Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 53
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El agua va desapareciendo por las líneas de las baldosas del torreón. Sin duda los efectos de la magia son tan hipnotizantes que no me cansaré nunca de verlos. Yleth me mira con el rostro descompuesto. La comprendo a la perfección, es la primera vez que ve a una caribdis tan de cerca.

—¿Estás bien? —le pregunto mientras me acerco a ella para intentar tranquilizarla.

—Yo, …

De repente ocurre, Yleth se desploma sobre el suelo mientras sus labios propinan un alarido que me deja sin habla.

Mi amiga se señala la pierna, lo hace de manera desesperada mientras las lágrimas saltan de sus ojos como el comienzo de una tormenta.

En el momento en el que miro la parte de atrás de su pierna, unos centímetros más abajo de la altura de la rodilla, veo una herida atroz.

Las ventosas de una de las crías de caribdis han conseguido tocarla impregnando su piel con el veneno paralizante que estas segregan.

—¡Ayuda! —grito para que el Nido me escuche—. ¡Necesitamos un sanador!

El sufrimiento de Paquin me provoca tanto dolor que me resisto a mirarla directamente a la cara.

Lo hago por inercia en un par de veces y la imagen de su sufrimiento se me queda marcada de por vida.

Ella está apretando los dientes mientras la espuma de su saliva sale de su boca.

Su piel, hasta ahora pálida, se ha teñido de rojo y va de camino al morado.

—¡Un sanador, joder! —grito aún más fuerte.

—¡¿Qué ha pasado?! —Aine aparece la primera, en el instante en el que ve la escena se lanza al suelo para intentar ayudarla.

—Una caribdis, solo la ha rozado en uno de nuestros viajes, …

—¿Uno de esos monstruos marinos? —Ella chasquea sus dedos para que una ráfaga de pétalos vuele por los pasillos del castillo reproduciendo el mismo grito que yo he pronunciado segundos antes—. Vale, tenemos que sacarle el veneno, sin sangre de vampiro no lo expulsará sola.

—¿Qué? ¿Cómo? —pregunto desesperada mientras me amarro el cabello en forma de coleta—. Haré lo que sea.

—¿Ves la marca de las ventosas? —señala Astalix haciendo gala de un conocimiento que no conoce límites—. Los extremos morados son los que segregan el veneno paralizante, lo utilizan para inmovilizar a sus presas.

—Vale, vale…

No me lo pienso dos veces, ni siquiera valoro el simple hecho de que lo que voy a hacer es una guarrería.

Cierro los ojos, acerco mis labios a los círculos tatuados en la piel de Yleth y empiezo a sorber.

Al principio siento el sabor de la sangre en mi paladar, algo que he aprendido a aborrecer.

Pero después aparece el veneno, un líquido espeso y con un aroma agrío y vomitivo.

No me detengo a la hora de sorber con fuerza, llenarme la boca con el jugo morado y escupirlo al suelo.

—Muy bien, Kath. Ese ya está —apunta Aine mientras señala otra de las marcas—. Ahora este.

No sé cuánto rato estoy ahí chupando el veneno de Yleth Paquin pero ella poco a poco va dejando de quejarse.

Las lágrimas se deslizan por mis mejillas mientras sigo escupiendo ese líquido violáceo.

Me da igual el sabor, me da igual el cansancio, lo único que me importa es salvarla.

Desconozco la duración de la parálisis, pero me niego a detenerme antes de eliminar toda la ponzoña de su cuerpo.

—¡¿Qué estáis haciendo?! —Bela se horroriza ante la escena mientras que Elzara se acerca para estudiar la situación.

—¿Veneno? —pregunta Strange.

—De caribdis, es paralizante —aclara Aine al mismo tiempo que se me escapa un jadeo de agotamiento.

No sé qué es lo que mueve a Garza a acercarse a mí, apartarme la cara de la pierna de Yleth y relevarme en lo que estoy haciendo.

Quizá al vernos a todas tan implicadas la ha incitado a aportar su granito de arena.

El líquido morado se desliza por mi barbilla mientras mi respiración está tan agitada que pienso que voy a desfallecer.

—¡Qué se mantenga despierta! —ordena Elzara a tiempo de coger a Astalix del brazo y llevársela escaleras abajo.

Me arrastro hasta la cabeza de Paquin, cuya mirada está perdida en el techo del torreón. Me limpio el veneno con la falda del vestido y utilizo mis manos para quitar el espumarajo de su boca. Después le doy pequeños golpecitos para que reaccione y me mire, para que regrese de donde sea que ha ido.

—Yleth, cariño…, soy yo, Kathleen. —Mi voz intenta sonar divertida y tranquilizadora, pero no lo consigo, casi parezco una loca a punto de entrar en frenesí.

—Strauss… —pronuncia ella con torpeza con el azul de sus ojos perdido en algún lugar.

—Eso es, Kathleen Strauss. Soy yo.

—Que puto asco… —escucho quejarse a Bela mientras continúa con su misión por eliminar el veneno del cuerpo de la bruja de agua.

—Me…

—No digas nada, no te preocupes. Lo importante es que estoy aquí. —Ella intenta hablar, pero le cuesta horrores, por eso me centro en mantener su atención en mí. Si no puede mirarme, al menos que me escuche—. Te vas a poner bien. Tenemos un baile pendiente. Una fiesta de chicas ¿qué te parece?

—Me… —de nuevo otro intento.

—Beberemos lo que elijas. Dejaremos que tomes el control de la magia del Nido. ¿A qué si, Garza? —la rubia responde jadeante mientras sigue escupiendo el líquido morado.

—¿Me perdonas?

En el momento en el que Yleth formula esa pregunta mi mundo entero se desmorona.

Las lágrimas se desprenden de mi mirada con fuerza, no es por verla mal, es por el simple hecho de que haya pronunciado esas palabras.

Me veo obligada a quedarme en silencio porque tengo un nudo en la garganta que me impide hablar.

Lo único que puedo hacer es mirarla y sonreír.

Y en ese momento el azul de sus ojos se clava en mí.

—¿Estás enfadada, Kath?

—No, no…, cariño. No. —Tengo que limpiarme la humedad que mana de mi nariz para poder hablar con más claridad—. Ya te perdoné hace mucho tiempo, Yleth. La que tiene que perdonarme eres tú. Te traicioné y ni siquiera me molesté en explicarte por qué acepté lo de ser prefecta del aquelarre.

—No te merecías el vacío que te hice —Sus labios se mueven, pero su cuerpo no. Entonces veo como poco a poco sus párpados se van cerrando.

—Me lo merecía y no cambiaría nada de lo que viví en la guarida.

—le sigo dando golpecitos con la esperanza de mantenerla despierta—.

No cambiaría nada porque eso me ha llevado a estar aquí contigo.

—Miro a Bela que se desploma sobre el suelo con la certeza de que ha eliminado todo el veneno.

En ese instante rectifico—. Con todas vosotras.

Y si me espera una vida lejos del Continente de la Banshee, me alegro de tener las mejores compañeras para este viaje.

—¡Ábrele la boca! —grita Aine desde el arco de la puerta.

Hago lo que me pide mientras Elzara se desliza por el suelo hasta llegar a nosotras.

En sus manos hay una poción que brilla de un intenso color azul.

Le vierte todo el frasco concentrada en que nada se desparrame fuera de la boca de Yleth.

Acto seguido, es Aine la que vierte otro vial del mismo color.

—Ahora tiene que descansar para que sude el veneno que le ha afectado —explica Elzara prácticamente sin aliento.

—Me quedaré con ella —Sonrío para que estén tranquilas.

—No, lo haremos juntas, como un aquelarre —apunta Bela decidida.

—El Aquelarre del Nido —secunda Aine con orgullo.

—El Aquelarre del Nido —susurro para mis adentros.

El castillo hace aparecer una sábana que envuelve a Yleth para llevarla flotando hacia la cama de su habitación. Allí nos quedamos las cuatro, sin turnos ni jornadas de vigilancia, las cuatro unidas para que nuestras voces traigan a nuestra amiga de vuelta del abismo en el que se ha desmoronado.

No sé en qué momento nos sentamos en el suelo apoyando nuestras cabezas en la cama de Paquin, pero el cansancio toma el control de nuestros cuerpos y nos sumen en sueños profundos, fantasías vacías que nunca recordaremos.