5
No somos conscientes del error que hemos cometido al alejarnos de la guardia hasta que la realidad nos golpea de lleno.
Plaguen está en crisis, una que bien se podría comparar con la plaga de caribdis que invaden mi hogar.
Aunque, a diferencia de esos monstruos marinos a los que se les ve llegar, en la sociedad de los caídos cualquiera puede convertirse en un enemigo mortal.
El terror tiñe nuestros rostros con toda la gama cromática de la desesperación.
Por muy fuerte que sea Amari, sabe que la vampira ha entrado en un frenesí que nadie puede detener.
Así es como funcionan los inmortales de la noche eterna, en cuanto pierden el control de su bestia interior solo el ancla les puede hacer entrar en razón.
Si Lánar está en lo cierto, la esperanza de Sharis residía en su propio padre, un hombre que murió durante la rebelión que azotó la ciudad hace prácticamente dos meses.
He sido un ignorante al pensar que las acciones de la Orden de los Condenados se quedarían en todo lo ocurrido en la arena.
Estábamos tan concentrados en proteger la alta sociedad vampírica que nos olvidamos de todo lo que estaba pasando en los bajos fondos.
Me quedé sin habla cuando Estevian me lo contó, el cómo los rebeldes destruyeron todos los suministros de plasma.
El mayor daño que se le puede hacer a una ciudad cuyo pilar es la alimentación de un demonio sediento de sangre.
—Consigámosle sangre —suplica Lánar mientras se coloca delante de mí para protegerme.
—Ya es demasiado tarde, cielo —La duquesa mantiene la entereza aun cuando el peligro nos entorpece tanto como la arena al caminar—. Lo siento… de verdad.
—Mátala… —La desesperación del humano guía sus palabras hasta la decisión más difícil de todas—. Haz lo que tengas que hacer. No quiero que os ponga en peligro. Esto es por mi culpa.
—Retroceded lentamente hacia la salida, no hagáis ningún movimiento brusco —Amari mantiene las manos extendidas, podría comparar sus gestos con los de los cazaflamas cuando quieren negociar con los toros de fuego.
A pesar de que Sharis tiene la apariencia de una mujer hermosa con el cabello largo, liso y moreno, ya no tiene humanidad.
La vampira se mueve a cuatro patas, con el manto azabache cubriendo parte de su rostro el cual está teñido por la sangre de sus víctimas.
Muestra los colmillos de manera amenazante, como un perro rabioso cuyo único objetivo es proteger su territorio.
Aun en su locura es capaz de sentir que la mujer que tiene delante es mucho más poderosa que ella.
Hay una lucha que no vemos, un combate que se lleva a cabo en el punto en el que se encuentran las miradas rojas de ambas caídas.
La dominación de una alfa a su propia manada, aunque me temo que eso es algo que se puede disipar en cualquier momento.
Por eso nos movemos despacio, para que la duquesa no pierda el control de su presencia.
Poco a poco retrocedemos por el pasillo sin apartar la vista de la vampira.
La brisa acaricia mi nuca alimentando mi esperanza de huida.
Estoy acariciando el marco de la puerta cuando mis pasos se topan con una figura de pequeño tamaño.
En el momento en el que me tropiezo con el niño, la jarra que lleva cae al suelo haciéndose añicos y desparramando toda la sangre que portaba.
—¡Acabas de echarlo a perder! —protesta el pequeño mientras sacude las manos con rabia. Supongo que era el encargado de llevarle el alimento a Sharis para que no entrase en frenesí. Demasiado tarde.
—¡Cirigh! —El grito de Amari provoca en mí un acto reflejo. Me lanzo hacia la estancia situada a mi izquierda, un dormitorio con apenas una cama y un par de sillas apiladas en una esquina.
En cuestión de segundos todo se torna caos.
Sharis se mueve a gran velocidad, la puedo ver a escasos metros de mí.
La bestia es guiada por el estruendo de los cristales rotos y se abalanza sobre el niño como si fuera su único objetivo.
Lo muerde, lo hace con un salvajismo que poco tiene que ver con la sutileza de los vampiros.
No le importa llevarse la carne, tendones y músculos para llegar hasta las venas.
De un momento a otro la sangre lo salpica todo.
—Levántate, Cirigh, date prisa —Lánar improvisa sobre la marcha, aparta las cortinas y abre la ventana para darnos una segunda oportunidad.
—Id a los establos, llamad a la guardia —ordena la duquesa haciendo uso de su fuerza de inmortal para rasgarse el vestido y ganar movilidad—. Voy a ganar tiempo.
Amari se interpone entre la bestia y nosotros.
Coge una de las sillas, la rompe y se arma con una estaca de madera que evoca el dibujo de los cazadores de vampiros del pasado.
Salto por la ventana y corro detrás del humano con la única intención de llegar a la calle principal.
Pero el destino nos tiene algo preparado y nosotros no lo sabíamos.
—¿Qué clase de locura es esta? —pregunto mientras escucho como las puertas y ventanas de las casas a nuestro alrededor se van cerrando para proteger a la gente que vive en su interior.
—Cuando todo se desmorona, los más necesitados son los primeros en caer —las palabras de Lánar son precedidas por el paso torpe de tres vampiros con las ropas rotas y el hambre guiando sus instintos.
Los vagabundos han perdido la identidad que alguna vez tuvieron.
Sus cuerpos son delgados, como si el hambre hubiera empezado primero por ellos.
Sus colmillos y garras resaltan por encima del resto, si no estuvieran tan débiles los podría comparar con el necrófago que una vez me persiguió por las alcantarillas de Plaguen.
Tres individuos cuya inmortalidad pende de un hilo, tres pares de ojos rojos que nos ven como comida.
—Hay más… —susurro escuchando los mismos pasos arrastrados en las callejuelas que se enredan en los barrios bajos.
Un escalofrío me recorre la columna vertebral, el temor a la muerte se apodera de mi voz y me invita a tartamudear—.
Van demasiado lento, si nos damos prisa llegaremos a la avenida principal…
—Son bestias que no han tenido opción de comer… no les subestimes Cirigh, no sé de qué son capaces.
Me concentro en la brisa marina que proviene del puerto, en las goteras adherida a las casas más bajas y al barro de mis botas.
Recuerdo las prácticas de magia que yo mismo llevé a cabo durante mis largos días de aislamiento en el palacio.
El poder de las clamamareas de mi hogar, una habilidad a la que aquí llaman nolmancia.
Agito los dedos con delicadeza, sigo el ritmo de una partitura muda que solo yo puedo escuchar.
La humedad se vuelve filamentos de agua que actúan a mi voluntad.
Hilos de líquido que se tiñen de suciedad.
—Nunca había visto una mancia tan de cerca… —comenta él sorprendido.
No digo nada, hablar significaría perder el control del hechizo, echarlo a perder.
El agua repta como serpientes y se enreda en los pies de los vagabundos.
Cuando estoy lo suficientemente seguro, tiro con todas mis fuerzas y les hago perder el equilibrio.
Los vampiros caen al suelo con la misma brusquedad que la leña sobre la chimenea.
Al instante, Lánar agarra mi brazo y se apresura a sacarme de allí.
—¡La duquesa! —grito cuando vemos a los guardias buscándonos en la avenida principal.
Ellos se apresuran a deshacer nuestros pasos sentenciando la vida de las bestias que se van encontrando.
Si hay preocupación, impotencia y pena bajo esas armaduras de metal no lo aparentan.
Los soldados del palacio han sido entrenados durante eras, no solo en el manejo de las armas y las estrategias de guerra, sino en la fortaleza mental para ejecutar las órdenes sin dejarse invadir por las dudas.
Los vampiros se mueven como una tormenta de espadas y sangre.
Su velocidad sobrenatural deja una estela de muerte y cadáveres.
A los pocos minutos la duquesa Amari aparece escoltada por sus guerreros, aunque no hace falta ser muy observador para saber que el combate contra Sharis lo ha ganado sin ayuda.
Sus manos, ahora desprovistas de la roca negra del don que le otorga su matrimonio con Darius Cárpasot, están manchadas de rojo y vísceras.
En cuanto me doy cuenta mi mirada se dirige a Lánar y mis palabras intentan consolarlo:
—En Laneth tallamos el nombre de nuestros difuntos en la piedra, pues rara vez tenemos un cuerpo que enterrar —No dice nada lo que me da a entender que no tengo la suficiente habilidad social en tierra firme—. Si quieres podemos tallar su nombre en el jardín de palacio.
—Sería un detalle, Cirigh —pronuncia al fin y me mira con los ojos vidriosos.
—¿Estáis bien? —pregunta la duquesa, aunque en el fondo sé que su preocupación se centra en mí y en las crías que le estoy gestando. Asiento con una sonrisa y nos ponemos en marcha—. La protección del pueblo ahora depende de mí.
Cuando vamos al establo nuestras yeguas ya están ensilladas.
Normalmente Estevian viene a buscarme con Airman para cabalgar hacia nuestro hogar, aprovechamos para pasar tiempo juntos antes de que nuestras labores nos vuelvan a separar.
Esta vez rodeo la cintura de Amari justo antes de que ella espolee al animal para galopar a gran velocidad.
No se lleva a cabo ninguna conversación en el trayecto de vuelta a palacio.
Aun así, puedo percibir el estrés y la tensión de la stoker.
Su mirada felina se mantiene clavada en el camino mientras sus pensamientos la azotan con tanta fuerza como un mar embravecido.
Empiezo a pensar que el sueño de forjar mi propia corte no es el más acertado, verla así de preocupada me hace sentir incluso culpable.
Quiero ayudar, tener algún tipo de aportación más allá que pescar para la familia que Estevian me ha regalado.
Pero no puedo, no entiendo del todo las leyes de tierra firme, ni siquiera comprendo por qué Ábsolem, Ágatha y Krishan siguen encerrados con el primogénito de Illythia.
¿Qué están haciendo? ¿De qué hablan durante un mes y medio?
Más allá de todo eso temo porque el tiempo de los anteriores líderes del Continente de la Banshee haya llegado a su fin.
En el momento en el que desmontamos a las yeguas ellas regresan al establo del señor Sanguis, un vampiro que ha conseguido sacar a su familia hacia adelante.
Dice Amari que ha conocido a sus tres esposas, dos de las cuales murieron durante el parto de sus dos hijos.
Da la casualidad de que son trillizas, un evento que no se ha repetido con la descendencia, dos vampiros de lo más diferentes.
Supongo que la noche eterna guarda historias de lo más retorcidas, quiero pensar que Yelios Sanguis se casó con las tres hermanas desde un principio.
Imaginar que ha tenido que conquistarlas una a una me produce demasiado dolor de cabeza.
—¡Nadie está seguro allí abajo! —grita la duquesa Amari en el momento en el que ella y yo irrumpimos en la sala del consejo.
Lánar no tiene permitido moverse libremente por la Corte de la Noche, por lo que ha preferido ir a su habitación a descansar.
No le culpo, el día de hoy ha sido demasiado duro para él, para todos—.
El frenesí es una enfermedad que se propaga a gran velocidad.
—¿Cirigh? —Estevian acude a mí en el momento en el que me ve entrar lleno de sangre y barro.
Aun cuando su hermana habla él no cesa en su intento de asegurarse de que nadie me ha hecho daño.
No me besa, no delante de los miembros del consejo, no cuando ser un stoker es tan importante para su reino—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?
—Nos atacaron, estaba plagado de bestias descontroladas… —intento explicar, pero su hermana proyecta la voz con una majestuosidad absoluta.
—Los rebeldes se aseguraron de que nuestro pueblo perdiera a sus anclas durante el ataque. Allí afuera hay familias rotas cuya cordura es irrecuperable. Los vampiros vagan como animales sin dueño. Matan a sus iguales y nunca se recuperan.
La Sala del Consejo se llena de conversaciones que chocan entre sí.
Algunos de los presentes se horrorizan mientras otros exponen sus ideas de purgar la ciudad de raíz.
La simple idea de masacrar a los inocentes sin importar si han entrado en frenesí o no me produce arcadas.
Yo me mantengo al margen mientras observo cómo los stoker intentan darle sentido a todo lo que se está hablando en estas cuatro paredes.
Los guerreros situados en las puertas de acceso se mantienen callados, impasibles frente a una situación que poco tiene que ver con la sociedad que una vez conocí.
Así como los caídos más importantes debaten el siguiente movimiento, sus soldados son como perros dispuestos a ejecutar las órdenes sin ningún miramiento.
—¡Plaguen nos necesita! —grita Amari desesperada mientras la idea del exterminio de los bajos fondos va ganando fuerza—. No podemos abandonar a toda esa gente para protegernos a nosotros mismos.
—¡Si la corona de oro negro y rubíes cae, no quedará nada que proteger! —protesta la langosta de cabello rojo.
—¡La purga no es una opción! —grita otro, el pez payaso de color naranja que es famoso por controlar la ashlaxmancia.
Con tantas voces no se nota la ausencia de la morsa, a pesar de haber salido indemne de las acusaciones, Estevian me dijo que sus hombres están pendientes de una resolución acerca de sus crímenes.
Los nobles secuestraron humanos para traficar con ellos y venderle su sangre a la alta sociedad vampírica.
Tengo claro que, si la crisis no estuviera haciendo temblar los cimientos de los caídos, les hubieran ejecutado en público.
Pero ahora no es el momento, la realeza tiene que dar esperanza aun cuando ellos ni siquiera la tienen.
—Traeremos a las mujeres y a los niños a palacio —habla el duque Darius y de repente la estancia se queda en silencio—. Protegeremos a los más débiles, sacaremos a los que podamos y vallaremos los límites entre distritos.
—Lord Nymph convoca a los humanos de Ninfa Oscura, enviaremos una escolta para traerlos al castillo —secunda Amari la cual no deja de mirar a su marido llena de orgullo.
De alguna manera, verlos liderar hace que la oscuridad se llene de luz—.
Todos los vampiros de Plaguen tendrán a su doliente, no importa su estatus.
Seguiremos alimentándonos en días intermitentes para dejar a los humanos tiempo para regenerar sus defensas.
—El ganado no querrá venir si se entera de los asesinatos de los bajos fondos, aquí están en peligro —habla la langosta, el cual comprendo que tiene cierto poder sobre uno de los pueblos abanderados de Plaguen.
—Haremos una fiesta —Darius se incorpora haciendo que la corona de oro negro y rubíes resalte frente a la luz de las antorchas—.
Invitaremos a inmortales y mundanos por igual.
Daremos privacidad para que nos podamos alimentar—después se fija en mí y sonríe.
En ese momento siento la cercanía de un familiar y el perdón de un amigo.
De algún modo me siento culpable por la muerte del general Rhain, un hecho que poco a poco va perdiendo fuerza con el transcurso de los acontecimientos—.
Recuperaremos la vieja gloria, aunque sea por una noche.
No todo se ha echado a perder y aún tenemos mucho que agradecer a las sirenas y al tritón que residen en la noche eterna del Midna.
—Ya habéis escuchado al duque —Estevian da una palmada para captar la atención de los presentes—. Se va a dar una fiesta en palacio ¡Que empiecen los preparativos!