Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 48
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—Antig…

—Llámame Maestra —me interrumpe antes de que continúe hablando.

En el momento en el que me doy la vuelta veo a la anfitriona de este lugar, una criatura cuyo poder es inconmensurable.

Tenerla tan cerca me hace fijarme en su mirada.

Un par de ojos morados y completamente vacíos.

De alguna manera siento que me podría perder en ese abismo, quedarme encerrada para siempre olvidando todo lo que soy.

—Kathleen Strauss, reúnete con las otras en el vestíbulo.

Y desaparece, lo hace fundiéndose con los cimientos del propio castillo, como si el Nido formara parte de ella misma. Con el susto aún en el cuerpo, recorro las escaleras hacia el punto de encuentro, la estatua cuyos secretos son más profundos de lo que imaginamos.

—¿Qué te pasa? Ni que hubieras visto a un fantasma. —se jacta Bela mientras se atusa el cabello rubio—. Espera ¿No has visto uno verdad?

—A un fantasma no, a la Maestra.

—¿Quién es la Maestra?

—Yo —la criatura aparece frente a nosotras y hace que su voz rebote por todas las paredes del edificio.

Su magia consigue que todas nos reunamos frente a ella.

Nos mantenemos firmes, rectas y sin ninguna intención de acercarnos más.

Ya no por miedo, si no por la mezcla de aromas que surgen de su andrajoso vestido negro.

Se podría decir que lo que más destaca es el perfume de sándalo mezclado con el del azufre y algunas flores silvestres.

—¿Qué significa Midnara? —pregunta Aine guiada por sus ansias de conocimiento.

—Es el nombre de mi madre… de vuestra antepasada.

—¿Tiene que ver con Illythia?

—Sí, pero eso lo sabréis pronto.

La Maestra sacude sus brazos y cinco plumas crepusculares salen disparadas en nuestra dirección.

Los objetos silban suavemente, como flechas que buscan quitarnos la vida.

Y lo intentan, atraviesan nuestra piel y se funden en nuestros torsos como tatuajes de tinta mágica situados antes del comienzo de nuestros escotes.

Antes de que podamos decir nada la magia convoca un nuevo portal que nos absorbe para llevarnos a algún lugar.

En un parpadeo la luz de los candiles se esfuma para dar paso a una iluminación tenue proveniente de un gran haz dorado situado al fondo del pasillo. Todo sigue el mismo patrón de colores que la sala con la mesa rúnica: blanco, gris, negro, dorado y púrpura.

—¿Otro templo? —pregunta Elzara con los brazos cruzados en una expresión de aburrimiento.

—¿Quién eres ahora? ¿Bela Garza? —Yleth le fulmina con la mirada antes de que las demás empecemos a caminar observando todo con detenimiento.

—¿Yo? ¿Qué pasa conmigo?

La rubia no parece haberse enterado de nada pues su empeño reside en que su ropa esté de una pieza.

Entonces hace algo que provoca que una sonrisa se dibuje en mi rostro, un gesto inocente lleno de respuestas.

Bela lanza un hechizo pequeño, utiliza su seliamancia por inercia para hacer que las arrugas de su vestido desaparezcan.

En ese preciso instante sus ojos brillan rojos.

—¡Tenemos magia! —celebro intentando no sonar exagerada, pero no lo consigo. Con un chasquido de mis dedos una mariposa de fuego revolotea alrededor de mis rizos rojos.

—¡Por fin! Casi pensaba que me iba a morir —secunda Aine invocando hojas y pétalos que llueven sobre su cabeza para hacerla sentir al aire libre.

—Esta es la primera prueba, la que nos dijo la Maestra. —Yleth nos hace centrarnos en nuestra verdadera misión—. Que no se os olvide, chicas.

Ella agita sus manos y todas nos ponemos en marcha.

Caminamos despacio mientras intentamos vislumbrar cualquier cosa que nos sirva de ayuda.

La entrada del templo es una puerta esculpida en la piedra y el vestíbulo un pasillo sin nada especial.

Sin duda toda nuestra atención debe centrarse en la sala principal, una estancia circular en cuyo centro cae un haz de luz intenso, dorado y diurno.

—¡No lo toquéis! —Bela grita como una histérica—. ¡Es luz solar! ¡Es luz solar!

—¿Enserio? ¿Es siempre así de cálida? —Elzara extiende su mano con intenciones casi suicidas.

—Es preciosa, … —No soy la única que se queda embelesada por el regalo del astro sol, Yleth está paralizada.

—¿No debería de matarnos con solo mirarla? —apunta Aine pensativa mientras analiza la situación—. ¿O puede que solo sea al tocarla?

No sé de dónde saco la fuerza para cerrar los ojos, darme la vuelta y dejar de contemplar la belleza solar. Mi cabeza recuerda anécdotas de miles de vampiros que pagaron por ir a ver el amanecer y acabaron muriendo bajo sus propios deseos.

Me centro en observar las paredes circulares que rodean la luz dorada. Entonces me percato de algo que me agita el corazón. Todo el mármol está tallado con imágenes que cuentan historias que nadie ha leído. Intento encontrarle sentido, pero no hay un orden claro.

—Mirad las paredes. —sugiero acariciando el relieve de las imágenes—. Creo que tenemos que descifrar lo que intentan contarnos.

—¿Es un ángel? —pregunta Aine desde la otra punta de la sala—. Una mujer con alas solo puede ser un ángel, ¿no?

Sus palabras evocan en mí el recuerdo de una visión, la vez en la que vi como las brujas del Aquelarre del Cuervo protegían el mundo de esa criatura alada.

Pero esto es muy diferente, aunque los detalles se pueden confundir, el velo en los labios del ángel le hace completamente diferente al de mi sueño.

Poco a poco nos vamos dispersando por la sala mientras intentamos desentrañar los misterios que la Maestra pretende que sepamos. La mujer alada aparece en casi todos los tallados, en diferentes formas y aspectos, como si intentaran contar su vida.

—¡Eso es! —grito emocionada.

—¿Qué te pasa? —Yleth me mira interpretando mi rostro a la perfección. Me conoce demasiado.

—¿Habéis ido alguna vez a la catedral de Torre Salamandra? —Ellas no dicen nada, no entienden a dónde quiero llegar—. Allí hay veinte interpretaciones diferentes de Illythia cada una referente a la historia que cuenta la Biblia.

—Tenemos que ordenarlas. —dice Aine haciendo que todas nuestras miradas se iluminen entusiasmadas—. ¿Pero cómo?

De repente el templo se sacude provocando que del techo mane polvo y guijarros de pequeño tamaño.

El suceso se propaga durante varios segundos en los que incluso el suelo nos obliga a mantener el equilibrio para no caer.

Bajo la luz dorada una baldosa se desprende y cae al vacío de un pozo sin fondo.

—¡¿Qué has tocado Bela?! —protesta Elzara señalando a la otra que se mantiene pegada a la pared.

—Pensé que estaba suelta y la he apretado, ahora no puedo sacarla —se excusa la rubia.

—¡No toquéis nada más! —grita Yleth sin tener claro las consecuencias que pueden traer nuestros actos.

Me apresuro a llegar hasta donde todo ha empezado. Observo a Garza intentando arreglar el estropicio que ha hecho. Le pongo especial atención a la imagen esculpida en la pared: la figura de una mujer sentada en una media luna.

—¿La he cagado verdad? —Bela me mira dolida por sus actos.

—No, no, … —Sin quererlo acabo interpretando el tallado que ella ha activado como la portada de un libro—. Esta es la primera imagen, estoy segura.

—Pues si eso lo provoca una de las correctas no me quiero ni imaginar que pasará si cometemos un error. —apunta Aine con el rostro sudoroso—. Por favor, antes de hacer nada vamos a debatirlo. Como en las clases de Peticiones del Pueblo, ¿vale?

Peticiones del Pueblo, una de las asignaturas más divertidas de nuestro aprendizaje en la magia.

Recuerdo a la bruja madre Anya impartiéndola con suma simpatía.

Ella nos presentaba casos en los que varios ciudadanos recurrían al Aquelarre del Cuervo y nosotras teníamos que buscarle la solución más propicia.

Se daban casos de lo más ridículos, como aquella vez en la que alguien sugirió que la mejor solución para una cosecha marchita era quemarlo todo en vez de limpiar la tierra con una sarta de pócimas y encantamientos.

El templo vuelve a sacudirse mientras las paredes se reducen unos milímetros. Todas nos giramos para mirar a Yleth la cual se mantiene con las manos en alto fingiendo ser inofensiva.

—¿Paquin? —le dice Aine a modo de regañina.

—Estaba segura de que, si la luna era la primera, esta de los vampiros mordiendo a las mujeres sería la segunda, …

—¿Qué hemos dicho de debatir?

—Lo siento.