Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 61
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Legba no es una gran ciudad, se podría comparar con el tamaño de Orio, aunque sin duda este paisaje es digno del mejor artista.

Si me tuviera que quejar de algo sería de las calles de tierra, no hay adoquines ni nada que evite que nuestros pies se llenen de suciedad.

Pero eso debe de ser algo normal aquí, la gente que nos vamos encontrando prescinden de calzado, es como si quisieran estar en sintonía con su diosa.

Por lo demás todo se podría resumir a casas bajas y circulares con colores vividos.

Tejados elaborados con paja y grandes ventanales que dan pie a mostrar lo que hay en el interior.

Algunas construcciones son grandes, otras en cambio mucho más humildes.

Lo que más me sorprende es la ausencia de puertas, en su lugar utilizan cortinas con bordados llamativos para marcar el acceso a sus hogares.

—Bienvenido, Reth —los humanos no dejan de saludar a nuestro guía. En ocasiones le dan la mano y otras simplemente se limitan a acariciarle la cabeza a su mascota.

—Me alegro de verte.

—Espero que hayas podido hacer todas las tareas.

Reth se muestra agradecido con una sonrisa brillante y constante.

Incluso me llego a plantear que se haya tatuado esa expresión de amabilidad porque es incapaz de quitársela.

Nadie se extraña al vernos, ni siquiera se preguntan quiénes somos.

Deduzco que el estar acompañadas por un nativo de las Tierras Doradas facilita mucho las cosas.

—Por aquí, por favor —dice él a tiempo de sujetar una cortina para invitarnos a entrar en una de los edificios más grandes y llamativos.

Las paredes son completamente blancas, tienen algún detalle en azul y otros en dorado. La única estancia es un gran comedor lleno de mesas bajas rodeadas de cojines. En el centro está lo que yo diría que es la cocina, estamos en una taberna y huele delicioso.

—¿Qué queréis comer? —pregunta Reth mientras saluda al hombre que está al otro lado de la barra.

Una amplia y circular que separa al cocinero de sus comensales. Si me encontrara este lugar vacío pensaría que el mostrador es algún tipo de fuente.

—Lo que a ti más te guste. —le responde Bela provocando que todas la miremos de improviso—. ¿Qué? No tenemos ni idea de que comen aquí.

—¡Marchando! —se escucha al fondo mientras otro par de humanos le sirven platos humeantes a los comensales.

Imitamos todo lo que vamos viendo, en especial la forma que tienen de sentarse sobre las almohadas a la altura de la mesa. Yleth se queda de pie unos minutos, lo observa todo con detenimiento. Sé que no es curiosidad, que lo que está haciendo es estudiar el lugar por si tuviéramos problemas.

—Vamos, cielo. —Tiro de su brazo para que se sitúe a mi lado—. Creo que deberíamos de aprender a confiar.

—Ese es tu problema, Kath. —pronuncia con frialdad, aunque en el fondo la entiendo, estamos en un lugar desconocido—. Te confías demasiado y luego vienen las sorpresas.

—¿A qué te refieres? —aprovechamos que las otras brujas están hablando entre ellas para mantener esta conversación.

—Kaine es un Dynevor y te has expuesto a él sin saber si podía utilizarte. —Sus palabras no nacen del enfado, si no de la preocupación de una hermana—. ¿Se te había olvidado todo lo que hizo su estirpe?

—Cariño, te juro que al principio anduve con pies de plomo… hasta que descubrí que fui yo misma la que le pidió que me borrara los recuerdos.

—¿Qué?

—Estuve tan enamorada de él que quise protegerlo por encima de mi bienestar.

—Te envidio… —suspira mirándome por primera vez desde que estamos en la posada—. Tiene que ser precioso sentir un amor tan fuerte que te haga hacer ese tipo de locuras.

—Algún día lo encontrarás, estoy completamente segura.

—Si, ya… si vivimos en clausura.

—Vivíamos. —le corrijo con una sonrisa de oreja a oreja—. Ahora tenemos alas y podemos ir donde nos plazca.

—¡A comer!

Reth aparece cargado con un montón de platos. Arroz cocido con salsas y carne, pollo guisado al limón, sopa de verduras, pan, frutas y una gran variedad de ensaladas. Nos quedamos sin habla mientras la boca se nos hace agua. Aun así, somos cuidadosas y nos detenemos antes de empezar a comer:

—No tenemos dinero para pagaros —explica Yleth con suma amabilidad.

—Yo sí, espero que con estas pepitas sirva —comenta Bela con un puñado de oro entre sus manos.

Ella nos mira cómplices, no hay duda de que ha utilizado lo poco que sabe de elanymancia para convertir los granos de arena de playa en riqueza.

—Ah, no, no hace falta. —Sonríe Reth con esa simpatía que tanto nos desconcierta—. Además, en las Tierras Doradas no utilizamos ese tipo de dinero, sino este.

—¿Eso es vidrio? —pregunta Aine estudiando los triángulos brillantes que sostiene el humano—. ¿Cómo el de las ventanas?

—Son cristales preciosos confeccionados y controlados por los sangre bendecida, la familia real.

Tienen un tratamiento muy largo donde se utiliza agua de mar y magia para diferenciar estos cristales del vidrio corriente.

—Él guarda el dinero en una bolsa de cuero, abre las manos y anuncia—. Comed, por favor, sois mis invitadas.

—¿Con las manos?  —busco los cubiertos pero no veo ni rastro de ellos.

—Así, os ayudáis del pan para poder comer y, ¡listo!

Reth nos adiestra en el funcionamiento de la mesa.

En ocasiones me siento como una salvaje que ha salido del bosque y que necesita ser educado, en otras pienso que estamos retrocediendo en los estudios que hemos tenido bajo la sombra de la Corte de la Noche.

Como brujas del Aquelarre del Cuervo nos hemos relacionado con la realeza vampírica, lo que significa que tenemos los modales de la alta sociedad nocturna.

Algo que en este lado del mundo carece de validez, pues al igual que se usa otro tipo de monedas también hay una cultura extremadamente diferente.

—¿Por qué nos tratas tan bien? —Yleth nos interrumpe antes de que podamos darles el primer bocado a las delicias de las Tierras Doradas.

—Porque hay un Pacto entre razas que nos impide ser enemigos.

—Reth se limpia los dedos con una servilleta de papel para después apoyarse en su mano y mirar a mi amiga con suma atención—.

Se rumorea que los caídos y las ahogadas han iniciado una guerra entre noche y mar.

Por eso se han cancelado todos los intercambios mercantiles del Midna.

Pero eso son asuntos muy lejanos a los dominios de Bryarthe, ¿verdad?

Los humanos seguimos manteniendo la paz que juramos hace décadas.

—Él delata tener más conocimiento de lo que está ocurriendo en Valhía de lo que aparenta.

Después sonríe, acaricia la mano de la bruja del agua y añade con un tono juguetón—.

Por lo tanto…, si no somos enemigos, tendremos que ser aliados, ¿no?

No hace falta ser muy observadora para darse cuenta de cómo el humano mira a Yleth. Tengo que reprimir las ganas de reírme para no romper la tensión que se está creando entre ellos. Lo peor de todo es que Paquin se está ruborizando, mientras siente, por primera vez en su vida, la atracción real.

Ella me mira y yo me veo obligada a apartar la vista para no ponerla más nerviosa.

Entiendo su postura, lo sé porque yo he sentido lo mismo cuando me reencontré con Kaine.

Puede que hayamos trabajado en un burdel aprovechando nuestros encantos femeninos y tomando infusiones de hiervas para evitar que la clientela nos maldijera con el fatum.

En ninguno de los casos hemos sentido una conexión psíquica así y sé que Yleth está sintiendo cosquilleos en el estómago.

Solo hay que mirar su piel erizada y su sonrisa inquieta.

—Gracias, Reth. La verdad es que somos afortunadas de haberte encontrado en la playa.

Mi amiga empieza a comer mientras las demás nos tomamos su acción como un pistoletazo de salida para degustar las delicias de los diurnos.

—El placer ha sido mío. ¿Cómo te llamabas?

—Yleth Paquin, Yleth para las amigas —Lejos de sentirse celosa, Bela la empuja a una piscina llena de agua.

Deduzco que la seliamancia la está ayudando a percibir los sentimientos que están brotando entre bruja y humano.

—Yleth… —pronuncia él y casi parece estar degustando cada letra en sus labios.

Los minutos transcurren entre risas, platos deliciosos y las idas y venidas de la gente que vive en el pueblo.

Todos parecen pertenece a una gran familia que se conocen desde hace años.

Me sorprende la honestidad de los diurnos, más que eso, me hacen sentir tan cómoda que desearía quedarme aquí una larga temporada.

El legado de Bryarthe tienen el corazón de oro, son grandes anfitriones por naturaleza.

Me niego a convertir a esta gente en mis enemigos, por eso me esfuerzo en ser educada en todo momento, no quiero ofenderles.

Si son tan simpáticos cuando están contentos, no quiero ni imaginarme de cómo serán cuando están enfadados.

Son muchas las historias que narran las guerras entre las tres razas.

Siempre se ha hablado de la crueldad de las sirenas, diestras en el combate y conocedoras de los puntos débiles de sus enemigos.

Sin duda las hijas de Rysantha han sido tan temidas que casi puedo justificar las acciones del general Rhain a la hora de criar al único ser capaz de plantarles cara: las caribdis.

Los vampiros hemos destacado, es decir, han destacado, por la organización militar y la potencia mágica de sus brujas. Por no hablar de la fuerza que ganan cuando entran en frenesí, lo que les convierte en unos rivales a tener en cuenta.

Pero sin duda los que siempre me han sorprendido han sido los humanos: los prestigiosos hijos del sol.

A pesar de tener vidas efímeras en comparación a las otras razas, han conseguido ganarse el título de raza dominante.

Una de las tres que existen en Valhía. Ellos han estudiado el funcionamiento de los elementos mágicos predominantes en las Tierras Doradas: aire, fuego, tierra y agua.

Hay miles de historias que narran los combates entre las brujas inmortales y los magos humanos.

Y si fuera poco ellos también disponen de un poder solo presente en la sangre real, el don de invocar la luz del sol en su propio beneficio.

Se dice que si hubiera otra guerra entre las tres razas el mundo colapsaría en muerte. Por eso se crearon las tres reliquias de poder. Si prestigiosos, caídos o ahogadas se hicieran con los tres objetos tendrían el control de los demás.

—Ha sido un placer conocer vuestras costumbres. —anuncia Yleth a tiempo de que nos levantemos de la mesa para irnos—. Esperamos poder visitaros pronto.

—¿Ya os vais? —Reth se interpone en nuestro camino extendiendo los brazos de manera divertida—. Hoy es una de las fiestas más importantes de las Tierras Doradas. Como decía mi abuela, nunca conoces a alguien de verdad hasta que no bailas con él bajo la luz de la Luna Wata.

—Espera… —Aine se adelanta y se coloca cara a cara con él—. ¿Esta noche hay una fiesta o algo así?

—Eso he dicho, gafitas —le dice él de forma cariñosa.

Astalix se gira lentamente hacia nosotras, en especial hacia Yleth a la cual mira con ojos de cachorra.

Desconozco lo que se celebra hoy, a diferencia de ella no me he leído todos los libros de la biblioteca del aquelarre.

Pero no puedo negar la emoción que siento al haber escuchado la palabra: fiesta.

¿Cuándo fue la última vez que asistimos a una?

—¿Podemos quedarnos?

—Tenemos que regresar al Nido, la tercera prueba nos espera —Paquin niega con la cabeza disciplinada ante el propósito que se nos ha encomendado.

—Venga, cariño. Nuestra primera fiesta juntas. No hemos tenido tiempo para celebrar nuestros triunfos— No puedo callarme no cuando estamos tan cerca de pasarlo bien.

—Eso, Yleth. —Reth se une a nuestra súplica.

Lo hace de una manera que ninguna de nosotras conseguiríamos imitar. Se acerca tanto a ella que consigue ruborizarla. Se acerca a su oído y le susurra lo suficientemente alto como para que podamos escucharlo.

—Solo esta noche, te prometo que será inolvidable.