59
Dejamos atrás a la araña primigenia para entrar en la nueva estancia a la que la Puerta de los Secretos nos da acceso.
El contraste de la iluminación es tan alto que tenemos que taparnos los ojos para no quedarnos ciegas.
Si la cueva era tenue con esas llamas titilantes malvas, la nueva sala es completamente blanca.
Más allá de todo eso, no hay paredes, ni techo, menos aún suelo.
Caminamos por encima de la nada al mismo tiempo que la puerta desaparece.
—¿No ha terminado la segunda prueba? —Mis palabras suenan agotadas, ninguna de las presentes tenemos la fuerza para seguir nadando a contracorriente.
—¿Dónde está el poder que nos ha prometido, Lunek ? —Yleth recuerda el nombre de la araña por si en algún momento resulta ser un hechizo como ocurrió con la serpiente primigenia.
—Ahí.
Las palabras de Aine anuncian la aparición de cinco pedestales de mármol blanco con medias lunas talladas en su forma.
La inercia nos invita a acercarnos a uno de ellos, por separado, como si diéramos por hecho que nos están haciendo referencia.
Y así lo hacen, pues en el momento en el que damos un paso al frente aparecen grabados con nuestros nombres.
—¿Son plumas crepusculares? —escucho a Elzara desde la otra punta.
—No…, estas son diferentes —respondo a tiempo de contemplar el objeto que levita sobre mi pedestal.
Tal y como ha comentado Strange, es una pluma, y es tan oscura como la que nos llevó ante la Maestra.
Pero, a diferencia de las constelaciones grabadas en la magia de los portales, en este caso la mía tiene un resplandor de color fuego.
Cuanto más la miro más obnubilada me quedo.
La pluma flota mientras los reflejos rojos se intensifican con mi presencia.
—No dudéis, somos dignas de este poder —apunta Bela repitiendo las palabras de la araña.
Echo un vistazo hacia ellas para descubrir que sus plumas son tan azabaches como la mía con la pequeña diferencia de que cada una dispone de un reflejo que se asemeja al color de nuestros cabellos.
Después todo cambia, cuanto más tiempo permanecemos cerca de los objetos, sus colores se van intensificando.
De un momento a otro las plumas adquieren tonos afines a nosotras.
La de Aine se torna verde, la de Elzara permanece negra con toques lilas, la de Yleth rosa y la de Bela dorada.
—Al principio usábamos escobas, después todo cambió —La voz de una mujer surge de algún lugar. Nadie dice nada pues algo más capta nuestra atención.
Un arco aparece al otro lado de los pedestales, una apertura que atrae una brisa suave que nos acaricia.
Nos miramos sabiendo que tenemos que coger las plumas e irnos, que la segunda prueba ya ha terminado.
Pero en el momento en el que queremos hacerlo los objetos se fusionan con nuestra piel como si formaran parte de nuestras mancias, de nosotras.
Así como nuestro poder aumenta, el tatuaje de nuestros escotes desaparece.
—Ya hemos terminado —dice Yleth al entender la invisiblidad del tatuaje como una señal.
—Me muero de hambre —comenta Garza segundos antes de que crucemos el nuevo umbral—. Después pienso dormir hasta la saciedad.
Justo cuando pensamos que vamos a aparecer en el Nido, cuando creemos que la Maestra va a deleitarnos con su presencia, algo extraño ocurre.
En un abrir y cerrar de ojos no estamos en la sala blanca, ni siquiera en la cueva de la araña.
Al contrario, estamos precipitándonos al mar desde lo más alto del cielo.
—¡Joder! —Mis labios propinan un alarido.
—¡Maldita sea! —escucho a otra decir.
—¡Vamos a morir, vamos a morir!
Gritamos, lo hacemos como unas locas que no comprenden lo que están viviendo. Mirar hacia arriba significa ver un portal cerrándose tras de nosotras. Aunque esto carezca de sentido, tenemos que hacer algo si no queremos fracasar en nuestra misión, sea cual sea.
Nos encontramos en Valhía, hemos regresado a nuestro plano de la realidad, pero la situación no nos ayuda.
Estamos cayendo desde el Midna, es decir, estamos en la misma línea que separa el día de la noche eterna.
El fenómeno celeste es precioso, nada que ver con las ilustraciones que hemos visto en los tomos antiguos.
Aunque me gustaría verlo desde un sitio más… ¿estable?
—¡Sin miedo, chicas! —Elzara se coloca en picado para caer a más velocidad. El resto nos limitamos a abrir todas nuestras extremidades como si eso fuera a evitar que choquemos con el mar bravío que nos espera al final.
Entonces ocurre, de la espalda de Strange surgen dos alas con las mismas plumas que ella ha absorbido. Sus nuevas extremidades son grandes y fuertes, lo suficiente como para frenar su caída.
—¡Estoy volando! —celebra ella al mismo tiempo que nosotras seguimos precipitándonos a gran velocidad—. ¡No tengáis miedo! ¡Somos libres!
Al principio cierro los ojos mientras no puedo dejar de gritar, estoy aterrada y eso no puedo negarlo.
Después empiezo a escuchar como las alas de las otras van surgiendo de sus espaldas y cuando abro los ojos me doy cuenta de que me he quedado sola.
La imagen del Aquelarre del Nido volando con sus nuevas extremidades es una mezcla entre divina y oscura, un detalle que me incita a sacudir mi cabeza y actuar sin pensar.
Coloco mis manos hacia atrás y mi cabeza hacia delante, como si, de alguna manera, pudiera zambullirme en el agua sin sufrir ningún daño.
En el momento en el que me esfuerzo por no sentir el vértigo o el miedo a la muerte, la magia cobra sentido.
Invocar las alas no es doloroso, al contrario, es una sensación agradable, un cosquilleo en la espalda que me obliga a expulsar el poder que ocultan mis omoplatos.
Mis nuevas extremidades se estiran a mi voluntad, como si formaran parte de mí, como si llevaran conmigo desde el mismo instante en el que nací.
Vuelo, por primera vez en toda mi vida vuelo sin hechizos de levitación ni atada a un cielo nocturno. No, esta vez estoy haciéndolo por mí misma, sin esfuerzo y con el mundo bajo mis pies.
—¡Mirad lo que hago! —vitorea Bela haciendo florituras en el aire—. ¡Yuju!
Nos sentimos vivas, libres y poderosas. Jugamos a cruzar la línea del Midna, para empaparnos con la tormenta de la noche eterna, y luego regresamos al cielo diurno para secarnos con el calor del sol.
Sobrevolamos la superficie del mar para acariciar el agua con nuestros dedos.
Yleth aprovecha su nolmancia para crear formas de espiral que, al chocar con los rayos del sol, decoran nuestro vuelo con arcoíris de colores.
Descubrimos islas tan pequeñas como montículos de arena, peces que saltan libres y un mar infinito que nos da la libertad que ansiamos. Pero entonces ocurre, dura apenas unos segundos, pero la imagen es tan aterradora que consigue arrebatarnos un grito de terror.
—¡¿Qué es eso, joder!? —protesta Elzara cuando esquiva a la criatura que extiende sus tentáculos para intentar atraparnos.
—¡Una caribdis! —Estoy a punto de responder cuando Aine me adelanta.
El monstruo marino tiene un tamaño mucho más grande que el navío más lujoso.
Tiene los ojos púrpuras y una boca que abre en flor para estirar sus extremidades más largas.
Grita, lo hace como una bandada de murciélagos rabiosos.
No tiene nada que ver con el ser que ayudé a mutar bajo los cimientos de la Corte de la Noche.
Lo sé porque las que yo cree eran débiles a la luz solar.
Si esta es una caribdis natural, no me quiero ni imaginar de cómo será la plaga que se liberó días antes de la Guerra de las Estirpes.
Volamos lo suficientemente rápidas como para esquivar los ataques de la caribdis. Nos elevamos en el cielo para huir de las garras de los monstruos que están conquistando el mar de Valhía. Ascendemos tanto que desaparecemos por encima de las nubes volviéndonos imperceptible para el resto del mundo.
—¿Cómo regresamos al Nido? —pregunta Yleth una vez nos reagrupamos en el aire—. ¿Dónde se supone que está ubicado?
—¿Qué dijo la araña, Astalix? —Me dirijo directamente a ella porque sé que tiene una memoria privilegiada—. ¿Qué es lo que dijo cuando le pregunté acerca del poder que nos iba a otorgar?
—Que si no estábamos cansadas de vivir en una nube.
—¡Eso!
Escrutamos el cielo buscando algo que nos indique dónde está nuestro hogar. Bajo el dominio del viento no hay caminos ni rutas, solo la inmensidad que se puede volver laberíntica si nos llegamos a separar. Por eso nos mantenemos juntas, como una bandada de aves de colores que vuelan hacia su Nido.
El sol le da paso a la luna en la parte mundana del Midna, la noche estrellada es tan hermosa que es imposible resistirse a sus encantados. Acabamos quedándonos obnubiladas con el brillo de las constelaciones, aunque sin duda lo más bello es la sonrisa blanca que corona el cielo.
—Ver esto cada día de tu vida es un regalo —comenta Yleth sin resistirse al embrujo de la luna.
—Vayamos a la línea del Midna. —apunta Aine minutos después—. Si caímos desde allí no debíamos de estar muy lejos del Nido.
—El Midna es infinito… tardaríamos días en explorarlo al completo. —se queja Bela mientras el cansancio se empieza a notar en nuestros movimientos—. Y si descansamos un rato.
—Venga, Garza tiene razón, busquemos una isla para reposar el vuelo —ordeno con miedo a que la magia de nuestras alas desaparezca y nos haga caer al agua.
Nos desplazamos bajo la atenta mirada de la luna.
Descendemos varios metros para intentar buscar tierra firme, pero el mar es traicionero y bajo el dominio de la noche su marea crece tanto que devora las islas más pequeñas.
Volamos durante tanto tiempo que terminamos llegando a las Tierras Doradas, a la parte sur de los reinos humanos.
—Aterricemos allí. —anuncia Yleth señalando un bosque de palmeras cercano a la costa.
En el preciso instante en el que nuestros pies se posan sobre la arena de playa, la magia de las alas desaparece. No soy consciente del cansancio que siento hasta que escucho los jadeos que surgen de mis labios.
—Necesitamos otro tipo de ropa si no queremos morirnos de calor. —sugiere Aine con las primeras gotas de sudor deslizándose por su frente.
—Eso está hecho.
La magia de Bela cambia nuestros vestidos por unos mucho más finos, coloridos y con aperturas en el vuelo para que tengamos movilidad en las piernas.
Deduzco que se ha inspirado en los dibujos de la moda mundana que detallaban algunos libros del Aquelarre del Cuervo.
Una sección a la que nunca le puse especial atención, pues siempre creí que los humanos no volverían a navegar hasta el Continente de la Banshee para conquistarnos.