Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 42
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—¿Hola? ¿Estáis bien? —resuena una voz familiar, en cuanto abro los ojos me encuentro con el rostro amigable de Aine Astalix—. ¿Habéis completado el acertijo?

—Me temo que sí. —respondo a tiempo de que ella me extienda su mano para ayudar a levantarme—. Siento haberte metido en esto.

—¿En qué exactamente? —su pregunta suena divertida mientras se coloca las gafas con simpatía.

—Estamos condenadas. —Elzara se incorpora a pocos metros de mí—. La hechicería nos ha puesto a prueba y ahora no podremos volver a la noche eterna. Espero que le hayas puesto abono suficiente a tus mascotas.

—Vienes sola, ¿verdad? —interviene Bela asegurándose de que no se le ha movido ni un pelo de su peinado extravagante. Lo que no sabe es que en realidad se le han movido todos—. Por lo que veo no traes a esos monstruitos.

—Florosos. —le corrige la bruja de las flores—. Se llaman florosos, ya te lo dije cuando vinisteis a visitarme.

—¿Estabais en contacto? —Y con Yleth estamos todas en pie—. ¿Hablabais con más solitarias?

—Qué va. —se excusa Elzara mientras sus ojos miran hacia arriba—. Las otras se han escondido bien. Pero Astalix nos ha provisto de seda para nuestros diseños.

—Seda de soñarañas, la más resistente —secunda Bela siguiendo la vista de su amiga por inercia.

Al final todas acabamos haciéndolo, nuestras miradas se elevan para quedarse asombradas por lo que sea que tenemos encima de nuestras cabezas.

Estamos al aire libre, hay una brisa suave que nos acaricia la piel, pero no hay rastro ni del cielo nocturno ni de los nubarrones que siempre nos han protegido de la luz solar.

Al contrario, todo es blanco, claro y tranquilo.

—¿Estamos muertas? —pregunta Aine ensimismada.

—Técnicamente ya lo estamos —aclara Yleth con esa actitud de madre.

No podemos evitar dejarnos embriagar por esa necesidad de protegerlas tal y como hacíamos cuando éramos aprendices. La responsabilidad de ser mayores que ellas y la culpabilidad de haberlas condenado.

—¿Qué? —Bela se sorprende y se lleva la mano al pecho.

—Somos vampiras ¿no?

—Ah, sí, que susto.

—¿Tenéis magia? —Esta vez soy yo la que habla.

Intentamos conjurar nuestros hechizos, pero no ocurre nada, ni siquiera de aquellas mancias en las que nos hemos especializado, las que sobresalen por encima de las demás.

No hay rastro de la nolmancia de Yleth, la astalmancia de Aine, la akathmancia de Elzara, la seliamancia de Bela o la ashlaxmancia que habita en mí.

Lo único presente es nuestras Marcas de Bruja, el color de nuestros cabellos.

El suelo se extiende hasta el infinito. Las baldosas de piedra blanca con líneas doradas aparecen de golpe prometiendo guardar más incógnitas de las que imaginamos.

Todas nos miramos como si esperásemos a que las otras reaccionaran en primer lugar, pero nadie se mueve del sitio.

Al menos hasta que soy yo la que da la primera zancada.

—La magia quiere que avancemos —apunta Yleth asegurándose de que ninguna se queda atrás.

Nos movemos en alerta sin saber hacia dónde vamos. La ruta es idéntica a cada paso y, aunque miremos hacia atrás para comprobar cuanto hemos caminado, la sensación no es otra que la de no avanzar.

Nuestra ubicación es completamente desconcertante. Aun cuando nos asomamos a los bordes del vacío que nos rodea, lo único que podemos ver es la nada. Todo es blanco, nada nos da pistas de qué es lo que tenemos que hacer, no nos queda otra que seguir caminando hacia algún lugar.

—¿Qué ha sido eso? —Aine señala al frente segura de haber percibido algo.

—¡¿Qué?! —Incluso en esta situación Bela no deja de ser escandalosa—. ¿Qué has visto? ¿Necrófagos? Mira que odio a esas criaturas, más ahora que no tenemos magia. Me dan asco, huelen fatal y encima visten que dan pena…

—Garza, silencio —le pido a tiempo de concentrarme en el sonido que se acerca a nosotras.

No sabría explicarlo con detenimiento. Podría afirmar que es el rasgar de unas garras sobre el pavimento, la caída constante de las hojas en otoño o el susurro áspero del viento. Pero en ninguno de los casos estaría acertando.

Las baldosas solo se descubren cuando estamos lo suficientemente cerca para ver la siguientes. Es como si hubiera una extraña neblina casi imperceptible, eso es, como si estuviéramos caminando en medio de una nube que anula nuestros sentidos.

—Toda la vida vistiendo la niebla y ahora estamos paseando en el interior de una tan densa como los secretos del Antiguo. —apunta Elzara, lo que me revela que no pensamos diferente. Después añade—. Ahí está.

De repente aparece una escoba cuyo empeño por barrer es indudable. El objeto es de madera clara con surcos tallados y un sinfín de cerdas que provocan el sonido constante.

—¿Está hechizada? —Aine es la primera en acercarse a ella, su mente es curiosa y sus ansias de comprender como funcionan las cosas la convierten en la cerebrito del grupo.

—Quizá haya un fantasma utilizándola. Me niego a ver fantasmas, almas en pena o espectros. Les odio.

—¿Hay algo que no odies, Bela? —Pongo los ojos en blanco intentando advertir algo que nos dé una pista para saber dónde estamos.

—Pues ahora que lo dices los perros y todos sus derivados me caen bastante bien. Sobre todo, esas razas pequeñas y manejables.

—Yo es que soy más de gatos —comenta Elzara llevándole la contraria con tanta maestría que no le da pie a reaccionar.

Ignoramos la primera escoba para encontrarnos a una segunda y a una tercera, al cabo de diez, dejo de contarlas.

El camino se va extendiendo mientras nos vamos encontrando los objetos hechizados.

Cuando la impaciencia se torna enfermedad las dudas afloran como ingredientes clave para encontrar la verdad.

Y eso es lo que nos pasa. Estamos a punto de plantearnos retroceder para comprobar que no hemos dejado pasar ningún detalle importante, cuando un gran edificio aparece frente a nosotras.

—¿Qué es este lugar? —pregunta Aine sin dar crédito a lo que estamos viendo.

—Ojalá saberlo —Soy la única que habla pues las demás se han quedado mudas contemplando al titán que se alza al final del camino.

El edificio se podría comparar con una catedral, un castillo o bien una mansión.

O sería más acertado decir que es una mezcla de todas ellas.

Aunque no tan opulento como la Corte de la Noche, quizá la residencia de verano de algún alto cargo del Continente de la Banshee.

No, mucho más que eso, de alguien importante para Valhía.

Hay cinco torres cuyos tejados terminan en punta, las ventanas son escasas y estrechas y la puerta está decorada por un sinfín de plantas trepadoras que ocultan cualquier cerradura.

No hay jardines exteriores, ni vistas a parajes de ensueño, solo la Nada que nos lleva acompañando desde que llegamos aquí.

Todo es un conjunto de colores blancos, grises, dorados y púrpuras.

Por mucho que miramos los cristales, el interior es una bruma constante que nos impide descifrar los detalles.

No huele a nada, no hay ningún aroma característico que resalte.

Y en cuanto a los sonidos, el único que se escucha es el barrer eterno de las escobas hechizadas.

—¿Llamamos? —Bela se adelanta para dar leves golpeteos a la puerta—. Espero que tengan un buen aseo, pienso darme el baño más largo de mi vida.

—Espera… ahora que lo pienso. No siento sed, ni hambre, ni nada… —Aine reflexiona sobre los cambios de nuestro cuerpo.

—No, aquí la magia no existe o está sellada. Por lo que toda capacidad sobrenatural es nula —comenta Yleth mientras esperamos a que la impulsividad de la rubia nos dé algún tipo de respuesta.

—Por lo tanto, no somos ni vampiras, ni brujas, ni nada… —continúa Aine con los pensamientos enfrascados en alguna teoría enrevesada y sin sentido.

Por mucho que divaguemos acerca de la magia que rodea este lugar, cualquier cosa será estúpida hasta que no tengamos más información.

—Pero conservamos las Marcas de Bruja. —comenta la gótica haciendo hincapié en el color de nuestros cabellos—. Por lo tanto, sigue habiendo algo de magia en nosotras.

De las cinco solo Paquin y yo disponemos de tonos de pelo extremadamente llamativos.

Ni el rosa salmón ni el rojo fuego es común en la gente de a pie.

Astalix y Garza, en cambio, tienen colores más corrientes y naturales.

Y Elzara Strange solo dispone de las puntas rojo sangre.

Aunque todas ellas comparten una cualidad que las puede situar por encima de mí, tienen aptitudes para dominar tres mancias. Yo en cambio solo tengo acceso a dos.

—Nadie se resiste a mis encantos —celebra Bela en el momento en el que las enredaderas se apartan de la puerta para darnos acceso al interior.

El vestíbulo tiene el techo alto y una estatua en el centro, da la sensación de ser un punto de encuentro, como las plazas de Plaguen.

La piedra representa a una mujer de largos cabellos y un vestido ajustado confeccionado con plumas.

La figura es hermosa y misteriosa, mantiene sus labios ocultos tras lo que parece ser un velo.

—Cada ciudad representa a Illythia a su estilo. —Mi voz resuena en la estancia como un eco lleno de sabiduría—. En Torre Salamandra la dibujan como un ángel.

—En Ninfa Oscura es una mujer de orejas puntiagudas. —aclara Elzara intentando buscar alguna inscripción al pie de la estatua—. En Pestet es una dama de las nieves y en Makabria una alta lady.

—Orio y Plaguen comparten la misma idea de la diosa.

Sin quererlo acabamos entablando una conversación acerca de la visión de los artistas.

Hablamos del tipo de vestidos que le hacen a Illythia, su expresión y las diferentes poses.

Elzara me cuenta que en Ninfa Oscura tienden a representar lo divino con orejas puntiagudas, como si fueran faes de los cuentos para niños.

Las otras tres caminan despacio mientras observan cada detalle que nos rodea.

Hay dos arcos a cada uno de los lados y unas escaleras que parecen invitarnos a llegar a las plantas superiores.

Estamos a punto de separarnos para abarcar más terreno y calmar las dudas que guían nuestros pasos, cuando percibimos una extraña sensación.

Las palabras carecen de sentido cuando las miradas lo dicen todo.

Y es así como surge la comunicación entre nosotras.

Ni siquiera Bela habla, algo sorprendente.

—Llevo mucho tiempo esperándoos. —El murmullo es una voz ronca llena de crujidos y palabras que se van formando con lentitud—. Muchas eras aguardando el momento en el que alguien escuchara mi llamada.

El sonido de los pies descalzos acercándose a nosotras es aterrador. Nos vemos obligadas a reagruparnos y juntar nuestras espaldas en una formación inútil. No sabemos luchar, no sin la magia que nos ha visto crecer.

—Durante años he elegido a aquellas con la capacidad de escucharme, pero cuando les otorgaba mi regalo acababan ignorándome.

—Es una mujer, aunque cueste identificarlo, si la escucho con atención puedo percibir ápices de feminidad en su voz.

Una muy anciana y cuyos pasos transmiten el cansancio de la eternidad—.

No podéis verme porque vosotras también decidisteis dejar de oírme.

Pero hoy todo ha cambiado. Todo gracias a Kathleen Strauss.

Escuchar mi nombre proviniendo de un ser invisible me eriza la piel y me produce escalofríos.

Si la criatura se alimenta de brujas acabo de servirle a cinco en bandeja.

Me empiezo a arrepentir de haber llegado hasta aquí, más aún cuando la presencia está tan cerca que puedo percibir el aroma putrefacto de su aliento.

—Strauss… —repite y esta vez arrastra las «s» como el siseo de una serpiente—. Tú fuiste la primera en recoger la pluma crepuscular. Por fin, después de tantos milenios alguien abraza mi mensaje en lugar de pisotearlo. La bruja incompleta, la del cuervo.

El ser se aleja de mí mientras veo el rastro de sus pisadas húmedas en el suelo de madera. Otra de nosotras se estremece ante su aliento repugnante

—Yleth Paquin, gracias a ti pudisteis activar el primer portal, tu magia es elegante y tu destino prometedor.

—Una por una se va acercando a las demás delatando todo el saber que tiene sobre nosotras—.

Aine Astalix, aceptaste tu cometido sin rechistar porque tu mente curiosa ansía más conocimiento.

Elzara Strange siempre supiste que llegarías ante mí, que tu oscuridad necesitaba llegar a más.

Y Bela Garza, intentaste resistirte, pero sabes que la hechicería siempre ha formado parte de ti.

—¿Quién eres? ¿Y qué quieres de nosotras? —pregunto con la culpabilidad guiando mis actos mientras intento limpiar mi conciencia.

Si la criatura acaba conmigo en primer lugar, al menos habré hecho todo por proteger a las demás.

—Soy la encarnación de la magia, de los elementos y de las mancias.

—De repente está delante de mí convirtiendo sus palabras en bocanadas de aire que sacuden mis rizos rojos—.

Soy la voz que solo las brujas pueden escuchar, la arquitecta de vuestro poder y la hija de la olvidada. Soy la hechicería, Kathleen Strauss.