2
Alejarme de Cirigh es como si perdiera una pierna, me cuesta tanto caminar lejos de su dormitorio que casi creo que me voy a caer al suelo. La sala tiene la chimenea apagada cuando llego, más que eso, la sombra de Lady Alia parece haberse convertido en el propio invierno.
—Buenas noches, milady —saludo sentándome en el sillón frente a ella.
En el momento en el que mis ojos se clavan en la copa de plasma que hay sobre la mesa, mis manos se la llevan a los labios sin ni siquiera parpadear.
—Buenas noches, Estevian —Mi nombre lo pronuncia con cierto retintín, no termina de aceptar que el romance de novela que ansía es imposible—. ¿Qué has hecho hoy?
—He estado con el consejo durante horas para tratar los temas de Plaguen —Las tornas se tuercen en un juego al que no tengo ningunas ganas de jugar.
—Y con el tritón…
—Con él siempre —Pero al final tengo que mover mis fichas—. ¿Y tú que has hecho?
—Le pedí a mi sirvienta que empaquetara las cosas para volver a Pestet —Alia suena decepcionada.
No deja de mirarme en ningún momento, lo hace con esos aires de búho que me pone tan nervioso. Quiere ver mi reacción, ser espectadora directa de la culpabilidad que siento al no poder corresponderle.
— Pero si salgo de palacio, corro peligro de ser atacada por esos rebeldes. Así que le he mandado un zorro nocturno a mi hermano para pedir refuerzos. Con mi padre reunido con el Antiguo, me siento incapacitada para tomar decisiones.
—Si deseas irte, le pediré a un escuadrón de la guardia real que te escolte hasta el norte —respondo al instante.
—No es necesario —Sus labios proyectan un fino hilo de vaho que poco a poco se va extinguiendo. Está claro que la bruja de hielo ha hecho su trabajo para adaptar la estancia y evitar que ella enferme—. Tampoco puedo revocar este enlace.
—Yo también tengo la obligación de casarme contigo, Alia —Le quito el título para denotar cercanía—. Y te juro que no busco hacerte daño. Si pudiera cancelar este matrimonio lo haría. El mundo ya duele suficiente como para tener que sentir más dolor.
—Deja al tritón, aléjate de él…
—No lo voy a hacer y si sigues por ese camino te aseguro que tu estancia en Plaguen será una pesadilla.
—¿Me estás amenazando, Estevian?
—Sí, milady —Me incorporo con elegancia y me voy—. Nos vemos mañana.
En el momento en el que salgo de la sala, una bruja cubierta por la túnica negra que oculta su rostro aparece para recoger a la stoker del norte.
Sé que Alia necesita el frío para mantenerse sana, así es como funcionan los vampiros de Pestet.
Sería demasiado cruel por mi parte si le prohibiera a Edana que no utilizara su magia.
Y no lo hago, al menos no por el momento.
Mis pies me guían a través de los pasillos y las escaleras de palacio hasta llegar al dormitorio del tritón.
Entro sin hacer ruido, no me hace falta tener los sentidos agudizados para saber que ya está dormido.
La respiración de Cirigh es bastante agitada, no llega a roncar, pero tampoco suena como la caída de una pluma.
Ha cogido la costumbre de dormir en ropa interior, un detalle que me incita a imitarle y meterme en su cama para rodearle con mis brazos.
En el momento en el que le rozo con mi piel, él se encoge de frío, así que acabo optando por abrazarle por encima de las sábanas.
—Hueles a aliento de ballena —dice somnoliento sin moverse ni un milímetro.
—Y tú a pescado.
—No… lo digo en serio —Entonces me doy cuenta de que no estaba utilizando nuestro lenguaje en clave—. Hueles fatal, deberías bañarte.
—Mañana…
Se hace el silencio al mismo tiempo que contemplo las facciones del tritón mientras duerme.
A simple vista parece tan delicado como la joya más preciada, aunque en el fondo oculta una criatura salvaje y peligrosa.
Acaricio su cabello azulado, recorro su nariz con mi dedo y admiro la belleza que lo hace tan encantador.
Cierro los ojos para concentrarme en su respiración, no voy a dormirme, eso es algo que no puedo hacer, ni yo, ni los otros inmortales de Plaguen.
Tampoco lo necesitamos, es la sangre la que nos dota de energía.
Un bien que poco a poco nos está condenando.
—Te amo, Cirigh —susurro con la certeza de que ya no me está escuchando.
De pronto siento como su mano se desliza por el interior de mi calzoncillo y acaricia mi miembro con delicadeza. Al principio pienso que lo está haciendo sonámbulo, luego me doy cuenta de que está sonriendo.
—No juegues con fuego… —canturreo juguetón.
—Quiero quemarme —susurra y en un abrir y cerrar de ojos nada por debajo de las sábanas.
El tritón se mueve tan rápido que es imperceptible.
De un momento a otro siento la humedad de sus labios.
En el preciso instante en el que la tranquilidad se torna erección se me escapa un gemido.
Cirigh se ríe con crueldad, sabe que el fuego está encendido y que eso conllevará el incendio de nuestros cuerpos.
—Ven, sube… —Intento tirar de él, pero su boca está anclada a mi entrepierna y es imposible sacarle de ahí—. ¿Qué estás haciendo?
—¿No te gusta? —comenta justo antes de que sienta el calor de su garganta.
—Sí… demasiado…
Cirigh juguetea con salvajismo, utiliza su lengua para recorrer cada centímetro de mi erección y después forma un camino de saliva hasta mi boca.
Le beso con tanta fuerza que le irrito los labios.
Me coloco sobre él para luego rodar y estar debajo de nuevo.
No voy a jugar a una competición de fuerza, pues en medio de la excitación yo ya he perdido.
—Te amo… —le susurro instantes antes de que se siente sobre mí y atraviese su ano con mi miembro—. No quiero hacerte daño…
—Nunca podrías hacerlo —jadea al mismo tiempo que me cabalga a horcajadas.
—Cirigh…
—Estevian…
Los gemidos se propagan como la melodía de una orquesta en mitad de una fiesta.
Ver al tritón encima de mí provoca que me muerda el labio inferior, sentir el calor de su cuerpo me eriza la piel y escuchar como disfruta multiplica mi placer.
Retuerzo sus pezones con los dedos para incitar que no se contenga, él grita mientras sus gemidos me hacen estallar.
—Qué… ¿Qué estás haciendo? —pregunto cuando veo como Cirigh se araña el cuello con tanta fuerza que se provoca una herida.
—Te doy un premio.
Poco a poco se acerca a mí para colocar su sangre sobre mis labios.
No me puedo resistir, no cuando su sabor gotea en mi lengua y reafirma mi adicción.
Bebo del tritón, lo hago empapado por la lujuria inmortal de nuestros cuerpos.
Él sigue gimiendo, el placer de mi mordisco le hace excitarse tanto que vuelve a estallar por segunda vez.
En cuanto me doy por satisfecho y me separo de Cirigh, él se queda completamente dormido.
—Descansa, mi ancla —susurro al mismo tiempo que visito el baño y me pierdo bajo las aguas que me regala la estatua de Santa Ilythia.
Al cabo de unos minutos camino por los aposentos del tritón completamente desnudo.
Estoy a punto de vestirme cuando veo una mota de ceniza bailando alrededor de mi palidez.
A simple vista parece algo inofensivo, los restos de una llama que tintinea roja cuando la miro.
Si no llevara toda la vida trabajando con la red de espías que sirven a la corona no sabría que ese es un mensaje.
—Nos vemos luego —susurro dedicándole un beso en la frente.
—Te quiero —pronuncia somnoliento, después continúa durmiendo.
Me visto con el pantalón del que he prescindido horas antes.
Dejo el resto de la ropa atrás mientras recorro los pasillos de palacio con el torso completamente desnudo.
Llego a mi habitación y escojo un conjunto completamente negro.
Necesito camuflarme en la noche eterna y esta es la mejor opción.
El último complemento es un pañuelo que oculta mi boca, cuanta menos palidez se me vea mejor.
No puedo deshacer mis pasos, no vestido así, por lo que opto por abrir la ventana y escalar por la fachada para llegar hasta el tejado.
Desde la torre más alta puedo contemplar los dominios de la Corte de la Noche.
Todo lo que protege la muralla, los soldados y los jardines.
Hay dos brujas del Aquelarre del Cuervo ataviadas con sus túnicas negras, están cogiendo flores mientras hablan con palabras que no puedo escuchar.
La guardia real patrulla todos los accesos del castillo, vigilan cada esquina para protegernos hasta incluso sacrificarse en el proceso.
En el momento en el que la brisa nocturna se calma, veo el rastro de cenizas tintineantes en la oscuridad.
Me propulso en saltos sobrenaturales, giro en el aire para alcanzar los árboles que marcan la ruta hacia mi encuentro.
Salto de rama en rama con la certeza de que soy invisible a los ojos del resto, ni siquiera la caída de las hojas me delata, pues cuando estas rozan el suelo yo ya estoy lejos de allí.
Me alejo de palacio y me precipito al mar verde.
El viento azota mi camisa y desabrocha algunos botones mostrando parte del vello de mis pectorales.
Estiro mis brazos y me coloco cabeza abajo en picado para ganar velocidad.
En el momento en el que voy a llegar al suelo mi cuerpo se mueve con la agilidad de un gato para caer completamente de pie.
Avanzo entre los troncos grises y la vegetación espesa hasta llegar a una de las montañas que se sitúa junto al túnel que comunica el palacio con los barrios altos de la ciudad.
Me percato de los símbolos dibujados en las piedras con cierta sutileza, marcas escritas con sangre de animal y cuya única utilidad es guiarme hasta el punto de encuentro.
A ojos de los más curiosos no se percibiría nada raro, este bosque está lleno de cazadores y presas.
Una bocanada de aire significa percibir al búho alimentándose del ratón o al zorro descuartizando a una pequeña colonia de conejos.
Para los inmortales todo huele a muerte, pero soy el único que puede percibir el aroma mezclado en las marcas de sangre, un perfume que me es fuertemente familiar.
Sigo los símbolos hasta llegar a una apertura en la pared rocosa, una línea que puedo atravesar si me muevo con cuidado. El acceso se torna un túnel lleno de musgo y enredaderas hasta que la ruta se abre en una cueva cuyo único sonido es el goteo de la humedad.
—¿Por qué nos has convocado? —habla una voz masculina.
—Tengo una prueba en los barrios altos —dice una voz femenina mientras descubro tres figuras reunidas en las sombras—. La Orden de los Condenados está secuestrando a los humanos de Plaguen para atacar directamente a los stokers y está utilizando una de las mansiones como refugio.
—¿Cómo estás tan segura? —le pregunta uno de los otros dos vampiros, el que juega con una moneda—. Expulsamos a los rebeldes hace más de un mes, huyeron de la ciudad y no han vuelto a actuar. Si hubiera habido alguna reunión, nuestros infiltrados hubieran dicho algo.
—¿Y si esos humanos se han marchado por miedo al frenesí? —habla el tercero.
—¿Sin avisar? ¿Sin dejar ni una triste carta a sus familiares? —continúa la chica—. Estamos hablando de personas casadas, con hijos o incluso dueños de negocios conocidos.
—Que la noche sea eterna, milord —saludo en el momento en el que me reúno con los cuatro vampiros vestidos de negro.
—Y que la luz no te pille desprevenido—me responden a coro, se giran hacia mí y esperan a que hable.
Conozco a todos los presentes del escuadrón de espías.
No me cuesta identificar a Idris y a Cynder, aunque sin duda la que está deslumbrante es la chica, mi sombra, mi informadora privada.
Cuando los ojos de la sociedad vampírica han estado fijos en el enlace entre Lady Alia y yo, hay otra stoker que ha pasado completamente desapercibida.
—¿Qué sabes, Enfi?
Su larga coleta morena se sacude en el momento en el que me lanza un pergamino envuelto en un fino hilo dorado. Lo cojo en el aire, leo el mensaje y compruebo la elegante pluma que enmarca la invitación:
Estimado ciudadano de Plaguen:
Los nobles somos conscientes del terror que recorre las calles de nuestra querida ciudad.
Como humano no cuentas con la fuerza suficiente como para enfrentar el frenesí de los inmortales.
Por esto queremos ofrecerte nuestra protección.
Solo tienes que acudir a nuestra mansión en el barrio alto y te daremos el escudo que necesitas.
Atentamente, Lord Strix.
—No creo que la nobleza haya perdido su humanidad secuestrando a humanos de esta manera —comento con seriedad.
Nadie antes le ha llevado la contraria a la corona de oro negro y rubíes, menos aún un miembro del consejo. Enfi me mira y pone los ojos en blanco mientras los otros dos espías aguardan mi decisión. Acabo cediendo a cualquier teoría, después de todo, no tenemos nada a lo que aferrarnos.
—Tampoco perdemos nada por mirar —sugiero antes de que mi hermana insista.