Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 46
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Las cinco pasamos las horas debatiendo acerca del funcionamiento de la magia de los torreones.

Las conversaciones se tornan inútiles cuando carecemos de la información suficiente como para poder entender.

Los platos y las copas van volando de un lado a otro de la mesa mientras nosotras nos acostumbramos a la sensación de que el Nido exista para servirnos.

—Vale, respira hondo. —Me pide Yleth una vez nos quedamos solas en la sala bautizada con mi nombre—. Sé que no es fácil porque nunca lo hemos hecho, pero intenta hacerlo. Se supone que es una buena forma de relajar los sentidos.

—¿Así? —lo intento, pero no debo de hacerlo bien porque ella me mira con el ceño fruncido.

—Bueno, creo que es más despacio, así pareces una rana.

Sabemos que las otras están estudiando los hechizos del castillo porque hemos quedado en investigarlo por separado para abarcar más terreno.

Yleth insiste en quedarse a mi lado, en combinar nuestras habilidades y conocimientos para llegar a una conclusión.

Insiste en que debemos practicar en mi torreón, que es donde he experimentado todo lo que les he contado.

—¿Dónde nos transporto?

—Tiene que ser un lugar con mucho poder, no nos sirve una simple taberna —lo dice con segundas.

—Vale, ya lo pillo. Nada de antros. ¿Y si pienso en la guarida?

—¿El Aquelarre del Cuervo? No es mala idea —Entonces se le ilumina la cara y sonríe de una forma que solo yo podría reconocer.

Es el mismo gesto que el de un gato que acaba de terminar de acechar a su presa, sí, eso es, la cara de una cazadora que ha atrapado al ratón.

—Se me ocurre algo mejor. ¿Y si nos transportas al Hall de la Sangre ?

—¿Al hogar del Antiguo? —me quedo boquiabierta—. ¿Te has vuelto loca?

—Bueno, sí dices que tu novio te percibió en una taberna de pacotilla. Quizá con el Antiguo delante podamos comprender mejor todo esto.

—Yleth Paquin, es imposible llevarte la contraria.

—Hazlo.

—Está bien. —Cojo aire, miro al techo como si ahí estuviera el rostro del torreón y grito—. ¡Quiero estar en el Hall de la Sangre !

Ambas nos miramos, esperamos unos minutos y todo empieza a cambiar. La oscuridad se torna intrínseca, peligrosa y monstruosa. Infinitas garras de tinieblas que nos abrazan para transmitirnos el peor castigo de todos: ser asesinadas por nuestro antepasado.

Yleth sostiene mi mano con fuerza, está aterrada, nerviosa e intranquila.

No la culpo porque yo me siento exactamente igual.

Aprieto sus dedos contra los míos mientras contemplamos como las sombras de tinta van tomando forma.

De un momento a otro estamos rodeadas de estatuas de mármol blanco, figuras que evocan el recuerdo de todos aquellos que portaron la corona de oro negro y rubíes.

Hay más de los que puedo recordar, más rostros y nombres de los que jamás pude haber conocido.

Caminamos con el misterio embriagando cada uno de nuestros pasos. Intentamos tocar las estatuas, pero son intangibles y acabamos atravesándolas, como si esto fuera el cuadro inacabado de un artista.

—¿Por qué todo es así? —pregunta Yleth mientras vuelve a cruzar a través de uno de los cuerpos petrificados de los anteriores duques.

—Es extraño, porque en los otros lugares en los que hemos estado todo era mucho más real. —secundo mientras intentamos descifrar un acertijo imposible—. ¿No te da la sensación de que todo lo que nos rodea es fantasmagórico?

—¿Recuerdas las clases con las brujas madres?

—¿Cuál de todas?

—Esas en las que hacíamos rituales para ver fantasmas y comunicarnos con ellos —responde Yleth evocando una época que he revisitado hace relativamente poco.

—Eran aterradoras, ¡cómo olvidarlas!

—Sí, sí, pero escucha, Kath. ¿Te acuerdas de esos fantasmas que nos transportaban a un mundo forjado con sus sensaciones?

—Eran almas en pena que habían dejado muchas cosas pendientes y su frustración les daba poder.

—¿Y si esto funciona igual?

—¿Qué conectamos con fantasmas como si estuviéramos en un ritual de mediumnidad? —pregunto ignorante—. No tendría mucho sentido.

—No, Kath. Es como si el Nido nos convirtiera en espectros para poder visitar lugares reales.

—¿Cómo un viaje astral?

—Sí, algo así, pero sin que el resto pueda vernos.

—Pero Kaine pudo sentirme… —Entonces capto el mensaje que Yleth ha intentado explicarme—. Pudo sentirme porque soy un alma poderosa…

—¡Eso es! Concéntrate en el Hall de la Sangre para que todo sea más claro.

Paquin es una líder nata con el poder de guiarme con la melodía de su voz.

A mí y a todo el mundo que la rodea. Por eso todas la siguieron cuando ella se lo propuso, porque puede llegar a ser tan convincente que te olvidas de todo lo que te rodea.

Y eso es lo que hago, me dejo guiar por sus palabras mientras me empeño en visualizar el descanso del Antiguo para que todo tenga sentido.

De repente las estatuas tienen un color más natural, todo lo natural que pueden ser en un lugar donde la luz no está permitida.

Me detengo frente a la estatua de la duquesa Ágatha, una figura que conserva la belleza de su juventud, un efecto secundario del ritual que los tres reyes hicieron para invocar las lluvias de sangre.

Cierro los ojos para no perder la concentración y, justo cuando pienso que no va a funcionar, siento la caricia de la fría piedra.

—Lo has conseguido, Kath.

Yleth comprueba que otras estatuas también son reales. En un parpadeo percibimos el aroma a humedad y muerte. Caminamos sobre el suelo de piedra mientras las sombras de la cueva se extienden hasta el infinito. Estamos a punto de seguir hablando cuando el sonido de unas voces acude a nuestros oídos:

—Eres una abominación Jasper Gazzei. —La voz del Antiguo crepita en la inmensidad de su escondite—. Un transformado no debería de creerse por encima de la sangre pura.

Mi amiga y yo nos movemos entre las estatuas para contemplar la escena con más claridad. Surgimos invisible de entre una multitud petrificada por la voluntad de su único rey.

El Antiguo camina descalzo alrededor del nuevo vampiro, el cual se mantiene arrodillado y con la mirada clavada en el suelo. Pues tal y como dictan las normas de la noche eterna, mirar al primogénito de Illythia directamente a los ojos puede ser castigado con el exterminio.

—Te transformaron cuando tendrían que haberte dejado morir. —Sus palabras casi podrían compararse con los chasquidos de las ahogadas—. Te regalaron la inmortalidad por lástima, utilizaron mi propia sangre. ¡Lo hicieron sin mi permiso!

Los gritos del primogénito provocan que las rocas de su guarida se estremezcan ante su voluntad. Sus ojos, eternamente carmesí, contienen tanto poder que un solo susurro podría hacer que toda nuestra raza desapareciera sin dejar rastro.

Jasper se mantiene en silencio mientras sus manos tiemblan ante la presencia constante de un ser tan ancestral. No sé cuánto tiempo llevan hablando, pero la conversación debe de haberse extendido durante largos minutos, pues la impaciencia del nuevo vampiro transciende los límites del torreón.

—Eres un peligro para nuestra supervivencia. —sentencia el Antiguo mientras alza su mano con el único objetivo de ponerle fin a la reunión—. Ni siquiera te mereces estar en este lugar. ¡No eres digno del Hall de la Sangre !

—¡No! —grito aterrada imaginando las consecuencias y el dolor que traerán la ejecución del chico de Orio.

Entonces ocurre, el Antiguo mira hacia las estatuas como si, de alguna manera, pudiera percibirme.

Pero no me ve, algo que provoca la frustración en su gesto decrépito e inmortal.

Yleth me sella los labios completamente asombrada, no quiere que vuelva a gritar, no quiere que nuestra presencia perturbe el curso de la historia de la que somos espectadoras.

—¿Por qué?

Jasper intenta pedir explicaciones, pero el Antiguo ya ha tomado una decisión y nada sirve para detenerlo.

El ser abre sus dedos y extiende sus garras afiladas, se propone degollarlo de un solo zarpazo.

La muerte más indigna para un vampiro, pues para él no se merece ni siquiera extirparle el corazón.

Las cosas transcurren demasiado rápidas, justo cuando el primogénito va a matarle, el nuevo vampiro sujeta su brazo para inmovilizarlo.

—¡Responde! —grita Jasper con los ojos empapados. Pero no son lágrimas de pena o dolor, al contrario, son de ira y furia—. ¡¿Por qué no puedo pertenecer a este mundo?!

El rostro del Antiguo se tuerce en sorpresa al ver como el chico se atreve a enfrentarle.

La actitud de Jasper viola todas las normas que nos han obligado a aprender desde nuestra niñez.

Algo comprensible, pues por otro lado los humanos no tienen la obligación de estudiarlas, ya que nunca van a tener el privilegio de visitar al hijo de Illythia.

—¿Cómo te atreves? ¿Acaso no sabes quién soy?

—Sé quién eres porque, como bien has dicho, tu sangre corre por mis venas —Los ojos de Jasper centellean rojos con tanta intensidad que me aterra.

No es la mirada de un vampiro corriente, no, es como si parte del padre de todos los vampiros habitara de alguna manera en su interior.

—¡Abominación!

El Antiguo transforma su voz en su propia arma.

De repente sus palabras se convierten en una bocanada de aire tan poderosa que provoca que Jasper salga despedido hasta la otra punta de la cueva.

Su cuerpo impacta contra la pared haciendo que la lluvia de rocas y granito lo cubra todo.

No me extrañaría que la Tríada del Aquelarre del Cuervo hubieran percibido la pequeña sacudida que ha hecho temblar la montaña.

—¿Esto es real, Yleth? —pregunto aterrada mientras damos un paso atrás temerosas de que la magia del primogénito nos afecte a nosotras también—. No puede ser.

—Ahí vuelve… —advierte a tiempo de que la pelea continúe.