Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 67
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—La tercera prueba con la tercera bestia primigenia —Aine habla como si estuviera apuntando todo lo que estamos viviendo en un cuaderno que atesora en su propia mente.

—Mi nombre es Écliah y soy lo único que os separa del poder verdadero —pronuncia la criatura sin dejar de mirarnos.

—¿Puedes hacerte pequeñita, Écliah ? —se queja Bela, ahora sé que es su forma de reaccionar cuando está nerviosa y asustada—. Me van a empezar a doler las cervicales de mirar hacia arriba.

Entonces ocurre, la loba gigante abre sus fauces y nos propina un mordisco. El Nido destruido no hace otra función que el comedero de un animal. Intentamos protegernos, pero nadie puede rivalizar contra su poder.

—¿Se ha enfadado? —pregunta Bela en cuanto la oscuridad de la bestia da paso a una nueva luz—. ¿Nos pueden dejar de comer?

—¿Dónde estamos? —Elzara le responde con otra incógnita.

Si antes caminábamos por los restos de la devastación, ahora nos encontramos en una ciudad llena lujo y glamur. Las casas son tan altas como las de una capital, sus calles llenas de árboles y el suelo es del mismo material que el puente que nos condujo hasta el Nido la primera vez.

El cielo es tan oscuro como una noche sin estrellas, pero hay algo que se alza imponente, un choque entre sol y luna que nos deja completamente anonadadas.

La luz, íntima y delicada, es suficiente como para percatarse de todos los detalles que nos rodean.

Pero no hay nada más, ni una sola pista de la prueba que tenemos que resolver.

De pronto escuchamos el sonido de unas garras rasgando la piedra blanca del suelo. En el momento en el que nos miramos todas sabemos lo que es.

—Estamos en la nube —deduce Yleth cuando varias escobas aparecen barriendo las calles de la ciudad.

—No puede ser… —susurro contemplando el palacio con los cinco torreones coronando la belleza de este lugar.

Aine se acerca a uno de los árboles y coloca su mano sobre su tronco. La magia verde la embriaga instantes antes de que su voz traduzca lo que la planta le está contando.

—Este es el futuro que nos espera si conseguimos sobrevivir. —dice con una lágrima recorriendo su mejilla—. El Aquelarre del Nido no es solo una agrupación de brujas, es un reino.

—Cada raza tiene un dominio y cada dominio una corona —Elzara habla completamente emocionada.

—La corona de cuervos. —Bela se acerca a una de las casas para mirar a través de sus ventanas—. Si este es nuestro reino, ¿cómo le llamaremos?

—Lo pensaremos cuando superemos esta prueba, ¿qué os parece? —comento con una sonrisa intentando concentrarme en lo que sea que tenemos que hacer.

— Soleish os enseñó el pasado. —habla la voz de la loba, cuando seguimos el sonido nos damos cuenta de que esta proviene del eclipse que lo ilumina todo—.

Lunek os regaló la libertad en el presente y mi deber es advertiros del futuro.

Lo único que se puede interponer entre el ahora y vuestro verdadero poder sois vosotras mismas.

Afrontar vuestras propias inseguridades y recuperar el esplendor que una vez tuvieron las hijas de Midnara.

El trono debe de ser ocupado, la corona de cuervos debe tener una portadora, ¿quién de vosotras será?

Quizá no estáis preparadas, ¿Lo estarán ellas?

—¿Ellas? —pronunciamos a coro, pero nadie nos responde.

Cinco figuras aparecen frente a nosotras, cinco sombras que parecen imitar cada uno de nuestros gestos.

—¿Qué son? ¿reflejos? —Aine toca el ser que tiene delante instantes antes de que su rostro tome forma.

De pronto le salen unas gafas, después la maraña de cabello rizado y anaranjado.

En un abrir y cerrar de ojos hay dos Aines Astalix idénticas, una llena de dudas y la otra con una sonrisa bastante perturbadora.

El reflejo de la bruja verde nos mira y acto seguido empuja a su original para desestabilizarla.

—¡Ey! —se queja Bela ayudando a nuestra hermana a levantarse—. Vaya modales.

— Vaya modales, vaya modales… —repite el duplicado de Bela Garza que se está terminando de formar.

—Lo único que se puede interponer entre el ahora y vuestro verdadero poder sois vosotras mismas… —Yleth repite las palabras de la loba.

— Bla, bla, bla… —se jacta su copia segundos antes de que se completen los colores de su apariencia.

—¡Es una competición! —deduzco al instante—. ¡Tenemos que ganarlas!

—¡Qué vas a ganar tú, desgraciada! —me grita mi reflejo antes de empujarme y salir corriendo.

—¡Atrapadla! —Elzara se hecha a correr, pero antes de que pueda avanzar demasiado su copia le pone la zancadilla y le hace caer.

—¿A quién? ¿A ti misma, perdedora? —le susurra al oído, lo hace lo suficientemente alto como para que todas la podamos escuchar.

Los cinco reflejos emprenden una carrera mientras nosotras nos miramos ignorantes.

Entonces asentimos con la cabeza e invocamos el mismo hechizo.

Nuestras alas surgen al unísono segundos antes de que emprendamos el vuelo hacia el palacio.

Si esto es una carrera contra nosotras mismas, puede que juguemos con ventaja.

Aterrizamos frente a la puerta e invocamos nuestras mancias para encontrarnos de frente a nuestras oponentes.

Las copias se detienen, se empiezan a reír y se miran entre ellas de la misma manera que nosotras lo hemos hecho antes de volar hasta aquí.

Sus carcajadas se propagan por toda la ciudad al mismo tiempo que ellas mismas se contraen perdiendo la forma que las hacía nuestras idénticas.

—¿Se han vuelto locas? —pregunto sin comprender qué es lo que está pasando.

—Quizá siempre lo estuvimos —responde Aine con las manos cargadas de magia verde.

—Tiene todo el sentido, si son nuestros reflejos… —Yleth invoca una barrera de nolmancia para que ellas no puedan avanzar.

Los duplicados se cubren por una extraña membrana de magia púrpura, lo hacen como si fueran algún tipo de insecto. No pierden mucho el tiempo antes de romperla y cuando lo hacen sus cuerpos han cambiado drásticamente.

—No me digáis que siempre me habéis visto así —Bela abre los ojos de par en par.

—No, cielo, esto es una locura —digo a tiempo de ver como nuestros reflejos se conviertes en monstruos.