19
—¿Crees que no nos encontrarán aquí? —Kaine señala una cabaña abandonada en mitad del bosque.
—Sabes con quién estás hablando, ¿verdad?
Mis palabras son precedidas por el movimiento de mis manos.
Primero chasqueo los dedos y una tiza mágica aparece entre ellos.
Después empiezo a dibujar runas en cada una de las paredes.
El olor a humedad es muy fuerte, por no hablar del moho y el musgo que se anida cerca de las ventanas.
Y luego está el sonido constante de las goteras del techo, una melodía que nos advierte de lo bien resguardados que vamos a estar aquí.
Desconozco el momento en el que el dueño se fue de esta casa, lo único que tengo claro es que, si no se ha derrumbado el techo ya, no lo va a hacer con nosotros dentro.
Apenas hay muebles, lo que hace de la estancia principal algo diáfano y espacioso.
Una mesa carcomida, un par de sillas inservibles y un sofá en cuyo interior deduzco que hay más vida que en mis venas.
Estoy sedienta, había olvidado la necesidad de alimentarme y llevo muchas horas sin probar una gota de sangre.
—Ahora somos invisibles para el resto. —pronuncio en cuanto se activan las runas de camuflaje. Después me flaquean las rodillas y me veo obligada a apoyarme en una de las columnas para no caerme—. Dejemos la puerta abierta, así podremos verlos si vienen.
—No vas a dejar que la bestia te domine, ¿no? Se supone que las brujas sois inmunes al hambre.
—Si no me devuelves los recuerdos la única bestia que te vas a encontrar es la de mi magia.
—Puedo salir a cazar, seré rápido y no me verán.
—Siéntate ahí y hazme tus truquitos, no tengo toda la eternidad —señalo el suelo junto al sofá roído.
Estoy furiosa, no sé si por la situación o por la sed atroz que reseca mis labios.
—Kath…
—No me llames así, no tenemos tanta confianza.
—Kathleen, estoy preocupado.
—¿Ah sí?
—Estás débil, si sigues utilizando tu magia lejos del foco de poder de tus maestras acabarás perdiendo todas las reservas de sangre que te quedan.
—No me hagas reír, Dynevor. —pronuncio su apellido de manera despectiva, como si fuera más un insulto que un privilegio—. ¿Te preocupa una bruja sin su aquelarre, pero no las vidas que arrebataste?
—Yo…
—¿Sabes qué? —Me acerco a él con pasos torpes y la mirada ida.
El hambre vampírica me hace parecer que estoy borracha—.
Debería entregarte a esos rebeldes, que te hagan pagar por haberles engañado.
Se supone que la Orden de los Condenados buscaba la liberación de los grilletes de las estirpes reales.
Y tú los utilizaste para empezar una guerra entre coronas.
¿Se te ocurrió solo o te lo dijo el trastornado de tu padre?
Ah espera, que el duque Treznor realmente era tu abuelo…
—No me dio ninguna opción, …
—Cállate, no quiero escucharte. —Extiendo mis dedos y utilizo manos de sombras para forzarle a sentarse de golpe en el suelo—. Utiliza la donmancia y devuélveme lo que me quitaste.
—¡Mírame! —grita mientras se quita la camiseta.
Por un momento pienso que me va a dar un vuelco al corazón.
Su cuerpo es perfecto, con los pectorales afeitados, los abdominales que susurran mi nombre y los brazos musculosos que pagaría porque me tomaran sin temor.
Pero no es eso lo que quiere enseñarme, Kaine se da la vuelta para mostrar una espalda llena de cicatrices.
No son los resquicios del golpe de un látigo o los moretones de una paliza, es algo mucho peor.
—¿Qué clase de ser le hace eso a su propia descendencia?
Mis ojos se abren de par en par para ver el paso del fuego sobre su piel, no, algo mucho peor.
Los vampiros tenemos la capacidad de regenerar las quemaduras producidas por el fuego corriente, incluso el de la ashlaxmancia, pero lo que ha firmado la espalda de Kaine es la caricia del sol.
Ese es el único elemento que no podemos sanar.
No existe ritual, hechizo o pócima con la capacidad para eliminar la ira diurna.
Esa es nuestra mayor debilidad, nuestra propia condena, nuestra maldición.
El poderoso sol creado por las tres diosas de Valhía, la estrella ígnea que sostiene la guadaña con la fuerza para exterminar nuestra especie. La verdadera razón de que el Antiguo descanse en los cimientos de Plaguen invocando una tormenta eterna para protegernos de la extinción.
—Uno obsesionado con cumplir una profecía que el mismo se ha inventado.
Y para ello necesitaba a un Dynevor puro.
—Sus palabras anteceden el recuerdo del sufrimiento—.
Yo, que nací del vientre de su propia hermana.
Podía transferir mi conciencia a otros inmortales, pero la última prueba fue la que determinaba si era digno de su legado…
—Sobrevivir al sol…
—Me encerró durante años en los calabozos de palacio. Me juró que no me alimentaría a no ser que encontrara al verdadero sucesor de su legado. Y al final lo hizo…
—Estevian…
—Estevian Ilia, se podría decir que es mi hermano menor… Por lo tanto, Seylah Cárpasot es mi hermana pequeña. Tres almas surgidas de una mente trastornada, de un delirio casi divino, de la propia locura.
Kaine me mira sin pena en su rostro. No se lamenta de quién es, ni se arrepiente de todo lo que ha vivido.
Su sufrimiento es un tatuaje que le va a acompañar en la noche eterna, un amigo fiel que le recuerda de donde ha venido.
No nos diferenciamos tanto, él tiene una cicatriz fiel y yo la Marca de la Bruja, mi cabello rojo fuego.
—Conseguir a su heredero significaba tener que enfrentarse a sus iguales. Los duques y duquesas de Pestet y Plaguen no aceptarían lo que había hecho…
—Fingir su muerte, convertir a sus hijas en meras adastas para conservar el poder de su estirpe…
—Más que eso. Treznor quería forjar el arma que lo situaría por encima del resto, por encima de Valhía. Un vampiro con el poder de caminar bajo el sol y la capacidad de subyugar al resto de razas…
—Pero los Dynevor no pueden controlar a los humanos o las sirenas…
—Sí, si los transforma en inmortales.
Nos quedamos en silencio mientras él se levanta para acercarse a mí. Puedo percibir los latidos acelerados de su corazón al otro lado de sus pectorales desnudos. Todo este tiempo no ha buscado mi perdón si no contarme su verdad.
—El duque loco sabía que sería complicado recuperar a Estevian y por eso decidió crear una amenaza. Si las coronas del Continente de la Banshee no accedían a su petición, soltaría la bomba que acabaría con la noche eterna, la ocultista.
—Seylah… —pronuncio en un suspiro.
—Una vampira bruja nacida de un vientre hechizado mediante la magia del Grimorio de los Muertos.
Una niña con la capacidad de explotar en luz solar.
El último ritual de la reliquia de Illythia, el que la mismísima diosa utilizaría si sus hijos volvieran a sucumbir.
El exterminio de todos los caídos de Valhía.
—¿Y por qué acabaste en la catedral? ¿Qué sentido tiene? —La vista me falla, me tengo que esforzar lo suficiente como para mantenerme en pie.
—Buscaba el perdón de nuestra diosa, ayudar a los más necesitados, redimir todo lo que había hecho…
—Qué idea más poco práctica…
—No había barcos que salieran del puerto con la plaga de las caribdis en alta mar.
Lo mejor hubiera sido ser juzgado por el propio sol, pero no era posible.
Sin otra opción, acabé vagando por el bosque hasta llegar a Torre Salamandra.
—Da un paso al frente y se sitúa tan cerca de mí que puedo percibir su aliento.
Un aroma cuyo rastro me conduce directamente a sus labios—.
Los sacerdotes me encontraron con un hilo de vida y me llevaron a la catedral.
Fue en ese momento en el que decidí volcarme en las plegarias.
—Hasta que llegué yo.
—Hasta que llegaste tú…
Cojo su cara entre mis manos y me acerco lo suficiente como para rozar mis labios con los suyos.
Kaine es como un conjunto de hechizos a los que no puedo resistirme, una pócima cuyo aroma me embelesa y me obliga a hacer todo tipo de tonterías, un ritual del que no puedo huir.
La sed de sangre me hace desvariar y me produce fuertes mareos.
No puedo perder el tiempo, menos aún distraerme con mi rival.
—Devuélveme los recuerdos y dejaré que te vayas a rezar.
—No quiero…
—¿Cómo dices? ¿Me estás retando, Dynevor?
—No quiero alejarme de ti, nunca más.
Nos quedamos mirándonos durante largos minutos, sin decir nada, sin movernos, solamente él y yo.
La tormenta azota el bosque del exterior y obliga a los árboles sacudir sus ramas con rabia.
Ha empezado a tronar, lo sé porque el primer relámpago resuena en la inmensidad de la noche eterna.
Digo el primero, porque el resto no los escucho, me es imposible cuando pierdo la consciencia y me desmayo sobre los brazos de Kaine.