Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 40
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El ambiente de Ninfa Oscura es digno del mejor artista.

En cuanto cruzamos el arco de bienvenida la sensación de alegría me invade.

Por un momento no existe la preocupación o el miedo, ni siquiera la mirada altiva de Yleth que casi se está quejando porque me quede atrás.

Lo único que importa es el aire festivo que recorre las calles del pueblo.

Dejamos los caballos en uno de los establos de alquiler, un negocio que está en auge en el Continente de la Banshee.

Incluso entre ellos tienen un acuerdo de intercambio de animales.

Sin duda algo que facilita el transporte para aquellos que no se pueden permitir comprar y cuidar a uno de estos animales.

—Había escuchado que la moda de la ninfa era muy llamativa, pero esto parece de otro mundo —comento una vez consigo seguir el ritmo de las zancadas de Yleth.

—A mí me parece ridículo. ¿Qué se creen que están en un carnaval? —dice chasqueando sus dedos para que la humedad desaparezca de nuestra ropa.

Entiendo su postura, pero nadie puede negar que ver a la gente cubierta de tantos colores consigue hacer del lugar un sitio emblemático.

Me empiezo a acostumbrar a los vestidos rosas pastel, verde manzana y amarillo pollo.

A los trajes azules brillantes, naranjas frutales y morados lombarda.

Más aún a la gente que los porta orgullosos por estar a la exigente moda que embriagan cada uno de los adoquines que marca el ritmo de nuestros pasos.

—Es por aquí, nos está esperando mi contacto —apunta Paquin a tiempo de girar a la izquierda y quedarse completamente paralizada.

No tengo tiempo para reaccionar, de hecho, no digo nada, simplemente me limito a quedarme tan petrificada como mi compañera.

Miramos hacia un lado para luego volver a mirar al frente.

Lejos de intentar comprender las costumbres de Ninfa Oscura nos limitamos a seguir avanzando para no parecer estúpidas.

—Estamos en medio de una guerra —comento dejando atrás la alegría para adentrarnos en una zona embriagadas en caras llenas de pesimismo y miradas desafiantes.

—Una guerra de moda —secunda ella acercándose más a mí.

—¿Te hago sentir más segura, Paquin?

—Ni se te ocurra dejarme tirada en esto o te juro que te vuelvo a empapar.

Una sonrisa se dibuja en mi rostro, una sonrisa que se esfuerza por no romper en carcajada. Yleth ha secado nuestras ropas en cuanto hemos llegado al pueblo, lo ha hecho con la nolmancia tan presente en su magia.

Ninfa Oscura divide sus barrios en dos. Al este está el Distrito Arcoíris, conocido por su variedad de colores llamativos, no solo en las prendas que lleva la gente si no también en el color de las fachadas de sus edificios.

Al contrario de las calles situadas al oeste, el Distrito Lúgubre, cuyo único color permitido es el negro.

Lo que tienen en común los ciudadanos de ambas partes del pueblo es el maquillaje ostentoso con el que decoran sus rostros.

Así como en un lado las sombras de ojos y los colores parecen sacados de un cuento para niños.

En el otro se han pintado hasta lágrimas para dejar constancia de su tristeza.

Lo peor de todo es que Yleth y yo desentonamos en ambas partes de Ninfa Oscura.

Nuestras vestimentas son demasiado apagadas para el Arcoíris y demasiado coloridas para el Lúgubre.

En definitiva, se nota de lejos que no somos de aquí.

—¿Estás segura de que esta es la dirección correcta?

—¿Ves alguna casa más con plumas de cuervo en las macetas de la entrada? —se queja ella por poner en duda su capacidad de orientación.

—Vamos allá…

Soy yo la que agita el llamador, no tengo otra opción, no cuando Yleth se queda detrás de mí con la única intención de protegerse. La gente se nos queda mirando mientras caminan cerca de nosotras. Desentonamos tanto que casi parecemos una atracción de feria, o peor aún, sospechosas de algún crimen.

—¿Quién es? —la voz suena desde el otro lado de la puerta.

—Yleth Paquin, mi amiga Nyxara te mandó un cuervo mensajero ayer.

—Ah, claro.

El sonido de los candados forma una percusión que atraen más, si cabe, las miradas de la gente.

Si pretendíamos pasar desapercibidas, definitivamente, esto lo ha echado a perder.

Empiezo a pensar que la desconocida está haciéndolo adrede cuando la orquesta, de golpeteos de metal, se extiende durante largos minutos.

Al final aparece una mujer de baja estatura con unas gafas redondeadas más grandes que su rostro alargado.

Como es natural todo en ella es negro, todo menos la piel, ya que es tan pálida como la nieve.

—Oh, nadie me dijo que vendría acompañada.

—Es una amiga. No quise venir sola, menos aun conociendo las manadas de lobos que viven allí afuera.

—Nuestros guardianes. —Sonríe la señora—. La Ninfa los invocó para protegernos de los rebeldes. Por eso la Orden de los Condenados nunca llegó aquí.

—Ah… —No sé qué decir, tampoco sé si debería hablar, es solo que esa mujer no deja de mirarme.

—Pasad, pasad.

Nos invita a su casa, un lugar decorado con el mismo patrón de colores que el Distrito Lúgubre.

Es decir: el negro. Me sorprende ver cuervos disecados en plataformas adheridas en las partes altas de las paredes.

Realmente no sé si sentirme orgullosa de tal admiración hacia el aquelarre.

Un escalofrío me recorre el cuerpo provocando que mi piel se erice.

Todo esto me incomoda tanto que no encuentro el momento de que salgamos de aquí.

Yleth está igual, lo sé porque su sonrisa es extremadamente forzada y no deja de acariciarse el cabello rosa salmón de forma compulsiva.

—La verdad es que no lleváis las mejores prendas para conocerlas.

—explica la mujer mientras nos invita a sentarnos a la mesa para servirnos un poco de té.

No, no es té, es plasma aromatizado con flores—.

Habrá sido un largo viaje, así que por favor alimentaos.

En Ninfa Oscura no permitimos que ningún inmortal entre en frenesí.

De hecho, si ocurriese, todo el pueblo sería culpable.

Esa fue una de las primeras normas que implementaron las cinco ladies Strix cuando Plaguen las nombró nuestras líderes.

Es sabido por todos que uno de los consejeros de la corona de oro negro y rubíes, lord Jeff Strix, apodado la morsa por mi querido Cirigh de Laneth, colocó a sus cinco hijas en este pueblo para poder controlar la sangre del ganado que vive aquí.

Y es que Ninfa Oscura no es solo conocida por sus festividades de moda sino también por ser uno de los lugares con más ganado, se podría decir que su población es mayoritariamente humana. Tal y como ocurre en Orio.

—¿Suelen mezclarse muy a menudo con los ciudadanos? —pregunto para sonar sociable, aunque en el fondo ya sé la respuesta.

—No, solo cuando hay algún evento oficial. Como el que habrá mañana: El Gran Desfile. Para el que os tengo que preparar si queréis causarles una buena impresión.

—¿A las Strix?

—¡Qué torpe es mi amiga! ¿verdad, señora Clairvest? —Yleth finge una simpatía que no le pega nada. Aun así, consigue camuflar la incomodidad de estar aquí—. Habla de las brujas de las que me informó Nyxara.

—Eso es, querida.

Por muchas horas que pasemos junto a la mujer no consigo sentirme del todo cómoda.

La señora Clairvest no tarda en contarnos que es la tía de Nyx, que ella la crio cuando su hermana la dio a luz y que se considera su madre.

Que le dolió mucho cedérsela al Aquelarre del Cuervo cuando ocurrió la Chispa, pero que está muy orgullosa de todo lo que su sobrina ha conseguido.

Estoy a punto de interrumpirla para explicarle que Nyxara ahora rehúye de la brujería cuando Yleth me golpea por debajo de la mesa.

La mujer sigue creyendo que su hijastra es una de las inmortales más poderosas de Plaguen y que por eso va disecando los cuervos que la bruja le va enviando a modo de recuerdos.

No puedo negar el sentimiento de tristeza que me embriaga cuando escucho historias como la de la señora Clairvest. ¿Cuántos padres han tenido que dejar marchar a sus hijas por elección de la magia?

¿Cuántas madrastras como ella han visto partir a la única familia que les queda?

Por no hablar de las huérfanas, como Yleth y como yo, que hemos sido arrebatadas de nuestras vidas por un bien mayor.

En mi caso fue algo fácil de digerir, trabajar en el burdel nunca fue mi sueño, (aunque en verdad nunca tuve uno), y las brujas madres me dieron un futuro mejor.

Pero en el caso de Paquin, ella consiguió crear su firma de ropa, heredar la sastrería de la mujer que la adoptó y forjar su propia reputación.

Aun así, la Chispa no tuvo ningún tipo de miramiento a la hora de extirparla de una vida que ella si deseaba.

—Este conjunto lo utilizaréis cuando estéis en el Lúgubre y este otro en el Arcoíris.

—¿Es necesario? —No me termino de ver con las prendas que cuelgan del armario, en el cuarto de invitados.

—Ninfa Oscura tiene un riguroso código de vestimentas que los turistas deben de respetar si deciden quedarse varios días. Más aún con El Gran Desfile a la vuelta de la esquina.

—Sí, señora Clairvest.

Soy la única en hablar pues Yleth se esfuerza en no torcer su rostro en horror cuando ve los vestidos que vamos a tener que llevar durante nuestro tiempo aquí.

A diferencia de ella, yo soy transparente y peco de no saber callarme.

Mi compañera siempre ha sido conocida por sus buenos modales, su educación y el saber estar.

Si la hechicería no la hubiera elegido seguramente se hubiera convertido en una lady.

El primer vestido es oscuro, como era de esperar, pero no un negro propio de una fiesta en palacio o alguna celebración en honor a Illythia.

Al contrario, es de un negro funeral, con una tela fina, larga y sin vuelo.

Corre el riesgo de romperse si se hacen movimientos bruscos.

Por no mencionar los zapatos planos, obviamente del mismo color, y que parecen sacados de una ilustración infantil.

—Te va a quedar genial —comenta la señora Clairvest mientras me imagina con el conjunto puesto.

El segundo, en cambio, está confeccionado con una tela rosa y pomposa llena de brillos con la única finalidad de conseguir no pasar desapercibida. El calzado, zapatos de tacón blancos, disponen ridículos lazos que hacen de la vestimenta un ideal para una borrachera segura.

—¿Combina con mi pelo verdad? —Yleth ya se ha metido de lleno en su papel, lo peor de todo es que tiene razón.

—Rosa con rojo patada en el ojo —me quejo yo intentando sonar graciosa en medio de esta locura. Pero ninguna de las dos se ríe.

La inmortalidad tiene muchos beneficios, obviamente el principal es el de no morir, pero también puede llegar a ser muy aburrida.

Lo sé porque he tenido que pasar un día entero con la señora Clairvest hablando de lo importante que es la moda de Ninfa Oscura y con Yleth Paquin riéndole las gracias mientras yo me quiero morir, literalmente.

Le rezo a Illythia porque el tiempo pase más deprisa, pero no me hace caso, así que acabo agarrando una de las botellas de vino de la bodega y empiezo a beber como una descosida.

Alterno el alcohol con la sangre aromatizada hasta que acabo perdiendo la noción del tiempo.

Es en ese momento cuando por fin escucho:

—Venga, Kathleen, querida. ¡Vais a llegar tarde!