Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 39
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Presente

—¿Nos volveremos a ver? —pregunta Kaine una vez regresamos a la realidad.

—No lo sé —Le beso con la única intención de quedarme impregnada con sus labios.

Con mis recuerdos nadando, de nuevo, por la superficie de mi mente los sentimientos afloran con tanta fuerza que pierdo el control de mis actos. Intento separarme de él, pero no puedo, no cuando pretendo levantarme para vestirme y vuelvo a caer en sus garras.

—Pase lo que pase nada va a cambiar lo que siento por ti. Lo sabes ¿verdad?

—¿Te vas a poner romanticón?

Nos quedamos mirando al techo mientras el tiempo pasa y nos da exactamente igual. Lo único que nos importa es estar juntos y lo hacemos sabiendo que nos vamos a separar para siempre.

—Prométeme algo.

—Sorpréndeme.

—Que cuando te sientas sin salida, que cuando creas que estás perdida, pensarás en mí. Con todo el tiempo que he estado en tu cabeza seguramente lo sentiré.

—Te lo prometo. —digo sin dudar y antes de que él pueda decir nada añado—. Te amo Kaine Dynevor.

—Y yo, Kath.

Nos damos un beso con un sabor agridulce, nos acariciamos los dedos con el ritmo de una despedida. Nos extrañamos mucho antes de emprender un viaje que no sé a dónde me va a llevar. Y al final nos vestimos siendo conscientes de que este momento tenía que llegar.

—Sea lo que sea no te mueras.

—Corres más peligro tú que yo, brujita. —Él me da un beso en la frente y agita el mentón para que me marche—. Nos vemos en la otra vida.

—En la otra vida.

Y salgo de la habitación con la sensación de haber cometido el peor error de mi existencia.

Cada peldaño que bajo se convierte en una despedida eterna, en una amalgama de sentimientos que no comprendo y en el dolor de la pena.

Veo a Yleth Paquin sentada en una de las mesas de la posada.

Está bebiendo una copa de vino con la elegancia que la ha visto crecer mientras se mantiene impoluta en mitad de una multitud que ignora quién es.

Y entonces me doy cuenta de que no hay vuelta atrás, de que no vamos a regresar al Continente de la Banshee y que nuestro futuro es incierto.

—Llegas tarde. —comenta con frialdad cuando me siento frente a ella—. Ya he hecho el trabajo por las dos. Hay dos brujas en activo que se pueden unir a nuestra causa.

—En Ninfa Oscura. —leo en la nota de papel que extiende frente a mí—. Pero ¿Quién te lo ha dicho?

—Nyxara accedió a darme la información que necesitamos. Por los viejos tiempos.

—Por los viejos tiempos… —Pongo los ojos en blanco recordando como la chica rehuyó de mi cuando le pedí ayuda.

No tardamos en ponernos en marcha, tampoco hablamos de los detalles de nuestro viaje. Nos limitamos a alquilar un par de caballos y alejarnos de Plaguen sin mirar atrás.

Galopamos a gran velocidad, no sé si por rabia, por ansiedad o por el simple hecho de querer cumplir una misión que no comprendemos.

El cielo llora en nuestro lugar, en el mío.

La tormenta descarga su lluvia sin piedad mientras todo se empapa ante la pena de la despedida.

Sin quererlo acabo despidiéndome de todo lo que he protegido con mi propia vida.

De la corona de oro negro y rubíes, de los nuevos stokers.

Del Aquelarre del Cuervo, mis hermanas, pase lo que pase.

Y de Kaine Dynevor el único hombre al que he amado y cuyo corazón late en mi pecho con tanta fuerza como el mío lo hace en el suyo.

La promesa de un amor eterno, prohibido e imposible.

El adiós de dos brujas destinadas a algo más poderoso que el mismísimo Antiguo.

El trayecto hacia Ninfa Oscura se me hace sumamente largo y tedioso.

La ausencia de conversación y la tormenta constante convierte el viaje en una completa pesadilla.

Por no mencionar la lluvia que atraviesa mi ropa para llegar a mi piel.

Me da rabia, más aun sabiendo que Yleth Paquin no se está mojando ni un poco.

Al principio la ruta es muy similar a la de Orio, en especial el túnel que atraviesa las montañas nevadas. Luego hay que girar al este huyendo de los bosques y la vegetación. Lo que significa que la lluvia va a ser mucho más molesta en esta parte del camino.

El abrazo de la naturaleza nocturna se queda atrás para dar paso a una planicie llena de hierba, barro y charcos cuya profundidad es tan incierta como nuestro futuro.

Los lobos ven en nosotras una presa fácil, más por la carne de los dos caballos que por el alimento que les puede dar nuestra delgadez.

—¡Paquin! —grito invocando una bola de fuego en mis manos.

Ella no se inmuta, continúa, despreocupada, sin ponerle atención a la jauría de lobos que se abalanzan sobre nosotras.

Estoy a punto de protegerla, de utilizar mi poder para cuidar de ella, pero Yleth tiene sus propios planes.

Con un simple chasquido de sus dedos el tiempo en los animales se detiene dejándolos completamente paralizados.

Algunos se quedan flotando en el aire, otros mostrando los dientes y el resto ni siquiera tienen oportunidad de reaccionar.

Apago la ashlaxmancia de la palma de mi mano y azuzo al caballo para acelerar el paso. Bajo la intensa lluvia veo el arco de madera en el que se puede leer: Bienvenidos a Ninfa Oscura.