Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 54
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—¿Qué? —escucho a Elzara cuando aún tengo los ojos cerrados.

—¡Otra vez no, por favor! —Bela hace lo que mejor se le da, quejarse.

—¿Qué pasa, chicas?

En el instante en el que escucho la voz de Yleth mis párpados se abren de golpe y una sonrisa se dibuja en mi rostro. El hecho de verla recuperada me recarga la energía. Ella me mira somnolienta segundos antes de que yo la rodee con mis brazos.

—No volveremos a ir a sitios peligrosos —le digo completamente convencida.

—No, no, nunca más —me responde ella sonriendo.

—Eh, chicas… —La voz de Aine no es capaz de alejarme de Yleth, dudo mucho que nadie pueda conseguirlo ya.

—Sí, sí, muy bonito la reconciliación, pero… ¿Alguien me puede decir dónde estamos? —Bela suena tan desesperada que es imposible no mirarla para intentar entenderla.

No estamos en el dormitorio de Paquin, de hecho, nada de lo que nos rodea tiene que ver con el lugar acogedor al que hemos bautizado como nuestro hogar.

Todo lo que nos rodea son árboles tan altos como gigantes y con copas que ocultan el cielo de Valhía.

Los titanes de madera son de color gris, tanto sus ramas como sus hojas disponen colores tan apagados como la moda de la Gótica en Ninfa Oscura.

—¿Estamos en el Continente de la Banshee? —pregunto confundida.

—Esta tierra es diferente, como si hablara en otro idioma que no puedo entender. —la conexión de Astalix con la vegetación nos es de gran ayuda—. Estamos lejos de los dominios de Illythia.

Elzara señala mi escote para descubrir el tatuaje de la pluma crepuscular.

Una marca que sale cuando estamos en algunos de los exámenes que debemos superar.

No nos hace falta decir nada para saber qué es lo que ha pasado.

La rabia se apodera de mí al pensar que, si no hubiésemos salvado a Yleth, quizá no hubiera tenido ninguna ayuda.

—¿Qué quiere la Maestra de nosotras? —maldigo en alto, como si quisiera que me escuchase.

—La segunda prueba —dice Strange, más para exteriorizar sus pensamientos que para revelarnos una gran verdad.

—Buscad alguna pista que nos indique qué es lo que tenemos que hacer.

Yleth empieza a dar palmadas para animarnos a continuar. Proyecta esa imagen de líder, esa figura que todas seguiríamos incluso con los ojos cerrados. Una sonrisa se dibuja en su rostro cuando me mira, está bien y eso es lo importante. Después continúa liderando:

—Tallados en los árboles, runas en el suelo o incluso inscripciones en las hojas.

Eso es lo que hacemos, aunque intentamos no separarnos demasiado, el bosque es tan denso que cualquier error nos podría llevar a perdernos. Escrutamos los troncos grises y las hojas caídas en la hierba del suelo. Al cabo de unos minutos la frustración se va apoderando de nosotras.

—¿Qué estamos haciendo? ¿Os habéis olvidado de que somos brujas? —protesta Elzara canalizando su magia.

La chica se eleva unos centímetros por encima del suelo. Estoy segura de que no es un hechizo de levitación, al contrario, son las sombras que canaliza su alma las que la elevan por encima del césped para alejarla de todo contacto ajeno.

Así es como funciona la akathmancia, uno de los elementos que yo también domino.

La magia de la oscuridad es como una hija celosa, necesita de tanta atención que no dársela podría significar sufrir las consecuencias de su enfado.

Por eso las demás nos alejamos de ella, no queremos ofender ese poder, menos aún provocar que Elzara sufra durante el conjuro.

Varias manos alargadas surgen de la oscuridad del bosque.

Humo que se retuerce en los brazos y piernas de la bruja mientras sus ojos pierden todo ápice de color para volverse completamente negros, sin iris ni pupilas.

Las sombras la colocan en una posición casi tortuosa, crucificándola en el aire mientras la magia se moldea a su antojo.

Strange crea cuervos, serpientes y lagartos con la consistencia del humo.

Animales sin conciencia que se mueven a gran velocidad para rastrear todos los posibles caminos.

Una lágrima se desliza por la mejilla de la chica, una tan negra como el petróleo.

No es que esté llorando, es que está absorbiendo tanta oscuridad que está se está desbordando por su mirada.

Ese es el gran secreto de la akathmancia, cuantas más sombras haya alrededor, más poderosa se vuelve.

Una de las razones por la que solo puedo dominar dos mancias, porque el fuego y las sombras se contrarrestan entre sí impidiéndome alcanzar un equilibrio cuando las convoco a la vez.

Pero Elzara es una experta, combina el dominio de la oscuridad con el de la magia de la mente, donmancia, para proyectar imágenes en nuestras cabezas.

En un abrir y cerrar de ojos vemos lo que ella ve, una puerta tallada en uno de los árboles más profundos del bosque.

—¡Lo tienes! —celebro a tiempo de que las otras sonrían de una manera incómoda.

La sensación de que alguien urge en tus pensamientos es sumamente incómoda.

Kaine me debe de haber acostumbrado. Es como si una infinidad de hilos se introdujeran en tu cabeza, no es doloroso, pero tienes la certeza de que alguien está accediendo a tu parte más secreta.

Peor aún, sabes que si quisiera podría dominarte sin previo aviso.

Gracias a la Tríada las aprendices del Aquelarre del Cuervo supimos crear barreras para evitar que los donmantes llegaran a nosotras sin permiso.

Un muro psíquico que yo no dudé en derruir cuando el stoker me borró los recuerdos.

—¿Por qué no para? —pregunta Aine asustada.

—Porque ha absorbido demasiada oscuridad —aclara Yleth, después se dirige a mí—. ¿Puedes ayudarla, cielo?

Asiento con la cabeza mientras yo también recurro a la akathmancia. Lo hago conjurando varias llamas a mi alrededor, para que las sombras del entorno no tomen el control de mi cuerpo. Por eso no me elevo sobre el suelo y por esa misma razón mi cabello centellea rojo fuego.

—Elzara, cariño. —pronuncio absorbiendo pequeñas porciones de su oscuridad—. Lo has hecho genial, ahora solo tienes que volver.

—Esto es espectacular, Kath —dice mientras de sus labios surgen bocanadas de humo. La magia de las sombras tira de ella tensando más sus músculos—. Podría luchar contra el mismísimo Antiguo si me lo propusiera.

—Lo sé, cielo. Esta mancia gana mucho poder cuando no hay luz cerca y tú has absorbido demasiada.

—Quiero más, quiero quedarme así para siempre. Me siento… como una diosa.

—Casi lo eres. —Tengo que absorber un poco más de humo para poder acercarme a ella y que la akathmancia no se ponga celosa—. Pero tienes que parar, así no podrás resolver la segunda prueba. ¿Verdad?

—Puedo destruir la puerta y ayudaros a entrar… destruirlo todo…

— Soleish —La voz de Aine surge del pozo de oscuridad en el que, sin querer, me estaba perdiendo.

De repente aparece una luz tan intensa y cálida como la del sol. Astalix sostiene una esfera dorada que disipa toda la oscuridad de nuestros cuerpos. En el momento en el que su hechizo termina, Elzara cae de golpe sobre el suelo.

—¿Estás bien? —pregunto mientras le ayudo a levantarse.

—Sí, sí, perdonad… —Ella se muestra avergonzada—. No sé lo que me ha pasado. He perdido el control…

—No te preocupes, ya te lo he dicho, lo has hecho genial.

—¿Qué es lo que acabas de hacer, Astalix? —le pregunta Yleth ensimismada—. ¿Un hechizo solar?

—La serpiente blanca dijo que si necesitábamos el poder del día solo teníamos que pronunciar su nombre —explica la bruja de las flores con el conocimiento de su lado.

Ella nos explica todas sus teorías acerca de que piensa que no estamos en el plano material.

Lo dice tan convencida que es imposible llevarla la contraria.

Aine cree que la serpiente primigenia estaba en un plano paralelo de realidad, uno en el que la magia se acrecienta de una manera descomunal.

Y tiene razón, no solo por la akathmancia que ha conjurado Elzara, sino porque cuando he recurrido al fuego he sentido que estaba más vivo que de costumbre.

—¡ Soleish ! —grita Bela una vez llegamos a la puerta tallada en el árbol. De su mano surge una ráfaga de luz solar que no provoca nada. Todas la miramos intentando comprender sus acciones. Ella se limita a sonreír y añade—. Pensé que revelaría alguna inscripción secreta.

—Buen intento, Garza —Elzara le da una palmadita en la espalda—. La próxima vez avisa, casi me dejas ciega.