Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 50
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—La Maestra dijo que Midnara tenía que ver con Illythia pero que los detalles lo sabríamos pronto —Mis palabras repiten la respuesta que la Antigua nos dio antes de tatuarnos sus plumas crepusculares en nuestros torsos.

—Nunca fueron tres hermanas… —susurra Yleth. Al estar todas calladas podemos escucharla con claridad—. Nunca fueron tres diosas…

—Hemos sido engañadas todo este tiempo…

A Aine le tiemblan las manos, está entrando en un shock que solo alguien que se ha pasado la vida estudiando para luego descubrir que todo ha sido mentira.

—Quizá nos estemos precipitando. —Elzara intenta calmarla—.

Ya sabemos que el tiempo puede tergiversar las historias.

¿Recordáis cuando la raza vampírica pensaba que los humanos eran gólems de barro?

Tampoco íbamos muy desencaminados, después de todo los prestigiosos tienen mucha afinidad con la tierra.

—Eso quiere decir que el Antiguo y la Maestra son primos, ¿no? —Bela rompe la tensión que se va propagando por el templo—. ¿Os imagináis una relación entre ellos?

Nadie la responde, al contrario, todas nos quedamos en silencio.

Nos quedamos perplejas observando los tallados de la pared como si alguno de ellos pudiera consolarnos.

Es en ese preciso momento en el que recuerdo el libro que la bruja madre Anya me hizo leer al principio de mi aprendizaje.

Un cuento que se convirtió en mi lectura favorita y que terminé recomendándoles a todas mis hermanas.

Aunque solo Calista le puso atención. La historia que insinuaba que las brujas no éramos descendientes directas de Illythia.

—La Maestra tiene más respuestas de las que dice.

—Aine está tan enfadada que se ha remangado el vestido decidida a acabar con este juego—.

El nacimiento de Midnara, el paso del tiempo, Illythia llorando la muerte de sus hijos…

Eso es lo único que tenemos. Todavía nos quedan cuatro.

—No puede dejar de hablar, está tan alterada que su mente está desesperada por terminar el puzle—.

Está claro que si Illythia perdió a sus hijos, lo siguiente será su desesperación por resucitarlos: la creación del vampirismo.

—¡Espera! —grita Yleth antes de que Astalix pueda apretar el tallado de la diosa mordiendo a los hombres.

Pero es demasiado tarde, nadie puede frenar los impulsos de una estudiosa que cree haber encontrado la solución de un problema.

El terremoto vuelve a arremeter contra el templo mientras las paredes se van reduciendo un poco más.

Estar cada vez más cerca de la luz solar me hace plantearme si realmente vamos a morir aquí.

Calculo que con dos fallos más estaremos acabadas.

—A ver Paquin, sorpréndeme —Aine se cruza de brazos sin sentir la culpa por haber fallado.

—Llevo todo el rato dándole vueltas a la relación de Midnara y Midna.

Si esa palabra activó la inscripción de la estatua del Nido debe tener más peso de lo que pensaba.

—explica Yleth acariciándose el cabello de una manera nerviosa.

Está al borde del colapso, como todas las demás.

Aunque a Elzara se le da bien fingir tranquilidad, su gesto se ha empezado a torcer serio y preocupado—.

¿Cómo iba a crear Illythia a sus vampiros a riesgo de que murieran bajo la luz del sol?

—Con el Midna. —respondo tirando del hilo que Paquin ha dejado caer—. ¡El sol roto!

Me apresuro a llegar al tallado de la dama alada con el velo en la boca, la que está situada bajo el sol roto.

Entonces me doy cuenta de que puede representar la creación del Midna, el partimiento en dos del cielo de Valhía.

Al oeste ciclos solares y lunares para las Tierras Doradas y al este la noche eterna en el Continente de la Banshee.

—Trabajaban juntas. —Strange reacciona al final—. Midnara ayudó a su hermana para que sus hijos no murieran. De ahí que sus primogénitos, el Antiguo y la Maestra, se estén…

—¡Despidiendo! —Aine le interrumpe a tiempo de unir todas las piezas—. ¡Lo tengo!

Se aclara la garganta mientras camina por la sala narrando la historia que tanto dolor de cabeza nos ha traído:

—Midnara nació de la luna, pasó el tiempo y los hijos de su hermana Illythia murieron.

Así que idearon la forma de hacerlos inmortales con la limitación de la luz solar.

Por eso Midnara creó el Midna, para que la diosa de los vampiros pudiera engendrar a sus vástagos.

Ahí se despidieron dejando a las brujas para proteger el legado de su madre.

Y por eso Illythia también nos hizo inmortales.

Una a una va apretando los tallados en el orden de la historia que va narrando.

El templo se sacude levemente mientras las baldosas, bajo el haz de luz, se van perdiendo en el vacío.

Justo cuando Astalix activa el último mecanismo el techo se cierra sumiéndolo todo en la oscuridad.

Acto seguido nuestros ojos empiezan a brillar de un intenso fulgor carmesí.

—¡Mirad! —anuncio a tiempo de leer una inscripción que aparece en ausencia del haz de luz.

—No somos hijas de la Dama de la Muerte. —concluye Bela con la voz angustiada. Después lee lo que el sol ha estado ocultando todo este tiempo—. Somos hijas de la Dama de la Magia.

El silencio se propaga por la habitación casi tomando una forma corpórea.

Nos quedamos mirándonos durante largos minutos.

Intentamos leer nuestras expresiones, pero no conseguimos sacar nada en claro.

Todas menos Elzara, que utiliza su donmancia para saber que la incertidumbre se está apoderando de nosotras.

—Es la única salida. —Yleth señala al vacío que han dejado las baldosas—. Saltad, percibo el agua que amortiguará nuestra caída.

Ella es la primera en hacerlo, una muestra de seguridad para que las demás nos fiemos a ciegas de su nolmancia.

De pronto algo ocurre, en el instante en el que se deja caer por el abismo del templo su sombra se queda atrás durante una fracción de segundo.

Bela ahoga un grito de sorpresa, lo que me confirma que todas las demás también lo han visto.

La silueta de Paquin sigue ahí, como un boceto de tinta que se esfuma en un parpadeo.

Y cuando eso ocurre, surge un grito fugaz, el chirrío de una puerta que se cierra para no volverse a abrir jamás.

El grito de una Banshee presagiando la llegada de la muerte.

—¿Habéis visto eso? —pregunta Aine ensimismada.

—Ha sido el ultrasonido de un murciélago. ¿No? —Elzara le da sentido a algo que no entenderemos hasta más adelante.

—¡Qué miedo! Yo me largo de aquí.

Bela es la siguiente en saltar. Tal y como ha ocurrido con Yleth, la sombra de Garza también se desprende de ella y se esfuma con un grito efímero.

Astalix y Strange saltán detrás mientras yo me quedo eclipsada con el efecto que sé que no volveré a ver jamás.

No pierdo mucho el tiempo, no tengo ninguna intención de permanecer aquí encerrada.

A pesar de controlar las sombras con la akathmancia, todo lo que está ocurriendo no tiene que ver con esa magia.

Esto es algo más antiguo y primogénito, esto es cosa de la Maestra.

Me precipito al vacío sin poder escuchar el chillido de mi propia sombra, al contrario, no siento nada. La caída dura unos segundos antes de que el agua me golpee. Me sumerjo en un pozo oculto en la más intrínseca oscuridad.

Permanezco bajo el agua unos segundos, disfruto de la humedad mientras me agarro el vestido para tener más movilidad en mis piernas.

Más allá de estar buceando, inconscientemente estoy probando algo que me lleva abrumando desde que llegamos al Nido.

Un hecho que me confunde y me incita a buscar respuestas donde no puedo encontrarlas.

De pronto lo siento, no puedo respirar y necesito hacerlo. Algo que jamás había ocurrido. Como vampira nunca había necesitado llenar mis pulmones con oxígeno, pero ahora, a cada segundo que no lo hago, mi cabeza se va desvaneciendo.

Un animal de un brillante color azul se acerca a mí y juguetea con mis rizos.

Ver a ese pez, de alguna manera, me hace acordarme de Cirigh de Laneth y el cariño que siempre le he tenido.

Incluso cuando le conocí, esas noches en las que salía de la piscina para observarme, me parecía de lo más simpático.

El animalillo se acerca a mi nariz y abre su boca para propinarme un bocado sin dientes.

Justo antes de hacerlo desaparece convirtiéndose en una marabunta de burbujas que me empujan hacia la superficie.

—¡Kath! —grita Yleth agitando sus brazos y pies para mantenerse a flote—. ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?

—Somos humanas. —pronuncio entre jadeos—. No podía respirar bajo el agua y lo necesitaba.

—¿Somos humanas? ¡Qué horror! —se queja Bela al mismo tiempo que varias luciérnagas se desprenden de su cabello rubio.

A pesar de que no me haya percatado con exactitud de la caída, el agujero del techo está demasiado lejos.

Por lo demás todo es agua, un canal enorme de agua que se pierde en la oscuridad más tenebrosa.

Ni las luciérnagas de Garza, ni mucho menos las esferas verdes de Astalix, pueden alumbrar el lugar con claridad para encontrar una salida.

—¡Algo me ha tocado el pie! —grita Elzara dejando a un lado su actitud callada—. ¡Os juro que algo me ha tocado el pie! Yleth, dime que has sido tú, por la diosa. Sea cual sea la que nos cuida ahora.

—No, no he hecho nada…

Entonces lo siento, una caricia que roza mis tobillos. No digo nada, porque no quiero alarmarlas, pero un escalofrío se extiende por todo mi cuerpo. Más aún cuando comprendo la textura de lo que sea que se haya acercado a mí, una piel escamosa y sumamente larga.

—¡Es una serpiente! —Pero Aine se me adelanta—. ¡Es una serpiente gigante!

—¡Unidas!

La orden de Paquin provoca que el agua se sacuda alrededor nuestra y nos junte en una burbuja protectora. La nolmancia es su especialidad y no duda en dejarlo claro cuando nos eleva por encima del agua para que podamos observar lo que sea que se mueve bajo nuestros pies.