controlar a no ser que bailes al son de sus exigencias.

Para mi fortuna he aprendido a tratar con ella.

Antes de coger el ascensor que nos sube al palacio, nos bebemos nuestra ración de plasma.

La niebla nos cubre por completo convirtiéndonos en cuatro figuras misteriosas.

Así como las otras y yo podemos evocar la confusión, ver a Seylah arrastrando su velo negro la delata demasiado.

Respiro aliviada al ver como la pulsera de sellado mágico resalta en su mano derecha, así no puede conjurar, más bien, hace que todos estén a salvo.

Desconozco los orígenes de la pequeña bruja.

El general Rhain la rescató durante la guerra contra Makabria y la adoptó como su hija, aunque nunca la pudo llamar stoker pues no hay sangre real corriendo por sus venas.

Cuando ella llegó a Plaguen, la Tríada tuvo una visión conjunta, la Profecía de la Ocultista.

En ese preciso instante, la corona fue advertida del arma que tenía entre las manos.

En resumen, una visión que hablaba de una bruja con un poder inmenso capaz de destruirlo todo.

La única con la capacidad de detener a aquel que uniera las tres reliquias de poder, un arma para proteger a los vampiros, pero también un peligro para nuestra raza.

La estrella más brillante iluminará el parto más sagrado.

El fatum se llevará a cabo con una luz tan intensa que matará a quien se acerque.

La madre deberá alumbrarla en soledad mientras la magia bendecirá el proceso.

Un cuerpo con las mancias condensadas en él.

Una vasija de poder y milagros con el riesgo de explotar.

El regalo para protegernos a todas de la extinción.

La maldición que puede traernos la pérdida de la civilización.