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—¡¿Qué estáis haciendo?! —grita Bela desde la entrada de mi torreón.
—¡Ven, Bel! ¡Corre! —le digo desde el balcón—. ¡Llama a todas, tienen que ver esto!
Garza lo hace, tiene unos pulmones dignos de la mejor cantante de ópera.
Grita tan fuerte que su voz hace eco entre los árboles del exterior.
Después veo como corre sobre esos tacones que se me antojan poco cómodos.
Extiendo mi mano para invitarla a mi lugar favorito del Nido, mi rincón especial.
En cuanto mira la luna sus ojos se llenan de lágrimas.
—Esto es espectacular —pronuncia sin apartar la mirada del cielo.
Elzara y Aine no tardan en llegar, su reacción es muy similar a la del resto.
Incluso a Strange, que le cuesta mostrar sus sentimientos en público, se le salta alguna lagrimilla.
Nos quedamos ensimismadas absorbiendo cada uno de los detalles que convierten este castillo en algo muy diferente a una prisión.
—¿Y si nos bañamos desnudas en el lago? —pregunta Bela agarrando su vestido para subirse a la barandilla.
—Está muy alto, te harás daño —le advierto comprobando la caída.
—Seguro que no. —admite ella con la intención de saltar sobre los árboles para amortiguar el impacto—. ¿No os apetece?
—Sería un sueño hecho realidad —secundo con la ilusión nublando mis sentidos.
Antes de que Bela pueda hacer ninguna locura, el castillo tira de nosotras al interior del torreón y hace desaparecer mi regalo.
Todas nos miramos asustadas, con los ojos aún empapados en lágrimas y la emoción palpitando en nuestros corazones.
No discutimos, no nos enfadamos, lo único que hacemos es tumbarnos en el suelo y romper a reír.
El Nido se llena de risas e inocencia, lo hace durante casi una hora. Después nos quedamos mirando al techo formando una estrella que nos hace sentir inseparables.
—¿Cómo lo habéis hecho? —pregunta Aine entre jadeos de cansancio.
—Kath se lo pidió al torreón —responde Yleth.
—¿Enserio? ¿Así de fácil? —Elzara habla en nombre de todas.
—Igual que hiciste tu con la botella de vino —continúa Paquin sin ánimo de ocultarnos nada entre nosotras.
—Entonces ¿Si le pides un baño termal aparecerá así sin más? —Aine le intenta buscar la lógica a la magia que nos rodea—. ¿Es como un ritual de deseo?
—Eso, eso… hazlo, Kath.
Bela se incorpora y se arrastra para colocar su cara sobre la mía.
En el fondo de mi corazón no me molesta escuchar mi diminutivo en ella, casi siento como si fuera una hermana, como si el Nido hubiera forjado un nuevo aquelarre.
Ella mueve sus pestañas como si eso fuera suficiente para convencerme, después me susurra:
—Pide un baño termal, hazlo por mí, por favor.
—¡Quiero un baño termal! —grito sacando las fuerzas de donde no las tengo, estoy agotada de tantas emociones. Supongo que el aleteo de las pestañas de la rubia ha surtido efecto.
—Pues parece que el castillo se ha cansado… —comenta Elzara con el pesimismo surgiendo de sus labios.
Yleth me mira de manera cómplice, sonríe y yo le devuelvo el gesto.
Después cerramos los ojos y sentimos como mi torreón hace su magia.
De un momento a otro nuestros cuerpos se empapan mientras nuestras vestimentas desaparecen.
La sala se llena de agua templada y rocas calientes en medio de azulejos llenos de enredaderas y flores púrpuras.
—No me lo puedo creer. —Aine se tapa los pechos sorprendida—. ¿Y ahora con qué nos vamos a vestir?
—Si el Nido puede dejarnos desnudas, seguramente pueda vestirnos a nuestra voluntad. —explico con una sonrisa de oreja a oreja—. Ahora vamos a disfrutar de este momento. Seguro que tenemos tiempo antes de que la Antigua nos llame para la primera prueba.
Así van transcurriendo las horas mientras las cinco vamos experimentando la magia del castillo.
Nos movemos juntas mientras la sensación de hermandad va creciendo en nuestros corazones.
Lo primero que hacemos es visitar el torreón de Bela y ver como ella transforma el lugar con la motivación de una niña pequeña.
De repente todo se vuelve un vestidor lleno de conjuntos de todo tipo.
Aunque sin duda lo más divertido es ver como los maniquís bailan al ritmo de la música que surge de algún lugar.
Nos vestimos con prendas que se antojan disfraces.
Acabamos pareciendo princesas de cuento. No perdemos nunca las sonrisas.
No hemos bebido nada y casi parecemos estar borrachas.
Supongo que sentir felicidad plena no se diferencia mucho de todas estas emociones.
Por un momento se me olvida lo que hemos vivido: el acertijo de la mesa rúnica, el paseo interminable, la presencia de la Antigua,…
Sin saberlo había extrañado la sensación de vivir sin preocupaciones.
Mi corazón late melancólico cuando recuerdo a mis viejas hermanas y me pregunto qué es lo que estarán haciendo.
En cuanto entramos en el torreón de Astalix todo se me pasa.
En cuestión de minutos estamos perdidas en un bosque lleno de árboles, flores y lagos cristalinos.
Aprendemos que la magia del Nido provoca que las salas se transformen sin importar que sean exteriores.
Aunque hay runas en los árboles que delimitan el punto en el que el castillo disipa su hechizo, como la vez en la que Bela quiso saltar desde mi balcón.
—¡Quiero mis florosos! —grita Aine y en un parpadeo aparecen una versión muy parecida a los osos verdes que le han acompañado durante tanto tiempo.
Las palabras que Elzara utiliza para transformar su torreón nos emociona a todas.
De repente hay mesas de alquimia por todos lados, velas flotantes y estanterías con un sinfín de ingredientes.
Su rostro se torna picaresco cuando por el suelo reptan diferentes tipos de serpientes que provocan que Yleth y Bela se suban a una de las mesas asustadas.
—Es como la guarida —suspiro alegre al sentir que he regresado a Plaguen, aunque sea durante unas horas.
Nuestras pasiones salen a relucir cuando, poco a poco, las alas de los torreones van tomando la forma de nuestra verdadera personalidad.
El rincón de Paquin se acaba convirtiendo en un taller lleno de cosas por hacer.
Hay cajoneras llenas de hilos, máquinas de coser y estanterías con libros.
Nos quedamos allí leyendo sin ponerle especial interés al paso del tiempo, no podemos olvidar que aquí transcurre de otra manera tal y como nos lo dijo la Antigua.
Hay tazas, teteras y pastas de té flotando por todos lados mientras se encargan de servirnos con diversión.
Las pilas de libros van apareciendo y desapareciendo en la habitación de Yleth.
—No sé para qué tenemos habitaciones si esto es único —comenta ella ensimismada mientras las máquinas de coser cobran vida para confeccionar prendas de alta costura.
—Puede que esta magia sea limitada —respondo yo dejando que la novela que tengo entre mis manos regrese volando a su lugar.
—O puede que las limitadas seamos nosotras… —Aine bosteza y todas nos quedamos perplejas—. ¿No estáis cansadas?
—A decir verdad, sí, es extraño. —Elzara se estira y agita su mano para despedirse—. Yo me voy a descansar, creo que hemos vivido demasiadas cosas en poco tiempo.
—Venga, nos vemos luego en el comedor —secundo yo con el mismo sentimiento que tiene un anfitrión cuando sus invitados se muestran exhaustos.
Nos cambiamos de ropa y nos ponemos prendas mucho más cómodas.
Así como Elzara y yo optamos por conjuntos formados por pantalones oscuros y blusas claras, las demás escogen vestidos de tela ligera.
No es de extrañar ver a Aine cubierta de verde, a Bela de rosa y a Yleth de azul.
La variedad de prendas nos da la libertad de vestirnos como realmente queremos.
Nos separamos para ir cada una a nuestras habitaciones, en la segunda planta.
En cuanto me tumbo en la cama me quedo completamente dormida.
No recuerdo la última vez que cerré los ojos y dejé que las agujas del reloj pasaran de esta manera.
Los inmortales del Continente de la Banshee no necesitamos descansar, un privilegio que nos da la posibilidad de seguir aprendiendo a lo largo de nuestras vidas.
Por eso dicen que los vampiros somos sabios.
Eso y que nos pasamos la eternidad de fiesta, rodeados de alcohol y lujuria.
¿Y qué pretenden que hagamos para disfrutar de la inmortalidad?