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—¿Sabías que Reth es el príncipe primogénito de Visua? —le pregunto a Elzara cuando caminamos descalzas por las calles del pueblo.
—Algo dijo Astalix, pero no le presté demasiada atención. Estaba luchando por no morir de una insolación.
La naturaleza que rodea Legba es mucho más hermosa bajo la luz de las estrellas.
Las Tierras Doradas oculta muchas sorpresas y lamento el hecho de no poder quedarnos para descubrirlas.
Tal y como ha mencionado Strange, la música de las flautas y de los tambores surge de la playa y se propaga por todo el lugar.
La gente se muestra festiva, bailoteando y bebiendo mientras se dirigen hacia la costa en una procesión de lo más divertida.
—Tomad un amuleto de la Luna Wata, extranjeras —Nos dice una anciana que reparte colgantes con un brillante cristal con forma de estrella.
—No podemos pagarle, señora —comenta Elzara con la humildad guiando sus palabras.
—Ah, son gratis, un regalo para que recordéis esta noche siempre. Así vuestros caminos os traerán de vuelta a Legba algún día.
—Es usted muy amable. ¿Nos lo ponemos y ya está? —Esta vez soy yo la que le pregunta.
—Sí, te lo tienes que poner para que la luna recargue tu suerte. Y si conoces a alguien importante durante la fiesta, siempre se lo puedes regalar como una muestra de afecto.
Nos despedimos de la anciana con palabras llenas de agradecimiento. Tanto Strange como yo nos ponemos las estrellas en el cuello y seguimos caminando.
La arena gruesa de Legba da paso a una mucho más fina cuando llegamos a la playa. Bela nos saluda acompañada por las demás, cuando nos reagrupamos descubro el amuleto en sus cuellos.
—¿A qué es perfecto? Parece que la luna se ha puesto de mi color —sugiere Garza moviendo las caderas al ritmo de los músicos que se reparten por toda la playa.
En cuanto alzo la vista y contemplo la luna llena, me quedo completamente eclipsada. No me había fijado en el color rosado que la envuelve, es mucho más hermosa que cuando permanece blanca como la nieve.
—¿Qué tal, cielo? —Kath me saluda con un abrazo, uno de esos que he extrañado durante mucho tiempo—. Estás preciosa.
—Tú más —le guiño un ojo presumiendo del azul eléctrico de mi dashiki.
Todas tienen colores que van a juego con ellas, en su totalidad las mujeres que las han vestido han escogido colores similares al de sus cabellos.
Así como Strauss parece una diosa del fuego y Astalix una del bosque, Bela resalta por ser el sol reencarnado.
Lo más importante es que todas vamos con la intención de pasarlo bien.
—Yleth… —Escucho a mi espalda. Cuando me doy la vuelta me encuentro con un Reth que no tiene nada que ver con el que hemos conocido hasta ahora—. ¿Ya has llegado? Espero que las hermanas Manón no te hayan dado mucho la tabarra.
Me quedo sin habla mientras mis ojos escrutan sus vestimentas con detenimiento.
El príncipe lleva unos pantalones blancos que se ajustan a la forma de sus piernas.
Aunque sin duda lo que más capta mi atención es la casaca azul eléctrico que se mantiene ligeramente abierta para mostrar el contorno de sus pectorales.
Ninguna de las demás parece percatarse de la calidad de la tela que le viste, menos aún de los bordados de flores amarillas que se sitúan alrededor del oro de sus botones. Está tan guapo que me deja sin aliento.
—Hola, Uma , que guapa estás —Aine acaricia a la pantera inseparable de Reth.
—¿Te ha dado un golpe de calor? —Me pregunta él mientras las otras se ríen por lo bajo—. ¿Me acompañas a por las bebidas?
—Sí, sí…, claro.
Me siento estúpida al ser incapaz de vocalizar correctamente.
Más aún cuando Reth entrelaza sus dedos con los míos y me arrastra a través del gentío que va llegando a la playa.
Al final hay una barra improvisada con barriles, un lugar en donde varios camareros sirven bebidas en cocos y tostas en hojas verdes.
—Le pedí a mis ancestros que guiaran a mi alma gemela hasta la fiesta de la Luna Wata. —dice con una sonrisa de oreja a oreja—. Y resulta que apareciste tú.
—Yo y el resto de mis hermanas. —No puedo evitar sonrojarme.
—Sí, pero tú tienes algo especial.
—Sorpréndeme… —bromeo intentando quitarle intensidad al momento.
Antes de que el príncipe pueda responderme varios niños aparecen a nuestro lado para llamar su atención. Le llaman, le abrazan y le señalan el colgante con la estrella rosada que todo el mundo lleva como una tradición.
—¡Ya estamos listos, Reth! —dicen unos mientras los otros bailan alrededor de él—. ¿Vas a hacerlo ya?
—Tenemos que esperar un poquito más, chicos —les responde él con un tono protector. En Legba todo el mundo le adora y empiezo a saber la razón—. Primero voy a bailar con mi amiga Yleth, ¿a qué es preciosa?
Los niños se giran para mirarme y después ahogan un grito de sorpresa.
—¿Es un alma invocada? —pregunta una niña mientras abre los ojos de par en par. Después se dirige a mí—. ¿Vas a desaparecer mañana?
—Yo…
—Va a desaparecer, pero porque tiene que volver a casa —le explica Reth mientras los niños sonríen ilusionados—. ¿A qué sí, Yleth?
—Así es…
—¿Y dónde vives? ¿También eres una princesa? ¿Vas a heredar la corona de tu reino?
—Niños, niños, vamos a disfrutar de la fiesta, ¿vale?
Los pequeños corren entre risas cuando Reth les pide que se relajen. No seguimos hablando, al contrario, nos limitamos a coger las bebidas y regresar con mis hermanas. En cuanto miro a Kath ella me guiña un ojo, de alguna manera se alegra de que esté disfrutando de esta noche.
—Bueno chicas, yo os tengo que dejar un momento, pero no os vayáis todavía, el espectáculo está a punto de comenzar —Reth se despide de nosotras con la elegancia de alguien que pertenece a la realeza de las Tierras Doradas.
Me quedo eclipsada observando como la multitud lo va saludando, abrazando o incluso dedicándole un beso en la mejilla.
Las hermanas Manón se unen a él cuando los tres deciden alejarse de la fiesta y caminar por el interior del agua.
Las chicas llevan un par de cuencos de madera en sus manos, pintura blanca que no tardan en utilizar para maquillar al príncipe.
De un momento a otro el rostro de Reth se transforma en la expresión de un fantasma, la máscara de una calavera que busca conectar con un mundo invisible para aquellos que no somos loas .
—¿Quieres quedarte? —me pregunta Bela en cuanto Reth se separa de sus acompañantes para introducirse en el agua hasta la cintura.
—¿Cómo?
—No me hace falta controlar la seliamancia para percibir el latido de vuestros corazones.
—No digas tonterías, cariño, nos acabamos de conocer.
—Eso no quita que él te haya estado buscando tanto como tú a él —continúa ella mientras las otras se quedan perplejas ante el baile ritual del príncipe loa .
—¿Yo? Te equivocas, no he estado buscando a nadie.
—El amor y sabes tan bien como yo que él podría ser el indicado.
—Lo único que quiero es poder cumplir la tercera prueba y derrotar al ser que quiere destruir nuestro mundo —respondo tajante, no quiero distracciones.
—Luego podrías venir, seguro que Reth te espera.
Aprovecho el sonido de los tambores para dar la conversación por sentado.
No puedo negar que Bela tiene razón, lo que más anhelamos las brujas que decidimos seguir el llamado de la hechicería es el amor.
En la guarida nada de eso estaba permitido y por eso nunca pensé en que podría ser una opción viable para mí.
Ahora entiendo por qué las otras han decidido renunciar a la magia, porque para ellas el amor ha sido el verdadero regalo de la vida.
No la Chispa, sino el hecho de sentirse amadas.
—Eso son tonterías —me repito encontrándome con la mirada de Kath—. Eso son distracciones para mi verdadero cometido.