Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 29
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Presente

—Kath no me dejas seguir —se queja Kaine cuando me despierto de golpe.

—Seylah es la solución.

—¿Mi hermana?

—Tengo que regresar a Plaguen.

Decidimos tomar un descanso en los hechizos de donmancia para reunirnos junto a Aine y tomar sangre de su querida Bellota . El árbol sacia todas las reservas de sangre que hemos utilizado durante el trance.

—¿Estás nerviosa? —apunta la otra bruja cuando se percata de que muevo demasiado rápido las piernas. Yo ni siquiera me había dado cuenta.

—Sé cómo completar la mesa rúnica. —Le doy un mordisco a una de las galletas, no lo hago por hambre, al contrario, es la ansiedad la que se está saciando—. Hay una bruja con todas las mancias habidas y por haber.

—La ocultista. —Aine da un brinco sobre su silla, después aplaude con sus manos como si le hubiera dado el mejor espectáculo—. Tienes que ir y conseguir uno de sus mechones. Si la hechicería nos ha propuesto esta prueba, eso significa que tiene algo importante que decirnos.

—¿Tú crees?

—Seguro que sí. Yo ya superé la mía cuando me establecí aquí —abre los brazos para señalar todo lo que nos rodea.

—Aine, cielo, tengo que pedirte un último favor.

—No te preocupes, Kath. Mis florosos os conducirán al camino más cercano.

—¿Harías eso por mí?

—Ahora estamos juntas en lo que sea que nos ha metido esta pluma crepuscular. —Ella le da vueltas al objeto sin saber que acaba de darle un nombre mucho más espectacular que el que yo le había dado—. Nos volveremos a ver cuándo la hechicería lo precise.

—Gracias, gracias, de verdad. —Me acerco a la bruja y le rodeo con mis brazos—. No sabes lo mucho que significa que estés de mi lado.

—¿Me perdonas por todo lo del pasado?

—¿Qué me he perdido? —comenta Kaine, pero nosotras le ignoramos.

Es algo normal. Cuando dos compañeras de clase se reencuentran después de mucho tiempo, las palabras forman una burbuja de aislamiento entorno a ellas.

—Sí, sí… tranquila. Éramos muy inmaduras ¿verdad?

—Sí, eso… inmaduras. —Después señala a los osos verdes que nos esperan en su jardín—. Daos prisa o se impacientarán.

La impulsividad provoca en mí una celeridad casi sobrenatural.

Nos despedimos de Aine Astalix con la promesa de volvernos a ver, tenemos claro que la pluma volverá a activarse y será ahí cuando nos juntemos de nuevo.

Sus florosos nos guían a través de la espesura del bosque y se esfuman en el instante en el que ponemos un pie en los caminos de tierra.

—¿No puedes invocar una montura o algo así? —se queja Kaine cuando llevamos demasiadas horas caminando.

—No exactamente, pero podría conseguir una forma de volver al Aquelarre del Cuervo. Lo único es que solo me afectaría a mí.

—Ah, bueno… —Él intenta camuflar su incomodidad con una sonrisa, pero no lo consigue, le conozco demasiado—. Hazlo, Kath. De verdad, ya encontraré la forma de volver.

—¿Y si te vuelven a atacar?

—Tendré que dejar de fingir que soy inofensivo, después de todo no vas a estar para protegerme siempre.

—¿Has estado fingiendo que eras un inútil en el combate?

Seguimos caminando, aunque soy incapaz de dejar de mirarle. Tampoco hay otra cosa que hacer en medio de un camino perdido de la mano de la diosa.

—Bueno, he sido el Maestro de una organización rebelde. ¿Se te había olvidado?

—Definitivamente eres un imbécil… —Pongo los ojos en blanco al mismo tiempo que agito mis dedos para invocar un pergamino entre mis manos.

—He conseguido estar más tiempo contigo, que es lo importante. —Él se jacta de mí, lo hace tan a menudo que casi me resulta hasta molesto—. Suena a chiste, ¿verdad? Con toda la eternidad por delante y te voy robando minutos para no separarme de ti.

—Cuando todo esto acabe pienso perderte de vista, eres demasiado tóxico, amigo.

No lo digo como si realmente sintiera que es una persona cercana, pero es lo único que me sale. Normalmente acostumbro a utilizar palabras como: cariño, cielo o amor como coletilla. Regalarle eso a Kaine Dynevor es como darle un motivo para que se vuelva mi sombra, y no quiero eso.

El pergamino se empieza a escribir solo obedeciendo a mis pensamientos. Lo bueno de ser una vampira bruja es eso, que sigo siendo una mujer y tengo la capacidad de hacer dos cosas a la vez. O eso dicen.

Yo, Kathleen Strauss, miembro de la Tríada del Aquelarre del Cuervo.

Yo, que tengo el poder de controlar el fuego y las sombras.

Soy incapaz de escribir en condiciones con Kaine Dynevor hablándome continuamente.

Me desconcentra, me incita a mirarle todo el rato, a quedarme hipnotizada con el movimiento de sus labios.

O mucho peor, me obliga a recordar nuestra noche en el establo, en el placer que sentí cuando Lánar se alejó de nosotros para dejarnos disfrutar.

Eso es lo que deseo, tener al stoker de nuevo para mí sola.

Pero hay veces que el deber tiene que ganar al deseo y está es una de ellas.

—¿Puedo decirte algo antes de que te vayas?

—Espera… dame un momento, por favor.

—Lo que necesites.

Mis pasos se detienen en seco, él me da el espacio suficiente como para no distraerme.

Gracias a eso puedo concentrarme en la tinta mágica que escribe el pergamino que flota frente a mí.

Mis pensamientos se ordenan formando palabras que tienen sentido, nada que ver con lo que estaba escribiendo hace apenas unos segundos.

Queridas hermanas:

Yo os convoco. La hechicería nos quiere poner a prueba y necesito de vuestra ayuda. Encontré al cuervo, sí, lo encontré, pero no era exactamente como me esperaba. Lo mantengo a mi lado pues tiene que devolverme lo que una vez me arrebató: mis propios recuerdos.

Formad un círculo de invocación y llevadme a vuestro lado.

Os lo ruego.

Kathleen Strauss.

La carta empieza a arder y desaparece dejando un rastro de cenizas y volutas ígneas que se apagan antes de que nadie pueda atraparlas.

De repente siento los brazos de Kaine rodeando mi cintura, su nariz rozando mi oreja y su corazón acelerado. Estoy a punto de alejarlo de mí, de expulsarlo con mi magia, cuando de pronto me siento su prisionera.

—¿Ya te vas? —me susurra al oído, no sé cómo lo hace, pero consigue erizar mi piel.

—En cuanto reciban el mensaje me llevarán a su lado.

—Y porque no te quedas un ratito más.

Su mano derecha asciende por mi torso a un ritmo muy pausado. Su dedo índice dibuja mi figura ignorando el contorno de mis pechos para llegar a mi cuello y después acariciar mi mejilla.

—Yo…

Intento decirle algo cortante, alejarme de él y levantar una barrera entre nosotros, pero no puedo.

Soy incapaz de hablar, de moverme, de separarme de Kaine Dynevor.

Al contrario, me giro lentamente para mirarle directamente a los ojos.

No, no solo me pierdo en el verde de su mirada, si no que me dedico a memorizar cada milímetro de su piel.

De alguna manera siento miedo de volver a olvidarle, olvidar cada detalle de su cara.

Así que me esfuerzo en quedarme impregnada del contorno de sus labios, de su nariz, de sus cejas, de su cabello…

Entonces ocurre, no sé quién es el que cruza los límites del otro, pero acabamos besándonos.

Lo hacemos de una manera delicada, como si él también quisiera memorizar el sabor de mi boca.

Nuestras lenguas chocan tímidas, en cuanto lo hacen se recuerdan y se agitan de una manera salvaje y efusiva.

Nos besamos como adolescentes, nos devoramos los labios y nos abrazamos con tanta fuerza que es imposible que nadie nos separe.

—Oh, Kath —suelta un quejido que me calienta el alma.

Estamos a punto de quitarnos la ropa, de ignorar el hecho de que estamos en medio de un camino y unir nuestros cuerpos en una pira que nadie puede apagar.

Pero todo cesa. En un parpadeo ya no estoy con él, ni siquiera me rodea la naturaleza pura y el aire fresco.

Al contrario, estoy encerrada en el lugar que alguna vez fue mi prisión, en la guarida del Aquelarre del Cuervo con mis hermanas formando un círculo alrededor de mí.