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Caminar por las calles de Plaguen me hace extrañar la sensación de hogar, me ocurre incluso mucho antes de saber lo que va a pasar conmigo cuando resolvamos el cifrado de la mesa rúnica.
Me detengo en cada uno de los escaparates con la única intención de dibujar cuadros en mi propia cabeza, arte invisible que permanecerá en mis recuerdos por el resto de la eternidad.
—Si no voy a poder regresar al Continente del Banshee, al menos me quedaré con los pequeños detalles.
Así es como paseo frente a los escaparates de locales dedicados a la moda, la limpieza de la ropa, el lustrado de zapatos, perfumerías, barberías y un largo etcétera.
Veo a los niños correr, a los inmortales hablar entre ellos y a las familias ser felices en una época de paz que no sabían que necesitaban.
—¿Qué hace una vampira tan guapa en un lugar como este? —La voz de Kaine me asalta por la espalda.
—Enserio, deberías de cambiar la dichosa frasecita.
Y en cuanto me giro lo tengo demasiado cerca, mis defensas flaquean y el ánimo de sonar desagradable con él se esfuma.
—¿Qué? ¿No te gusta? —Sus palabras salen disparadas con tanto ímpetu que siento su aliento rozando mis labios—.
Kathleen Strauss, dime una sola vez que no te gusta la frase y te juro que no la repetiré más.
—No puedo hablar, estoy experimentando tantas emociones juntas estos días que soy incapaz de ser yo misma—.
¿No me digas que prefieres besarme otra vez?
—Devuélveme mis recuerdos… —espeto en un susurro casi imperceptible.
—¿Cómo has dicho? No te he podido escuchar.
—Dev… —Y estamos a punto de besarnos cuando alguien nos interrumpe.
—Disculpad, puedo pintaros. Estoy intentando retratar el amor bajo la noche eterna y creo que sois el ejemplo ideal.
Una vampira ataviada con una boina a cuadros nos habla desde el otro lado de la calle.
Está de pie frente a su caballete mientras nos enmarca con sus dedos emocionado por haber encontrado su próxima inspiración.
Me llama la atención el lunar que tiene debajo de cada ojo, además de sus rasgos afilados.
Es muy simpática y extrovertida. Pero no es mi mejor momento.
—¡¿Qué?! Ni loca.
Kaine fulmina con la mirada al artista cuando soy capaz de evadir su encantamiento para salir acelerada de la escena. Y no, no es que él me esté lanzando su donmancia para conjurar un hechizo del que no puedo escapar, lo peor de todo es que lo que produce en mí es completamente natural.
No puedo negarlo, y por mucho que lo intento es un esfuerzo que me agota, no puedo negar lo que siento por el stoker, y menos aun lo que él siente por mí.
Pero nuestro amor es un imposible sin solución, ambos lo sabemos, si alguna vez hubo alguna esperanza para nosotros esa desapareció en el mismo momento en el que me borró los recuerdos.
Y si, aun así, hay alguna opción a recuperar los sentimientos cuando termine de devolvérmelos, hay una visión que me prohíbe regresar a su lado.
A su lado y al de cualquiera de las personas que haya conocido durante toda mi vida en el Continente de la Banshee.
Porque sí, esa es mi realidad: en cuanto se complete la prueba de la hechicería yo dejaré de existir en esta parte del mundo.
—¡Espera, Kath!
Kaine me alcanza justo cuando me detengo a contemplar una de las plazuelas más bellas de Plaguen. La bautizada como La Mujer y El Cuervo por el inmortal que la esculpió.
La Mujer y El Cuervo se trata precisamente de eso, de una mujer de rasgos delicados con una melena tan larga que casi se funde con la finura de su vestido.
Ella sostiene su brazo en el alza mientras un cuervo del tamaño de un águila se aferra a su mano con la promesa de no alejarse nunca.
De alguna manera me siento identificada, o más bien, desearía ser esa mujer que sabe que nunca se separará de su compañero.
En el fondo de mi ser deseo sentirme amada y tener una vida plena.
Igual que hacen las brujas que han rechazado la magia y que viven sus vidas como ciudadanas corrientes.
—Ay, perdona. —Una chica se choca conmigo y provoca que su cesta con fruta nocturna caiga por el suelo—. Me he distraído y…
—La culpa ha sido mía, no te preocupes.
Entonces me doy cuenta de que ella es una de esas ex brujas de Plaguen, la reconozco.
Se llama Nyxara, era una de las mascotas de Yleth, de esas que se reían de mí cuando ella se lo ordenaba.
No me importaría ignorarla, seguir con mi camino, fingir indiferencia.
Una idea se dibuja en mi mente. Ella controlaba la zarianmancia, la magia del hielo, a un menor nivel que el de Edana.
Me da igual que no sea una maestra de las mancias, de hecho, nunca destacó lo suficiente, pero puede ser de ayuda para el cifrado del templo crepuscular.
—Tú…
—No me conoces, por favor, soy una mujer completamente diferente. —Me interrumpe de improviso mientras recoge las frutas a gran velocidad para alejarse de mí lo antes posible—. Siento lo que te hicimos en el pasado, de verdad…
—Nyx…
—No, ya no me llamó así.
—¡Sarah! —grita un hombre a escasos metros de nosotras, en sus brazos carga con un bebé que no deja de llorar—. A Minrash le toca su toma.
—Ya voy, mi amor. —Después me fulmina con la mirada suplicándome que finja que no la conozco.
No la detengo, no cuando estoy completamente perpleja al escuchar uno de los nombres de las brujas madres en su hija.
Desconozco la historia de Nyxara, el cómo ha llegado a convertirse en Sarah, menos aún los métodos que ha utilizado para ser madre.
Supongo que, como ocurre muy a menudo entre los vampiros de clase baja de Valhía, el padre se casa de nuevo antes de que su esposa muera por culpa del fatum.
Eso es algo totalmente cotidiano, el que las parejas menos pudientes acepten una relación de tres para adelantarse a la pérdida de aquella destinada a dar a luz.
Como un acuerdo similar al de las adastas pero sin dinero de por medio.
Aunque las parejas más tradicionales prefieren sufrir el luto de la pérdida o rechazar el hecho de ser padres.
—¿Qué te pasa, Kath? ¿Has visto a un fantasma?
—Algo así —comento a tiempo de darme cuenta de que más brujas solitarias caminan alrededor nuestro fingiendo no haber pertenecido nunca a la fuerza militar más poderosa del reino.
Soy consciente de que ninguna será de ayuda cuando giran sus caras al buscarlas con la mirada.
No quieren saber nada de mí, de lo que una vez signifiqué.
Preferirían morir en la guerra antes que utilizar su magia.
La pérdida de las brujas madres les ha causado un agujero tan grande en su alma que prefieren esa vida insignificante a una llena de hechizos y poder.
—Podemos alquilar una habitación en esa posada —aclara Kaine señalando La Dama Oscura, el mismo lugar en el que he quedado con Yleth Paquin en unas noches.
—¿Por qué esa? —pregunto extrañada, quizá me haya leído la mente.
—Me ha dado buenas sensaciones, ¿no crees?
Kaine Dynevor teme perderme de tal manera que no utilizaría su donmancia sin mi consentimiento.
Supongo que el Destino se entrelaza en un sinfín de formas y nos empuja a encontrarnos en aquellos sitios que prometen marcarnos para siempre.
De pronto me descubro arrepintiéndome por haber jugado con la mesa rúnica, He sentenciado mi futuro de una manera que no comprendo.
Me siento perdida, vacía y desconsolada.
Y no lo digo por el Aquelarre del Cuervo y todo lo que han significado alguna vez mis hermanas, no, el sentimiento proviene de la simple idea de alejarme del stoker para siempre.
Esa es una realidad que me está costando aceptar. Una realidad que duele demasiado.
Kaine consigue una habitación en La Dama Oscura, no sé exactamente como lo hace, pero deduzco que tiene que ver con la magia de la mente.
De un momento a otro el posadero nos ha dado las llaves de una de las estancias más grandes del edificio.
En verdad es inmensa, tiene dos camas, una alfombra de pelo y un armario lo suficientemente grande como para almacenar todo mi guardarropa.
—Acabemos con esto.
—Lo intentaré. —responde él sin poder ocultar la alegría que siente al estar de nuevo encerrados los dos solos—. Vamos a ello.