26
—¿Qué tal las cosas por el aquelarre? —Aine nos invita a sentarnos en la mesa de su cocina mientras sirve té en unos vasos de madera—. Calista y Edana siguen allí, ¿verdad?
—Sí, ahora somos la nueva Tríada. —Mis palabras le deben de pillar por sorpresa porque su cuerpo da un brinco y se tiene que colocar las gafas para que no se le caigan—. De momento solo estamos nosotras tres y la ocultista.
—Las clases deben de ser emblemáticas. —se jacta sentándose frente a nosotros.
Por mucho que intente no mirar a Kaine no puede evitarlo y acaba sonrojándose. No la culpo, yo tampoco puedo evitar mirar al hijo de los Dynevor. Entonces pronuncia algo que me obliga a atragantarme en mi intento por probar su té.
—¿Es tu novio?
—¡¿Qué?!
—¡No! —respondemos al unísono.
—Es un viejo amigo. —Repito la excusa que utilicé con mi hermano—. Vine a verle a Torre Salamandra y sufrimos un altercado.
—La Orden, ¿verdad? —Aine me sorprende gratamente—. Llevan rondando por aquí desde hace semanas. Yo ya me encargué de un par hoy.
A pesar de no disponer de los poderes que las brujas ganamos cuando formamos un aquelarre, Astalix tiene la percepción lo suficientemente desarrollada como para no precisar de visiones.
Cuando las mías nos hermanamos en una familia, no solo ganamos los hechizos de utilidad en los que me especialicé, si no que accedemos a otros mucho más retorcidos.
—¿Qué buscan? —Kaine verbaliza lo que yo ni siquiera he pensado.
—Creo que se están volviendo a reunir. Después de lo ocurrido en Plaguen, de la crisis del frenesí, han aprovechado el caos para confabular de nuevo.
—¿Crees que están intentando formar una nueva Orden? —Mis palabras salen disparadas desde mis labios.
—La Loba y el Coyote siguen vivos. Seguro que quieren completar lo que una vez persiguieron. Después de todo la gente duda de si el Maestro fue derrotado en la Guerra de las Estirpes —Aine se levanta para sacar una bandeja de su horno de leña—. ¿Queréis una galleta?
—Tienen muy buena pinta. —Kaine busca la forma de cambiar de tema—. ¿Llevan pepitas de chocolate?
—Sí, son mis favoritas.
Por primera vez en mucho tiempo descubro a una Aine que no conocía.
Desde que la bruja madre me eligió como prefecta, y desde que Yleth se encargó de que ninguna de las otras aprendices me dirigiera la palabra, perdí la oportunidad de conocer a las demás.
Ahora sé que Astalix y yo hubiéramos sido grandes amigas.
A primera vista parece una chica risueña, con cierta inocencia que le hace divertida y con una capacidad de estudio sublime.
Algo que me confirma cuando responde todas mis dudas:
—¿Cómo te alimentas, Aine? ¿Te dedicas a cazar? —Sin un aquelarre, y lejos de la guarida, su sed de sangre está presente en cada momento.
—Que va, espanté a todos los animales cuando me instalé aquí.
—Se muestra tranquila mientras chasquea sus dedos y una rama desciende del techo para entrelazarse entre sus dedos—.
Os presento a Bellota , una híbrida entre planta y animal.
Aunque a decir verdad lo único que tienen de animal son las venas que sustituyen los vasos leñosos.
—Eh… —Kaine intenta comprender lo que ella nos está contando, pero para mí también es complicado.
—Es una planta que da sangre, así de sencillo. —Aine sonríe instantes antes de darle un mordisco a la rama para beber de ella. A los pocos segundos se retira y se limpia la gota roja que cae por su barbilla—. Aún tengo que perfeccionar el sabor, pero cumple su función. ¿Necesitáis alimentaros?
—¡No! —me niego a probar lo que sea que sacia a la bruja.
—Sí, por favor… —Pero Kaine lleva mucho tiempo sin alimentarse.
Ella insiste en servirnos un vaso para cada uno.
Al final me veo obligada a probar el plasma de sus plantas y, para mi sorpresa, el sabor me es agradable.
No sabría decir si sabe a sangre, a té o a césped, pero siento el placer de alimentarme.
Se podría decir que es mucho mejor que el plasma de rata.
Aine nos cuenta que huyó de Plaguen tras la muerte de las brujas madres.
Al igual que muchas de las otras, ella también entró en pánico al ver como todo en lo que creía se desmoronaba.
Después comenta lo poco que le costó encontrar este lugar, otorgarle los rituales oportunos para protegerse y crear su propia guarida.
No hay ninguna duda de que es feliz. Cada palabra que sale de sus labios es una melodía de tranquilidad y paz.
—Aquí nadie me molesta, vivo con mis flores y si necesito algo que el bosque no me puede dar. Que suele ser en pocas ocasiones. Siempre puedo visitar la ciudad.
—¿No echas de menos a nuestras hermanas? —Me atrevo a preguntar.
—Que va, sé que muchas de ellas decidieron desconectarse de la magia. Vivir sus vidas como vampiras corrientes. —Después nos señala por inercia y añade—. E incluso descubrieron lo que es el amor. Ya me entendéis.
—Nosotros no… —Kaine intenta explicarle de nuevo que no somos pareja ni nada por el estilo. Empiezo a pensar que Aine percibe nuestra atracción por encima de nuestras palabras.
—¿Cómo sabes que las otras se han enamorado?
—Las he visto en Plaguen y en Torre Salamandra. Fingen que no me conocen, repudian lo que una vez fueron. Por no hablar de la seliamancia que me ayuda a percibir el amor que se procesan.
Compartir tiempo con Aine Astalix es de lo más agradable.
Me transmite tanta paz que, por un momento, desearía quedarme en su jardín para siempre.
Ella tiene todo lo que una bruja vampira necesita: un lugar privado para practicar hechizos, sangre para no desvanecerse y la compañía de su propia magia.
Me quedo mirándola con admiración. En el fondo de mi ser desearía tener una vida así de tranquila, después Kaine me roza la pierna y mis deseos se tornan caóticos.
De repente siento una sacudida en mi pecho, podría jurar que yo también me he enamorado.
Luego me doy cuenta de que la sensación no procede del interior de mi corazón, es la pluma mágica que llevo guardando todo este tiempo.
El objeto reacciona ante la presencia de Aine, respondiendo a su magia, como si las constelaciones que faltan estuvieran incompletas y necesitaran de la bruja para completarse.
La sostengo entre mis dedos y, antes de que pueda decir nada, esta sale disparada hacia las manos de Astalix.
—¿Qué te pasa, amiga mía? —Ella habla con la pluma como si fuera un ser vivo—. ¿Qué eres exactamente?
—Apareció frente a mí en Plaguen, nos llevó a…
Estoy decidida a contarle todo lo que he vivido con Yleth Paquin, cuando la magia reacciona al brillo verde que irradian los dedos de Aine.
Veo como el firmamento de la pluma se llena de estrellas, por más que contemple ese fenómeno una y otra vez, siento que nunca me cansaré de hacerlo. Es precioso.
—Espera, espera… —Extiendo mis manos para intentar frenar lo que está a punto de ocurrir, pero la pluma tiene otros planes reservados para nosotras.
El objeto se fragmenta liberando la energía de un portal. Todo ocurre demasiado rápido, nos absorbe y nos lleva lejos de la cabaña en el bosque. En un abrir y cerrar de ojos estamos en el templo místico, el lugar donde la mesa de runas irradia su poder púrpura con intensidad.
—¿Dónde me has traído, Strauss? —Cuando Aine pronuncia mi apellido siento que lo hace con cierto desaire, como si no aceptara que le alejaran de su jardín sin previo aviso—. ¿Qué hacías realmente en el bosque? ¿Qué vas a hacerme?
La chica se incorpora e intenta convocar el poder de su magia.
Se esfuerza en retorcer sus dedos para hacer que la vegetación acuda a su llamado.
Pero no hay enredaderas que rompan el mármol del suelo para atacarme.
No hay flores que se abran paso a través de los cimientos del templo para escupirme sus esporas.
Tampoco rastro de sus invocaciones verdes.
—Aquí no se puede utilizar la magia, pero nuestra Marca de Bruja sigue activa. —Aine se acaricia el cabello anaranjado y enmarañado para descubrir que tengo razón—. Yleth Paquin y yo vinimos aquí hace unas noches. La mesa rúnica nos puso a prueba y no pudimos superarla.
—¿Qué se supone que hay que hacer? —Ella no pierde el momento en buscar explicaciones, de alguna manera me cree, no le queda otro remedio.
—Pusimos nuestros mechones en la luz morada y se activaron algunas de las runas. Creemos que son las mancias.
—Hay doce ¿Por qué creéis que son los elementos de la hechicería?
Aine camina alrededor de la mesa, acaricia las runas que permanecen encendidas desde nuestra última visita e intenta descifrar los acertijos que nos rodean.
Ella mira hacia todos lados, observa los detalles dorados del suelo, el rayo de luz morada y la ausencia de puertas.
Al final acaba cediendo ante mi teoría, se quita un mechón de pelo y deja que la mesa lo absorba.
En ese preciso instante tres runas más se encienden.
—¿Cuáles son tus mancias? —pregunto intentando advertir la verdad a través de los entramados de la hechicería.
—Astalmancia, seliamancia y goranmancia.
—¿Controlas la magia de la guerra? ¿Invocas armas?
—Solo cuchillos, no es mi especialidad, pero me defiendo.
Ella sigue hablando, pero yo soy incapaz de escucharla. El viento me susurra las palabras que me llevan martirizando durante el comienzo de mi viaje. Ahora puedo escucharlas con más claridad, incluso podría decir que es la voz de una mujer:
—Recupera lo que has perdido o serás una bruja incompleta por toda la eternidad.
En el mismo instante en el que ella termina de hablar, el rayo púrpura escupe dos plumas idénticas a las que ya he utilizado.
Una acude a mi mano mientras la otra juguetea con el cabello de Astalix.
Ella se ríe divertida, intenta atraparla, pero esta le rehúye.
Justo cuando se abre un nuevo portal, Aine consigue coger el objeto.
—¿Y qué pasa ahora? ¿Hemos ganado? —pregunta ella dejando claro que no ha escuchado los susurros de la magia.
—Ese es nuestro billete de vuelta. —Sonrío con simpatía, me acerco a la salida y añado—. Aún hay runas que deben ser encendidas. Supongo que hasta que eso no se complete no sabremos para que sirve este templo.