Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 21
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Pasado

Los días fueron transcurriendo después de la selección de prefectas de la Tríada del aquelarre.

Descubrí lo que significaba no tener tiempo para nada más que asistir a las formaciones de mi mentora.

En ocasiones estudiábamos fórmulas de alquimia lo suficientemente complejas como para provocar todo tipo de explosiones en el interior de la guarida.

Mis clases favoritas eran las de la magia de utilidad, el mayor regalo de haber sido elegida por la hechicería.

Y lo sigo pensando a día de hoy. Más allá de tener la capacidad para controlar dos o más mancias, el poder desbloquear habilidades con las que otros solo pueden soñar, es un privilegio que me hace sentir orgullosa de mi verdadera naturaleza.

Para practicar la levitación salíamos a los jardines de palacio, lo que me permitía respirar aire fresco, algo que agradeceré siempre.

La lectura mística fue sin duda mi gran descubrimiento.

Poder dejar que los libros me transmitieran su tinta para asimilar la información de golpe será siempre mi poder favorito.

No, miento, el teletransporte siempre será lo mejor.

Anya, la bruja madre, me enseñó a perfeccionar mi técnica llevándome por todo Plaguen para comprar las cosas que necesitábamos en la guarida.

Luego estaba la telekinesis, la meditación, la comunicación mental, la invocación de animales como sirvientes y un sinfín de hechizos de utilidad más.

Pero entonces me fui dando cuenta de que el resto de las aprendices se alejaban de mí.

Intenté buscar a Yleth para contarle todo lo que había aprendido, pero siempre me la encontraba rodeada de las demás y sin tiempo para mí.

Si una vez le prometí renunciar a ser prefecta por nuestra amistad, ella se había empeñado en arrebatarme todo lo demás.

El vínculo que nos unió se convirtió en un mero trámite laboral, un trato obligatorio por vivir en el mismo lugar.

Paquin se había ganado el cariño de todas las aprendices.

No la culpo, siempre había sido muy querida y su popularidad era algo que no hacía falta predecir para saber que algún día pasaría.

En medio del Aquelarre del Cuervo ella se forjó su propia familia.

Una en donde las risas y la hermandad estaban aseguradas. Todo lo que yo descubrí que necesitaba.

La bruja madre me había regalado el poder suficiente como para sustituirla en el futuro, pero a cambio había sacrificado todo lo que amaba antes de vivir en la guarida.

Cuando la hechicería te elige nadie te dice que la magia trae sacrificios y yo tuve que aprenderlo gracias a la ansiedad que me visitaba siempre en mis momentos de soledad.

Había dejado a mi hermano atrás por la promesa de los hechizos y los encantamientos.

Y aunque mantuviéramos el contacto durante todos estos años, de alguna manera sentía que nunca volvería a ser como antes.

Menos aún con la formación intensiva que había aceptado recibir, los estudios me habían hecho renunciar, también a teletransportarme de manera ilegal.

No quería violar ninguna norma, no, no podía, tenía mucho que repasar si quería alcanzar el nivel que estaban adquiriendo las otras dos prefectas.

Las Tríada se organizaban en turnos para las clases de las aprendices.

Cuando una de las tres brujas madres tenía que impartir una clase, su prefecta tenía el tiempo libre necesario para descansar.

Eso era lo que necesitábamos, desconectar del peso de las responsabilidades futuras.

Así como Calista se perdía en la biblioteca, Edana sí que era recibida con los brazos abiertos por las demás.

Pero yo no, y si alguien decidía intercambiar una palabra conmigo, Yleth se encargaba de recordarle que eso no estaba bien.

La ansiedad se sienta sobre mi cama mientras yo jugueteo con la mariposa de fuego que revolotea por mi habitación.

Entonces me empieza a doler el pecho, siento pinchazos en el corazón y me tiembla el pulso.

El hechizo de ashlaxmancia se desestabiliza y amenaza con echarme a arder cuando decido disiparlo.

De pronto los impulsos de mi mente se mezclan con la magia, siempre deseosa de ser utilizada.

Y antes de que pueda darme cuenta estoy saliendo por una callejuela para encaminarme por las calles de Plaguen.

—Aire fresco —comento con una sonrisa de oreja a oreja mientras dejo que la multitud que me rodea se piense que soy una vampira más.

Así es como me apresuro a mi antiguo hogar, un edificio humilde situado al otro lado de las Arañas , un negocio que se dedica a intercambiar viejas telas por monedas de oro u otros objetos cotidianos.

Se podría decir que gracias a las mujeres que lo regentan, la clase baja de Plaguen podemos tener prendas de ropa.

La casa de los Strauss me abre la puerta de la misma manera que lo recordaba, gracias a la llave situada debajo de una baldosa suelta en el primer peldaño. En cuanto entro se me dibuja una sonrisa en la cara. El olor a madera y jazmín se entremezcla en un abrazo de felicidad.

—¡Malik! ¡Ya estoy en casa! —grito corriendo por los pasillos, pero nadie me responde—. ¡Malik, no tengo mucho tiempo! ¿Dónde estás?

Lo único que encuentro es una carta en la mesa del salón, un papel escrito con elegancia y gusto. Podría haberme resistido a leerlo, pero a veces puedo llegar a ser tan enfermizamente curiosa como mi hermano, así que abro el sello y dejo que mis labios ahoguen un grito de sorpresa:

Querido señor Strauss:

Me complace comunicarle que ha sido seleccionado para unirse a nuestras filas. Pronto elegiremos a los nuevos generales y podremos llevar a cabo los entrenamientos para completar nuestra importante misión.

Si Illythia nos creó para ser inmortales, la corona no debería de ostentar todas las riquezas del reino. Las clases bajas de Plaguen no deberían de estar pasándolo tan mal mientras los nobles abusan de sus recursos.

La Orden de los Condenados le invita a la próxima reunión. Se hará donde siempre.

Atentamente, el Maestro.