Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 37
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Nadie hace ninguna pregunta cuando cruzamos el comedor de La Dama Oscura, nos dirigimos a las escaleras junto a la barra y regresamos a nuestra habitación.

A nadie le extraña ver a Kaine lleno de sangre, por mucho que hemos intentado limpiarle, ha sido imposible.

En un mundo donde la sangre es alimento, no es raro ver a los cazadores con los restos de su última presa.

Y supongo que pensarán que eso es lo que es él, porque algunos le sonríen orgullosos.

Dudo mucho que la multitud sepa que el stoker acaba de frenar un ataque rebelde con graves consecuencias.

Esta vez Plaguen no estaba preparado para soportar otra Crisis del Frenesí y me temo que lo que iban a conseguir la Loba y el Coyote iba a ser mucho peor.

Me quedo sola en nuestra habitación con dos camas mientras él se lava en uno de los baños generales para los huéspedes de la posada.

Jugueteo con mis dedos sobre las sábanas impaciente por ver a Kaine entrar por la puerta.

Mi corazón no ha dejado de latir con fuerza desde que salimos de ese teatro cochambroso, ni siquiera conseguí calmarlo cuando lo hice arder.

La guardia real salió corriendo cuando vieron la humareda del incendio, pero llegó demasiado tarde como para encontrar el reguero de cadáveres antes de convertirse en cenizas.

—¿Qué hace una vampira tan guapa en un sitio como este? —pronuncia él cuando entra cubierto por un albornoz.

—Esperarte. —contesto decidida, tanto tiempo odiando esa frase para que ahora se convierta en mi propia trampa—. Lleva mucho tiempo esperándote y no lo sabía.

—Kath…

Mi comentario debe de pillarle por sorpresa porque le dejo sin habla.

Aunque no le doy tiempo a digerir lo que está viviendo, porque me lanzo a sus brazos antes de que pueda darse cuenta.

Supongo que soy yo la que empieza a besarle, pero tengo claro que es Kaine el que atraviesa mis límites con su lengua para acariciar la mía.

Lo ha conseguido, durante todo este viaje ha ido dándome los ingredientes de una poción que no conocía.

Sé que todo lo tenía planeado, porque sí, porque es un Dynevor y forma parte de su naturaleza tanto como la magia forma parte de la mía.

Ha hecho que nuestras horas juntos se volvieran necesarias, agradables y vitales.

Por eso es que ahora no me puedo separar de él.

Y como siempre pasa cuando se enciende un fuego, las llamas se descontrolan.

—Kath… —gime instantes antes de que sus manos desgarren mi ropa y la reduzcan a retales de tela.

Sus manos aprietan mis pechos con fuerza, los estrujan con deseo mientras sus dientes mordisquean mi labio inferior. Yo deslizo mis dedos por debajo de su cintura, agarro su erección con decisión y la acaricio con deseo.

—No, espera…

Pero no le doy tiempo a decir nada más, no cuando me agacho para degustar su miembro y metérmelo entero en la boca. Kaine intenta frenarme, tirar de mi barbilla para volverme a besar, pero su cabezonería se esfuma cuando siente el tacto de mi lengua.

—Joder…

Gime, lo hace suavemente mientras sus piernas tiemblan sorprendidas por mi avidez.

Quizá se le haya olvidado que alguna vez trabajé en un burdel, no, lo sabe, acepta que no puede controlarme, no en mi propio terreno.

Me incorporo con delicadeza, vuelvo a sus labios instantes antes de empujarme sobre una de las camas.

—¿Qué me estás haciendo, Kath? ¿Es este tu verdadero poder?

—Calla, ni siquiera he empezado.

Me deslizo hasta la dureza de su entrepierna para continuar con el juego de mi saliva. Sacudo mi cabeza una y otra vez mientras él no puede hacer otra cosa que quedarse completamente inmóvil. Está hechizado por una magia que no tengo, petrificado en una posición que solo yo puedo controlar.

—Como sigas así vas a hacer que termine —pronuncia entre quejidos.

—¿Tan rápido? ¿Has perdido facultades? —bromeo jugando con mi lengua en la punta.

—Llevo mucho tiempo sin tocar a una mujer.

—Pues entonces tendremos que aprovechar al máximo.

Me subo sobre su cadera, cojo su erección entre mis dedos y la introduzco a través de mí.

Al principio me quejo, yo tampoco es que haya practicado mucho en su ausencia, pero eso no tiene por qué saberlo.

Después empiezo a disfrutar llevando las riendas de este momento.

Cabalgo encima de Kaine Dynevor con la maestría de una amazona y con la fuerza de una guerrera.

Él no puede dejar de mirarme, se muerde el labio inferior mientras yo me agarro a sus poderosos pectorales para mantener el ritmo acelerado.

—¿Enserio? —Mis palabras salen apresuradas cuando siento la humead invadiendo mi alma.

—¡Eres de lo peor!

El stoker no permiea que nadie le ridiculice, ni siquiera yo.

Por eso se esfuerza en cogerme entre los brazos, sostener mi peso con sus manos en mis nalgas y apoyar mi espalda en la pared de la habitación.

Todo lo hace sin salir de mí, menos aún sin debilitar su dureza.

Me atraviesa con estocadas rápidas y fuertes, no sé si lo hace por orgullo o por placer, quizá es una mezcla de ambas, pero me hace gritar poseída por la lujuria.

—Eres mi diosa —me dice sin detenerse en ningún momento.

Intento taparle la boca para que no hable, no quiero que estropee este momento de diversión descontrolada. Pero él me tortura, se aparta de mis manos y sigue hablando.

—Nadie podrá borrar de mi mente lo que siento por ti, Kathleen Strauss.

—Cállate y fóllame, joder.

—Quiero que memorices este momento para toda la eternidad.

—Pues tendrás que esforzarte más.

Utilizo su juego en su propia contra, le debe de molestar porque me lleva hasta la cama y sigue penetrándome con fuerza.

No sale de mí en ningún momento, menos aun cuando utiliza sus dedos para estimular todas las fronteras de mi ser.

Al final grito, por mucho que intente resistirme me lo hace tan bien que me es imposible.

Mi alma se incendia en chispas que invocan un fuego invisible, lo peor de todo es que él me imita, incluso durante las dos veces que estallo segundos después.

—Eres fascinante…

—Y tú hablas demasiado.

Nos quedamos desnudos sobre la cama mirándonos sin decir nada.

Nos mantenemos abrazados rezando para que el tiempo regrese y podamos permanecer juntos un rato más.

Aunque yo no controle la tuallmancia, aunque no tenga poder alguno sobre las agujas del reloj, nuestras acciones regresan sobre sus pasos obligándonos a repetir lo que acabamos de terminar.

—Me vas a matar, Kathleen Strauss.

—Cállate y fóllame.

Esta vez las cosas van mucho más allá. Mientras el placer nos rodea a ritmo de quejidos y gemidos, mi mente divaga muy atrás invitándome a recordar todos los momentos de mi vida en los que estuve junto a él.