Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 23
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Si no me importara delatar mi naturaleza de bruja, lo hubiera hecho volar por los aires en cuestión de segundos. Pero no puedo, eso sería mucho peor que haber violado la norma de la teletransportación ilegal.

—Tengo que irme…

Consigo hacerlo, me alejo de Kaine y camino en dirección a ningún lugar. Tengo que encontrar una callejuela para utilizar mi poder sin correr el riesgo de que alguien me vea. Y estoy a punto de conseguir lo que quiero cuando alguien me agarra del brazo y me obliga a detenerme:

—¡Espera, Kathleen! —Desearía que fuera el vampiro, pero esta vez es el humano el que me suplica que me quede—.

Tómate la última, por favor. Nos has caído genial…

bueno a la vista está. —Señala a su amigo, el cual está fingiendo no escucharnos desde la calle principal—.

Y nos sabe fatal que te vayas así. Íbamos a ir al fumadero de opio, luego te prometo que te dejamos en paz.

El corazón me va a mil, la adrenalina del beso recorre cada centímetro de mi piel.

En este estado es imposible que pueda volver a la guarida y centrarme en ninguna práctica.

Así que acepto, seguramente el opio relajará mi nerviosismo y me ayudará a calmarme antes de volver a mis estudios.

Aunque está claro que el opio hizo mucho más de lo que ninguno de los tres esperábamos.

Dudo mucho que Kaine tuviera planeado esto.

—Y la mujer me dijo: ¡Oye tú, trae esas monedas aquí si no quieres que llame a la guardia real! —se jacta Lánar mientras el humo se pega en nuestro pelo, nuestras ropas y nuestros pulmones—. ¡Todo por un pedazo de pan! ¿Os lo podéis creer?

La noche se llena de risas, de caladas a las pipas de opio y de diversión.

Por primera vez en mucho tiempo vuelvo a disfrutar de la vida sin ninguna preocupación.

No pienso en ningún momento de mi responsabilidad como prefecta de Anya.

Lo único que quiero es que este momento no acabe nunca.

En cuestión de horas el humano y el vampiro se convierten en mis amigos, incluso creo conocerlos.

Aunque ahora sé que no tenía ni idea de con quién me estaba codeando.

—Voy a alquilar una montura. —Me excuso cuando nos encaminamos de nuevo al exterior de la ciudad—. Tengo que volver a casa si no quiero que me castiguen.

—¿Castigarte? ¿Qué eres una princesa que vive encerrada en la torre de su palacio? —se mofa Kaine aún con el opio recorriendo el interior de su cuerpo. No es el único perjudicado, tanto el humano como yo caminamos en zigzags.

—Algo así. —Suelto una carcajada mientras me apoyo en ellos para no perder el equilibrio—. Estáis muy fuertes. ¿A qué decíais que os dedicáis?

—Transportamos mercancías por todo Plaguen. —Kaine es bastante ágil a la hora de responder. Una mentira que tenían planeada desde hace tiempo. Después se remanga la camisa y luce sus potentes bíceps—. Y la mercancía pesa mucho.

—¿Vas a gastarte el dinero en caballos que utiliza todo el mundo?

No creo que alguien como tú se deba sentar en esas sillas desgastadas…

—Lánar se empeña en desviar nuestra ruta y yo estoy encantada de que lo haga—.

El viejo señor Filezzio tiene una yegua que no le importara que uses para volver a tu casa.

—¿Gratis? —En realidad no me queda ni una sola moneda, pero eso no tienen por qué saberlo.

—Completamente gratis, Kath.

—No la llames así, solo sus amigos pueden llamarla Kath —Kaine provoca que la conversación se convierta en una marabunta de risas y bromas.

Llegamos al establo del señor Filezzio pero nos encontramos con la ausencia de la yegua.

Al final acabamos dándonos cuenta de que el animal murió hace días y que su dueño estaba tan deprimido que no quería uno nuevo.

Así que no me queda otra que aceptar la excusa de alquilar una montura.

Siempre puedo subirme a ella de verdad, alejarme de estos dos y teletransportarme en cuanto vea la ocasión.

—No puedo más… —se queja Lánar dejándose caer sobre la paja del establo.

—¿Ya estás cansado? ¡Qué débil eres! —Kaine aprovecha cualquier momento para jactarse de él.

—¡Claro! Cómo vosotros sois inmortales y la sangre os da un chute de la leche… os recuerdo que yo necesito dormir.

—Yo debería de irme ya… —La necesidad de volver a la guarida se hace imperiosa.

—¡Venga ya! —Kaine me rodea con sus brazos y me hace bailar—. Si vas a llegar tarde de todos modos…

—Gracias por recordármelo… —Intento zafarme de él, pero no puedo.

—¿Y si esperas a que Lánar se quede dormido?

—Eso, Kath, dame las buenas noches al menos.

—Yo… creo que ya es suficiente…

—¿Segura?

El vampiro empuja mi cintura contra la suya.

Entonces lo noto, la dureza de su entrepierna apuntándome sin piedad.

Siento un escalofrío por todo mi cuerpo, de un momento a otro todo pierdo el sentido de la lógica.

Las calles se enmudecen, Lánar desaparece por momentos y mis sentidos se centran única y exclusivamente en Kaine Dynevor.

—¿Me darás un beso de despedida al menos? —Y vuelve a hacerlo, vuelve a posar sus labios sobre los míos provocando que mis defensas caigan por completo.

—Solo uno… —respondo en un susurro.

—Solo uno —secunda él iniciando la coreografía de mi perdición.

Nos besamos, lo hacemos como si lo necesitáramos para vivir, como si fuera vital para nosotros. Bebo de sus labios, de su saliva y calmo a la bestia inexistente en mi interior. Nada nos limita, no con el alcohol y el opio recorriendo nuestras venas, no hay nada que pueda detenernos, ya no.

Mis manos se mueven solas para desnudarle y acariciar sus músculos perfectos.

Cada centímetro de su piel aclama mi nombre y yo no puedo hacer caso omiso a esa llamada.

Kaine también me quita el vestido, más bien, lo rompe.

Después me besa el cuello para llegar a mis pezones.

Su lengua serpentea en mis pechos dejándome completamente empapada, en todos los sentidos.

Ya no quiero escapar de él, no quiero huir de este lugar, no quiero regresar a la guarida.

Aquí soy más que una bruja, soy una mujer, una vampira deseada, una diosa del placer.

Mi experiencia en el burdel se apodera de mí y me incita a empujar a Kaine a la paja y colocarme sobre él para restregar mi pelvis con su entrepierna.

El juego de la lujuria no acaba ahí, no, todo era demasiado sencillo.

Por eso se une Lánar, se acerca a mis labios y me besa.

Si estaba enamorado de la tal Sharis ahora ella no tiene importancia.

El humano se desnuda solo, se coloca a mi espalda y yo le agarro la cabeza para que me dé mordiscos en el cuello.

Los dos amigos hacen gala de la complicidad y la confianza que tienen, se comunican sin hablar con el único objetivo de hacerme sentirme viva.

Lánar me coge en brazos para colocarme con delicadeza sobre la cama de paja, desliza su lengua por todo mi cuerpo y la introduce con cuidado, no quiere hacerme daño.

Está claro que quiere llegar a mi corazón, pero ha escogido los labios equivocados.

—¿Tienes hambre? —pronuncia Kaine a tiempo de arrodillarse a la altura de mi cabeza. Sacude la dureza de su miembro contra mi boca para tentarme a chupársela.

Y lo hago, lo hago porque no puedo resistirme a él, lo descubro en el peor momento, o el mejor. Todo depende del enfoque.

Lánar es el primero en penetrarme, sus movimientos son suaves y delicados.

No puedo hacer otra cosa que gemir de placer, disfrutar de su erección larga y delgada.

No me hace daño, de hecho, termino por aburrirme de su dulzura.

Kaine debe de darse cuenta, lo sé porque aparta a su amigo de mi cintura y ocupa el lugar que queda vacío.

La diferencia de grosor es sorprendente, aunque la suya sea más pequeña, tiene el diámetro óptimo para alcanzar todas las paredes de mi interior.

No, no es eso, es la forma en la que me embiste.

El vampiro es mucho más fuerte y rudo, más bruto, en ocasiones creo que ha sacado la bestia solo para mí.

—Eres espectacular —me dice entre jadeos y acto seguido el humano combustiona solo.

Supongo que la diferencia entre los mortales y los vampiros es que nosotros tenemos más aguante. Debe de ser eso, porque Kaine y yo seguimos durante al menos dos horas más. Al final estallamos en placer mientras las flores que Lánar le compró a su enamorada salen despedidas por los aires.

Consigo vestirme cómo puedo, me apresuro a salir del establo y huir de ellos. Necesito regresar a la guarida, ahora no es una opción, no con los efectos del alcohol y el opio disipándose en mi cuerpo.

—Me van a matar… como me pillen me van a matar… —me digo a mi misma una y otra vez.

Kaine aparece delante de mí sin previo aviso, utiliza su velocidad sobrenatural para alcanzarme. Rechazo todos los encantamientos que proyecta su sonrisa torcida, no puedo detenerme, es demasiado tarde y ya me he arriesgado lo suficiente.

—Quiero cambiar las cosas en la ciudad, estoy reuniendo a un grupo de inmortales que persigan mí mismo sueño. —comenta intentando retenerme un poco más. Le he debido de gustar de verdad, nunca he conocido a alguien tan insistente.

—Piérdete...

Le esquivo con la suficiente avidez como para recurrir a mi naturaleza inmortal y emprender una carrera imperceptible para los humanos de Plaguen. Antes de que pueda alcanzarme, justo cuando giro la esquina, me teletransporto para aparecer directamente en mi habitación.

Abro el armario para buscar un vestido en condiciones, el que tengo huele a humo, está roto y ha perdido su utilidad.

Necesitaré de alguien con valmancia para darle una segunda vida.

Me quedo pensativa durante un momento, recuerdo los besos de Kaine, sus músculos tallados por la diosa y nuestros cuerpos ardiendo al mismo tiempo.

Termino de vestirme cuando siento un par de ojos clavados en mi nuca.

En cuanto me giro para mirar hacia la puerta se me congela la sangre.

Yleth Paquin me sonríe con su cabello rosa salmón cayendo en forma de cascada sobre sus hombros.

Las dudas afloran en mi piel y están a punto de incitarme a preguntar cuando las respuestas hablan por sí solas.

—Os dije que se escapaba de manera ilegal —pronuncia la que una vez fue mi amiga.

—Kathleen Strauss, quedas castigada por poner en peligro la integridad del Aquelarre del Cuervo. —La que habla es Minrash, una de las brujas madres, las otras dos aparecen a su lado—. Se te silenciará el poder de la teletransportación hasta nuevo aviso.

Las lágrimas se aglomeran en mis ojos y amenazan con salir, pero yo me resisto, jamás he llorado en público y hoy no lo voy a hacer.

La Tríada unen sus manos creando un lazo que proyecta un inmenso poder sobre mí, la magia del silencio, del sellado para que ciertos hechizos no se puedan utilizar.

No, para que no pueda utilizarlos yo. Ya no podré salir de la guarida, ya no podré escapar de la ansiedad, lo único que me queda es resignarme a esta condena con la esperanza de que algún día pueda recuperar mi libertad.