Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 60
86%

60

Nos quedamos en los límites de la costa por miedo a encontrarnos problemas al otro lado del bosque de cocoteros.

Cada una aportamos algo gracias al dominio de nuestras mancias.

Yleth crea una cúpula que nos hace invisibles de cara al exterior.

Bela hace aparecer almohadas de plumas para mejorar la comodidad que nos otorga la arena de playa.

Elzara coloca centinelas de sombras, escarabajos que se posan en los troncos y que darán la voz de alarma en caso de peligro.

Aine hace que la tierra nos regale todo tipo de frutas y yo me encargo de encender la hoguera.

El cansancio nos delata enormemente. Las conversaciones son vagas, apenas hablamos y las pocas veces que lo hacemos es para pasarnos cosas.

Strange es la primera en dormirse, en cuanto se tumba acaba cayendo en un profundo sueño.

Las demás la seguimos conscientes de que nuestros hechizos durarán lo suficiente hasta que volvamos a despertar.

Dormir significa desconectar la mente de todo tipo de preocupaciones.

No sé si no soñamos porque hemos nacido siendo vampiras o porque realmente las brujas no tenemos permitido hacerlo más allá de las visiones.

Desconozco la respuesta y no tengo ninguna gana de buscarla.

Me encantaría poder comprender el funcionamiento de la hechicería, aunque no sé si estoy preparada para tanto conocimiento.

—¿Qué está haciendo? —escucho susurrar a Bela—. ¿Es un diurno, de verdad? No sabía que podían ser tan guapos. ¿No tendría que ser una criatura de barro?

—Calla o nos va a escuchar —le responde Elzara con nerviosismo.

Poco a poco voy adaptándome a la luz del sol, la sensación de despertar en medio de la playa no es desagradable, al contrario, se podría decir que me gusta demasiado.

Yleth sigue dormida, por lo que intento no levantar mucha arena al caminar para no despertarla.

En cambio, las otras tres están pegadas a la cúpula mientras contemplan una escena de lo más extraña.

—¿Qué pasa, chicas?

—Shhh —se queja Aine a tiempo de agarrarme del brazo y arrastrarme hacia donde están.

A unos metros de nosotras hay un humano de las Tierras Doradas.

Su piel tiene un color que me llama enormemente la atención.

Y no es porque sea oscura, al contrario, en las Islas del Sur de Plaguen hay vampiros cuya piel es cetrina.

Por no mencionar a mi querida Calista, del Aquelarre del Cuervo, mi hermana a pesar de que no podamos estar juntas.

Pero los prestigiosos tienen algo especial, no sabría explicarlo con claridad.

Puede que sea la calidez de su ébano, o quizá, la luz pura que mana de su aura. No lo tengo claro.

El hombre está sentado en la arena mientras sostiene un cuenco del que brota un humo tan blanco como la sal. Sus labios se mueven despacio mientras una canción sin letra surge de su garganta.

—¿Es un mante? —pregunta Elzara cuando el humo empieza a formar siluetas fantasmagóricas sobre él. Incluso bajo la intensa luz del sol, podemos ver los hechizos que está conjurando.

—No, las mancias no existen en los dominios de Bryarthe. —comenta Aine, de nuevo, con la sabiduría guiando cada una de sus palabras—. Esto debe de ser eso a lo que los tomos antiguos llaman vudú.

—¿Vudú? —susurro sintiéndome extremadamente estúpida.

—La magia de los espíritus.

—¿Cómo la mediumnidad?

—No, no tiene nada que ver. —me aclara ella mientras se sube las gafas e intenta no parpadear para no perderse ningún detalle—.

La Tríada nos enseñó a contactar con los difuntos para encontrar las respuestas a nuestras incógnitas, en muchos casos para saber la verdad de su muerte.

Pero el vudú de los prestigiosos va mucho más allá.

Pueden hacer pactos con los espíritus y utilizarlos en el combate.

—Pues este debe de tener un ejército porque no dejan de ir y venir…

Las palabras de Elzara nos incitan a prestar más atención.

El hombre sigue cantando mientras varias siluetas se colocan a su alrededor.

Al principio son eso, formas de humo blancas, pero luego van adquiriendo detalles hasta casi ser corpóreas.

Hay diez almas bailando alrededor del humano, espíritus que parecen estar encandilados con su voz.

De repente siento una mano apoyada en mi hombro, en el momento en el que sus dedos me acarician propino un grito de auténtico pavor.

Cuando me doy la vuelta me encuentro con Yleth, la cual grita asustada por mi propio alarido.

Al final somos las cinco las que montamos el espectáculo y delatamos nuestra posición.

La situación se torna tan caótica que conseguimos disipar nuestros propios hechizos.

—¿Va todo bien, chicas? —Yleth respira agitada intentando comprender lo que acaba de ocurrir.

—¡Que susto, Paquin! —se queja Elzara con la mano en el pecho—. Casi se me sale el corazón por la boca.

—Buenos días, cielo. Había un humano y… —intento explicarme, pero Bela me interrumpe.

—¡Ya no está!

Me giro hacia la playa para descubrir que, efectivamente, el prestigioso ya no está.

No sé en qué momento ha dejado de cantar, supongo que cuando hemos gritado como unas locas.

Yleth nos mira preocupadas, y no me extraña, debe de estar pensando que lo que hemos vivido en los últimos días nos ha traumatizado.

Más aún cuando Aine y Bela miran hacia todos lados buscando al hombre que acabamos de ver.

—Nocturnas aquí, ¿al sur de Ixros?

Él aparece delante de nosotras como si siempre hubiera estado ahí. Tampoco sé en qué momento se ha pintado una calavera blanca en la cara. Lo tengo tan cerca que me es imposible no percibir su perfume a jengibre, canela, pimienta y vainilla. Un aroma que entremezcla lo misterioso con lo tentador.

—No sois demonios, ¿no?

—Me han llamado muchas cosas en la vida, pero nunca eso. ¿Quién te crees que eres? —Yleth sale en nuestra defensa, da un paso al frente y le planta cara.

—Vaya, vaya, vaya… ¿Qué tenemos aquí? Una gatita que saca sus garras.

—Mira, nosotras ya nos íbamos. —Ella chasquea sus dedos y empieza a caminar en dirección contraria—. Vamos, chicas.

—Os hemos visto llegar. —insiste él mientras nos sigue muy de cerca.

Me sorprende el hecho de que solo se dirige a Paquin, como si hubiera detectado que es nuestra líder y funcionáramos como una tribu o algo por el estilo.

—Si no sois las enviadas de la Destructora. ¿Por qué teníais alas?

—¿Destructora? —murmura Aine.

—Espera… ¿Estás hablando del ser alado que va a atacar Valhía? —acelero el paso para situarme por delante de él. En ese instante toda la atención recae en mí.

—¿De qué estás hablando, Kath? —Yleth me mira y casi puedo percibir su decepción. Quizá tendría que haberles dado más detalles de todo esto, pero la verdad es que no hemos tenido mucho tiempo.

—La visión que tuve cuando me escogieron como prefecta del aquelarre, me enseñó a la Destructora. El ángel vengador que está mencionando…

—Reth. —me interrumpe él—. Me llamo Reth.

—Puestos a presentarnos yo soy Bela Garza, encantada. —Ella sale de entre las demás para acercarse al humano y darle un beso en la mejilla—. Es un placer conocer a un diurno tan atract… ¡¿Qué es eso?!

La rubia señala a un animal que se mueve a gran velocidad hacia nosotras. Se trata de un felino de pelaje negro y ojos dorados, un depredador lo suficientemente peligroso como para pensar en utilizar nuestra magia.

—¡Ah! Me has asustado, Bela. —Reth habla con simpatía, como si no desconfiara de nosotras en ningún momento. No, más que eso, como si nos conociera de toda la vida. Una actitud que nos hace prepararnos para un posible ataque—. Es Uma , mi feralba.

La pantera se acerca a él y empieza a restregarse con sus piernas. No tengo ninguna duda de que Uma podría devorarnos si se lo propusiera, pero no lo hace, al contrario, se dedica a ronronear ante las caricias de su amo.

La incomprensión acerca de la cultura de las Tierras Doradas nos hace parecer sumamente estúpidas. Por suerte no estamos solas y podemos sopesar nuestras decisiones antes de precipitarnos.

—¿Tenéis hambre? —Reth es tan agradable que casi se nos hace extraño confiar en él de primeras—. Estamos muy cerca de Legba y allí os darán de comer antes de que podáis marcharos.

—Espera, espera… —Yleth nos mira, chasquea sus dedos y nos invita a reunirnos en un círculo a pocos metros de él—. ¿Quién en su sano juicio invita a unas desconocidas a su casa?

—¿Crees que quiere comernos? —Bela suena tan surrealista como de costumbre—. Si la ciudad está llena de esos gatos, no me quiero ni imaginar qué es lo que les dan de comer.

—Ay, no. —suspira Aine—. Yo creo que no deberíamos de juzgar a la gente sin conocerlos.

—Un asesino no te dice que lo es hasta que no tienes su cuchillo en el cuello. —secunda Elzara sin dejar de mirar al humano—. Aunque yo a este asesino le dejaría hacerme lo que quisiera.

—¡Strange! —me quejo con el sudor recorriendo mi frente—. Estáis descontroladas. ¿No habéis visto nunca a un hombre o qué?

—No a uno así. ¿Has visto esos músculos? —me responde ella.

—Claro, como tú tienes al stoker macizorro… —Bela parece hacerle los coros.

—¡Centraos, maldita sea! —protesta Yleth marcando el ritmo de la reunión—. Iremos con él porque necesitamos alimentarnos de algo más que sea fruta. Recuperaremos el cansancio del vuelo de ayer y nos iremos a buscar el Nido. ¿Entendido?

Todas asentimos con la cabeza, la realidad va mucho más allá del plan que Paquin ha organizado.

Queremos pasar más tiempo en las Tierras Doradas, es un paraíso de arena y mar.

Por no mencionar que es la primera vez que caminamos bajo el sol y la sensación es de lo más agradable.

No es solo un deseo, es una necesidad. De alguna manera, sentimos que esta parte del mundo también nos pertenece por ley natural.