Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 56
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—¿Qué es eso? ¿Otra puerta? —pregunto señalando ocho brillos morados a varios metros de nosotras.

—No lo sé, pero tampoco tenemos otra señal que seguir —apunta Yleth insistiendo en que tomemos el malva como punto de referencia.

—Argh…—se queja Bela mientras se quita varios filamentos blancos del pelo—. Es muy pegajoso.

No es la única que acaba manchada por lo que sea que embriaga este lugar. Filamentos del color de la nieve que se pegan a nuestros cabellos y a nuestra piel. Cuando nos detenemos para limpiarnos y creemos que podemos continuar, otros más acaban adhiriéndose a nuestro ser.

—Es tela de araña…

La aclaración de Elzara nos hace quedarnos completamente congeladas. Puede que esté en lo cierto, puede que estemos en la guarida de algún tipo de artrópodo, uno muy grande y con la capacidad de tejer la seda en un espacio infinito.

—No bajéis la guardia, estad preparadas para lo que sea que se avecina. —Esta vez es Aine la que anuncia los primeros hechizos que van surgiendo en nuestros dedos—. Si las cosas se ponen feas, utilizar la akathmancia para destruirlo todo.

—Será un placer. —secunda Strange ansiosa por volver a sentir el poder de las sombras. Entonces se detiene y todas la imitamos—. Las malvas han desaparecido.

—Está jugando con nosotras… —advierto sintiendo la presión de unos ojos en mi nuca—. Sea lo que sea lo que hay aquí escondido, se está divirtiendo a nuestra costa.

Escuchamos el sonido de unas patas, después un fuerte respirar y acto seguido el miedo nos paraliza.

Por mucho que tenga una llama de fuego en mis manos, no me siento preparada para combatir en la oscuridad.

Yleth crea una burbuja alrededor nuestra, un escudo que dudo mucho que vaya a resistir el ataque de la criatura que nos asola.

—Conéctanos, Strange —ordena Paquin ideando un plan de ataque.

— Aquí no puede escucharnos —La voz de Elzara penetra mi mente atrayendo el recuerdo de la telepatía en el Aquelarre del Cuervo.

Me encantaría tener a mis antiguas hermanas cerca, pero me alegra no haberlas condenado a este futuro tan incierto.

— Bela, ¿estás ahí? — resuena la voz de Yleth.

— Claro. ¿Dónde sino?

— Necesito que nos dupliques en una ilusión estable. Kathleen, que las mariposas sigan a nuestros clones mientras yo nos hago completamente invisibles.

—¿Qué pretendes? —pregunta Aine confundida.

— Si esa cosa quiere atacarnos, no nos tendrá tan fácilmente.

Yleth y Bela combinan sus mancias para sacarnos del punto de mira de la criatura que se oculta en la oscuridad.

Nos hacemos completamente invisibles mientras nuestras nuevas versiones avanzan fingiendo tener algún tipo de conversación.

Aunque no creo que suenen convincentes. Las ilusiones de Garza están hablando de los conjuntos de ropa que se hubieran puesto si hubieran sabido que iban a acabar en la guarida de una reina araña.

—¿Y vosotras sois las enviadas de Midnara? —La voz es femenina y está acompañada por un chasquido constante de dientes.

Tardamos poco en entender que no son dientes, son el sonido de sus patas trepando por el techo de este lugar.

—Os esperaba más listas, más poderosas y bellas. Pero no sois más que carne para mi cena. No creo que os merezcáis el poder que vuestra diosa quiere otorgaros. Menos aún que alguna de vosotras vaya a ser la próxima portadora de la corona de cuervos.

—¿De qué habla? —pregunto aterrada—. ¿Corona de cuervos?

—¿Dice que no somos hermosas? —Pero Bela le pone atención a otra cosa totalmente diferente.

— Si la serpiente primigenia representaba el poder de la luz solar, esta tiene que estar relacionada con la luz lunar. Tendría sentido, ¿no? —Aine analiza todo con atención. Es una ventaja tenerla al lado.

De un momento a otro el suelo empieza a sacudirse. Cuando queremos darnos cuenta la criatura se abalanza sobre nuestros duplicados y los convierte en arena rosa que se esfuma en un parpadeo.

—¿Qué clase de truco es este? — protesta la criatura.

—¡Ahora! —ordena Yleth siendo consciente de que su plan ha salido a la perfección.

Entonces lanzo una gran bola de fuego, una con la forma de una sirena en agua salada.

El proyectil va deshaciendo las telas de araña que se va encontrando instantes antes de impactar contra el cuerpo del animal titánico.

No es una sorpresa descubrir que es una araña del tamaño de un castillo.

La vemos durante una fracción de segundo, pero es suficiente para saber que las ocho luces moradas eran sus ojos.

—Vaya, vaya, vaya. ¡Qué sorpresa! —La araña primigenia suelta una risotada que se pierde en la penumbra, después desaparece.

A pesar de que no podamos verla, escuchamos el repiqueteo de sus patas, aunque no nos ayuda, pues el eco de la cueva se propaga por toda la inmensidad. Yleth vuelve a crear un escudo instantes antes de que la araña nos escupa su tela desde todos los lados y ninguno a la vez.

—¡Quiere enterrarnos! —grita Elzara mientras la seda va cubriendo la cúpula de nolmancia.

—Necesito más humedad —comenta Paquin viendo como su magia solo puede ir enfocada a la defensa y no al ataque—. Bela, necesito tu zarianmancia de nuevo.

—¿Qué quieres que haga?

—¿Puedes congelar la tela de araña?

—Es demasiado grande, pero puedo intentarlo.

La rubia sitúa sus manos en los límites del campo de fuerza y empieza a canalizar la magia del hielo para congelar toda la seda que nos pretende devorar.

Yleth me mira y automáticamente sé lo que necesita.

Chasqueo mis dedos para que una bandada de mariposas de fuego se vaya posando en el frío que nos rodea.

Las gotas azules no tardan en desprenderse y levitar formando esferas azules alrededor de Paquin.

—¿Y ahora qué? —pregunto nerviosa, tengo la cabeza tan nublada que no puedo pensar con claridad.

— Ya no aguanto más, voy a dejarme controlar por las sombras. Es la única forma.

— No, Strange. Invocaremos el poder de Soleish para desestabilizarla. Si quiere esconderse en la oscuridad, le negaremos ese privilegio con la luz solar —explica Yleth captando toda nuestra atención—. ¿Juntas?

— Juntas —respondemos a coro.

—¡Soleish!

Por primera vez, desde que conocemos a la serpiente primigenia, conjuramos el hechizo como si fuéramos una única bruja.

La luz dorada no surge de nuestras manos, mucho menos de nuestros cuerpos.

Al contrario, un torrente de magia nos invade desde el techo mientras todo se llena de calor.

Es como si estuviésemos en el exterior y el sol nos estuviera abrazando con sus rayos.

Sin embargo, seguimos encerradas en la cueva y no hay ninguna apertura más allá de la del tronco, la cual se ha perdido en la lejanía.

La araña gigante propina un alarido de terror en el mismo instante en el que su cuerpo se desestabiliza y cae al suelo quedándose completamente boca arriba. El calor deshace el telar que decora su cueva, una amalgama de formas geométricas que dotan de belleza a la muerte que nos rodea.

No nos detenemos a la hora de inmovilizarla, no ahora que la tenemos a nuestra merced y podemos impedir que nos siga atacando. Sabemos que el truco de la serpiente blanca no nos funcionará una segunda vez.

Yleth dispara sus proyectiles de agua combinados con diamantes.

Si la araña quería levantarse, el ataque de Paquin la derrumba de nuevo.

Aine y Bela combinan sus mancias para crear una serie de enredaderas verdes y sogas de magia ilusoria brillante que inmovilizan a la criatura por completo.

Después somos Elzara y yo las que aprovechamos el momento en el que el hechizo Soleish se disipa para crear manos de sombras que la aplastan contra el suelo.

—Danos una razón para no matarte —Es el miedo el que habla en mi lugar. Si el ser se libera, estaremos perdidas. Una serpiente de fuego juega alrededor de mi mano, ansiosa por calcinar a nuestra oponente.

—¿Qué eres y qué es este lugar? —pregunta Astalix aprovechando la ocasión para escuchar la verdad.

— Lunek es mi nombre, pero hace eones que nadie lo pronuncia. —La araña suena débil, agotada y decepcionada—. Estáis en el plano de los elementos, el mundo donde la magia toma forma corpórea. Por eso vuestros hechizos son más poderosos aquí.

Mis ojos se abren de par en par al comprender que la akathmancia ha tomado nuestro control porque aquí su voluntad es inconmensurable.

Nunca había experimentado la posesión de las sombras, menos aún la pérdida de la percepción.

No nos hace falta preguntar más para saber que este es el lugar del que todas las razas de Valhía canalizan la magia para lanzar sus hechizos.

—¿Por qué has intentado matarnos? —Yleth da un paso al frente, consciente de que la humedad que rodea a la criatura le ayudará en caso de que la situación empeore.

—Pensaba que eráis unas brujas patéticas, pero me he equivocado. —Sus palabras provocan que infinitas antorchas púrpuras se enciendan en las paredes rocosas para iluminar su guarida—. Habéis superado mis expectativas. Ahora debéis superar la segunda prueba.

—¿No eres tú? Quiero decir ¿No eres tú nuestra segunda prueba? —pregunta Bela agotada por la tensión de la situación.

—Yo no, la Puerta de los Secretos.

La araña primigenia anuncia la aparición de una puerta de inmenso tamaño.

Hay flores malvas forjadas en el acero, pero son más de las que podría contar.

Algo nos invita a confiar en la criatura, a disipar nuestras ataduras y a dejarla en libertad.

Ella no nos ataca, al contrario, se sacude los restos de nuestros hechizos y nos acompaña en nuestro peregrinaje.

—¿Magia de sacrificio? — Elzara se llena la boca de orgullo.

—No, no, no… —canturrea la araña y eso me desconcierta más que tenerla de aliada—. Solo necesita que habléis con ella para que os de permiso para entrar.

—¿Hablar? ¿Con una puerta? —Aine verbaliza lo que todas estamos pensando.

—No es una puerta corriente, niña. Es la Puerta de los Secretos.

—Tenemos que confesarle un secreto. ¿Es solo eso? —deduce Yleth.

—Uno por cada una de vosotras pues son cinco candados los que os separan de un nuevo poder. Solo cuando soltéis ese peso podréis avanzar.

—¿Qué poder? —Me dirijo directamente a ella, la miro a los ojos sin temerla ni un solo minuto más—. Estamos hartas de incógnitas, queremos saber la verdad.

— Soleish os contó toda la verdad de Valhía. Yo solo os puedo prometer poder. El poder de la libertad, niña. ¿Qué iba a ser si no? ¿no os habéis cansado de estar encerradas en una nube?

Las preguntas se dibujan en mi mente prometiendo traer una conversación eterna, pero no lo hago. Me centro en mirar a mis compañeras, asentir con la cabeza y contemplar la puerta gigante que se alza frente a nosotras.

—¿Un secreto? Eso es fácil —Elzara da un paso al frente y dice—. Bela Garza no me cae tan mal.

Esperamos durante varios minutos a la reacción de la magia, pero no ocurre nada. La araña chasquea sus dientes en una queja que no pretende ser silenciosa. Strange nos mira, se encoge de hombros y pone los ojos en blanco.

—Los secretos tienen que ser equiparados a la promesa de poder que os espera al otro lado. Tomároslo enserio, niñas, o estaréis aquí toda la eternidad. Recordad que ahora no sois inmortales.