66
Aparezco, de nuevo, en la cima de la montaña divida por el Midna.
Calista, Edana y Seylah están ahí, en el lado nocturno, mientras las del Nido las saludamos desde el otro lado.
Aunque la niebla oculte sus rostros, nada puede impedir que perciba el poder de mis hermanas.
Hay más brujas allí, el Aquelarre del Cuervo ha crecido, algunas de ellas han regresado, no sé si de manera permanente o solo para la guerra final, pero están aquí.
—Gracias por venir —les digo firme y sin ápice de dolor en mis palabras.
—Gracias a ti por advertirnos, está lucha también le pertenece a la noche eterna —me responde Cali a tiempo de que las brujas se aparten para dar paso a las stoker de Plaguen.
Amari y Enfi están allí, tras ellas un ejército de vampiros y ghouls.
Han dejado el Continente de la Banshee desprotegido, pero eso no parece importarles, no con el Antiguo en su guarida.
Jasper, en cambio, también ha venido, su porte y su poder son el de un rey, un portador de la corona de oro negro y rubíes, el dueño del trono de Makabria.
Alguien pasa a mi lado sin previo aviso, una figura robusta y con la cabeza rapada. Darius abraza a su amada mientras el mundo se detiene en un silencio. Kaine se reúne a mi lado, bajo la noche eterna mientras me dedica una sonrisa.
—Lo conseguimos, amor —me dice instantes antes de que Estevian se una al encuentro entre stokers—. Tenías razón, el general era la solución.
Despierto en soledad completamente empapada en sudor. La ausencia del Dynevor me hace tanto daño que intento regresar a su lado, pero no ocurre nada, sigo agotada y necesito recuperar las fuerzas que me ha arrebatado el uso de tanta magia.
Cuando bajo a desayunar las chicas no aparecen, algo que me da el espacio suficiente como para pensar en la visión que me ha regalado la hechicería. Entonces recuerdo la premonición que tuve junto al Aquelarre del Cuervo antes de mi partida y siento la necesidad de avisarlas acerca de lo que viene.
Me apresuro a llegar a la puerta del castillo, de asomarme al vacío y de invocar las alas. Lo hago sin esfuerzo, como si siempre hubieran estado ahí, esperando mi llamada para ser utilizadas.
—Al principio usábamos escobas, después todo cambió —digo evocando las palabras de la araña Lunek durante nuestra última prueba.
Me precipito a la nada sabiendo que el blanco infinito que nos rodea no es otra cosa que la nube que nos oculta. Algo que confirmo cuando aparezco surcando el cielo con total libertad.
El Midna se mantiene sobre mí dividiendo el mundo en dos, no lo pienso dos veces y vuelo hacia la noche eterna, la parte cubierta por una tormenta persistente que protege a los vampiros de la luz solar.
Valhía me regala las mejores vistas, las islas transcurren bajo mis pies mientras el Continente de la Banshee se dibuja en el horizonte.
Descubro que la temperatura es mucho más fría aquí y que no tengo la visión sobrenatural de una caída, por lo que me cuesta más ver en la oscuridad.
Algo que soluciono con las mariposas de fuego que aparecen volando a mí lado.
Sobrevuelo el mar sabiendo exactamente qué es lo que se oculta en esas aguas, aunque la oscuridad me impide verlas, sé que las caribdis están ahí, pendientes de todo lo que se mueva en su entorno.
Pero yo no voy a cometer el error de acercarme a ellas, no cuando estoy tan cerca de reencontrarme con mis hermanas.
Justo cuando pienso que puedo llegar hasta Plaguen, cuando veo el puerto lo suficientemente cerca como para caer en picado hacia él, algo me frena de improviso.
Mi cabeza se choca de golpe contra una pared invisible, la barrera protectora que proyectan los huesos de aquellas que me enseñaron a controlar la magia.
Mi vuelo se desestabiliza y me obliga a desmoronarme sobre el mar.
Hay un monstruo de ojos rojos aguardando mi caída con las fauces abiertas, sus tentáculos emergen del agua y se estiran para intentar atraparme.
El miedo a la muerte me invade instantes antes de que el hielo congele el agua bajo mis pies.
Me incorporo con torpeza, agito las alas para ponerme en pie y busco a la conjuradora de este hechizo. Entonces las veo, la Tríada del Aquelarre del Cuervo están allí observándome desde un barco, nada se acerca a ellas porque Edana y Seylah se encargan de que la zarianmancia lo recubra todo.
A diferencia de la visión que tuvimos juntas, aquella en la que aterricé frente a ellas, esta vez llego caminando por el hielo resbaladizo. Estoy a punto de resbalarme cuando la telekinesis de las brujas de Plaguen me hacen flotar hacia el barco.
—¡Kath! —grita Seylah y se olvida que no podemos abrazarnos.
No tenemos claro si la barrera impide que me acerque al Continente de la Banshee o las protege de mí.
Sea lo que sea no podemos tocarnos, lo que nos obliga a saludarnos como hicimos en nuestra visión.
Coloco mi mano en la pared invisible mientras ellas hacen lo mismo.
La imagen no dista mucho de la visita de los familiares a aquellos que están presos, aunque en esta ocasión no hay barrotes ni ventanas, solo un hechizo que nos impide reunirnos de nuevo.
Lo peor de todo es que sé que no soy yo la prisionera, sino ellas que están condenadas a habitar la noche por toda su eternidad.
—Dime que estás bien, dime que podrás volver algún día —Cali solloza deseos que sabe que nunca se podrán cumplir.
—Ahora soy diferente, tengo otro poder… —La pluma de mi escote resplandece advirtiéndome de que la tercera prueba me espera—.
Escuchad, hermanas, no tengo mucho tiempo.
Debéis acudir a mi llamada, tendréis que llevar a las stokers y los ejércitos a una isla situada en medio del Midna.
Se avecina la guerra final y sin la ayuda de Plaguen Cirigh y Estevian estarán perdidos. Ellos y todo Valhía.
—¿De qué hablas? —Edana golpea la barrera desesperada por llegar hasta a mí—. ¿Qué estás diciendo, Kath?
—Viene un monstruo alado a exterminarnos a todos —Seylah responde en mí lugar.
—¿Puedes leerme la mente? —pregunto desesperada—. ¿La donmancia funciona en mí?
Seylah asiente con la cabeza mientras se toma mi expresión como un permiso para que acceda a mis pensamientos. No me importa que vea a Kaine Dynevor, no me importa que descubra todos mis secretos, necesito que sea espectadora directa de la visión que he tenido.
—Iremos, estaremos allí cuando nos necesites. —sentencia Cali de manera apresurada—. Se te acaba el tiempo, la hechicería te reclama.
Mi cuerpo empieza a desaparecer mientras nuestros rostros se llenan de lágrimas.
—Puede que mi nueva naturaleza me impida estar con vosotras de nuevo, pero tened claro que nunca os olvidaré —les digo entre sollozos.
—E…, eres mortal —comenta Seylah con la voz queda—. Kath…, ahora el tiempo juega en tu contra.
—Lo sé, pero no pasa nada, el mundo pende de un hilo y sin el Aquelarre del Nido todo está perdido —Intento explicarme, pero la tercera prueba me está reclamando y eso provoca que me aleje de ellas.
—¡Siempre serás nuestra hermana! —grita Edana sin cesar en su intento por romper la barrera—. ¡Da igual lo que pase, siempre serás un cuervo!
—Os quiero —pronuncio, pero ya no he desaparecido.
De un momento a otro he aparecido en las ruinas de un reino olvidado. Yleth y las demás están allí, sus ojos se clavan en mí apenadas mientras entienden de dónde vengo. No dicen nada, al contrario, me rodean y nos fundimos en el abrazo más sincero.
—Nunca vas a estar sola. —escucho a Elzara que me está leyendo los pensamientos sin querer—. No hace falta que te escuchen para que sepan que las quieres.
—Gracias…
—¿Dónde estamos? —pregunta Bela al cabo de unos minutos.
Todo lo que nos rodea parece haber sido el resultado de la devastación.
Hay torres rotas, casas cuyos tejados y paredes han perdido su utilidad, calles llenas de escombros y árboles partidos a la mitad.
Al fondo podemos ver el Nido, el palacio de paredes blancas con decorados dorados y púrpuras.
Pero, a diferencia del hogar en el que hemos vivido hasta ahora, este ha perdido su forma.
Todo está torcido, es como si se hubiera precipitado al vacío sin ningún hechizo que lo hiciera aterrizar correctamente.
Por no hablar de los torreones, solo uno ha quedado en pie, el de Yleth.
—¿Es el plano de las bestias espirituales? —digo mientras avanzamos al Nido como punto de referencia.
—¿Y si hemos hecho algo mal? —Paquin habla con la mano en el pecho—. ¿Y si no hemos superado las pruebas como esperaban?
—La serpiente nos mostró el pasado, la araña nos dio alas y ahora…, ¿este es nuestro final? —Aine cabila observándolo todo con detenimiento.
—Puede que hayamos pasado algo por alto —Elzara intenta darle un poco de esperanza a todo esto.
Cruzamos el camino que nos deja la destrucción.
Pasamos por arcos hechos con árboles rotos para rodear una plaza cuyo centro es un socavón que se pierde en la oscuridad del mundo.
Aine Astalix no puede evitarlo y sana las plantas junto a las que vamos pasando.
Un gesto humilde, como si quisiera darle una segunda oportunidad a esta ciudad.
Estamos frente al palacio cuando todo empieza a rugir.
—¡Cuidado! —grito a tiempo de ver al último torreón desmoronarse sobre nosotras.
Yleth extiende sus brazos y detiene el tiempo de los escombros.
La piedra y el mármol se quedan paralizados en el aire mientras nosotras nos apresuramos a llegar al interior como si eso fuera a salvarnos de nuestro destino.
Justo cuando estamos a salvo, la torre se desmorona impidiéndonos salir de lo que alguna vez fue nuestra guarida.
—Decidme que esto es un sueño —suplica Bela al ver la estatua de Midnara partida a la mitad.
—Este es el futuro que nos espera si no se nombra a una portadora para la corona de cuervos —habla una voz que surge de la nada.
Actuamos por inercia, preparadas para lo que sea que se avecina. Nuestras manos centellean del color de nuestras mancias mientras nuestras espaldas se unen en una formación de combate.
—Sal y terminemos con esto. —Elzara está cubierta de sombras, lista para atacar—. No más pruebas retorcidas.
—La tercera prueba es una decisión que ya habéis tomado.
Entonces aparece, una loba de tamaño colosal observándonos desde el techo roto del Nido.
Un animal de hermoso pelaje blanco con un ojo de cada color.
A la izquierda dorado y brillante y a la derecha azul y cristalino.
En su frente hay una runa de poder, un grabado cuya simple presencia nos provoca respeto.
No hay ninguna duda de que con solo una de sus grandes patas podría reducirnos a la nada.