22
Me pasé las noches siguientes teletransportándome fuera de la guarida buscando a mi hermano por toda la ciudad, pero nunca lo encontré.
Nunca dejé de esforzarme en las clases con la bruja madre, incluso llegué a mejorar a pasos agigantados.
Hacerlo bien conllevaba más tiempo libre a modo de premio.
Así que me propuse no ser buena, conseguí ser excepcional.
Recorrí todas las calles de los barrios bajos y de los barrios altos de Plaguen.
Evité preguntar por Malik sabiendo que eso podría delatarme ante el aquelarre.
Así que cuando terminé con las zonas más corrientes empecé a frecuentar las más peligrosas.
Probé la cerveza de todas las posadas y tabernas, luego me pasé al vino y finalmente acabé bebiendo licores que mi paladar recibía con entusiasmo.
Una noche, como otra cualquiera, estoy practicando una de las innumerables pociones mientras las otras aprendices se preparan para los exámenes.
La receta necesita unos minutos de reposo, así que decido ir a por algo de comer.
Cuando regreso me encuentro a Yleth Paquin cogiendo uno de mis ingredientes para usarlo en su propia práctica.
—¡No te acerques a mis cosas! —protesto al ver como las pociones se desparraman por el suelo echando a perder todo mi esfuerzo.
—Relájate, Kathleen, que ha sido sin querer —Ella aprovecha la situación para mostrarse inocente frente a sus amigas.
—¡No, Yleth! Tu nunca haces nada sin querer.
Todas me miran como si fuera un monstruo, una enemiga de la que Paquin tiene que protegerlas.
Si estaba intentando no hacer las cosas mal para ganarme el favor de las otras aprendices, acababa de fracasar en mi misión.
Eso es lo que me lleva a coger mis cosas y encerrarme en mi habitación.
La frustración y la rabia se apoderan de mí mientras las lágrimas de la impotencia empapan las sábanas de mi cama.
A riesgo de que la ansiedad regrese, acabo huyendo de la guarida para calmar mi ira con la búsqueda imposible de mi hermano.
Pasan las horas sin una pista sobre su paradero, las primeras gotas de lluvia consiguen formar la idea de que Malik ha muerto. Estoy a punto de darlo todo por perdido, de rendirme en mi búsqueda cuando él aparece creando el caos en mi vida:
—¿Qué hace una vampira tan guapa en un lugar como este? —Kaine se sienta a mi lado, en la barra de la taberna, mientras un humano le sigue de cerca como un perrito fiel.
—Beber ¿no lo ves? —Soy tan borde como de costumbre, más aún cuando no quiero que nadie me haga perder el tiempo.
—¿Y te podemos acompañar?
—No soy la reina de la barra, así que haced lo que queráis.
Mi yo del pasado le mira con una sonrisa estúpida, la misma que pongo cuando alguien me atrae demasiado. Él se encarga de que el tabernero les sirva un par de jarras para que segundos después rellene la mía.
—Él es Lánar, es hijo de las tías de los stokers. Y yo me llamo Kaine.
—Ah, encantada. Me llamo Kathleen.
Ni siquiera le miro, solamente contemplo las burbujas de mi cerveza, estoy dudando si seguir bebiendo o regresar a la guarida.
Pero entonces siento un pinchazo en el pecho mientras pienso en Yleth, en la posible muerte de Malik y en el aspecto que debo de tener metida en ese antro.
Después le doy un buen trago a la jarra y todo se me pasa, al menos por el momento.
—¿No te parece gracioso? —Kaine me habla como si hubiera escuchado todo lo que dicen.
—El qué...
—Lánar está enamorado de una vampira y no le hace caso.
—Mira que bien...
—Y tú, ¿estás enamorada de alguien? —Coloca su mano sobre mi hombro y me mira con simpatía. Un gesto que no se aleja del deseo de aquellos que venían a visitarme al burdel.
—Creo que te estás confundiendo. —Antes de que las cosas empeoren, decido terminar con mi cerveza y marcharme de allí—. No nos conocemos de nada para que te tomes esas confianzas.
—Perdona, yo soy así, pero tienes razón. Te pido disculpas. —Él se coloca entre la puerta y yo—. Soy nuevo aquí y estoy intentando conseguir contactos. ¿Podemos ser amigos?
—Yo no tengo amigos.
—Pues genial, seré el primero.
Lo tengo tan cerca que el corazón me va a mil.
Estoy nerviosa, me tiemblan los labios y me entra calor.
No sé si es por el alcohol o porque Kaine es verdaderamente apuesto, pero con solo sentir la presión de su mirada sobre la mía me hace arder.
Ha pasado mucho tiempo desde que no mantengo relaciones sexuales, incluso creo que las llegué a aborrecer.
Cuando el placer se convierte en trabajo, el deseo acaba desapareciendo para siempre. Pero ahora parece que está regresando.
—¿Te tienes que ir? —Asiento con la cabeza y él muestra una sonrisa divertida—. Pues te acompañamos. ¡Vamos Lánar!
—Está bien...
No sé si acepto para que se calle o porque realmente no quiero estar sola.
Casi había olvidado relacionarme con otras personas que no fueran las brujas del aquelarre.
Algo que realmente me gustaba, el poder compartir algo más que lecciones.
En la guarida las anécdotas se terminan pronto, al ser tan jóvenes, las aprendices apenas tienen vivencias del pasado.
Así que lo único que podemos compartir son las historias de los libros que leemos o las fórmulas de los que nos tocan estudiar.
Así es como acabo caminando junto al vampiro y al humano mientras busco la manera de quitármelos de encima para teletransportarme a mi habitación.
—Dadme un momento, creo que he visto algo que le puede gustar a Sharis —Lánar se adelanta para entrar en una tienda de flores. Yo miro a Kaine intentando entender la situación.
—La vampira de la que está enamorada, se llama Sharis.
—Ah… —Me apoyo en la pared y miro hacia el cielo rezando para que no llueva, no quiero llegar empapada a la guarida.
—¿Dónde vives? —pregunta él de improvisto, lo hace apoyando su brazo muy cerca de mí.
—Muy lejos —respondo con frialdad, no quiero que piense que somos amigos por haber compartido una cerveza.
—Muy lejos, pero, ¿dónde?
Kaine se acerca lo suficiente como para que las puntas de nuestras narices casi se rocen.
Intento fulminarle con la mirada, darle una señal que le indique que no acepto lo que está haciendo, pero no puedo.
No con esa sonrisa que consigue derretirme.
Si alguna vez tuve una coraza de frialdad e indiferencia, ahora no había rastro de ella.
—Creo que es demasiado pronto para saberlo.
—¿Y si te beso? —Kaine se acerca un poco más, si cabe, provocando que sus labios prácticamente rocen los míos.
—¿Qué haces? ¿Eres un acosador?
—Me han llamado de muchas formas, pero nunca han dicho que soy un acosador. —Su aliento cosquillea con el mío mientras el deseo del contacto físico nace de mí con la misma insistencia que tiene la magia por ser utilizada—. ¿Quieres que sea tu acosador, Kath?
—No me llames así, solo mis amigos pueden llamarme Kath —Mis esfuerzos por liberarme de él son cada vez más patéticos.
—Entonces, ¿soy tu amigo?
—Ya te lo dije antes, yo no tengo amigos.
Soy yo la que le besa, la que se abalanza sobre sus labios de manera apresurada para iniciar un baile lleno de lujuria y deseo.
Antes de que pueda darme cuenta nuestras lenguas se entrelazan transmitiéndose mucho más que la saliva.
Eso es, en medio de nuestro salvajismo se dibuja la necesidad de quitarnos la ropa para fundirnos en una danza de cuerpos desnudos.
—¿Qué me he perdido? —Lánar aparece en el momento menos oportuno. En sus manos hay un ramo de flores rojas.