4
Cirigh de Laneth
Mis ojos se acostumbran a la oscuridad de la noche incluso bajo la superficie.
Nado sin olvidar que no debo cruzar los límites que marca la sombra del barranco en el que se sitúa la ciudad de Plaguen.
No puedo alejarme demasiado de tierra firme, no si no quiero ser comida de caribdis.
Mi corazón late con fuerza mientras agito mi aleta y utilizo mis garras para pescar a los peces que en su huida llegan a mí.
Meto el género en la red que cuelga del bote pesquero y continúo con mi labor.
La preocupación palpita con cada uno de los latidos de mi corazón.
La decisión que tomé me pesará durante toda la vida, y lo está haciendo.
Aprovecho la soledad del mar para calmar la ansiedad y gritar sin que nadie pueda escucharme.
No quiero preocupar a la duquesa Amari, mi protectora desde que soy el portador de su descendencia.
Menos aún a Estevian, no podría hacer nada que le causara dolor.
El ardor de mi aurane me susurra palabras que empiezo a comprender.
Por eso enmudezco el resto de los pensamientos para devorar cangrejos y llenar el mar con finos hilos de sangre.
Aun en mi forma más salvaje soy consciente de la amenaza que se acerca hacia mí.
Un escalofrío recorre mi aleta dorsal mientras los pliegues de mis manos se extienden para ejercitar el movimiento de mis garras.
Estoy dispuesto a luchar, no me arrepiento de nada de lo que he hecho.
No me arrepiento de haberme dado la vuelta en las escaleras de piedra para regresar y salvar a Estevian Ilia.
Y no voy a permitir que nadie eche a perder la misión que el aurane me ha encomendado.
Cierro los ojos para percibir las señales de Rysantha, el agua se agita a mi alrededor para advertirme de mi enemigo.
La criatura nada hacia mí, soy su objetivo.
Justo cuando siento que está lo suficientemente cerca me doy la vuelta para defenderme.
La nolmancia provoca que el mar me obedezca.
Una burbuja protectora me rodea. En el momento en el que veo a mi enemigo me doy cuenta de que no es una caribdis sino un tiburón guiado por los restos de la sangre que he ido dejando.
No hace falta ser un tritón para percatarse del miedo en su mirada, está hambriento, desesperado.
Más que eso, tiene la cola rota. Ha sido atacado por la plaga de caribdis que invaden el océano, y ahora soy su alimento.
La empatía desaparece cuando la lucha se vuelve despiadada y nos enzarzamos en un combate de salvajismo y sangre.
De repente atravieso sus branquias con mis garras y le decapito de una sola tajada.
Aprovecho el hambre de los vampiros de mi vientre para beber.
En ese preciso instante pierdo el control y devoro parte del animal hasta que se calma mi forma de agua salada.
—¿Eso es un tiburón? —Lánar no da crédito a lo que está viendo cuando mis manos le dan la pieza a los soldados que les escoltan.
—Es una buena opción —responde Amari en mi lugar pues de mis labios solo surgen los chasquidos de mis dientes.
Minutos después estoy subido en el bote cubierto por una manta que la duquesa abraza para secarme.
En el momento en el que llegamos a puerto Lánar me ayuda a vestirme con un conjunto de terciopelo verde y un par de botas.
El hijo adoptivo de Olivia y Gayla, las tías humanas de la realeza vampírica de Plaguen, poco a poco se ha ido convirtiendo en un gran amigo.
Más allá de cuidar de mí durante mis partidas de caza, ha aceptado ser uno de mis dolientes personales.
Una ley que se ha aprobado hace menos de una semana, desde que Estevian pilló a unos nobles traficando con humanos.
Ahora todos los vampiros tienen derecho a tener un doliente, un humano que cede su sangre de manera voluntaria una vez cada dos días.
Aunque en mi caso, y por el simple hecho de ser el adasta real, tengo tres.
—Hoy está con el juicio de los hijos de lord Nymph, cielo —me aclara Amari en el mismo momento en el que mis ojos buscan desesperados la presencia de su hermano.
Estevian lleva viniendo a buscarme al puerto desde que todo esto empezó, pero hoy la noche se ha complicado—.
Ya sabes, el consejo está valorando si la ejecución de sus hijos le viene bien a la ciudad.
—Pero está en palacio —Lánar me golpea el hombro para animarme, un gesto al que no me termino de acostumbrar—. Lo verás en cuanto lleguemos.
Los guardias se adelantan para cargar con la pesca del día.
Me hace gracia ver como solo uno de ellos utiliza su fuerza sobrenatural para llevar el tiburón decapitado en su hombro, el otro simplemente arrastra las redes llenas de peces.
Nosotros seguimos sus pasos, aunque más despacio, pues a Amari le gusta aprovechar el camino de vuelta para tomar el aire.
Como cada noche iremos al establo y alquilaremos algunos caballos para llegar a palacio.
—¿Cuándo calculas que darás a luz? —me pregunta el humano sacudiendo el cabello de su flequillo gris. Aunque en el fondo sé que sus palabras les ponen voz a los pensamientos de su reina.
—El aurane está lo suficientemente expandido, creo que a final de mes tendréis a los nuevos stokers armando jaleo —No es que sea un experto en todo esto, es más como si Rysantha me estuviera guiando durante todo el proceso. Estoy más en contacto con ella que nunca.
—He estado pensando… —Amari se dirige al chico con suma simpatía—… que cuando todo esto termine puedes trabajar en la Corte de la Noche, si así lo deseas.
—Creo que pasamos demasiado tiempo juntos —bromeo provocando que nos echemos a reír dejando a un lado los problemas que nos asolan.
Yo también les he cogido cariño, es imposible no hacerlo.
He descubierto que la duquesa no tiene nada que ver con la primera imagen que tuve de ella.
Yo estaba en una pecera y ella tenía su vida prácticamente solucionada.
Desde que luché junto a ella en la arena, durante las fiestas de Santa Illythia y la rebelión de la Orden, nos unimos como si nos conociéramos desde hacía una eternidad.
Más que eso, es como si realmente yo me hubiera criado en tierra firme.
Y Lánar, él es simplemente encantador. Puede que no sepa luchar, pero se esfuerza mucho por cuidar de mí. Dice que me echará de menos cuando vuelva a mi vida en alta mar. Se podría decir que es mi mejor amigo, el único desvinculado de la corona.
—Mañana me declararé a Sharis —comenta él una vez nos detenemos frente a una zapatería de los bajos fondos. A pesar de la noticia no le noto ilusionado.
—Pero eso es genial ¿no? —Amari sonríe con tanto entusiasmo que lo agradezco. La crisis que está sufriendo Plaguen se está llevando la alegría de sus habitantes—. ¿O es que estás dudando?
—Bueno, ella me encanta… pero no sé si el hecho de que haya perdido a su padre durante la rebelión me está empujando a precipitarme en esta decisión —Los ojos de Lánar son tan azules como un mar tropical, me recuerdan a mi hogar y eso me duele.
El chico reprime las ganas de llorar, se le nota cuando aprieta los dientes y marca su mandíbula.
He aprendido que no importa si eres humano o caído, pues todos tienen sus propios problemas.
—Si yo pudiera casarme con quien quisiera sin importarme su raza o sus títulos no me lo pensaría dos veces.
—Tú has aprendido demasiado bien a hablar como nosotros —Amari se jacta de mí sabiendo la situación en la que estoy.
Con Lady Alia en la ecuación no soy más que el Tritón de Plaguen.
Aunque en el fondo no debería preocuparme, después de todo, pienso volver a mi hogar en cuanto todo esto acabe—. ¿Y si vamos a verla?
—¿Ahora? —El humano se sobresalta—. Pero deberíais volver a palacio…
—¿No le vas a presentar tu novia a tu duquesa? —La mayor de los Ilia juega con fichas contra las que no se puede competir.
—Yo…
—¿Me vas a faltar así al respeto?
—Vamos, no vive lejos de aquí.
Lánar tiene el cabello completamente gris, por eso no es difícil perderle a través de las calles de la ciudad. A diferencia de los signos de la vejez en el pelo de la mayoría de los humanos del Continente de la Banshee, en su caso él afirma que es un legado familiar.
Nos desvinculamos completamente de nuestra misión de volver a palacio y caminamos en dirección contraria a cualquier establo de alquiler de caballos.
Recorremos las calles de los barrios más pobres sin importarnos mancharnos el calzado con el barro que provoca la humedad en el suelo sin adoquines.
Estar junto a la duquesa me hace sentir seguro, sé lo fuerte que es, la he visto con anterioridad y por eso no temo al silencio que va brotando lejos de la avenida principal.
—Es aquí—apunta él cuando nos detenemos frente a una casa de pequeño tamaño y con la fachada llena de humedad.
Lánar llama a la puerta y nos mira asegurándose de que nos quedamos a su lado.
Los segundos pasan y no recibimos ninguna respuesta.
La brisa nocturna arrastra las hojas de los árboles que crecen bajo el abrazo del Antiguo.
No sé si es por el aurane, o quizá por el tiempo que llevo aquí, pero soy consciente de la magia que palpita en estas tierras.
La esencia del primogénito de Illythia está por todas partes, cada roca, cada brizna de hierba e incluso cada uno de los vampiros que conozco, irradia el mismo poder del que están hechas las caribdis.
¿Cómo algo que odio puede crear seres tan hermosos?
¿Cómo el enemigo mortal de mi especie tiene la misma esencia que Estevian?
Puede que en el fondo me atraiga aquello que puede matarme, o peor aún, puede que haya aceptado que voy a morir por la corona de oro negro y rubíes.
—¿Sharis? —pregunta el chico preocupado.
—Quizá esté en su trabajo. ¿Quieres que vayamos a la perfumería?
—O si prefieres lo dejamos para mañana —añado percibiendo cierta tensión en el ambiente.
—No, no, no… hoy iba a estar en casa —La voz de Lánar tiembla mientras sus manos no cesan en el intento por abrir la puerta—.
Le prometí que le llevaría a la boda de los stokers cuando todo esto pasara.
Se iba a probar los vestidos de su madre…
—después repite con torpeza—. Hoy iba a estar todo el día en casa…
—Seguro que está bien —Amari se acerca a la puerta y utiliza su fuerza sobrehumana para romper el pestillo—. Vamos a asegurarnos de que no ha pasado nada aquí.
Avanzo junto a ellos por miedo a quedarme solo en el exterior. Me siento observado, la presión en la nuca es constante. La misma sensación que tuve cuando el tiburón surgió de las sombras para atacarme. Pero a diferencia del mar, aquí estoy desarmado.
—¡¿Sharis, cariño?! —grita Lánar mientras caminamos sobre la alfombra azul que decora el vestíbulo—. ¿Estás aquí?
Tanto la duquesa como yo le seguimos en silencio, lo observamos todo para intentar adelantarnos a los acontecimientos. Pero nadie está preparado para ver lo que la noche nos tiene reservado. Ni siquiera yo, que he sido espectador directo de cómo mi hogar se infectaba de monstruos marinos.
—¿Sharis? —pregunta él de nuevo, después se queda completamente callado.
—Deberíamos regresar a la avenida principal, llamar a los guardias y que barran el perímetro.
Un alarido se escapa de los labios de Lánar, un grito de desesperación e impotencia que hace eco en las paredes de la vivienda.
En el salón hay tres cadáveres, tres figuras completamente muertas rodeadas por un charco de sangre.
Una de ellas es una mujer de largos cabellos morenos.
Solo son necesarias las descripciones que me ha repetido mi amigo para saber que ella es su amada.
El chico se queda completamente paralizado mientras Amari se desenvuelve con soltura.
A pesar de llevar puesto un delicado vestido rojo con encajes en negro, parece flotar con velocidad por toda la estancia.
No toca los cuerpos, solamente se limita a agacharse, acaricia el plasma con su dedo índice y se lo lleva a los labios con la única intención de tener una Revelación de Sangre.
Uno de los poderes más alucinantes de los vampiros de Valhía, el don de ver el pasado de aquellos de los que beben.
Cuanta más sangre más visiones pueden tener.
Gracias a eso pude saber que Estevian y yo éramos amigos de la infancia.
—¿Qué ves? —pregunto aterrado sin apartar la mirada de la puerta, no quiero que nadie me pille por sorpresa.
—Atrás… —advierte la duquesa—. No está muerta…
—¿De qué hablas? ¿De Sharis? —Lánar da un paso al frente y ella le detiene. De pronto la vampira se incorpora de golpe quedándose sentada en el suelo. Su rostro está desencajado y sus ojos rojos fuera de sí.
—Ha caído presa del frenesí —Amari no tiene ningún tipo de pudor a la hora de hablar delante de ella—. ¿Quién es su ancla?
—Era su padre… —El humano dice lo que todos estamos temiendo.
—¡Corred! —grita la stoker a tiempo de transformar su cuerpo en roca negra.