28
Pasado
Recorro los pasillos de la guarida con un rumbo fijo. A pesar de estar rodeada de otras aprendices soy completamente invisible. La sensación no dista mucho de cuando llevo la niebla y camino por palacio. Algo a lo que ya me he acostumbrado.
Peldaño a peldaño las escaleras me conducen hasta la superficie de las catacumbas.
La Corte de la Noche tiene el mismo aire que de costumbre.
En ausencia de las guerras lo único que queda es celebrar, y los Ilia son expertos en realizar las mejores fiestas.
Por eso los sirvientes van de un lado a otro a través de sus pasillos mientras los primeros nobles acuden al Salón del Baile para disfrutar del mejor plasma.
Yo me mezclo entre la multitud, ellos se apartan sabiendo que mirarme está completamente prohibido. Soy un fantasma al que nadie puede ver, o más bien, al que todos ignoran.
—¡Ya estamos todos! —anuncia el duque Ábsolem señalándome para que la gente se aparte entorno a mí—. La representante del Aquelarre del Cuervo ya ha llegado.
Todos aplauden mientras el calor ruboriza mis mejillas.
Si estoy aquí es porque las brujas madres me han obligado, a modo de castigo, por haber violado las normas de la teletransportación.
Ese es el precio de mi libertad, si hago todo lo que me piden ganaré la confianza suficiente para que me dejen en paz.
Por eso he ido a por ingredientes a nuestro huerto nocturno, he acudido a los largos discursos de la realeza vampírica y he bautizado a los últimos vástagos que han nacido en Plaguen.
Todo eso sin desatender mis estudios como prefecta de la Tríada.
Si no tengo tiempo libre, no tendré tiempo para romper las reglas.
—¡Hoy mi hija Seylah ha mostrado su segunda mancia! —comenta el general Rhain mientras su hija adoptiva da vueltas para lucir el vuelo de su vestido dorado—. ¡La hechicería la ha escogido!
La multitud estalla en aplausos y vítores.
Que la Chispa aparezca en una vampira es siempre algo que celebrar, más aún si esa niña pertenece a la realeza de la Corte de la Noche.
Es sabido por todos, sin importar la clase social, que Seylah Cárpasot fue encontrada en la ruta de camino a Orio.
Siempre se pensó que su madre dio a luz en soledad y que el fatúm hizo de la pequeña una huérfana más.
El general Rhain la encontró en una de sus partidas y no pudo evitar llevársela a casa.
Era eso o aceptar que ella iba a morir por culpa de los animales salvajes.
A los pocos años, Seylah congeló una copa de sangre. Se pensaba que era una zarianmante.
—¡Ha hecho florecer los árboles del jardín! —continúa Rhain y la gente sigue celebrando los progresos de la niña—. El Aquelarre del Cuervo ha accedido a enseñarla para ver si es digna de que, como su padre, proteja este reino de nuestros enemigos.
Así es como empecé a ir a visitar a la pequeña Seylah noche tras noche. Al principio jugábamos con hechizos básicos. Ella congelaba mis llamas mientras yo intentaba abrirme paso a través de sus enredaderas.
—¡No me vas a atrapar! —grito divertida mientras hago volar una mariposa de fuego lejos de sus hechizos de hielo.
—¡No vayas tan rápido, Kath! —protesta entre risas—. ¡No es justo!
De repente no puedo moverme, mi cuerpo se queda completamente paralizado obligándome a disipar mi hechizo por falta de concentración.
Reconozco la tualmancia porque Yleth Paquin la ha utilizado conmigo en más de una ocasión.
Lo que me extraña es ver como Seylah ha desarrollado su tercera mancia a una edad tan temprana.
Eso es lo que me llevó a conducirla a la guarida, reunir a las brujas madres y exponerle la situación. Ellas le hicieron pruebas de todo tipo: analizaron su sangre, estudiaron su mente y consultaron los designios de su futuro.
—No es una bruja corriente —dice Minrash con los ojos imbuidos en poder.
—Es la ocultista —secunda Anya regresando en sí.
—La que nos destruirá a todos —sentencia Daidra aún con la niña dormida sobre la mesa ritual.
Así es como acabaron sellando parte del poder que Seylah portaba, lo hicieron para proteger al Continente de la Banshee de los peligros de una profecía destinada a cumplirse. A pesar de los esfuerzos de la Tríada, eso no impidió que la niña desarrollara más y más mancias hasta completar las trece.
—El general Rhain quiere verte —me dice uno de los sirvientes cuando dejo a Seylah en la casita del jardín. Una construcción dispuesta con runas de protección para evitar que la magia salga de su interior. Una prisión con aspecto de juguete.
—¿A mí?
Él asiente mientras yo me despido de la ocultista con la promesa de volver a verla. Estoy recorriendo los pasillos de palacio cuando la visión se empieza a distorsionar. Intento concentrarme en mis recuerdos, pero no puedo, todo se está disolviendo en una amalgama de pensamientos sin sentido.