31
—¡¿Qué ha sido eso?! —Edana es la primera en reaccionar cuando despertamos.
Yo me incorporo lentamente, aún estoy algo mareada, pero ella es capaz de correr por la estancia mientras intenta comprender lo que hemos visto.
Seylah regresa con varias tazas de té flotando a su espalda, junto a ella bandejas con pan y dulces.
Sus dedos conjuran una mesa con varias sillas para servirnos la comida y nos invita a sentarnos para relajarnos.
No lo hacemos, la situación es demasiado grave como para mantener la calma.
Calista me mira como nunca lo ha hecho, su expresión es una lucha entre la fría seriedad y la peor de las penas.
Se acerca a mí para ayudarme a levantarme y, justo cuando cojo su mano, su pulgar me acaricia simulando una despedida eterna.
—Entendéis lo que hemos visto ¿verdad? —Ella delata tener la entereza que a las demás nos falta.
Nadie decimos nada por lo que lo interpreta como una respuesta—.
Si se completa el cifrado de la mesa rúnica Kathleen no podrá regresar al Continente de la Banshee.
Los huesos de nuestras antepasadas, los mismos que protegen a los vampiros de la magia enemiga, no dejarán que cruce la barrera de nuevo… la rechazarán.
—¡¿Qué?! —La reacción de Seylah hace temblar los cimientos de la guarida. Y sigue haciéndolo hasta que me acerco a ella y tomo su mano. Después se calma y dice algo que podría darnos la solución—. Entonces no completemos el puzle. Así de fácil ¿no?
—La magia es caprichosa… —comenta Edana mientras nos sentamos en la mesa para intentar mantener la calma—. Si lo que cuentas es cierto, la pluma solo seguirá eligiendo a sus propias prefectas.
—Tentará a otras brujas que acabarán resolviendo la prueba. —La mirada de Calista se nubla por el movimiento continuo del humo de las tazas—. Cuando eso ocurra no sabremos qué pasará contigo, Kath.
Nos quedamos en silencio mientras nos miramos apenadas.
Se me hace un nudo en la garganta cuando me doy cuenta de que no hay vuelta atrás.
Sé que a ellas les pasa lo mismo porque ninguna es capaz de decir nada.
Edana es la primera en romperse, parece mentira que la bruja del hielo, maestra de la zarianmancia, se quiebre con tanta facilidad.
No la culpo, en el momento en el que veo como mi hermana llora, mis defensas desaparecen para quebrarme en sollozos.
—Yo… lo siento…
—No… no pasa nada… no es tu culpa. —Calista se mantiene firme, con el mentón alto y la actitud limpia. Ella es la verdadera líder de este aquelarre. Las palabras se le atragantan, pero no llora en ningún momento—. Seguro que todo esto es por… por una buena razón.
—¿Y si destruyo el templo? —La más pequeña tantea todas las opciones posibles para no alejarse de mí—.
Soy la ocultista ¿no? Se supone que mi profecía podía conllevar la destrucción de toda la raza vampírica.
Podré destruirlo, ¿verdad? —Pero nadie la responde.
Yo me limito a acercarme a ella y rodearla con mis brazos—. ¿Verdad, Kath?
—Oh, Seylah,…
Mis lágrimas empapan el vestido de la chica mientras su entereza se quiebra.
Ella cierra sus puños en rabia mientras su mente nos transfiere un sinfín de sentimientos.
Los que más abundan son los de la impotencia.
La entiendo, tiene un poder inconmensurable y no puede detener la decisión que he tomado sin saber que estaba sentenciando mi futuro.
—Tenemos… —balbuceo y me cuesta horrores continuar la frase hasta que al final me armo de valor y digo—. Sabéis lo que tenemos que hacer.
Edana se une al abrazo dejando que su frente se pose sobre la mía. Me mira con intensidad al mismo tiempo que sus lágrimas se convierten en esquirlas de hielo que granizan sobre el vestido de Seylah.
—Al menos tendrás alas —comenta ella intentando animar el ambiente, pero no surte efecto.
—Reservar un barco… so…solo para vosotras, pienso venir a visitaros cuando pueda… —No soy capaz continuar hablando. Separarme de mis hermanas significa perder una parte de mí, algo tan importante como un brazo o una pierna.
Calista se incorpora de golpe provocando que su silla salga despedida por los aires.
Camina hacia nosotras con la espalda recta y la mirada firme, se está esforzando por no llorar, por no derrumbarse.
Es la viva imagen de la disciplina, un ejemplo a seguir.
Siento como sus brazos me rodean segundos antes de que entierre su rostro en mis rizos de fuego.
Siento la humedad de sus lágrimas mientras se resigna a no decir nada para no mostrar debilidad.
Estamos así durante una hora, puede que más, al final nos quedamos sin lágrimas que derramar.
Aun cuando estamos agotadas, permanecemos abrazadas intentando demostrarle a la hechicería que no nos puede separar.
Que las cuatro somos una y que el Continente de la Banshee me necesita tanto como a ellas.
Pero no es así, y por mucho que pretendamos negarlo, la respuesta es clara.
—Vamos chicas… —Cali se limpia las lágrimas con las mangas de su vestido—. Tenemos que hacer el ritual antes de que sea demasiado tarde.
—¿Qué ritual? —pregunta Seylah ignorante de lo que está a punto de pasar.
—Sí, tiene que ser ahora que estamos todas. —Edana desaparece para volver en cuestión de segundos. En sus manos hay un vial con un líquido brillante y rojo.
La sangre del Antiguo es lo suficientemente poderosa como para erizar mi piel con tan solo tenerlo cerca. No, mucho más, cuando Edana camina con el plasma de nuestro antepasado nuestros ojos se embriagan en el fulgor carmesí sin nosotras quererlo.
—¿Qué vamos a hacer? —continúa preguntando la más joven.
Chasqueo mis dedos y todos los muebles pierden su gravedad para quedarse pegados al techo.
Calista es la encargada de invocar varias tizas que dibujan círculos en el suelo mientras yo enciendo velas en los puntos necesarios.
Cojo la mano de Seylah y la guío hasta el interior de los dibujos mágicos.
Sostengo el vial con la sangre del Antiguo entre las dos mientras le dedico mi mejor sonrisa.
—Voy a transferirte mi poder, hermana —pronuncio con serenidad.
—¡¿Qué?! No necesito más poder ya tengo suficiente.
—No, cariño… —De nuevo el nudo en la garganta, de nuevo el quiebre de mi voz y la amenaza constante de las lágrimas queriendo tomar el control—. Voy a renunciar a mi magia como bruja madre para que lo seas tú.