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De repente la criatura chasquea sus dedos invisibles y sentimos una pequeña inyección de poder.
En un abrir y cerrar de ojos ganamos la capacidad de verla.
No parece una mujer, ni siquiera es humana.
Puede que alguna vez fuera hermosa, pero el paso del tiempo la ha convertido en un ser encorvado, con la nariz alargada y la expresión arrugada.
Es delgada, demasiado diría yo, pero, sus piernas no tiemblan cuando camina.
Carece de cabello, si alguna vez lo tuvo ahora es una suave pelusilla sobre su cabeza.
Aunque sin duda lo que más nos llama la atención son las plumas crepusculares que surgen de sus brazos, desde la altura de las muñecas hasta las axilas.
—Eres una primogénita, como el Antiguo —Aine es la primera en hablar cuando las demás solo podemos dar un paso atrás presas del terror.
—Astalix, siempre tan observadora y curiosa.
Tu fuente de poder es el conocimiento. —La criatura sigue arrastrando sus palabras mientras camina lento hacia la chica—.
Te escogí porque sabía que tu poder de conquista seria inconmensurable.
Pero te empeñas en solo abrazar los bosques cuando el mundo entero podría ser tuyo.
—¿Eres hija de Illythia? —Elzara da un paso al frente percibiendo que el ser no quiere hacernos daño.
—Strange, reflexiva y meticulosa. Tu poder reside en las sombras que se anidan en la mente de todos, algún día tendrás tu trono y las razas dominantes de Valhía se arrodillarán ante tu presencia.
—Nos lleva observando desde el principio de los tiempos y no titubea a la hora de dejarlo claro—.
Soy una Antigua, sí, pero no tengo nada que ver con la Madre de Vampiros.
No seáis impacientes, pronto descubriréis la verdad.
—No me has respondido. —pronuncio decidida—. ¿Qué quieres de nosotras?
—Strauss, tenaz y protectora. Cuando sepas dominar la ansiedad que tanto temes adquirirás el poder más grande de todos. —Me resisto a poner los ojos en blanco mientras espero a que continúe—. ¿De vosotras? Lo quiero todo, pero antes tenéis que demostrarme que sois dignas.
—¿Dignas de qué?
—De mi poder, niñas. —Una sonrisa se dibuja en su rostro afilado.
No tiene colmillos, ni siquiera un reguero de dientes puntiagudos.
Al contrario, sus dientes son aparentemente humanos, aunque la suciedad los ha cubierto de negro por completo—.
El Nido os proveerá de todo lo que necesitáis.
Aquí el tiempo no transcurre con normalidad, el exterior ignora la eternidad de estas paredes.
Pronto os vendré a buscar y os llevaré a la primera prueba.
—¡Espera! —grita Bela, pero es demasiado tarde, la criatura desaparece sin dejar rastro.
La rubia mira hacia todos lados intentando advertir el sonido de sus pasos—.
Antigua, sé que estás ahí, te has hecho invisible otra vez ¿A qué sí?
Oye ¿Y no nos podrías devolver nuestros poderes? Necesito cambiarme de ropa y… ¡Ah!
Algunas escobas entran en el castillo meneando sus cerdas en un baile que no deja de ser gracioso. Después se separan y van cubriendo todas las estancias de lo que pretende ser nuestro nuevo hogar.
—¡Por fin! Me muero de hambre —Elzara entra en la sala de la derecha para descubrir un gran comedor.
Hay una mesa alargada en el centro de dos bancos. Las velas flotan por el techo mientras la comida va apareciendo frente a nuestros ojos. Hay manjares de todo tipo, desde platos de carne y pescado sumamente elaborados, hasta ensaladas y frutas con una pinta exquisita.
—¿Sería posible un poco de vino? —pregunta ella y una botella aparece sobre sus manos—. ¡Gracias!
Sin quererlo acabamos explorando el Nido tomándonos la libertad que la Antigua nos ha dado.
Miles de preguntas se formulan en mi cabeza mientras las sensaciones se apoderan de mí.
En el primer piso hay cinco dormitorios dispuestos con lo básico, a pesar de ser amplios el espacio está bastante desaprovechado.
Sin duda la mayor sorpresa son las cinco torres que se alzan por encima del resto del edificio, cinco estancias en cuya puerta se puede leer cada uno de nuestros nombres.
—Ah, pues que bien… —comento una vez llegamos a la mía, una estancia completamente diáfana, idéntica al resto de todas.
—Si ella es la hechicería, quizá las cambie cuando superemos la primera prueba. —Yleth suena a razón cuando todo se esfuerza en arrastrarnos a las dudas y las preocupaciones—. O puede que haya truco, como en el comedor…
—¿Tú crees? —Nos quedamos allí mientras las demás se empeñan en buscar pasadizos secretos en el castillo. No las culpo, hemos vivido durante muchos años en la Corte de la Noche y es imposible huir de las comparaciones.
—Sí, sí, piénsalo, Kath. Está claro que el Nido tiene un inmenso poder…
—Ya, pero la Antigua no nos va a dar acceso a él hasta que no cumplamos con su voluntad.
—O eso es lo que quiere que pensemos.
Me encanta hablar con Yleth, desde que nos hemos subido a este barco nuestra relación ha mejorado bastante.
Me prometo a mí misma no olvidarme de la promesa que le he hecho.
Prefiero mil veces tener a Paquin de amiga que de enemiga.
Ya he sentido en mi propia piel lo retorcida que puede llegar a ser.
Además, se lo debo, sé que se lo debo por encima de todo.
—¿Qué estás pensando?
—¡Quiero una ventana con grandes paisajes! —le pido al castillo para darme cuenta de que lo que acabo de hacer ha sido una estupidez—. Tenía que intentarlo ¿no?
—Será mejor que nos demos un baño y nos despejemos, me va a empezar a doler la cabeza como siga pensando tanto.
Estamos a punto de irnos, de descender por las escaleras de caracol para ir a nuestras habitaciones, cuando algo empieza a cambiar.
Me quedo quieta de espaldas a mi torreón, Yleth se percata de mi tardanza por lo que acaba retrocediendo sobre sus pasos para acudir en mi ayuda.
Después me mira y pone los ojos en blanco molesta.
—¿Qué te pasa ahora?
Poco a poco me giro para descubrir que en la sala ha aparecido un gran ventanal, uno rectangular que cubre prácticamente una de las paredes circulares.
Avanzo hacia él mientras la magia le va dando forma al paisaje que hay al otro lado.
Al principio es como un cuadro con los colores difuminados, después todo se va tornando más claro, más brillante y bello.
Mi corazón da un vuelco cuando descubro una catarata rodeada de vegetación, una montaña nevada y un cielo nocturno, pero con un detalle que provoca que una lágrima se desprenda de mi mejilla.
No hay nubarrones amenazando con una tormenta eterna, al contrario, puedo ver las estrellas, sus constelaciones y la luna llena.
Sobre todo, la luna llena, no recuerdo haberla visto en mi niñez, ni siquiera sabía que podía ser tan grande y blanca.
—Yleth…
Intento hablar, pero no puedo, no cuando las rodillas vencen y me desplomo sobre el suelo. Estoy llorando, ilusionada por el regalo que el Nido me ha dado. Yleth pasa desapercibida a mi lado y se acerca al cristal para posar sus manos sobre él. Entonces sonríe, me mira y se descubre llorando.
—Es real, Kath… —Su voz es una amalgama de emociones que no puede controlar—. Escucho el agua, el viento y los árboles meciéndose. La ventana vibra ante la brisa nocturna…
—Yo…
—Venga, pide otra cosa.
—Quiero… —Las palabras se me atragantan mientras mis pensamientos se ordenan para formular una única petición—. ¡Quiero un balcón!
Yleth se aparta de la ventana y junta sus manos emocionada. Casi puedo imaginármela aplaudiendo como una niña, pero no lo hace, se mantiene atenta para no perderse ninguno de los acontecimientos de la magia.
El proceso se repite, al principio no pasa nada, no hasta que transcurren varios minutos. En ese preciso instante el ventanal se convierte en una puerta con acceso directo a un balcón circular.
—Hazlo. —le digo mientras me incorporo empapada en mis propias lágrimas—. Ábrela, tomemos el aire.
—Pero esto es tuyo…
—Es de las dos. Si no hubiera sido por ti no hubiéramos podido llegar hasta aquí.
Yleth no se lo piensa dos veces, gira la manilla de plata y abre la puerta de cristal para dejar que el viento entre en la habitación y sacuda nuestros cabellos. No solo eso, el aroma a humedad y madre selva se cuela dándonos la sensación de ser libres.
—¡Ven! ¡Corre, Kath! —antes de salir, ella me agarra de la mano y me arrastra hasta el exterior—. ¡Es real!
—¡Es real! —repito liberando la ansiedad a través de mis pulmones.
El lugar es hermoso, en especial la luna que nos vigila desde el cielo nocturno de donde sea que estemos.
Aunque sin duda lo que más me llena de ilusión no es la catarata cuya caída casi puedo sentir salpicada en mi piel.
Menos aún el viento que acaricia mis mejillas y me incita a sonreír.
Lo que más me ilusiona es ver a Yleth emocionada, feliz y plena.
Hacía mucho tiempo que no la veía de esta manera, que no la sentía así, como una hermana.