Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 64
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Reth continúa bailando mientras los músicos intensifican sus instrumentos.

Justo cuando pensamos que es solo un espectáculo tradicional de las Tierras Doradas, la magia empieza a surtir su efecto.

La luna rosa, llena y en su máximo esplendor, deja caer un rayo rosado.

Un hilo fino y casi imperceptible. La pureza envuelve al príncipe loa mientras este empieza a gritar palabras en un idioma que no conocemos.

Entonces se gira y muestra una mirada embriagada en poder.

Sus ojos se han tornado completamente blancos y su pintura resplandece con la luz de la luna rosa.

El agua se sacude y, con cada salpicadura, varias figuras empiezan a aparecer caminando en dirección a la playa.

Al principio pienso que son criaturas tenebrosas, pero luego se tornan siluetas que acaban tomando la forma de personas de piel oscura ataviadas con dashikis de diferentes colores.

—¡Madre! —grita una mujer que corre al encuentro de los extraños.

—¡Abuelo! —grita otro con lágrimas en los ojos.

Poco a poco la multitud se va uniendo a los que van llegando gracias al baile de Reth. Vivos y muertos abrazados bajo el poder de la Luna Wata. Entonces comprendo el don de los loas .

—Son almas pero tienen consistencia física. —comenta Aine sorprendida—. Ninguno de nuestros hechizos ha podido hacer eso…

—Las Tierras Doradas guarda poderes que no comprendemos —apunta Elzara emocionada por la reunión de las familias.

Reth continúa bailando mientras la playa se va llenando más y más. Llega un momento en el que no se distinguen a los prestigiosos de las almas errantes que les acompañan.

—Mira eso, cariño —me dice Kath con la voz queda.

Su dedo señala a una dama ataviada con un vestido de boda, una que camina por encima del agua para llegar a la arena de la playa.

A este lado le espera un hombre anciano vestido tan elegante como ella.

Ambos inician un baile guiado por los músicos.

La orquesta no suelta sus instrumentos ni siquiera cuando sus familiares, los que son invocados por el loa , los acompañan en una fiesta que todos disfrutan orgullosos.

—¿Y si les acompañamos? —pregunto con el fin de disfrutar de esto de la misma manera que lo están haciendo ellos.

Así es como nos unimos a la multitud, bebemos y bailamos sabiendo que este momento es único.

En ocasiones las almas nos agarran para moverse con nosotras, en otras son los vivos los que nos incitan a seguir disfrutando de su festividad.

Es en uno de esos intercambios cuando Reth sostiene mis manos y me sonríe.

—Déjame conocerte antes de que se acabe la noche. —dice mientras giramos al son de la música—. Déjame saber de ti antes de que el sol haga que esto termine.

—Es irónico, ¿verdad? —comento con delicadeza.

—¿El qué?

—Que yo vengo de un lugar donde la noche es eterna y tu deseas que esta noche no acabe nunca.

—Ojalá esta noche fuera eterna, Yleth Paquin.

—Hagamos que así sea.

No sé cómo ocurre, no sé si es por las emociones vividas en los últimos días o por la intensidad de la Noche Wata.

Sea como sea, Reth y yo nos fundimos en un beso sincero, el baile tímido de nuestros labios.

Cierro los ojos por inercia, cuando los abro ya no estamos en la playa, pero la música sigue sonando a pocos metros de nosotros.

—¿Qué has hecho? —le pregunto con simpatía.

—Necesito escuchar tu voz y allí era imposible.

Deduzco que los loas tienen hechizos más allá que los de invocar el alma de los fallecidos. Aprendo que Reth puede teletransportarse utilizando algún tipo de hechizo ritual.

Veo la playa desde lo alto de un monte lleno de frondosidad y jungla.

Nos sentamos en una palmera cuyo tronco se recuesta sobre el suelo para luego elevarse de nuevo.

Desde allí podemos ver el fuego de las piras iluminando la playa y a la gente bailando bajo la luz de la luna rosa.

Sé que mis hermanas se lo están pasando bien porque no dejan de reír mientras disfrutan de la fiesta.

—Le pedí a mis ancestros que trajeran a alguien que reencarnara el poder de la Luna Rosa. —dice él con su mano aferrada a la mía—. Y apareciste tú, por eso me fijé en ti y no en tus hermanas.

—¿Soy la Luna Rosa?

—Cada año celebramos la llegada del amor y cada año le suplico que me traiga a mi alma gemela. Pensé que mi petición había sido ignorada, pero luego te vi en la playa.

—Yo…, me encantaría poder quedarme, conocerte más, pero no puedo.

—No importa, solo quédate esta noche, déjame saber de ti —Él me mira obnubilado—. Dime, ¿quién es Yleth Paquin?

Estoy a punto de besarle, no sé qué me pasa, tengo la necesidad de hacerlo. Pero algo me frena, el recuerdo de todo lo que he vivido con mis hermanas y del cometido que la hechicería nos ha encomendado. Por eso me alejo unos centímetros de Reth y le sonrío.

—Soy una chica que se acaba de encontrar consigo misma después de muchos años. —comento contemplando sus ojos dorados—. Una chica que ha aprendido a amarse por encima de sus inseguridades y que está decidida a proteger a sus seres queridos.

Nos quedamos en silencio mientras Reth asimila cada una de mis palabras. No le hablo de la magia, del aquelarre o de Midnara. No, solo le hablo de mí mientras mi corazón palpita con fuerza cuando está cerca de él.

—¿Quién es Reth?

—Reth Fana es un chico que nació para convertirse en el rey de Visua, pero que no quiere encerrarse en un castillo sin antes descubrir los secretos que tiene Valhía.

—suspira, parpadea suavemente y me vuelve a mirar—.

Debes de ser una bruja el Continente de la Banshee, Yleth Paquin, porque me has hechizado.

Me haces sentir que puedo volar hasta las nubes, surcar el Midna y desaparecer de todas mis obligaciones.

Justo cuando escucho sus palabras y miro al cielo puedo ver una nube en la lejanía del firmamento, una que ha permanecido invisible hasta este momento. Entonces comprendo que es el Nido que está esperando nuestro regreso.

—Debo irme… —le digo con intención de caminar, de nuevo, hasta la fiesta.

—¿Podré volver a verte? —Me pregunta sin querer alejarse de mí.

—No lo sé, algún día, supongo…

—Solo dime una cosa, Yleth, necesito saberlo. —Su voz me incita a perderme en su mirada otra vez—. No eres humana y tampoco una vampira. ¿Qué eres exactamente?

—Una hija de Midnara —le respondo con sinceridad.

—¿Qué significa eso?

—Cuando lo descubras, volveremos a vernos.

Reth posa su frente sobre la mía y me abraza. No nos volvemos a besar, no sin tiempo para conocernos más. En el fondo de mi ser sé que hay algo que nos une, una melodía que pretendo ignorar hasta estar segura de que todo va a salir bien. Algo me incita a quitarme el colgante y regalárselo.

—No, es un regalo de las Tierras Doradas —Me dice con la voz dolorida por mi partida.

—La anciana que me lo regaló me dijo que si conocía a alguien importante durante la fiesta se lo podía regalar como muestra de afecto.

—Yo prefiero que lo tengas para que no te olvides de mí.

—Lo vendré a buscar, algún día —le respondo dedicándole un beso en los labios.

—Está bien.

Reth nos teletransporta de nuevo a la fiesta, junto a mis hermanas. En el momento en el que me ven, saben que debemos marcharnos. Así es como nos damos la mano, caminamos hacia el mar y extendemos nuestras alas para emprender el vuelo hacia el firmamento.

No sé cómo invocamos el regalo de la araña Lunek , pero lo hacemos.

El deseo de regresar al Nido nos incita a salir de allí.

El sol nos acaricia con sus primeros rayos.

Cuando echo la mirada atrás, me encuentro con Reth agitando su brazo para despedirse de mí.

A su alrededor, la multitud va desapareciendo, dejando solo la presencia de aquellos que pertenecen a nuestro mundo.

Con una sacudida de mis alas dejo que una de mis plumas vuele hacia él, espero que nunca se olvide de mí pues yo no lo haré.