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Yleth Paquin
A la gente de Legba le falta tiempo para separarnos cuando aceptamos unirnos a la Fiesta de la Luna Wata. Dos mujeres me arrastran hasta su casa y me empiezan a enseñar prendas de diferentes colores. En su totalidad son vestidos finos con bordados extremadamente llamativos a los que llaman dashiki.
—¿Qué te parece este, tesoro? —Clary agita uno de tonos rojos y amarillos.
—Yo creo que este te quedará mejor. ¿No crees? —Lali, en cambio, insiste en otro completamente morado.
Las hermanas Manón debaten sin parar, están tan emocionadas por el evento de esta noche que es imposible evitar que cambien de idea cada segundo.
Al principio se muestran muy convencidas de que el dorado es el color idóneo, más cuando simboliza el estandarte de la familia real, pero luego todo se torna caos y confusión.
Continúan con la idea de que los rosas van a juego con el color salmón de mi cabello y que eso puede hacerme resaltar en la fiesta.
—Me encanta este —Señalo uno de los dashikis más apartados del vestidor en el que han compartido su habitación.
—¿El azul eléctrico? —se queja Lali—. ¿Estás segura? Mira que es un color que no trae la buena suerte.
—Ayudadme a probármelo y luego me decís que tal me queda. ¿Os parece bien?
—Venga, vale —secunda Clary sin mucho ánimo.
Ellas se encargan de todo, realmente me siento como si viviera en palacio, como si hubiera nacido bajo un apellido real.
En el fondo de mi corazón envidio la vida de las stokers, al menos una parte, la que está llena de lujos y glamur, porque la otra la detesto con toda mi alma.
Odio la idea de que se tengan que casar mediante matrimonios de conveniencia.
Pero, aun así, si alguien me hubiera dejado elegir, jamás hubiera escogido ser una bruja.
No odio la vida que me ha tocado, de hecho, ahora mismo me siento orgullosa de haber resuelto la mesa rúnica y tener la posibilidad de volar por todo Valhía. Pero hubo un tiempo en el que sí que repudié la elección de la hechicería.
«Y si a alguien le gusta vivir encerrada bajo el nivel del suelo, que venga aquí y me lo diga.»
Más allá de los largos estudios sobre la magia, el simple hecho de renunciar al amor fue algo que me estuvo torturando toda mi inmortalidad.
Muchas lo saben, aunque a veces pienso que lo han olvidado, pero yo siempre soñé con tener una vida de cuento.
Siempre deseé ser una de las protagonistas de las novelas de la condesa Charlotte T.
Loy. Mujeres empoderadas que, a pesar de la crudeza de sus pasados, consiguen un amor verdadero tan fuerte que les da el poder de superar todos sus miedos.
Recibir el abrazo de la Chispa te deniega todo eso y mucho más.
Por eso cuando la Tríada fue asesinada por esos malditos rebeldes no perdí la oportunidad de crear mi propio sueño.
Los ghouls fueron el primer paso, salvé vidas a cambio de servidumbre, pero nunca fueron mis prisioneros.
Si no conseguía que otros tuvieran una vida soñada, ¿cómo iba a construir la mía propia?
Después empecé a confeccionar prendas de alta costura siguiendo las enseñanzas de mi familia.
Luego vinieron las fiestas, aunque más que pretender tener una riqueza, lo que buscaba era el amor verdadero.
El mismo que había visto en la infinidad de libros que había leído.
Pero la vida real es muy diferente a la que escriben las grandes autoras, mucho más cruel bajo la noche eterna.
En una sociedad donde la muerte es la moneda de pago, el amor es un contrato entre dos partes.
Y puede que a día de hoy vea parejas por las que apostaría esta vida y todas las que me quedan.
En especial Cirigh de Laneth y Estevian Ilia.
Pero en ese momento todo lo que me rodeaban eran mentiras e intereses ocultos. Por eso decidí huir del amor.
—Estás espectacular —comenta Clary cuando me ven vestida con el dashiki azul eléctrico.
—¡Muy bien! —celebra la otra—. Ahora a ver qué hacemos con ese pelazo que tienes.
Las hermanas Manón me invitan a sentarme en un mar de alfombras y almohadas mientras utilizan agua de flores para mojar las cerdas del peine con el que van a cepillarme.
El aroma es embriagador, relajante y muy dulce.
El mismo perfume que utilizan ellas en sus cabellos, incluso diría que es más duradero que el confeccionado por los perfumistas de Plaguen.
—¿Quién es exactamente Reth? —Me atrevo a preguntar cuando caigo presa del ambiente sincero que han creado entre las dos—. ¿Y por qué es el único que va acompañado de esa pantera?
—Yleth, preciosa. ¿No sabes lo que es un feralba?, ¿de dónde dices que venís? —Lali tiene una sonrisa tan grande que es imposible no sonreír cuando la miro.
—¿Feralba? En la noche del Midna lo único que nos enseñan es a respetar a las brujas de la corte.
—Ay, las brujas. —suspira la otra mientras me cepilla con fuerza para quitarme los enredones—. Cuando éramos niñas nuestra maestra nos decía que teníamos que irnos a dormir pronto o vendrían las brujas nocturnas para raptarnos. ¿Te acuerdas, hermana?
—-Sí, todavía se me ponen los pelos de punta. —Mi expresión debe de ser un poema porque Lali termina pro explicarme—. Decían que las brujas nocturnas venían volando en sus escobas para llevarse a los niños diurnos y cocinarlos en sus calderos. Está claro que era un cuento, ¿verdad?
—Sí, sí, un cuento —bromeo en tono irónico justo antes de romper a reír a grandes carcajadas. Ellas me acompañan.
—Los feralbas son los guardianes de los primogénitos de la sangre bendecida de Bryarthe. —explica Clary y sigo sin llegar a entenderlas con claridad-—. La familia real, cariño. Los herederos del poder de nuestros antepasados. Depende de la región son o un tipo de felinos u otros.
—Espera… ¿Reth es un príncipe?
—Claro, tesoro. El primogénito de Visua.
Mi corazón da un vuelco cuando descubro que el hombre que conocimos en la playa es el heredero a la corona de oro y pieles del sur de las Tierras Doradas. Me encantaría salir corriendo para decírselo a Kathleen y las demás, pero no puedo perder la oportunidad de seguir preguntando:
—¿Y qué hace en un pueblo como Legba? No os ofendáis, es solo que creo que no es un lugar para un príncipe.
—Oh, tranquila. Mucho tienes que hacernos para conseguir que nos parezcas desagradable. Eres encantadora. Si tus amigas son como tú, estamos deseando conocerlas más.
—Lali, no te enrolles que Yleth te ha hecho una pregunta.
—Ah, sí. El rey de Visua castigó al mayor de los Fana por suspender sus exámenes de loa . Pillaron a Reth borracho como una cuba en los antros de la ciudad.
—¿ Loa ? ¿Tiene que ver con la magia que tenéis en esta parte del mundo? —Y por primera vez en toda mi vida me encantaría tener el conocimiento de Aine Astalix.
—Así como en el norte, en Hontir, están los orishas y la Torre Radiante. Al sur, en Visua, existen los loa y el Templo Laveau. Aquí estudian el poder de los espíritus y el cómo pactar con ellos.
—¿Y eso no os asusta? ¿no es más probable que vengan los loa para llevarse a vuestros niños que las brujas vampiras?
—¿Qué? —Clary empieza a reírse dejándome completamente confundida—. Los espíritus con los que tratan los loa son almas preparadas para una nueva vida. Los magos del vudú le dan una segunda oportunidad a cambio de cumplir un nuevo propósito.
—No me convencéis —canturreo con confianza mientras empiezan a maquillarme la cara.
—Lo verás esta noche. Cada año, durante la Fiesta de la Luna Wata, Reth nos regala un espectáculo de magia y vudú.
—¿Cuánto lleva el príncipe castigado?
—No… ¡Qué graciosa eres, Yleth! —Ellas siguen riéndose, debería de plantearme ser humorista en vez de bruja—. Reth viene todos los años para celebrar la festividad con Legba. Al principio fue un castigo, pero luego lo ha convertido en tradición.
Las hermanas Manón no dejan de reírse mientras utilizan pigmentos de flores para acariciar mis párpados, mejillas y labios.
En ocasiones tenemos que parar porque estoy llorando de la risa, a simple vista parece que estamos borrachas sin haber probado gota alguna de alcohol.
Me sorprende ver como ellas utilizan pelucas de colores para ocultar el rizado de su cabello, cabellos postizos que peinan con elegancia.
—¿Por qué sonríes ahora, tesoro? —me pregunta Lali mientras se trenza la peluca azul hielo.
—No, por nada, os voy a echar de menos cuando me vaya.
—Pues eso tiene una fácil solución, Yleth. No te marches, puedes trabajar con nosotras en la peluquería. —responde Clary con dos moños de un verde llamativo—. Te compraremos cremas para que no te quemes con el sol. Eres tan pálida que acabarías como un cangrejo.
—Ojalá fuera tan fácil…
—Paquin, ¿ya estás lista? —Escucho la voz de Elzara desde el otro lado de la cortina que hace función de puerta.
—¡Pasa, cariño! —gritan las hermanas con entusiasmo—. ¡Queremos conocerte!
Cuando Strange entra en la casa de las Manón me sorprende con el dashiki que lleva puesto. Como era de esperar el color que más resalta es el rojo, a juego con las puntas de su cabello negro, pero tiene un estampado de flores que convierte la oscuridad de mi amiga en el jardín más bello.
—¿Vienes? Reth ha preguntado por ti. Todos están en la playa, ya han llegado los músicos.