35
Presente
—No, todavía no,… —me quejo mientras la visión se esfuma como tinta en el agua—. Kaine ¿Por qué paras?
En el mismo instante en el que abro los ojos me encuentro con que todo está oscuro.
No veo nada, pero no me he quedado ciega.
Siento todas y cada una de mis extremidades, pero lo que no siento es mi propia magia.
Me sacudo intentando liberarme de las ataduras que poco a poco voy percibiendo en mis muñecas.
Entonces me doy cuenta de que son grilletes rúnicos, los mismos que utilizó la Orden de los Condenados con todas las brujas durante el ataque en la arena.
—¡Soltadme! —grito y al instante recibo un golpe en la cara.
—¡Cierra la boca, zorra! —La voz es de una mujer, la fuerza es la de una guerrera—. No queremos nada de ti, así que no nos traigas más problemas.
—Liberadme y os dejaré con vida.
Y de pronto escucho un mar de carcajadas.
Percibo más voces de las que puedo contar, aunque sin duda hay dos que resaltan en medio de la inmensidad.
De pronto me doy cuenta de que soy presa de la Loba y el Coyote, los generales de los rebeldes, los líderes de la rebelión que se está volviendo a gestar a las sombras de la Corte de la Noche.
Poco a poco van retirando la bolsa de tela negra de mi cara. Al principio no veo nada, la luz es tan intensa que casi creo que voy a quedarme ciega de verdad. En el momento en el que mis sentidos se adaptan a mi nueva realidad me veo obligada a ahogar un grito de horror.
—¿Qué estáis haciendo? ¡Deteneos!
De nuevo las risas, esta vez puedo ver a los culpables, pero no llevan máscaras de animal. No reconozco sus rostros porque nunca los he visto sin sus caretas. Por eso me centro en memorizar cada una de sus facciones, me prometo a mí misma hacerles pagar por la atrocidad de la que son autores.
Kaine Dynevor está maniatado en una silla de acero puro anclada al suelo, exactamente igual que yo.
Pero a diferencia de mi, él tiene varios tubos conectados a sus muñecas, conductos a través de los cuales le drenan la sangre.
No sé cuánto tiempo lleva así, lo único que tengo claro es que si no les detengo no quedará rastro alguno del stoker.
—Decidme… ¿Qué necesitáis? Yo puedo ayudaros —Y de nuevo un tortazo, la Loba se está ensañando conmigo, supongo que por todas las veces que la derroté en combate. La última ocasión fue cuando quiso llevarse a Cirigh de Laneth de mi lado.
—Ralva te estás pasando —comenta uno de los esbirros que la sigue sin pestañear. Junto a los generales de la Orden hay unos diez individuos, todos ataviados con ropas andrajosas y negras.
—Ralva… —sonrío escupiendo su nombre como si fuera una enfermedad. De nuevo me golpea y esta vez consigue que mis labios escupan sangre—. ¿A tus padres no se les ocurrió un mejor nombre, cielo?
La vampira intenta golpearme de nuevo, pero el otro, el Coyote, detiene su puño antes de que eche a perder la belleza de mi rostro.
Quiero provocarla, que se centre en mí para que en uno de esos golpes rompan las ataduras que me mantienen presa.
Pero no puedo provocar a alguien a la que están controlando continuamente.
Ese era el punto débil de la Loba, de Ralva, siempre se dejaba tentar por mis comentarios, no soportaba que otra mujer rivalizara con su fuerza, menos aún una ashlaxmante que más tarde delatarían como bruja.
—¿Dónde está tu aquelarre ahora? —Me escupe ella, lo hace literalmente.
—De camino, habrán sentido mi vida peligrar y estarán a punto de aparecer. Os van a matar a todos, no estamos para tonterías.
—Miente —comenta uno de los hombres que le acompaña, un seliamante con la capacidad de percibir mis sentimientos. Maldita sea—. Están solos.
Lamento no haberme traído a Kiki conmigo.
Si esa gata estuviera aquí podría volver a su dueña para pedirle ayuda a mis viejas hermanas.
Ese animal tiene tantos hechizos dentro que puede utilizar la teletransportación con facilidad.
Pero no va a aparecer, de nuevo vuelvo a cometer el error de tomar malas decisiones.
—¿Estáis seguros de que este es el Maestro? —habla otro.
—Ahora lo veréis todos. —anuncia el Coyote antes de coger las botellas que han llenado con la sangre de Kaine—. Se están impacientando, vamos a empezar.
Ralva mira al otro y, antes de que pueda darme cuenta, se empiezan a besar de una manera desenfrenada.
Automáticamente miro al stoker y me doy cuenta de que no he aprovechado mi tiempo con él, no lo suficiente.
Le deseo y, por mucho que intente negarlo, me voy a arrepentir toda mi vida de no haber caído en sus garras de nuevo.
—Dragos, cariño. ¿Crees que funcionará?
—En cuanto vean los recuerdos del Maestro traidor nos creerán y seguirán nuestros pasos para el nuevo ataque. —le responde él con dulzura—. Confía en el proceso, amor.
El sonido de los mecanismos me indica de que estamos en el viejo teatro abandonado.
Uno de os lugares que utilizaron como sala de reuniones con anterioridad.
Pensé que la guardia real había hecho barridos por todas las localizaciones importantes de los Condenados, entiendo que han conseguido pasar desapercibidos.
—Déjame hablar a mí —dice Dragos a tiempo de que se separen para que nadie sea consciente de que son pareja.
Estoy a punto de hablar de nuevo, de aprovechar el momento para provocarles.
No puedo hacer otra cosa, me tienen presa, han conseguido volverme prescindible e inútil.
Con los grilletes rúnicos mi magia permanece dormida, sorda ante mis gritos de socorro.
Intentar recurrir a ella sería igual que intentar hablar con un anciano que ha perdido toda la capacidad de escucha.
Por mucho que intente utilizar mi fuerza sobrenatural para liberarme de las ataduras, no sirve de nada.
No me queda otra que observar a Kaine y rezar para que despierte.
Pero está completamente dormido, lo han reducido a un cacho de trapo.
Lo entiendo, el stoker tiene los poderes suficientes como para someter a la raza inmortal a su antojo.
Y si hubiera algún humano tiene la donmancia para que no puedan resistirse a su encanto.
No les culpo, yo tampoco he podido hacerlo.
—¡Nuevos Condenados! —Dragos proyecta su voz con maestría provocando que está retumbe en la madera vieja y las goteras del techo—. ¡Ha llegado el momento de nuestro alzamiento! ¡Hemos atrapado a nuestro Maestro! ¡Al Traidor!
La luz me ciega de nuevo, lo hace durante breves fracciones de segundo, luego puedo verlo todo con claridad.
Hay cincuenta personas, puede que más, todos ellos sentados en las viejas butacas que no han perdido su utilidad.
Reconozco algunas caras porque recuerdo haber compartido reuniones con ellos, aunque sin duda lo que más me llama la atención son las ganas de guerra en las miradas de los presentes.
Pensé que la Orden se había disuelto tras la caída del Maestro y el asesinato de la Tríada.
Pero nunca lo hicieron, solo se ocultaron aguardando el momento para volver a atacar.
Y ahí están, dispuestos a todo por completar la misión que llevan planeando durante años.
La idea de cambiar el orden del reino, de eliminar los derechos de la corona de oro negro y rubíes.
Tomar el control de Plaguen. Empezarán aquí e irán propagándose como una peste hacia el norte.
Quieren convertir el Continente de la Banshee en un país igualitario, sin beneficios de clase.
—¡La Crisis del Frenesí nos demostró que los barrios altos siempre se van a posicionar por encima de nosotros! —Esta vez es Ralva la que habla.
Su cabello trenzado se sacude con la agitación de sus puños. Ella tiene los brazos fibrosos, de boxeadora, sé que no me ha querido golpear fuerte porque si lo hubiera hecho sentiría la consecuencia de mis palabras.
—¡Nos encerraron para que no pudiéramos escapar de la muerte! —grita una mujer que reconozco haber visto vendiendo bollos de miel en la panadería.
—¡Eso es! —La general le responde—. ¡Colocaron alambre para que no pudiéramos huir de aquellos que caían ante el dominio de la bestia! —Después modula su voz para sonar más tranquila y sosegada. La calma antes de la tempestad—. Pero eso ha terminado y pronto sabréis la verdad.
—Cuando entrasteis en la reunión os dimos recipientes. —Su amado continúa y la multitud muestra todo tipo de vasos, cuencos de madera, de metal y alguna que otra copa—. Os vamos a mostrar la verdad, vais a ver todo lo que ha ocurrido en este tiempo.
—¡La traición del Maestro! —grita Ralva sin poder soportar la adrenalina del momento.
—Y después os daremos el placer de verle morir.
—continúa Dragos intentando mantener una tranquilidad tan frágil como la vida de Kaine, que poco a poco se va debilitando—.
La corona de oro negro y rubíes hace ejecuciones públicas para mantenernos a raya.
Nosotros no haremos que niños inocentes se traumaticen con la imagen del castigo.
Por eso os hemos reunido aquí, en privado, para que solo seamos nosotros los que disfrutemos de la venganza.
La multitud estalla en vítores mientras varios de los humanos pasean por el teatro en ruinas sirviendo la sangre de Dynevor en los recipientes de los Condenados. En ese momento me doy cuenta de lo que pretenden, quieren que los vampiros lo vean todo.
Con Kaine dormido es incapaz de bloquear las Visiones de la Sangre por lo que todos sus secretos se verán expuestos.
Y por mucho que desearía imitarles en sus esfuerzos por descubrir la verdad, no puedo dejar de pensar que me verán con él, descubrirán que está enamorado de mí y me ejecutarán como daño colateral de su ira.