Corona de huesos y espinas (Corte de agua carmesí 2) 6
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Estevian tarda más de la cuenta en venir a mi habitación.

No le culpo, pues entiendo que tiene que dedicarle tiempo a lady Alia para planear su enlace.

Matrimonio, una palabra tan afilada como los dientes de un tiburón.

No soporto la idea hipotética de que la Corte de Agua Carmesí nunca llegue a existir.

Me duele, lo hace incluso más que los ardores que me producen los tres vampiros que descansan en mi aurane.

No lo puedo negar, el hecho de saber que mi relación con el stoker nunca va a ser normal es una herida que a veces sangra por dentro.

Si no hubiera acabado en tierra firme jamás hubiera vivido todo lo que he experimentado aquí.

En la sociedad submarina de Valhía el amor no existe, ni siquiera hay una palabra en sirénido para definirlo, en mi hogar solo hay supervivencia.

A pesar de todo, estoy vinculado a la familia real de Plaguen de todas las maneras posibles.

Por un lado, estoy enamorado del príncipe caído.

Y por el otro, porto la próxima descendencia de la corona de oro negro y rubíes.

Me quito la salina y la tierra justo después de cenar algunos langostinos crudos dispuestos sobre mi mesa.

A diferencia de mi anterior cuarto de baño, este ha sido construido para la realeza vampírica.

Lo sé porque la estatua de Illythia me mira con frialdad mientras vierte una catarata de agua infinita.

—Otra vez aquí, ¿eh? —A veces me gusta hablarle a la diosa de los caídos como si realmente estuviera viva—.

La que se está liando ahí abajo. Me vas a echar de menos cuando regrese a mi casa, ya sabes, guiado por tu hermana.

Solo espero no morirme en el parto. Y me pregunto una cosa: si les diste la inmortalidad a tus hijos ¿Por qué castigaste así a tus hijas?

Nadie me responde, solamente estoy acompañado por el silencio de mi soledad.

Jugueteo con el agua creando burbujas que dibujan formas en el aire.

Mi mente tiene el poder suficiente como para transformar mis pensamientos en escenas vivas.

Por eso aparecen caballos y yeguas galopando en libertad, sirenas luchando con sus lanzas de hueso y vampiros bailando en fiestas de cortejo constante.

Todo se echa a perder cuando una gran caribdis de agua lo devora todo.

—Necesito marcharme cuanto antes —le digo a la estatua como si fuera mi mayor confesora—.

Ver a mi madre y mis hermanas. Creo que incluso voy a abrazar a la anciana de mi tribu.

Quiero disculparme con ella por no haberle hecho caso cuando tuve ocasión.

—Mis labios pronuncian palabras que, de no haber estado entre terrestres, jamás me lo hubiera planteado.

De repente una lágrima se desliza por mi mejilla y flota a escasos metros de mí.

Ella también está siendo afectada por la nolmancia—.

¿Y Estevian? Bueno, siempre podré venir a visitarle...

supongo, no sé si él querrá o podrá estar conmigo... yo...

Algo se anuda en mi estómago, fuera de mi aurane hay sentimientos que me producen cierto dolor.

Decido no pensar más en esto, dejar que los problemas del futuro esperen a ser atendidos.

Esta es una lucha que se llevará a cabo más adelante, ahora lo que necesito es descansar.

Me seco con una toalla instantes antes de ponerme la ropa interior y perderme entre las sábanas de mi cama.

Me quedo dormido cerrando una muralla que mantiene la ansiedad lejos de mi mente.

—Estás helado —protesto con torpeza cuando siento el torso desnudo de mi vampiro en la espalda.

—Si quieres me caliento —me susurra él mientras bombea su sangre por todo el cuerpo para tener una temperatura más humana. Abro los ojos de par en par, me giro y le abrazo. No quiero que utilice su condición inmortal para agradarme. No sabiendo que eso le hace consumir sus reservas de sangre.

—No, no... así también está bien.

Le beso con inocencia, dejo que mis labios jugueteen con los suyos mientras su barba recortada cosquillea sobre mi falsa piel.

A pesar de que nuestras razas sean enemigos inmortales desde que el mundo es mundo, nuestras diosas nos han unido con un vínculo que va mucho más allá del firmamento que se oculta tras la tormenta que repiquetea en la ventana.

Junto a él no existen problemas imposibles, solamente existimos los dos.

—Acabo de alimentarme, estoy bien, cariño —Esa palabra recorre mis oídos como la melodía más hipnotizante. Tenerlo tan cerca me hace sentir la dureza de su entrepierna.

—Ya lo noto —bromeo y él se ríe echando su aliento sobre mi rostro.

Jugamos a limitarnos con la ropa, fundidos en un abrazo sin final mientras nuestras lenguas se demuestran lo mucho que se han echado de menos.

Recorro su espalda con mis uñas al mismo tiempo que el vampiro juguetea con mi cabello.

La lujuria nos acecha como un hechizo a punto de estallar, pero no lo hace, hoy solo hay cabida para la ternura.

—Duerme, mi vida —me repite una y otra vez mientras hundo mi rostro en los músculos de su pecho—. Mañana te daré una sorpresa.

—¿En serio? —susurro con los ojos cerrados, estoy tan cansado que no tengo ni fuerzas para emocionarme.

—Buenas noches, cariño.

Despierto con la sensación de haber vivido un sueño.

Como cada mañana, Estevian ya no está en mi habitación.

Me estoy acostumbrando tanto a esta vida que me levanto con una sonrisa de oreja a oreja.

Me visto con un conjunto de pantalón marrón y camisa granate.

Tardo más de la cuenta en abrochar los botones y atar los cordones de las botas, pero lo consigo.

Recorro los pasillos de un palacio desolado, apenas me encuentro con uno o dos sirvientes, hasta llegar a las escaleras que me conducen directamente al Salón Azul.

Tal y como su nombre lo indica, las paredes son del color de mi hogar, aunque más claras.

Hay cuatro butacones situados alrededor de una mesa con pastas y té.

Dos grandes ventanales, con vistas directas al laberinto de rosas del jardín, le dan todo el protagonismo al piano de cola que corona la estancia.

Tres figuras me saludan con simpatía mientras continúan la conversación que yo he interrumpido.

Lánar resalta por su cabellera gris, o quizá soy yo que me fijo primero en él para asegurarme de que está bien.

Eso es lo que me lleva a acercarme y dedicarle un abrazo, si no soy diestro con las palabras, que al menos mis gestos sean de ayuda.

— La vida en la noche eterna es así de cruda —me repite como si se lo estuviera diciendo a sí mismo.

—Tenemos que dar las gracias a Santa Illythia por seguir con vida—comenta Pierre, un doliente de lo más peculiar.

El hombre es mayor que los otros, tiene poco pelo y vive en la iglesia de la ciudad.

No entiendo muy bien el funcionamiento de los sacerdotes de Plaguen, leen el libro que habla de la vida de la diosa de los vampiros y visitan a la gente para bendecirlos con sus palabras.

No tiene magia como tal, no maneja ninguna mancia, pero Pierre afirma que la fe es mucho más poderosa que cualquier hechizo.

Yo siempre le sonrío como si estuviera de acuerdo con todo lo que dice, la verdad es que todo eso de la religión y las plegarias son demasiado complejas para mí.

—Siéntate, Cirigh, se te va a enfriar el desayuno —Mariel señala mi butacón para que me siente a su lado.

La mujer es de lo más agradable, no sabría ubicar su edad exactamente.

Se podría decir que es una madre joven, pero sin hijos.

Trabaja en un orfanato y es experta en inventarse cuentos.

Me encanta estar con ella porque acaba hablándome de liebres y tortugas en una carrera donde la velocidad no es lo más importante—.

Te hemos dejado las de manzana, sabemos que son las que más te gustan.

—Gracias, de verdad. Me siento afortunado de que trabajéis para mí.

La mañana transcurre con una tranquilidad envidiable.

Debido a la ola de asesinatos de vampiros en frenesí se han interrumpido mis jornadas de pesca.

Gracias a eso puedo estar más rato con mis amigos.

Al que más conozco es a Lánar, al final es inevitable que nos hayamos vuelto inseparables, pero el resto son una compañía de lo más pintoresca.

—La gente viene a rezar cada día pidiéndole a Santa Illythia que la bestia no los arrastre a un pozo de sombras y locura —explica Pierre mientras coge el abrecartas de plata situado en la mesa y se produce un pequeño corte en la palma de la mano.

Segundos después vierte la sangre en una jarra de porcelana—.

Estamos dando nuestro mayor esfuerzo para que no pierdan la esperanza.

—Tiene que ser muy cruel saber que estás matando a tus seres queridos y no poder hacer nada para remediarlo —Mariel le imita en el proceso de cederme su plasma.

—Yo... prefiero tomar el aire.

Lánar se levanta de golpe y camina lejos del Salón Azul. Los otros dos dolientes me miran y encogen los hombros como si realmente no hubieran hecho nada malo. Yo me limito a poner los ojos en blanco y hacer gala de una madurez que no sé en qué momento he adquirido.

—Deberíais ser más empáticos, chicos.

—Disculpa, Cirigh. No hablamos de nada nuevo —La mujer defiende su postura mientras el hombre se queda en silencio.

—No os tenéis que disculpar conmigo, es él el que ha sufrido una pérdida —justo cuando Mariel termina, oculta su herida con un pañuelo de lino granate con bordados dorados y persigue los pasos de Lánar.

Pierre y yo nos miramos como si nada y seguimos desayunando—.

¿Crees que los vampiros son conscientes de lo que hacen cuando la bestia les domina?

—No, no..., los textos sagrados dicen que sus mentes se apagan, como si estuvieran dormidos —el sacerdote tiene la misma forma de expresarse que la anciana de mi hogar. Por eso a veces me da por bostezar—. Es la maldición a la que están sometidos todos los caídos de Valhía.

—Pues yo no entiendo por qué su diosa les castigó con el hambre eterna. ¿Acaso no los quería?

—Imagina ser el padre de las criaturas más poderosas del mundo y que no tengas ninguna forma de controlar a tus hijos. Acabarían con todas las civilizaciones conocidas.

—No bajo el sol...

—La noche también existe al otro lado del Midna, aunque durante menos horas —El sacerdote rebate todo lo que le digo.

—¿Y qué me dices de que las hembras mueran al dar a luz? ¿Eso también es un castigo?

—El fatum es una desgracia —Esa palabra la utilizó Estevian para explicarme el proceso en el que las vampiras mueren durante el alumbramiento—.

Pero es comprensible, Cirigh. Tienes que entender que la oscuridad no es nada sin la luz.

A ver cómo puedo explicártelo… —le da un sorbo a su taza para luego clavarme la mirada con la misma ilusión que tiene un delfín al jugar con las olas—.

¿Qué es lo que tenemos en común todos los seres vivos de Valhía?

—Que comemos y nos reproducimos.

—¡Ja! —Pierre le ha dado un mordisco a una de las galletas cuando empieza a toser—.

El alma, lo que tenemos en común es el alma.

La luz que se extingue cuando morimos. Los caídos también tienen su propia alma, pero no pueden engendrar nuevas pues Illythia los creó consagrando la oscuridad del firmamento.

—Entonces la vampira le da su luz al bebé cuando lo engendra.

—Eso es. Te tenía por una cabeza dura de roer, pero veo que eres inteligente.

—Por lo tanto yo puedo darles luz sin morir durante el proceso—No pierdo ni un momento en teorizar con lo que estoy aprendiendo.

—No lo tengo claro... las crías no han surgido de tu vientre, sino que las has absorbido de las adastas reales.

—Seguro que sí —Me meto un puñado de pastas en la boca y bebo de la jarra con tanto entusiasmo que acabo manchándome la camisa—. Nos vemos mañana, Pierre.

Me alejo del Salón Azul antes de que el sacerdote niegue todas mis teorías. Huyo despavorido de cualquier contacto social con él y cualquier persona que me quiera llevar la contraria. No quiero pensar que voy a morir, no ahora que estoy tan cerca de regresar a casa.

Tengo que admitir que me he cansado del sabor de la sangre, no de toda, la de Estevian me gusta, demasiado.

Pero el néctar de mis dolientes sabe a metal, insípido y casi desagradable.

Sobre todo, el de Mariel, la cual fuma demasiado.

A veces me gusta decirle que es como uno de esos dragones de los cuentos para los niños que cuida, siempre con el humo en la boca.

Esa es una de las razones por las que mezclo las pastas o la fruta del desayuno con el sabor del plasma.

Al menos así no me produce arcadas. Aunque Pierre admite que las ganas de vomitar pueden ser un efecto secundario de mi embarazo.

—¿Siempre tardas tanto?

La voz de Estevian me pilla totalmente por sorpresa.

Más aún cuando le veo apoyado en la madera de ébano que da comienzo a las escaleras principales.

Él me sonríe y yo no puedo hacer otra cosa que correr hacia él.

Lleva un chaleco que se ajusta a cada uno de sus músculos y deja al descubierto el poderío de sus brazos.

Por no mencionar los pantalones de cuero que dibujan su figura y complementan el conjunto negro.

—¿No tendrías que estar con el duque? —pregunto emocionado mientras rodeo su cuello con mis brazos. Soy consciente de cómo el stoker se percata de que no hay nadie cerca, aunque no me importa porque luego me compensa con un beso suave en los labios.

—Hoy no, hoy estoy solo para ti.

Mirar sus ojos negros significa perderme en el mismo firmamento que Illythia utilizó para crear a su especie.

Un cielo sin estrellas, pero también sin nubes ni tormentas.

La noche eterna en la que me gustaría vivir.

A los pocos segundos se separa de mí, me sonríe e intenta distraerme.

Pero no lo consigue, veo a lady Alia descendiendo por las escaleras acompañada de sus dolientes.

La prometida de Estevian no separa sus ojos de mí, es como si me estuviera retando.

Me niego a perder en un juego que ella misma ha iniciado.

Parecemos dos depredadores dispuestos a matarse por la caza del día.

De pronto el stoker tira de mi brazo y me arrastra a una carrera que me pilla completamente desprevenido.

—¡Corre, Cirigh! ¡Corre! —grita divertido mientras recorremos los pasillos de su hogar. Después empieza a reírse sin importarle que sus carcajadas se escuchen por todos lados. Le imito juguetón como si, por primera vez en años, regresáramos a la infancia en la que le conocí.