Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 55
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Estudiamos la puerta con el mismo ímpetu con el que investigamos las imágenes esculpidas en el Templo de Soleish.

El árbol no es diferente al resto, no hay nada que nos de pista alguna de lo que tenemos que hacer.

El tallado del tronco tiene forma ovalada y dibujos que evocan el crecimiento de una planta con cinco flores, creo que son rosas o algo por el estilo.

—Malvas. —aclara Aine delatando mi poco conocimiento sobre las plantas que no utilizamos asiduamente en la alquimia—. Se utilizan para proteger y consolar a las personas más vulnerables.

—¿Te refieres a rituales y pócimas? —pregunto planteándome la idea de que Kaine tenga algún recuerdo que no me ha devuelto. Una excusa más para verle.

—No, no todo es magia y brujería, Kath. —me corrige ella con una sonrisa—. La gente las utiliza de decoración o incluso de emblema. Un amuleto que te tranquiliza solo con mirarle.

—¿Eso no es magia? —Bela me adelanta.

—No, es más bien florilogía.

—Florilog… —La rubia intenta pronunciarlo, pero se le acaba enredando la lengua.

—Es el lenguaje de las flores, cada una tiene su simbología y…

—¿Son moradas? El malva también es un color —Yleth la interrumpe antes de que Astalix suelte un discurso sobre todos los beneficios psicológicos que puede tener una casa decorada con flores.

—Sí, ¿por?

—Porque el morado siempre es el color de la hechicería. —secundo recordando el haz de luz que sostenía la mesa rúnica que nos ha traído hasta aquí—. Igual que la xuthmancia.

—¿Queréis quitaros otro mechón de pelo? —Elzara se arranca uno de sus filamentos negros con la punta roja y lo intenta introducir por alguna parte del tronco—. No, no…, nada de nada.

Nos quedamos calladas mientras nos vamos turnando para tocar el árbol o buscar alguna hendidura en el tallado.

Algunas como Aine y Bela acaban sentándose en el suelo para concentrarse mejor.

O al menos eso hace Astalix porque me doy cuenta de que Garza está probando diferentes colores sobre sus uñas ayudada por hechizos rápidos de seliamancia.

De pronto siento como varias gotas salpican mi cara. Cuando me quiero dar cuenta, Yleth ha lanzado varios hechizos de agua con la esperanza de que regar el tronco nos traería respuestas.

—¿Probamos con sangre? —le pregunto sin valorar otras opciones—. Me muerdo el dedo y luego me cierras la herida con un conjuro de retroceso temporal sobre mi piel.

—¿Quieres que utilice tualmancia en medio del bosque?

—¿Por qué no?

—Me dejaría agotada, con los músculos entumecidos y prácticamente inútil, —explica Yleth cogiendo un guijarro del suelo para lanzarlo en el aire y detener su flujo del tiempo para que no caiga—. Esto es lo máximo que puedo hacer a no ser que queráis cargar conmigo durante toda la prueba.

—Quizá le tendríamos que preguntar a ese ciervo. —apunta Bela captando la atención de las demás—. Tiene que ser el animal primigenio de la segunda prueba. Aine, cariño, tú hablabas con los osos, ¿no?

—Florosos. —le corrige la bruja de las flores mientras se levanta desconfiada de la criatura que se está acercando a nosotras—. Y dudo mucho que esa sea una bestia sagrada de Midnara.

—Estad atentas —sugiere Yleth y casi es una orden para que nos pongamos en formación de defensa.

El ciervo tiene el pelaje claro y grandes astas de plata.

No sé en qué momento ha aparecido ahí, pero no parece peligroso, menos aún con su atención clavada en la hierba del suelo.

Está comiendo de manera pausada, verle así consigue tranquilizarme, al menos hasta que otros cinco aparecen a su lado para acompañarle en la cena.

—Mejor vamos a dejarlos en paz. —Coloco mi dedo índice sobre mis labios para recurrir al silencio—. Si Aine tiene razón, y este no es nuestro mundo, puede que los animales sean diferentes aquí.

—¿Creéis que habrá demonios? —Elzara sonríe de manera morbosa, siempre le ha atraído todo lo que tiene que ver con el plano demoníaco—. Los generales, cerberos y todo eso…

—Me niego a pensar que la Maestra nos ha enviado a un infierno o algo por el estilo. Si es la primogénita de nuestra diosa, se supone que nos tiene que cuidar. ¿No? —Bela pide ayuda de manera indirecta, suplica con su mirada esperando a que alguna de nosotras le demos la razón—. ¿No?

—No pondría la mano en el fuego por ella —afirmo firme en la idea de que las pruebas son igual de peligrosas que la magia de los torreones.

Uno de los ciervos se percata de nuestra presencia, alza la cabeza y nos mira con sus seis ojos, tres a cada lado.

La imagen es tan grotesca que me llega a poner la piel de gallina.

Un bufido sale de su hocico, una señal que advierte a los otros de que no están solos.

En el momento en el que golpea el suelo con su pezuña otros más aparecen de la espesura del bosque, cuento veinte.

—¡Preparaos! —advierte Yleth convocando un escudo alrededor nuestra al mismo tiempo que varios diamantes afilados flotan sobre sus manos.

Los animales inician una embestida que no nos pilla por sorpresa.

Los hechizos vuelan de un lado a otro, guiados por la desesperación y la supervivencia.

Elzara se eleva por encima del suelo absorbiendo toda la oscuridad que nos rodea.

Esta vez parece controlarla, no hay manos que le crucifiquen, pero de nuevo sus ojos se llenan de oscuridad.

—No te enciendas cerca de mí, Strauss —su voz parece surgir de lo más profundo de su ser, incluso los árboles se estremecen al escucharla.

Mis compañeras combinan sus mancias como si llevaran toda la vida haciéndolo. Y en parte ha sido así, pues en nuestro antiguo aquelarre nos adiestraban, semana tras semana, en el combate en equipo.

Por esa razón no me sorprende ver a Aine extendiendo sus brazos para que varias enredaderas inmovilicen a los primeros ciervos durante su embestida.

Menos aún a Bela creando una cúpula de cristal rosáceo alrededor de ellos para ahogar sus bramidos de dolor.

Elzara Strange sentencia, a los primeros cinco, a una muerte instantánea cuando sus brazos de sombras rompen sus cuellos en una percusión que nunca escuchamos.

—¡Al suelo! —grito liberando mariposas de fuego que explotan en cuanto entran en contacto con las bestias.

—¡Hielo! —Yleth aprovecha su nolmancia para empapar el suelo frente a nosotras.

—¡Voy! —Pero es Bela la que acaricia el agua para convertirla en una pista de hielo resbaladizao.

—¡Son demasiados! —Aine extiende sus brazos para convocar una barrera de zarzas con espadas afiladas surgiendo de su forma.

Una combinación perfecta entre astalmancia y goranmancia, la magia de la guerra.

Los ciervos más rápidos acaban resbalando en la trampa que Yleth y Bela han preparado. De un momento a otro acaban ensartados en la barrera de vegetación y acero de Astalix. Pero no es suficiente, aún quedan cinco.

—No os acerquéis a mí o disiparé vuestra magia —Nos advierte Elzara caminando con la mano al frente y un sinfín de brazos de sombras custodiándola.

Reconozco el brillo blanquecino de su piel, está utilizando la misma irialmancia con la que Estevian imbuía sus armas. La magia de la anulación, el arte de borrar todos los hechizos.

El primer animal intenta embestirla, ella lo atrapa con un brazo de oscuridad y le acaricia el gesto para hacerle desaparecer. Lo que nos confirma que las bestias están formadas por magia pura, un poder antiguo y ancestral que no comprendemos.

—¡Hay que ayudarla! —advierto viendo como los otros ciervos intentan esquivarla para ir hacia nosotras.

Las mariposas de fuego revolotean hacia un lado para reconducir el rebaño. Yleth paraliza a uno de los animales para que Strange pueda acariciarlo. Aine redirige a otros dos con sus esporas venenosas, estos también acaban destruidos por la irialmancia. Pero el último se escapa.

El quinto ciervo está a punto de embestir a Bela cuando está grita desesperada lanzando uno de sus hechizos por inercia. En un abrir y cerrar de ojos la bestia se convierte en una estatua de oro.

Cuando la batalla se acaba, los cadáveres y la sangre desaparecen dando paso a una marabunta de pétalos de malvas que se los lleva el viento. No queda nada de ellos, ni siquiera sus hermosos cuernos de plata.

—¿Y ahora qué? —pregunto jadeante.

—El tronco… —señala Elzara regresando en sí sin ningún tipo de esfuerzo—. Las flores están brillando.

Nuestros ojos se clavan en la luz azul que surge de las flores talladas en la madera gris. Todas y cada una de ellas resplandecen en perfecta armonía, como si de alguna manera la muerte de los ciervos hubiera activado su magia.

—Eso es… —digo sin querer elevar mucho la voz, no tengo ninguna intención de que más animales vengan a saludarnos. O a morir, visto lo visto—. Magia de sacrificio. Sí, tiene que ser eso.

—¡Se está abriendo! —anuncia Yleth sin poder aguantar la emoción.

La puerta desaparece para dar paso a un agujero en el árbol, un nuevo pozo cuya caída es incierta. Nadie dice nada, nadie se anima a saltar en primer lugar. La duda nos asola de la misma manera que lo hace el silencio en el bosque gris que nos rodea. Soy yo la que acaba avanzando.

—Avisadme si pasa algo raro con mi sombra —sugiero antes de dejar que el tronco me devore.

No veo nada durante la caída, ni siquiera siento el azote del viento en mis rizos rojos.

La penumbra es tan intrínseca que ni siquiera las volutas de fuego que me rodean pueden descifrar hacia donde estoy cayendo.

Me envuelto en sombras, las utilizo para protegerme en caso de que el impacto sea mortal.

La akathmancia me abraza en el mismo instante en el que recurro a ella.

La magia se torna exigente al verme sola en medio de la oscuridad.

Mi cuerpo casi pierde su forma adquiriendo la consistencia del mismo humo que abraza mi corazón.

Cierro los ojos sintiendo la caricia del petróleo que se desprende por mi mirada.

Me concentro en mi propio yo, en no perderme en la sensación de poder que poco a poco me va dominando.

Y lo consigo, al menos durante los primeros minutos, porque luego dejo de ser la dueña de mis actos.

— Somos una —susurra la oscuridad que me rodea.

Mis pies se detienen a escasos centímetros del suelo.

Miro hacia arriba para descubrir un punto de luz del tamaño de una estrella en el cielo nocturno.

Tal y como pensaba la caída es mortal y si no aviso a las demás será demasiado tarde.

En especial para Aine, que es la siguiente en saltar confiada de que no me ha pasado nada malo.

Extiendo mis brazos para provocar que el humo que me rodea se mueva en forma de tentáculos infinitos para agarrar a Astalix antes de que acabe aplastada en el pavimento. Después la dejo con cuidado a mi lado mientras la akathmancia me repite una y otra vez que no quiere que nadie nos moleste.

—Avísalas, diles que utilicen sus mancias para no morir —Mi voz se tiñe con un tono espectral que aterra a mi acompañante, lo sé porque lo veo en su expresión.

—Sí, sí.

Aine sopla sobre sus manos para que una bandada de hojas verdes y brillantes vuelen hasta la entrada del tronco. Mis palabras se van repitiendo como un eco constante. Minutos después las chicas aparecen flotando en una de las burbujas de Yleth Paquin.

—Ya está, Kath —me susurra Bela a tiempo de besar mi frente para que la oscuridad de mi magia se esfume. No me queda claro si es su propia seliamancia o algún tipo de poder que ocultan sus labios.

—¿Podías hacer eso y no me ayudaste? —Elzara se siente sumamente ofendida.

—No te percibía ahí adentro, Elzi.

—¿Qué es lo que acabas de hacer? —pregunto sintiendo como la oscuridad de la akathmancia se va apagando poco a poco hasta que dejo de escucharla.

—Un hechizo básico de elanymancia combinado con la empatía de la seliamancia —Bela aparenta ser una muñeca frágil, pero esconde demasiado poder que no aprovecha.

—Chicas deberíamos de seguir hablando en el Nido… algo nos está observando —advierte Yleth provocando que nos quedemos en completo silencio.

Nos esforzamos por escrutar la oscuridad, intentamos desparramar nuestras luces para descubrir que cuanto más se alejan de nosotras, menos efectiva es la iluminación. Así que nos limitamos a formar un círculo, espalda con espalda, y caminar hacia algún lugar, juntas, siempre juntas.