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Me despierto con la sensación de tener algo importante que hacer.
En cuanto soy consciente de dónde estoy la preocupación se esfuma como el humo en una calada.
Camino por los pasillos del castillo mientras me aseguro de que el resto de las brujas están bien.
Siguen dormidas, incluso Bela Garza, que ha demostrado ser sumamente hiperactiva, está completamente extasiada en sus propios sueños.
Si es que sueña porque yo no lo he hecho.
Supongo que no estoy acostumbrada a dormir y menos aún a que mi conciencia viaje a parajes oníricos.
Mis pasos me conducen directamente a mi torreón, no sé si lo he hecho por inercia o porque realmente quiero seguir experimentando la magia del Nido. Divago acerca de qué pedirle, de qué es lo que necesito. Sin quererlo acabo pensando en una única persona:
—Kaine Dynevor.
El silencio y la soledad entonan un cántico que atrae a la depredadora más peligrosa de todas.
Y no hablo de las sirenas de alta mar o las caribdis que devoran a los marineros.
No, me refiero a la ansiedad. Ella es mi peor enemiga, y la de muchos otros, una cazadora sigilosa que se cuela por la parte más recóndita de mi mente y me amenaza con reducirme a la nada.
Una criatura con la capacidad de desencajarse la mandíbula como una serpiente para devorar todo lo que me define, me motiva y me hace feliz.
Hace mucho tiempo, en la época dorada del Aquelarre del Cuervo, los ciudadanos de Plaguen acudían a nosotras buscando herramientas para combatir la ansiedad.
Ahí es donde entraban en juego las brujas de la mente, donmantes, o las de las ilusiones, seliamantes.
Las primeras conseguían aplacar el dolor psicológico encerrando a la criatura en las jaulas del olvido.
Y las segundas explotaban esa tortura mental para que sus pacientes se sintieran mejor.
De una manera o de otra ayudaban a que la gente volviera a recuperar su verdadero ser, aunque fuera temporal, siempre podían volver a sus consultas para un nuevo tratamiento.
Yo no. Podría pedirle ayuda a Elzara Strange o a Bela Garza para que me ayudaran a calmar el ruido mental que transforma la melodía de mis noches en un estruendo sin sentido.
Pero la realidad es mucho más afilada y retorcida.
De todas las brujas de Valhía, el único donmante que quiero tener delante en estos momentos es a él, a Kaine.
El torreón me sorprende moldeando su estructura como una gota de tinta en un vaso de agua. Todo se difumina para volver a tomar forma. Intento adivinar el resultado del baile de la magia del Nido, pero no me hace falta. Antes de que me dé cuenta ya ha terminado de reconstruirse.
Estoy en una posada llena de mesas custodiadas por una barra de bar.
Hay barriles de cerveza y vino situados debajo de una escalera cuyo destino son las habitaciones de alquiler.
Conozco el lugar como la palma de mi mano, lo sé porque me he encargado de memorizarlo durante mis últimos momentos junto a Kaine Dynevor.
El torreón ha convertido su ala en una representación exacta de la Dama Oscura .
—¿Y ahora qué? —me siento en la barra y dejo que una jarra de cerveza levite hasta mis manos.
Bebo, lo hago más para dormir a la ansiedad que porque realmente me apetezca.
Miro cada detalle de la magia que ha convertido una sala diáfana en la posada más bonita que jamás he visto.
Me la imagino llena de gente, de risas y de música.
Y así voy bebiendo una jarra detrás de la otra.
Pierdo la cuenta en la cuarta, puede que, en la quinta, la cabeza me empieza a dar vueltas cuando tomo la decisión de volver a mi habitación para esperar a que las demás se despierten.
Estoy a punto de hacerlo, de salir por la puerta del bar y recorrer las escaleras del Nido para bajar a la segunda planta. Cuando más desanimada estoy es cuando consigo escucharlo:
—¿A qué hora terminas, guapo? —dice la voz de una mujer de piel pálida y ojos claros—. Podemos pasarlo muy bien. ¿No crees?
—Hoy tengo el turno largo. —Su voz es como la miel más dulce para mis oídos—. Y lo siento, pero mi corazón ya tiene dueña.
En cuanto me giro veo la Dama Oscura completamente llena, aunque mis ojos solamente se clavan en Kaine. Está al otro lado de la barra sirviendo cerveza. Si no fuera porque las figuras se muestran ligeramente difuminadas podría asegurar que estoy en Plaguen de nuevo, allí, con él.
—Una pena, tenía grandes esperanzas puestas en ti.
—Suerte con el próximo.
Camino lentamente hacia él mientras una sonrisa se dibuja en mi rostro. Rodeo la barra para colocar mi mano sobre su hombro, pero no puedo, cuando intento hacerlo su imagen se esfuma como el humo de una hoguera.
—No, no,… —le protesto al torreón y mis palabras provocan que su imagen vuelva a formarse frente a mí.
Entonces ocurre algo extraño, más si cabe todavía.
Kaine se acaricia el hombro con la sensación de que alguien le ha tocado.
Después me mira, pero no me ve, lo sé porque sus ojos verdes se pierden en los primeros peldaños de la escalera.
Extiende su mano al mismo tiempo que yo hago lo mismo con la mía.
Intento entrelazar mis dedos con los suyos, pero no puedo sentirlo, el humo es intangible y esa es mi peor maldición.
—Kath ¿eres tú? —susurra entre el ruido de la multitud—. Eres tú, sí. Espero que estés bien.
—Te amo, Kaine —pronuncio como si él pudiera escucharme.
—Te quiero, mi vida.
Y de pronto todo desaparece y el torreón vuelve a estar completamente diáfano. Me derrumbo sobre el suelo con la cara llena de lágrimas. Otra vez llorando, con lo que lo odio. Me quedo allí callada mientras intento sentir el tacto de su piel, pero es imposible.
—¡Quiero volver! ¡Quiero volver a la Dama Oscura !
Mis suplicas se repiten una y otra vez mientras espero impaciente a que la sala vuelva a cambiar, pero nunca lo hace. Entonces recuerdo las palabras de la Antigua, lo que dijo de mí:
—Tenaz, sí, soy la más cabezota del mundo. —digo en alto para que la criatura me escuche—. No sabes con quién estás jugando. Yo siempre gano.
Desciendo por las escaleras de caracol, recorro los pasillos de la segunda planta y entro en la habitación de Bela Garza.
No siento lástima cuando la veo completamente dormida, boquiabierta mientras sus labios van canturreando un continuo ronquido.
No me importa sacudirla para que se despierte y gritar:
—¿¡Esto es seliamancia!?
—¿Qué? ¿Qué pasa? —Ella se incorpora sobresaltada mientras se aparta los pelos de la cara y se limpia la baba de la barbilla.
—Dime que el Nido tiene seliamancia, Bel. Aunque no tengamos poderes yo sabría detectar el fuego hecho con ashlaxmancia. ¿Podrías decirme que los torreones tienen hechizos de ilusionismo?
—No, no he visto ningún patrón propio de esa mancia. —Ella habla desorientada mientras abre sus ojos de par en par intentando entender lo que está pasando.
Sus movimientos son delicados, incluso recién despierta, la rubia es tremendamente guapa. Si ella hubiera sido miembro de la Tríada del Aquelarre del Cuervo, seguramente hubieran hecho muñecas con su cara.
—No es seliamancia porque si no las cosas titilarían en algún momento. Llevamos horas jugando con los torreones y no hay ninguna falla.
—Pero puede ser una muy poderosa, ¿verdad?
—No… es una magia diferente. Nada que ver con las mancias.
—¿Qué pasa, Kath? —Paquin me mira consternada desde el marco de la puerta—. ¿Estás bien?
—Le he visto, Yleth. Te juro que le he visto y él ha sentido que estaba ahí.
—¿De qué estás hablando? —Ella se acerca con la preocupación guiando sus pasos.
—No tendré mi magia, pero sé detectar el amor cuando lo veo. —espeta Bela con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Has invocado a tu amado en el torreón?
—No, no exactamente. Más bien es como si yo hubiera ido a donde está él.
—¿Se puede hacer eso? —Yleth me agarra las manos para demostrarme que me apoya pase lo que pase, y que me va a ayudar—. ¿Cómo ha ocurrido exactamente?
—No lo sé, simplemente pensé en él y el torreón se transformó en la Dama Oscura.
—Hueles a alcohol ¿has estado bebiendo? —Bela se tapa la boca ante los golpes de mi aliento.
—Sí, sí, pero no estoy borracha. Lo juro. Ha sido real —Miro a Yleth esperando que me comprenda.
—Vale, cielo. Vamos a comer algo y nos cuentas más detalles de lo ocurrido.