Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 52
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Los párpados me pesan tanto que me cuesta horrores abrir los ojos.

Poco a poco voy vislumbrando los detalles de mi habitación en el Nido.

Me duelen los brazos y las piernas, siento el peso de una lucha que nunca he llevado a cabo.

No sé cuántas horas he dormido, pero podría dormir unas cuantas más.

Al menos si mi cabeza no estuviera dándole vueltas constantes a todo lo vivido durante la primera prueba.

Me incorporo despacio, sin prisa y con cierto temor a que más sorpresas me pillen de golpe. No tengo fuerza para soportar más jarras de agua fría, necesito asimilar lo que la serpiente gigante nos ha contado.

Tengo la certeza de que todo ha sido real, por muy poco que me guste, soy consciente de que estoy respirando. Ya no soy una caída, una vampira con el don de sanar con mi propia sangre, ahora soy humana.

Mi verdadera naturaleza me atosiga y me satura, más aún cuando descubro la necesidad de dormir. Cuando vivía en Plaguen las noches eran realmente eternas, el tiempo me cundía enormemente y eso me permitía lograr verdaderas hazañas.

—Esto es una mierda.

De no haber sido inmortal jamás hubiera podido aprender todas las enseñanzas de la Tríada del Aquelarre del Cuervo.

Se necesita una eternidad para comprender los designios de la magia, las mancias y sus entramados.

Sé que los humanos estudian la magia de los cuatro elementos de Valhía: tierra, agua, fuego y viento.

Pero es que las brujas no solo estudiábamos el funcionamiento de las trece mancias, también escrutábamos las visiones y absorbíamos los textos de nuestros antepasados como si fuera una jarra de cerveza.

Vago por los pasillos del castillo como un alma en pena y sin ninguna motivación de seguir con la misión que se me ha encomendado. Sea cual sea. Desciendo por las escaleras del primer piso, me siento en una de las sillas del comedor y me quedo mirando a la nada mientras la magia actúa por inercia.

Sobre la mesa empiezan a aparecer dulces de lo más apetecible, panes con formas irreales y frutas de todos los colores.

Las tazas, copas y vasos vienen flotando desde algún lugar.

El Nido no sabe qué es lo que necesito, no le culpo, yo tampoco lo tengo claro.

Me acaban sirviendo té, café, zumo, agua fresca e incluso sangre.

Ver el plasma me revuelve las entrañas, por primera vez en toda mi vida me repugna lo que siempre me ha dado la vida.

—Tirad eso, por favor. que asco —digo con la bilis subiendo por mi garganta.

Acabo por remover el café mientras un par de terrones de azúcar bailan al son de mi cucharilla.

Me quedo ahí sin comer nada, intento no desvanecerme en mis propios pensamientos al mismo tiempo que la magia del castillo intenta complacerme.

La comida va apareciendo y desapareciendo, buscando algo que realmente me agrade, pero es imposible, no está siendo una buena mañana.

—Buenos días, ricitos —Aine cruza el marco de la puerta con la misma energía que la mía. Sin saberlo acaba de grabar un código entre nosotras.

—Hola, ricitos. —le respondo esforzándome por sonreír—. ¿Cómo estás?

—Revuelta, si tuviera algo en el estómago lo hubiera vomitado…

—Bienvenida a mi mundo —Intento sonar divertida, pero me sale fatal.

En el momento en el que ella toma asiento, el Nido empieza a servirle con la misma insistencia que a mí. El plasma vuelve a aparecer, esta vez a pocos metros de Astalix, ella se tapa la boca para mostrar su desagrado. Al final acaba escogiendo el té, aunque no le da ningún sorbo.

—Tranquila, yo tampoco tengo apetito de nada.

—La sangre me ha revuelto por dentro… estoy fatal. —apunta ella apoyando su frente en sus manos—. ¿Vamos a morirnos de inanición?

—¿Cómo?

—Eso es lo que les pasa a los humanos cuando no comen, ni beben. Se acaban desgastando hasta convertirse en barro.

—Creo que eso suena demasiado fantasioso para ser realidad.

—Esta vez sí sonrío, la inocencia de Aine me causa ternura.

Tiene tanto conocimiento en su cabeza que, si pudiera ordenar todos los pensamientos, tendría la solución a todos los problemas—.

Tenemos que asimilar que parte de la historia ha sido tergiversada por el paso de las eras.

—Yo solo quiero saber a dónde quiere llegar la Maestra con todo esto… me agobia no deducir el rumbo que estamos tomando.

—Somos un barco a la deriva, ¿verdad?

—Peor aún, nos estamos hundiendo y no nos damos ni cuenta.

—¡No seas dramática! —me jacto de ella a tiempo de coger una uva y lanzársela de manera juguetona.

—¡No te pases, Strauss!

Aine extiende su mano para parar el suave golpe de la fruta cuando su magia se activa de manera inesperada. Sus dedos centellean verdes a tiempo de que la uva empiece a flotar. Me sorprende no ver sus ojos rojos, no hay nada que delate que está lanzando un hechizo, eso sí que me desconcierta.

Antes de que pueda darme cuenta la esfera amarilla empieza a crecer como un pez globo.

Astalix sonríe de manera vengativa mientras la uva gigante se abalanza hacia mí.

No puedo ni imaginarme lo que me ocurriría si me golpea, seguramente saldría despedida por los aires sin levantarme de la silla.

Eso es lo que me lleva a invocar una llamarada fugaz para protegerme.

En un parpadeo todo está lleno de puré de uvas, todo incluida nosotras.

—¡Kathleen Strauss! —se queja Bela que ha llegado en el momento menos oportuno. A ella también le ha salpicado el pringue.

—¡Ha sido ella! —me excuso a tiempo de salir corriendo mientras varios perros de pequeño tamaño aparecen junto a Garza para perseguirme.

Huyo de los ladridos molestos y sumamente agudos que no dejan de atosigarme. Me subo encima de la mesa mientras el Nido hace desaparecer toda la comida para que no la eche a perder. Aine se ríe a carcajada limpia mientras la seliamancia continúa una persecución de la que no puedo escapar.

—¡No me hagas atacarles, Bela! —grito con varios tentáculos de sombras surgiendo de mi espalda a modo de capa—. ¡No quiero hacerles daño!

—¡Son monísimos! —Astalix consigue coger uno para jugar con él.

La situación se extiende durante una hora, al final acabamos sentadas en la mesa, pringadas de pure de uvas, mientras los cachorros relamen el estropicio. Aunque los animales no duran demasiado, Bela acaba disipándolos en el mismo momento en el que el castillo le sirve una copa de sangre.

—¡Voy a vomitar!

—¿Por qué insiste en darnos plasma si sabe que ya no lo necesitamos? —pienso en alto sin esperar que nadie me responda.

—Porque nos está poniendo a prueba, se asegura de que realmente hayamos recuperado nuestra verdadera naturaleza. —Pero Aine no es de las brujas que dejan incógnitas—. Haber perdido la inmortalidad es más importante de lo que creemos.

Yleth y Elzara no tardan demasiado en reunirse con nosotras en el salón. Tal y como esperábamos, el castillo también las pone a prueba con las copas llenas de vitae. Ellas reaccionan de la misma manera que lo hemos hecho nosotras con anterioridad, después todo se torna más tranquilo.

Las conversaciones se alargan más de la cuenta mientras el apetito va creciendo en nuestro interior.

Debatimos acerca de todo lo que hemos vivido, de la historia tallada en el mármol y de la serpiente primordial.

Coincidimos en muchos puntos de vista, en especial en el temor a lo desconocido y la incertidumbre sobre nuestra verdadera misión.

Poco a poco nos vamos adaptando a nuestra naturaleza mortal.

Aunque no podemos quitarnos de la cabeza la simple idea de que hemos sido proscritas de un regalo que no habíamos sabido valorar hasta ahora.

La mesa se llena de comida que devoramos sin dudar.

Me sirvo un poco de pollo asado, un par de trozos de panceta a la brasa y patatas cocidas.

No sé si es por la magia del Nido, o quizá porque ahora aprecio más las cosas, pero los sabores me hacen sentir en la gloria.

Esa sensación de privilegio va creciendo aún más cuando decidimos pasar la tarde en nuestros torreones.

Esta vez soy yo la que acompaña a Yleth a dónde nos quiera transportar.

—¿Le echas de menos? —me pregunta cuando me ve cabizbaja.

—Sí, pero no quiero que me vea así.

—¿Así cómo, Kath?

—Débil, inservible… mortal.

—Ey, ey… —Me da suaves golpecitos en la frente—. Eres preciosa y estás espectacular.

—Gra…

—No te acostumbres. —Se sacude la larga melena rosa salmón y se cruza de brazos—. Además, sin el fulgor carmesí tus rizos están más bonitos. La luz del sol les ha sentado bien.

—Oh, Paquin, te estás luciendo.

—Bueno, bueno… —Agita sus manos con falsas modestias—. Ahora anímate y vamos a dar una vuelta por Valhía. ¿Qué te parece?

—Estoy a tu merced.

—La Corte de la Noche, por favor.

Yleth no grita, al contrario, habla de manera suave mientras le hace una pequeña reverencia a la pared.

Y parece que funciona porque tengo la sensación de que todo empieza a cambiar a más velocidad que las otras veces.

En un parpadeo nos encontramos en la habitación de los nuevos stokers.

Los bebés gatean por el suelo mientras un chico de cabello rubio y ojos azules los vigila, sonriente, desde una silla mecedora.

—¿Quién es?

—Jem, uno de mis primeros ghouls. —Yleth se acerca a él para fijarse en la mirada carmesí que centellea bajo la luz de los candiles—. Siempre me ayudó a buscar a los huérfanos más necesitados. Gracias a sus contactos conseguíamos darle una segunda vida a aquellos que estaban a punto de perderla.

—¿Salvabas a los niños de Plaguen? —La sinceridad de mi amiga me pilla completamente por sorpresa. Jamás imaginé que sus sirvientes fueran huérfanos del fatum.

—Les ofrecía trabajar para mí a cambio de mi sangre.

En el As Xestas de Paquin , mi atelier, no les haría falta el dinero pues lo tendrían todo.

—Sus ojos se clavan en los bebés a los que les ha dedicado tanto amor, incluso desde su nacimiento—.

Primero llegó Jem, luego Veruk y los mellizos Chira y Rafej.

—¿Cuántos ghouls tenías, cielo?

—Llegué a tener diez, pero algunos como Astrid y Kerr me pidieron ser libres cuando crecieron. Yo nunca les negaría eso, así que les di una bolsa con monedas de oro y les pedí que fueran felices. Antes de marcharme a palacio se quedaron los cuatro primeros. Mis chiquillos.

—¿Les echas de menos? —reformulo una pregunta que ella misma me ha hecho.

—No, sé que han aprendido de la mejor y que harán todo lo posible por mantener mi legado. —Aunque hable con orgullo es imposible no percatarse del dolor en sus palabras—. Lo único que quiero ahora mismo es que estos pequeños crezcan sanos.

Los tres bebés gatean con bastante habilidad para el tiempo que tienen. Pero la inmortalidad funciona así, los primeros años de vida son bastante acelerados. Antes de despedirnos de la Corte de la Noche podemos ver como uno de ellos, Adanyan, se pone en pie y da sus primeros pasos.

—Quiero ir a Laneth.

Las palabras de Yleth tienen un efecto tan rápido que no puedo reaccionar.

De repente las paredes del torreón se abren para dejar que el agua salada nos azote de golpe.

No sé si lo ha hecho porque realmente quiere viajar al hogar de Cirigh o porque quería disimular las lágrimas que estaban empezando a deslizarse por sus mejillas.

A pesar de que sea un viaje astral, o algo por el estilo, tenemos que contener el aliento si no queremos ahogarnos.

La profundidad del mar se muestra tranquila, oscura y peligrosa.

Una burbuja aparece en nuestras cabezas cuando Yleth usa la nolmancia para darnos un respiro.

Lo agradezco, no tenía claro si iba a aguantar mucho más.

El hogar de las sirenas es un conjunto de túneles, cuevas y montañas submarinas.

Hay corales luminiscentes situados en las paredes rocosas que forman laberintos cuyas salidas se antojan inciertas.

Nos encontramos en una zona sumamente amplia, una apertura aislada de la superficie con montículos esculpidos con forma de asientos.

Debe de ser un lugar importante, puede que incluso el Salón del Trono de la corona de huesos y espinas.

—¿Dónde están las ahogadas? —Se extraña Paquin cuando no vemos a ninguna sirena en el hogar de nuestro querido tritón.

—¿Qué es eso? —señalo varias formaciones ovaladas cubiertas por musgo y algas—. Parecen latir…

—Son huevos —aclara ella segundos antes de que empiecen a eclosionar.

Los seres que nacen parecen gambas del tamaño de nuestras cabezas. En el momento en el que empiezan a moverse emiten chillidos de reclamo. Yleth y yo nadamos hacia ellos conscientes de que nadie puede vernos.

—¡Son monísimos! —admito con entusiasmo.

—¿Se comen?

De repente algo entra a gran velocidad. El corazón me da un vuelco cuando la criatura aparece a través de los túneles guiada por los gritos de sus crías.

Entonces me doy cuenta de lo que estoy viendo, la misma especie que el general Rhain criaba bajo los cimientos de la Corte de la Noche, puede que incluso el mismo ejemplar que yo muté con la pócima.

La madre tiene un gran tamaño, los tentáculos de su boca portan el cadáver de un delfín.

Utiliza la fuerza de sus extremidades para partirlo en pedazos.

Acto seguido las recién nacidas abren sus bocas en flor para alimentarse.

—¡Son caribdis! —grita Yleth horrorizada al ver como la madre se enrosca en el trono como si fuera la nueva reina.