Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 25
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—¡¿Quién osa pisar mi jardín?! —se escucha un alarido desde ningún lugar y todos a la vez.

La tierra se sacude bajo mis pies mientras las flores se estremecen segregando sus esporas a modo de defensa.

Kaine y yo empezamos a toser, nos tapamos la boca y nos concentramos en mirar hacia todos lados buscando el núcleo de la amenaza.

Por inercia acabamos reagrupándonos espalda con espalda mientras la magia de este lugar se activa sin ningún tipo de piedad.

— Levita, alza tu vuelo —mi mano acaricia la espalda del vampiro mientras mis labios entonan un encantamiento para ponerle a salvo.

Su cuerpo se empieza a elevar haciendo caso omiso a la gravedad.

Yo me uno a él, utilizo la levitación que me otorga el aquelarre para huir de la vegetación del suelo.

Intento buscar una apertura en la magia que nos rodea, pero es imposible, las esporas de las flores deben de haber bloqueado mis sentidos.

—¿Qué es esto? —Kaine está tan asustado que casi me hace gracia. Si no fuera porque yo estoy igual estaría mofándome de él durante un buen rato—. La gente de Torre Salamandra hablaba de un lugar maldito en la profundidad del bosque. Siempre pensé que era una leyenda.

—Pues parece que es real.

—¿Vamos a morir?

—Que bien, ¿verdad? Lo que tu querías, por fin ha llegado el momento.

—No, Kath, no quiero morir. —Me mira horrorizado mientras sus labios se apresuran a explicarse—. He querido hacerlo durante mucho tiempo, incluso pocos segundos antes de que aparecieras en la catedral.

—No es momento para hablar…

—Lo que te estoy intentando decir es…

—¡Ya sé lo que me quieres decir, Kaine! Pero por favor, déjame concentrarme. Si no quieres morir mantente en silencio e intenta que no te coman.

—¿Comerme? ¿Quién?

—Quién no, que…

Mis palabras anteceden mi dedo señalando el mar de flores que se sacude bajo nosotros.

Las plantas se alzan formando criaturas de gran tamaño, invocaciones de la bruja que se oculta en la inmensidad de su hechizo.

De repente hay una manada de osos con intenciones de devorarnos.

No son animales al uso, no tienen pelaje, garras o dientes.

Es algo diferente, algo peor, pues a los animales se les puede bloquear mediante la xuthmancia presente en todas las elegidas por la hechicería.

Estos en cambio están formados por raíces, barro y flores venenosas.

No tienen ojos, pero pueden vernos. No tienen dientes, pero cuando abren sus bocas muestran un sinfín de cilios cuyo cometido no dista mucho del de masticar.

—¡¿Qué coño es eso?! —grita Kaine extendiendo sus manos para intentar afectarles con hechizos de la mente—. ¿Por qué no funciona?

—Son florosos, no tienen cerebro, ni conciencia, siguen las órdenes de su dueña.

Vuelo por encima de las criaturas intentando advertir algo que me indique donde está la bruja que los ha invocado. Me doy por vencida cuando lo único que puedo ver es la inmensidad de un jardín repleto de monstruos.

—¡Venimos en son de paz! ¡¿Dónde estás?! —grito desesperada.

—¡Habéis pisado a mis pequeñas! —protesta ella, indetectable, sin ningún rastro al que pueda aferrarme.

—Te he avisado… —murmullo para mis adentros.

Mis ojos empiezan a brillar de un intenso color rojo al mismo tiempo que mis rizos se sacuden por el viento que me rodea.

Me mantengo en silencio pues no me hace falta hablar para convocar mi magia.

El fuego surge de la punta de mis dedos, serpentea alrededor de mis brazos y me rodea por completo.

Las primeras mariposas ígneas revolotean alrededor de mí aguardando mis órdenes.

—¡Espera! —grita la extraña, pero sus invocaciones no dejan de intentar atacarnos, de hecho, la situación se complica.

Los florosos se empiezan a subir unos sobre los otros para llegar a nosotros.

Y casi lo consiguen, casi muerden mis botas de tacón.

Pero la mala suerte les sonríe, su peor error ha sido toparse con una bruja de fuego.

Las llamas surgen de mis manos como un torrente de lenguas ígneas y destructivas.

Los animales empiezan a gritar mientras sus cuerpos se reducen a cenizas.

Allí donde cae uno, otro se alza con un tamaño más pequeño.

Estoy a punto de exterminarlos a todos cuando la magia que nos mantenía presos se disipa y el bosque vuelve a aparecer ante nosotros.

—¡Detente, Kathleen Strauss!

Los gritos de la bruja me pillan tan de sorpresa que me veo obligada a dejar de conjurar la ashlaxmancia.

Ella aparece de la nada, agita sus brazos y me pide clemencia.

En el momento en el que Kaine y yo aterrizamos sobre el suelo, tres cachorros de florosos corren hacia su dueña al mismo tiempo que los otros se ocultan bajo el suelo convirtiéndose en las flores de su hermoso jardín.

Esas facciones llenas de dulzura, esas pecas y esa melena rizada y anaranjada son inconfundibles para mí. Por no hablar de sus gafas redondeadas y ese amor incondicional por las plantas.

—Aine Astalix —pronuncio en el preciso instante en el que se detiene frente a mí—. ¿Qué haces aquí?

—No, ¿qué haces tú aquí? No se supone que tendrías que estar en Plaguen con el resto del Aquelarre del Cuervo.

Después de la muerte de las brujas madre y la Guerra de las Estirpes tenéis mucho trabajo que hacer.

—Acaricia a los florosos mientras usa su magia para sanar las quemaduras de las invocaciones verdes—.

¿Por qué has tenido que venir a mi casa?

Te recuerdo que yo nunca te hice nada malo.

—Yo,… —Sus palabras me dejan sin habla, algo poco común en mí.

—Disculpa, Aine. —Kaine me mira para corroborar que ha pronunciado su nombre bien—.

Kathleen y yo nos habíamos perdido en el bosque y hemos dado con tu jardín.

No quería pisar a tus… —Sus labios se contraen en trabalenguas mientras intenta definir a las mascotas de la bruja—. Tus perros con pétalos.

—Florosos —le corrige ella.

En el momento en el que Aine le pone los ojos encima a Kaine sus mejillas se ruborizan.

No la culpo, las miembros del aquelarre no solemos ver a los hombres a menudo y ella ha sido mi compañera durante mucho tiempo.

Astalix, como su propio apellido indica, siempre ha tenido un vínculo muy especial con la astalmancia, la magia de las plantas.

Tal es su talento que es capaz de invocar criaturas que le ayuden, por no hablar de la infinidad de utilidades que le llegó a encontrar a esta mancia tan poco valorada.

El cielo vuelve a descargar su tormenta, lo hace sin previo aviso empapándonos por completo. A Aine no parece importarle, es como si estuviera en su hábitat natural. Solo reacciona cuando ve como mi cara se tuerce en disgusto por volver a sentir mi ropa interior mojada.

—Ah, pasad, que descortés por mi parte —Ella chasquea sus dedos y de pronto aparece una casa frente a nosotros.

Aine vive en una cabaña de gran tamaño, deduzco que utilizó restos de alguna casucha y la remodeló gracias a la magia de la vegetación.

Por eso el suelo es de césped, con flores, y las columnas son de ramas.

Kaine me mira comprendiendo que ella ha utilizado el camuflaje de la misma manera que lo hice yo para escondernos.

Se queda en silencio esperando a que yo asiente con la cabeza para asegurarle de que la nueva bruja es una aliada y no una enemiga.