32
La magia de mis hermanas me despoja de prácticamente todo lo que soy.
El dolor es insoportable, pero aun así no grito, no me quejo, simplemente me limito a sonreír orgullosa de lo que estoy haciendo.
No puedo permitir que el último recuerdo que van a tener de mí sea ese, no, me niego a que recuerden a Kathleen Strauss con muecas de pena y sufrimiento.
La sangre del Antiguo forma un canal entre Seylah y yo, una corriente de poder con la capacidad de extirparme la magia para otorgársela a ella.
No es un hechizo sencillo, menos aún gratificante.
El legado de las brujas madres sale de mí como si alguien me estuviera arrancando el corazón del pecho, o algo mucho peor.
Siento mi alma sufrir mientras la magia que una vez me definió sale de los poros de mi piel.
Debe de ser un dolor muy parecido al de un parto, muy similar a la muerte de las vampiras durante el fatum.
El proceso no es rápido, al contrario, es sumamente lento y tortuoso.
Sin saberlo acabo siendo consciente de como mis dones se van evaporando a través de mis rizos rojos, un color que no hace más que intensificarse.
La telekinesis es lo primero que se marcha, lo hace sacudiendo mi estómago y provocándome arcadas que me veo obligada a reprimir.
Luego le sigue la levitación, que retuerce los dedos de mis pies y de mis manos colocándolos en posiciones imposibles.
Después va la unión telepática con el resto de mis hermanas, esta es mucho más cruel y me hace sentir que tengo un agujero en la frente.
Calista y Edana siguen entonando el cántico del ritual.
Una melodía sin letra que invoca un vendaval mágico alrededor de Seylah y de mí.
El canal rojo sigue extirpándome el poder sin ninguna piedad.
Sigo percibiendo el cómo los dones me abandonan para dejar solo las mancias que me han visto crecer.
Si he sentido dolor durante todo el proceso, nada es comparado con el momento en el que la teletransportación abandona mi alma.
El sufrimiento es tan grande que me veo obligada a cerrar los ojos y dejar de sonreír.
La magia tira de mis brazos y piernas colocándome en cruz mientras mi cuerpo se eleva por encima del suelo.
Justo cuando parece que va a terminar siento unas manos tirando de mi piel, como si quisieran despellejarme para llegar al músculo.
Esa vez sí que grito, lo hago con tanta fuerza que las llamas de las velas se convierten en serpientes de fuego que luchan por protegerme.
Pero no pueden, no pueden atravesar el vendaval mágico que nos rodea, nadie puede salvarme de esto.
Y de pronto todo termina, el fuego se extingue y los muebles caen del techo al mismo tiempo que me desplomo sobre el suelo.
Las brujas utilizan su poder para evitar que nada pueda hacernos daño.
Después se arrodillan frente a mí y me sostienen la cabeza.
De un momento a otro me convierto en una de las estatuas de Santa Illythia, la de la piedad.
Esa en la que la diosa agarra a su hijo, una representación opuesta del Antiguo (nada que ver con el cadáver andante que habita bajo nuestros pies), mientras sana sus heridas tras haber salvado a la raza vampírica de la extinción.
—¿Te sientes diferente? —pregunta Edana preocupada.
—Me siento bien…
Miento para no preocuparlas más. La realidad es mucho más cruel y retorcida.
Me siento diferente, vacía y débil. No percibo a los objetos cerca porque ya no puedo moverlos, ni los libros que puedo leer sin mirarlos, menos aún la libertad de ir a cualquier punto del reino de Plaguen.
Sigo siendo una bruja, sí, una bruja sin aquelarre.
—¿Y tú? —Me dirijo a Seylah con una sonrisa—. ¿Cómo te sientes?
—Igual, no ha cambiado nada en mí… No ha servido para nada.
—Si lo ha hecho, querida, pero ya eras demasiado poderosa por lo que esto no ha sido nada para ti —aclara Calista.
Kiki , la gata sirena, aparece de la nada para subirse a mi regazo. El animal es demasiado inteligente como para percibir que no me siento bien. Se tumba allí, ronronea y promete quedarse a mi lado hasta que me encuentre mejor.
—Puedes llevártela si quieres, puede ser como mi regalo de despedida.
—Prefiero que se quede aquí contigo y que me la mandes como mensajera —sonrío sabiendo que lo va a hacer.
—Llévatela mejor. —La más seria me sonríe con amabilidad—. Seguro que te hace compañía.
—No te vas a librar de ella nunca, Cali —se jacta Edana y al final consigue que todas rompamos a reír.
Mis hermanas, más bien, las brujas del Aquelarre del Cuervo me ayudan a incorporarme. Caminamos por la guarida para ayudarme a recuperar la movilidad. A pesar de que los dones me hayan abandonado, no ha aparecido ninguna arruga en mi piel. Al menos puedo afirmar que no todo es malo.
—Voy a darme un baño y ponerme algo limpio.
En el momento en el que el agua me da la intimidad que necesito me derrumbo de nuevo.
Intento repetir un mantra que me dé la esperanza de que todo va a salir bien, pero no lo consigo.
No puedo ver el lado positivo de las cosas cuando realmente no sé qué va a ser de mí.
Lloro, lo hago prometiéndome no volver a hacerlo, pretendiendo ser fuerte y afrontar lo que sea que venga con orgullo.
Me pongo un pantalón de cuero negro, unas botas de tacón y una camisa escotada cuya parte trasera cae al vuelo.
—¿Puedo quedarme con tus cosas? —pregunta Seylah señalando el armario con toda mi ropa.
—Todo es tuyo.
—Promete que no perderás el contacto con nosotras cuando todo ocurra —Edana me dedica un último abrazo.
—Lo prometo.
—Mantente viva, Kath. Solo te pido eso —Calista se despide de mí con un juramento que va mucho más allá de la hermandad.
—Lo haré.
Y me marcho, me alejo de la guarida de una manera que creía haber olvidado: por las escaleras.
Por primera vez en toda mi vida recorro los pasillos de la Corte de la Noche sin la niebla ni el velo ocultando mi identidad.
Los sirvientes se sorprenden ante mi presencia y los soldados me miran al pasar.
Abro la puerta del cuarto de juegos y me encuentro a la duquesa Amari acompañada de otras inmortales de la alta nobleza de Plaguen.
—Disculpen —busco a Yleth con la mirada, pero no encuentro ni rastro de la niñera de los nuevos stokers.
—Oh, querida. —Una de las ladies me mira de arriba abajo y tuerce su rostro horrorizado ante la calidad de mis prendas—. Los aposentos de las criadas están al otro lado del palacio.
—Estoy buscando a Yleth.
—¿Quién pregunta por ella? —La duquesa Amari me habla con condescendencia dejando claro que no sabe quién fui una vez, al menos hasta que me mira y me identifica.
—Soy yo, Kathleen.
—Oh, me alegro de que hayan hecho buenas migas.
—Si, casi somos como hermanas.
Ella me sonríe sin comprender del todo porqué estoy allí sin la niebla .
Asiente con la cabeza y espera a que yo continúe hablando, pero no digo nada más.
Por suerte para mí el poder de su estirpe, el que detecta mentiras, no reacciona ante mis palabras.
Supongo que, de algún modo, a Yleth Paquin y mí nos une algo más fuerte que la sangre.
—¡Qué guapo estás Adanyan! —grita una de sus amigas y los bebés se echan a reír.
—Está en el jardín, junto a la charca, es su tiempo de descanso. Que tenga un buen día.
La duquesa Amari hace un ademán con su mano, más para echarme de allí que para despedirse de mí.
No la culpo, después de todo lo que ha vivido tiene la necesidad imperiosa de atesorar los momentos de alegría, y este es uno muy especial.
Me voy sin ánimo de querer molestarla, lo último que necesito en estos momentos es problemas con una stoker.
Me encamino al patio trasero, conozco este castillo como la palma de mi mano, demasiados años viviendo aquí.
No tardo en encontrar a Yleth Paquin, no cuando somos tan parecidas.
La bruja está sentada en uno de los bancos de piedra iluminados por las farolas del jardín.
No se percata de mi presencia, no cuando está enfrascada en una de sus lecturas.
Conozco el libro porque yo también lo he leído, Ocultos en el Bosque de Charlotte T.
Loy, una noble que se ha ganado la reputación de todos.
Dicen que está de viaje en las Islas del Sur buscando inspiración para su próxima saga.
—Tenemos que hablar.
Yleth no se gira hacia mí, al contrario, mira hacia la charca maldiciéndome para sus adentros por haberle interrumpido su paz. Sin ningún interés en mi presencia, retoma la lectura.
—Es sobre la pluma crepuscular. —Sigue sin ponerle ninguna intención a nuestra conversación. Mi paciencia flaquea cuando intento ser agradable con ella mientras solo recibo indiferencia—. Si se completa el acertijo de la mesa rúnica, no podremos regresar al Continente de la Banshee.
Esta vez sí que me mira, cierra el libro de golpe y abre sus labios para decir algo, pero se queda perpleja.
Es incapaz de hablarme porque verme sin la niebla le ha dejado completamente estupefacta.
También juzga mis vestimentas, las compara silenciosamente con las suyas: un suave vestido azulado que realza su atractivo, en especial el mar de su mirada.
—He renunciado al aquelarre, le he legado mi poder a la ocultista. —digo con claridad mientras ella se levanta despacio y elegante—. Ahora soy una solitaria, como las demás.
Ella se mantiene en silencio, camina hacia mí y acaricia mi cabello intentando atisbar la magia en mitad del rojo. Sus ojos centellean rojos mientras su poder rivaliza con el mío. Después sonríe, sabe que digo la verdad porque ahora tenemos el mismo nivel místico.
—¿Vamos a morir? —pregunta intentando ocultar la consternación de mis noticias.
—No lo sé…
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Hasta que se completen las runas de la mesa, ahora solo quedan cuatro.
—¿A quién has llevado?
No aparta la mirada de mí, no muestra ninguna expresión. Pero yo la conozco, la conozco lo suficiente como para saber que está intentando asimilar toda la información.
—Aine Astalix, la encontré en el bosque junto a Torre Salamandra.
—Astalmancia, seliamancia,… ¿Y qué más?
—Goranmancia, aunque débil está presente en ella.
—¿Entonces cuáles faltan? —Se abraza a su libro como si eso pudiera consolar el destino que nos espera—. Donmancia, zarianmancia, elanymancia, xuthmancia e irialmancia.
—No,… —De pronto me doy cuenta de la pieza que ha estado delante nuestro durante tanto tiempo—. La xuthmancia no está escrita en la mesa.
—Porque forma parte de todas nosotras. —secunda ella ensamblando el puzle de la prueba que nos expondrá al peligro—. El rayo púrpura representa la base mágica de todas las brujas del Continente de la Banshee.
—Entonces solo nos quedaría encontrar a una que domine la magia de la mente, del hielo, del sol y de la antimagia.
—¿Qué hay de la ocultista? Ella podría completarlas todas.
—No puede arriesgarse a no volver…
Yleth deduce que ocurre lo mismo con las otras brujas del Aquelarre del Cuervo.
Entiende que he renunciado a los dones para forjar una nueva Tríada que críe a las futuras brujas que protegerán Plaguen.
Una sirvienta se coloca en la puerta del jardín y hace sonar una campana.
Las dos sabemos que su tiempo de descanso ha terminado.
—No puedes desaparecer sin más, los nuevos stokers necesitan cuidados.
—Eso es algo que ya barajeé con anterioridad, hablaré con la duquesa y le presentaré a mi sustituto.
—¿A quién?
—A uno de mis ghouls, ellos me sirven por encima de todo y conozco a uno que estará encantado de cuidar a los bebés.
—Necesitamos tiempo para prepararnos. —comento sabiendo que las cosas deben de hacerse despacio—. Nos veremos en la Dama Oscura en unos días, tengo algo que resolver.
—Solo necesito uno para organizar todo esto. Buscaremos a las otras brujas y terminaremos con esto. —Yleth me fulmina con la mirada mientras el rencor habla en su lugar—. No pienses que esto significa un perdón o algo por el estilo.