68
Las criaturas se separan buscando alcanzar las ventanas del palacio para entrar en el interior. La más rápida es el reflejo distorsionado de Elzara, el cual es mitad mujer y mitad araña. Esta mueve su abdomen para expulsar su seda y propulsarse directamente hacia uno de los torreones.
—¡Detenedla! —grita Yleth sin que nadie pueda predecir el retorcido juego de la tercera prueba.
—¡Esa es mía!
Elzara invoca sus alas a tiempo de que la oscuridad de la akathmancia la rodee formando látigos de sombras dispuestos a detener a su versión alterada.
Yo la ayudaría, pero mis ojos se han quedado fijos en el monstruo que cree formar parte de mí.
Su cabello sigue siendo rojo fuego y rizado, pero lo demás ha cambiado radicalmente.
Su cuerpo está lleno de escamas verdes y en lugar de piernas hay una gran cola de serpiente cuyo reptar me eriza la piel.
El fuego brota de mis manos como lo hace el aliento de un dragón en los cuentos para niños. Expulso todo mi poder sin importarme destruir las escaleras, la piedra o el mármol.
—¡Cuidado! —la distorsión de Bela se dirige directamente a mí.
El reflejo de la bruja de las ilusiones ha perdido toda su belleza, su rostro parece el de una muñeca de porcelana completamente agrietada y el cuerpo está compuesto por un vestido sin forma. Justo cuando empieza a gritar me doy cuenta de que es una banshee.
—¡Qué alguien la calle! —se queja Aine mientras nos vamos retorciendo de dolor intentando taparnos los oídos para no escucharla.
Por mucho que yo apague mi magia y me vea incapaz de conjurar nada más, Yleth sigue manteniendo su escudo aun con un filamento de sangre surgiendo del interior su oreja. Pero ella es así, por mucho que sufra no va a dejar de protegernos.
El monstruo de Aine quiebra todas nuestras defensas con sus cuernos de alce.
El cuerpo de la criatura es alargado y con garras.
Su rostro es la calavera de un animal y su fuerza es la potencia de una estampida.
El impacto es tan fuerte que provoca que Yleth salga despedida por los aires, aunque consigue estabilizarse sacando sus alas y manteniéndose en vuelo.
—¡Atrás! —le grita la bruja verde invocando enredaderas y zarzas alrededor, su hechizo también inmoviliza a mi distorsión—. ¡Impedir que los demás lleguen a la corona! Yo me encargo del wéndigo y de la lamia.
—Gracias, cielo, eres la mejor —le digo a tiempo de unirme con Yleth en el aire—. ¿Garza?
—No, no, lo mío es personal.
Bela está fuera de sí, se ha hecho una coleta para apartarse el cabello de la cara y ha sacado sus alas para seguirle el ritmo a la banshee que rivaliza con su poder.
Aunque, sin duda, lo más impactante de todo, es ver como las mancias orbitan alrededor de la bruja prometiendo no limitarse más.
Los orbes ilusorios adquieren formas afiladas, el viento del invierno rodea su silueta y sus manos adquieren la consistencia del oro listas para asestar el próximo golpe.
—Te has metido con la bruja equivocada —le dice ella a tiempo de alcanzarla e intentar convertir su cuerpo en la reencarnación de la riqueza.
Yleth y yo intentamos atravesar una de las ventanas, pero la distorsión de mi amiga nos golpea haciéndonos caer de golpe en el suelo.
Al igual que mi duplicada o la de Elzara, la de Paquin también mantiene parte de su apariencia, pero el resto de su cuerpo parece haber salido de la pesadilla más retorcida.
Su cuerpo es una amalgama de tentáculos que segregan una sustancia lo suficientemente corrosiva para dejar marcas a su paso.
—¡No puedo más! —se queja Aine mientras mi distorsión rompe sus enredaderas para liberarse de su prisión.
La serpiente se abalanza sobre la bruja verde y, antes de que pueda golpearla, un floroso surge de la nada para proteger a su ama. Aine aprovecha la situación para invocar una espada y atravesar su pecho.
Mi distorsión grita mientras huye del combate. No tenemos mucho tiempo para verla porque la mujer kraken nos escupe ácido corrosivo. Yleth alza el escudo de nuevo, débil, mientras yo conjuro mariposas de fuego y sombras que arremeten contra ella.
La distorsión de mi amiga sale despedida por los aires, quema las ataduras de Aine y libera al wéndigo que se enfurece al percatarse del fracaso de sus aliadas. Entonces lo hace, abre su boca de ciervo y expulsa una plaga de mosquitos venenosos.
—¡Astalix, aquí! —grito agarrándola con garras de sombras para poder traerla al interior de la burbuja de Yleth.
—¡No! —protesta siendo espectadora directa de como los insectos devoran la madera de su floroso—. ¡Hija de puta!
Ninguna de las presentes hemos tenido la mala fortuna de ver a Aine enfurecida, pero ahora eso ha cambiado.
Ella se eleva por encima del suelo mientras los pétalos y las hojas danzan alrededor de su vestido.
Avanza transportada por una brisa invisible, está dispuesta a todo por vengar a su invocación.
De un momento a otro, bruja y wéndigo se enzarzan en un duelo sin precedentes.
Justo cuando pensábamos que Aine iba a recurrir a su astalmancia, nos sorprende con un potencial que ha estado ocultando en lo profundo de su ser.
En un parpadeo las hojas y las flores que la rodean se convierten en espadas y cuchillos giratorios.
A su distorsión le falta tiempo para huir y acaba preso de innumerables cortes.
—¡Yo me encargo! —grita furiosa haciendo que la ciudad se convierta en un jardín cruel—. ¡Marchaos!
Paquin y yo aprovechamos el momento para llegar hasta el interior del palacio. Nuestras zancadas se mueven con agilidad junto a la estatua de Midnara, estamos a punto de llegar a las escaleras cuando todo se cubre de niebla.
No nos hace falta ser muy listas para comprender que la mujer kraken ha regresado, lo sabemos porque el sonido de sus tentáculos se propaga por todo el lugar.
—No te separes de mi lado —me dice Yleth a tiempo de crear una nueva burbuja entorno a nosotras.
—Nunca.
Nos miramos cómplices evocando el momento en el que la pluma crepuscular nos absorbió por primera vez. Esa noche en la que supimos que, a pesar de todo, siempre nos íbamos a tener la una a la otra.
La distorsión de agua aparece de la nada y se abalanza sobre el escudo de Yleth. Grita, lo hace mientras el veneno de sus tentáculos quiebra las protecciones de nolmancia.
—¡Qué no te toque! —me advierte mi amiga mientras el veneno cae sobre mi piel.
—¡Joder!
Una sola gota es suficiente como para abrasarme y provocarme una quemadura horrorosa. Cuanto más aguantamos, más líquido tóxico se va filtrando a través de las grietas. Intento esquivarlo, lo único que consigo es que mi vestido granate pierda su vuelo.
—¡Atrás, monstruo! —Yleth hace estallar su burbuja y la mujer kraken sale despedida por los aires.
Nos quedamos quietas asegurándonos de que la criatura no va a volver a atacarnos. Muevo los dedos para invocar un tornado de sombras que disipa la neblina venenosa que nos rodea. El afán por cumplir con nuestra misión me incita a hablar.
—¡ Ayuda! —nuestras mentes reciben el mensaje de Elzara—. Estoy en el torreón de Kath, creo que la corona está aquí.
— ¿En mi ala? —pregunto inocente.
— La araña ha venido hasta aquí.
— Eres la primera bruja que encontró una pluma crepuscular, la primera elegida del Nido —Deduce Yleth a través de la conexión que Strange ha creado entre nosotras.
Nos apresuramos a salir del palacio para acceder a las habitaciones en las que tanto tiempo hemos pasado. Antes de perdernos en mi torreón, me aseguro de que Aine y Bela estén bien.
La bruja rosa se duplica para pelear contra la banshee mientras la verde sepulta al wendigo en zarzas venenosas. No veo a mi distorsión por ningún lado, pero no puedo perder el tiempo, la bruja oscura está en peligro y eso es lo único que me importa.
Cuando llegamos a mi torreón nos encontramos a Elzara cubierta de oscuridad.
La araña ha intentado inmovilizarla con su seda, pero Strange ha disipado todos sus ataques con su irialmancia.
La batalla está equilibrada, las sombras intentan atrapar a la distorsión, mientras esta corre por el suelo, pared y techo ignorando las leyes de la gravedad.
Mi corazón da un vuelco cuando comprendo el grito de auxilio de nuestra hermana.
La mujer araña ha dejado huevos por todos lados y están eclosionándolos en esbirros más pequeños.
Las crías son tan rápidas que la akathmancia no puede atraparlas, al contrario, consiguen llegar hasta Elzara y rasgar su vestido.
—¡Joder! —se queja con la sangre brotando de su piel.
—¡Atrás! —grito invocando sombras que uno a las suyas para llegar hasta ella.
El fuego rodea nuestros cuerpos formando siluetas ígneas. Una a una las crías de araña van convirtiéndose en cenizas mientras otras continúan con su incesante ataque.
—¡No las toques! —maldice Yleth paralizando el cuerpo de la madre arácnida con la magia del tiempo.
Entonces ocurre, justo cuando la tuallmancia afecta a la distorsión, está sale de su exoesqueleto.
Deja el cascarón como señuelo y se abalanza sobre la bruja azul.
La araña atraviesa las manos de Paquin con sus patas, los gritos de nuestra amiga se propagan por mi torreón mientras el sufrimiento de su dolor me llena de ira.
Estoy a punto de quemarlo todo sin hacer distinción de amigos o enemigos cuando siento una mano sobre mi pecho.
—Esta es mía —ruge Elzara con la cara llena de mordiscos.
La bruja oscura absorbe mis sombras y se rodea de ellas transformando su cuerpo en otra cosa.
De un momento a otro su forma se pierde en una figura mucho más grande y peligrosa, una salida de los cuentos que alguna vez hemos leído cuando éramos niñas.
Strange se convierte en un dragón de oscuridad, una bestia cuyas fauces engullen a la araña y la destroza de una sentada.
—Recuérdame que no te haga enfadar —le digo en cuanto regresa a la normalidad y me devuelve la akathmancia que ha cogido prestada.
Nos acercamos a Yleth para asegurarnos de que está bien, pero en esta prueba no hay tiempo para respirar. En el mismo instante en el que bajo la guardia, la mujer serpiente aparece reptando a gran velocidad y me empuja a través de la ventana.
—¡Cuando te coma solo seremos una! —me grita desgarrándome el vestido para llegar a la piel.
Nos precipitamos al vacío, chocamos contra el tejado del palacio y nos deslizamos hasta retomar la caída hacia el suelo. Abro las alas para amortiguar el golpe, algo de lo que mi distorsión se aprovecha.
—Eres muy pesada —le digo en cuanto nos incorporamos.
—Y tú vas a morir.
Las mariposas de fuego juguetean con mis rizos mientras otras formadas por sombras se posan en mis heridas para detener la pérdida de sangre.
—Hasta aquí has llegado, impostora.
El fuego arremete contra la serpiente mientras ella absorbe mis hechizos con sus escamas.
—¿No te has dado cuenta? Somos iguales.