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Kathleen Strauss
Llegar hasta la nube significa aparecer en la entrada del castillo sin previo aviso. Las alas desaparecen en el momento justo en el que posamos nuestros pies sobre el suelo. La Maestra no aparece por ningún lado, por lo que entendemos que aún no es el momento de la tercera prueba.
—Algún día regresaremos —le digo a Yleth viendo su expresión de desánimo y cansancio.
—Ahora solo necesito dormir —me dice con una sonrisa.
—Sí, deberíamos descansar —comenta Aine a tiempo de caminar en dirección a su habitación.
Nos despedimos con la esperanza de poder conciliar el sueño. Me encantaría poder hablar con Yleth, pero entiendo que ahora necesita estar sola. Por eso acabo metiéndome en mi cama e intento descansar antes de lo que sea que nos espera.
Me cuesta dormir, por mucho que esté cansada mi cuerpo sigue emocionado por todo lo que hemos vivido.
Volar ha sido una experiencia sinigual, la adrenalina en estado puro, más incluso que una guerra.
Saber que Valhía es accesible para mí, para todas nosotras, me hace sentirme más poderosa que incluso con el talento de una bruja madre.
La noche eterna ya no es una prisión y necesito descubrir el mundo entero.
Me encantaría poder contárselo a Malik, no, que lo vea con sus propios ojos, pero sé que la vida que ha elegido le hace plenamente feliz y eso es algo que no le pienso arrebatar. No sé cuánto tiempo me quedo despierta, pero cuando abro los ojos el Nido está lleno de risas.
Las horas siguientes transcurren en una rutina en la que nos mantenemos separadas durante el día y solo nos juntamos en las horas de desayuno, comida y cena.
Las chicas quieren su espacio, no hace falta decirlo para saber que necesitamos estar a nuestro aire.
Después de tantas emociones, disfrutar de los poderes de los torreones es un placer que debemos atesorar cada una.
Por eso me encierro en el mío y viajo junto a Kaine Dynevor para observarle.
No sé cómo lo ha conseguido, pero ha acabado trabajando en la taberna, supongo que la dueña ha visto en su gran atractivo una herramienta para captar clientes.
Yo me coloco en una esquina y río con cada una de sus vivencias.
Le sigo hacia donde quiera que vaya, pensar constantemente en él me ayuda a permanecer a su lado, aunque eso signifique superar los límites de la magia de mi torreón.
Cuando nuestro vínculo se desconecta, solo tengo que volver a pedirle a la hechicería que me regrese junto a él.
Así es como acabo encerrada en su habitación mientras él se sienta a leer algún tipo de libro de autoayuda.
Sé que siente culpabilidad, sé que está trabajando en ser una mejor versión de sí mismo, pero estar ahí sin poder tocarle es algo que me mata por dentro.
—Kaine… —susurro en cuanto le veo llorar.
El mayor de los Dynevor no es un vampiro que exteriorice sus sentimientos, por eso aprovecha su soledad para sufrir en silencio.
Algo que no sé si estoy haciendo bien, le estoy espiando, invisible a sus ojos.
Quizá debería dejarle realmente solo, y estoy a punto de hacerlo hasta que le escucho decir mi nombre.
—Kath, ¿eres tú?
—Sí, ¿puedes escucharme? —le respondo sin esperanza de que vaya a escucharme de nuevo.
—Sí, pero ¿dónde estás? ¿resolvisteis el acertijo? ¿por qué no puedo verte? —Él cierra el libro y se incorpora buscándome con la mirada—. Si has muerto yo…
—La mesa rúnica resultó ser la cerradura de un lugar oculto, el Nido, la guarida de las hijas de Midnara. Nunca fueron tres diosas, siempre hubo una más. La madre de las brujas…
—Espera, espera… —Kaine da un paso al frente y camina hacia a mí con los brazos estirados—. ¿Vas a desaparecer?
—No sé cuanto tiempo tengo, hay unos torreones que nos permiten viajar de una manera extraña.
—Entonces continúa, te escucho.
Le sigo contando todo lo que hemos vivido, las pruebas de la hechicería, la Maestra, mis nuevas hermanas. Le cuento que hemos viajado hasta las Tierras Doradas y sus lágrimas vuelven a brotar sin previo aviso.
—¿Habéis visto el amanecer? ¿Habéis caminado bajo el sol?
—Sí, aunque ahora somos algo así como mortales, brujas de verdad, nada que ver con la Tríada ni sus huesos consagrados.
—¿Eres mortal? —Su gesto se contrae en horror—. Tienes que volver, tenemos que vernos. Los humanos son efímeros, yo no quiero perderte nunca.
—En el Nido el tiempo pasa diferente, supongo que aquí no envejecemos con normalidad.
—Kath, quiero verte, ven al Continente de la Banshee.
—No puedo, no puedo regresar…
El silencio convierte nuestra reunión en una despedida dolorosa, más que la de la última vez. Él me mira y, aunque no pueda verme, sus ojos se clavan en el punto exacto en el que surge mi voz. Abre sus brazos como si realmente pudiera abrazarme y yo le recibo con la misma actitud.
—Pues llévame contigo, dame una de esas pociones para transformarme en bestia…
—Yo…
—Kath… no sé vivir sin ti, no quiero hacerlo. Si tengo que morir en el intento, que así sea.
Mis piernas vencen cuando la pena me quiebra por dentro. En el momento en el que pierdo la concentración el ala del torreón disipa su magia. Me quedó allí llorando minutos antes de que las chicas me llamen para comer.
—¿Estáis preparadas para la tercera prueba? Puede llegar en cualquier momento —comenta Aine removiendo su sopa de verduras.
—Yo sí, quiero acabar con esto. —responde Elzara—. A veces me aburro sin poder salir de aquí.
—Yo necesito más tiempo, me siento cansada… —digo sin previo aviso.
—Tienes mala cara, cielo. ¿Va todo bien? —Yleth me mira preocupada—. ¿Estás consiguiendo dormir?
—No demasiado, no estoy acostumbrada… —Me excuso sin querer marearlas con todo el tema de Dynevor.
—¿Queréis hacer una fiesta? —sugiere Bela con un vestido de lo más llamativo—. Venid luego a mi torreón, voy a animar este palacio, parece un funeral.
—No…, no me apetece cariño…, pero gracias.
No les digo nada más, me incorporo y regreso a mi ala con la esperanza de poder seguir hablando con Kaine.
Siento que, de alguna manera, perderé la conexión que tengo con él, que no podremos seguir hablando y no sé si estoy preparada para afrontar eso.
Sí, lo sé, me prometí a mí misma hacer lo imposible por el aquelarre, pero mi corazón no atiende a razones y mi magia está empezando a perder el rumbo.
Cuando viajo a su lado, Kaine está trabajando de nuevo. Espero a que termine su jornada para reunirnos, de nuevo, en su habitación. Le cuento los diferentes usos que les han dado mis hermanas a sus torreones y, antes de que nos invada la pena, estamos riéndonos a carcajadas.
—¿Invocó los florosos en su torreón? —pregunta Kaine sentado en su cama, yo estoy a su lado. Aunque no podamos tocarnos, eso no impide que disfrutemos de la compañía del otro.
—Sí y Bela se pasa el día probándose vestidos.
—¡Qué tía!
Aprendo que, cuanto más concentrada esté, más puedo mantener el hechizo de mi ala, por eso aprovecho cada segundo a su lado. Pero él tiene obligaciones que atender, más aún si quiere seguir manteniendo la habitación que le prestan como parte de pago a sus servicios.
—Cena y regresa, tengo una idea —me pide con una sonrisa.
—¿Y si no puedo volver?
—Pues mala suerte, pero no te quedes mirándome trabajar, tiene que ser un aburrimiento.
—No te creas, me gusta verte.
—¿Te has vuelto una acosadora, Kathleen Strauss?
—Algo así.
Nos despedimos entre risas instantes antes de disipar la magia de mi torreón.
Cuando bajo a cenar nadie me acompaña. No le doy demasiado importancia, seguro ellas también han encontrado la manera de matar el tiempo antes de la tercera prueba.
Por eso me apresuro a comer, asearme y regresar junto a Kaine.
Para mi sorpresa no estamos en su habitación, al contrario, el sonido de las olas lo embriaga todo mientras él se mantiene sentado sobre una manta, acompañado con una cesta repleta de cosas. Hay una botella de vino, otra de plasma y varios sándwiches de diferentes sabores.
—¿Qué hace un vampiro como tú en un lugar como este? —le saludo con simpatía, utilizo su dichosa frasecita a mi favor.
Kaine pega un brinco, está claro que no se acostumbra a que le visite un fantasma. Porque eso es lo que soy, un fantasma con la misión de estar a su lado, al menos mientras la magia me lo permita.
—Bienvenida a su cita, Kathleen Strauss —pronuncia con cierta teatralidad en sus palabras, proyecta su voz como un maestro de ceremonias.
—Ah, ¿sí?
—Así es, solos tu y yo, como debe ser.
—¿Y qué sorpresa me depara?
—Pues espero que puedas beber, porque me he gastado el sueldo en esto.
—Y si no puedo, siempre podemos fingir que esto es real.
—Esto es real, extraño, pero real, te lo aseguro —Kaine me mira sin verme y mis mejillas se sonrojan.
Sirve dos copas con vino, está a punto de mezclarlo con sangre cuando le detengo.
—Ya no soy una vampira, ¿recuerdas?
—Pero yo sí… —dice entre risas echándose plasma solo a él.
Justo cuando coloca la copa a mí lado ,yo me concentro en cogerla, de pronto, y sin previo aviso, soy capaz de beber de ella.
—Kath… —Los ojos de Kaine se empapan en lágrimas—. Kath, puedo verte…
La cita, el picnic y la comida pasan de largo cuando Kaine y yo nos entrelazamos en un abrazo que desea ser eterno. Pero en el fondo sabemos que no lo será. Nos besamos, lo hacemos sin previo aviso, ansiamos memorizar cada milímetro de nuestros labios por miedo a que la magia nos separe de nuevo.
—Esto es real… —sollozo abrazándole con fuerza.
—Te dije que era real, extraño pero real.
Permanecemos mirándonos durante largos minutos. Nos negamos a soltarnos, a dejar de besarnos, a dejar de abrazarnos. Nos reímos, lloramos y permanecemos en silencio con la única intención de que esto no acabe nunca.
—¿Este es tu torreón? —pregunta Kaine y de pronto no estamos en la playa, sino en mi ala del Nido—. ¿Me has traído hasta aquí?
—Yo…, no sé cómo lo he hecho…
—Pues no pierdas la concentración, quiero permanecer a tu lado.
—Bela se trajo a un cangrejo de la playa, Yleth fue envenenada por una caribdis…
—¿Y sí os volvéis más poderosas según vais superando las pruebas? —deduce Kaine sin querer soltarme—. ¿Quieres que cruce la puerta para ver si puedes transportarme a con vosotras?
—No…, no te preocupes, cariño. Quédate quieto, deja que esto sea eterno.
Nos quedamos allí mirándonos mientras el cansancio empieza a hacer mella en mí.
Kaine lo nota y por eso me pide que me tumbe en su regazo.
Así lo hago y antes de que pueda darme cuenta caigo presa de un profundo sueño.
Sus teorías deben de ser realidad porque cuando cierro los ojos una visión me visita con fuerza.