Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 18
26%

18

La lluvia no nos limita a la hora de alquilar un caballo y cabalgar lejos del pueblo.

Me he tomado las molestias de escribirle una carta a mi hermano, una despedida agridulce decorada con la promesa de volvernos a ver.

Y me propongo cumplirla, quiero compartir más tiempo con Malik, conocer el hombre en el que se está convirtiendo.

Puede que a mi vuelta haya asentado esa cabeza y me presente a su prometida.

Espero que, al menos, en ese momento quiera hacer una ceremonia dirigida por el aquelarre.

Algo impensable para la gente de Torre Salamandra.

—Todavía me pregunto cómo has acabado en la catedral.

Me centro en azuzar al caballo para alejarme de la belleza que proyecta la imponente catedral. Pero no puedo, no con Kaine agarrado a mi cintura, no con ese contacto físico que me cosquillea en la piel y me incita a alargar el trayecto para que no termine nunca.

—¿De verdad quieres saberlo? —Él aprovecha cualquier situación para empezar una conversación. Como si eso fuera a llevarle al único perdón que ansía, el mío.

—No, no… pensaba en alto.

Y una mierda voy a darle a un traidor el placer de sentir que soy su aliada.

Quiero que le quede claro que está conmigo porque le necesito, le necesito precisamente porque por su culpa yo estoy incompleta.

O eso cree la magia, la misma que me regaló la Chispa para amargarme el resto de la existencia.

Solo espero que después de esto todo vaya a mejor, estoy cansada de las desgracias y las malas noticias.

Con Makabria conquistada por las otras estirpes, no hay rastro de enemigos en el frente.

—Mierda…

Lo he dicho demasiado pronto. Tres jinetes salen de la nada y nos persiguen con espadas en sus manos.

En otro momento me hubiera detenido a dialogar con ellos, pero ahora mismo lo único que puedo hacer es hechizar nuestra montura para que acelere el paso y los deje atrás.

No puedo dejar víctimas a mi paso, nada que provoque un nuevo conflicto entre los devotos a Santa Illythia y las brujas de Plaguen.

—¿Qué quieren? —protesto agitando mis dedos para que las runas de velocidad aparezcan en las herraduras del caballo—. ¿Son vampiros? Hazles retroceder.

—No pienso utilizar mi don —Lo deja bien claro.

—¿Enserio, Kaine? No hace falta que te hagas el plañidero ahora. Necesito que me ayudes a dejarlos atrás.

—Están demasiado lejos para la donmancia.

—El don Dynevor… ¡Maldita sea!

—Joder, pero solo porque me lo pides tú.

—Cierra el pico y hazlo.

—Agárrame fuerte, cuando salga de mi cuerpo, perderé la fuerza. Intenta que no me rasguñe mi cara bonita.

—Vete a la mierda.

Todo pasa de manera repentina. Percibo el poder del stoker como una sacudida de viento invisible.

A diferencia del uso de las mancias, el don que nace en todos los vampiros con sangre real es algo inusual y lleno de caos.

Para las brujas comunes es complicado percibir cuando un heredero de la corona utiliza sus talentos.

Nunca me he dado cuenta de cómo Estevian Ilia cazaba mis mentiras con facilidad, al final aprendí a no mentirle.

Pero para las miembros de la Tríada todo cobra un sentido diferente.

Escucho susurros que provienen de todos lados y de ninguno a la vez, a diferencia de las palabras del viento, que oigo cuando la magia me habla, estos son más graves.

Un eco de poder primogénito, el legado prestado del Antiguo.

Eso es lo que son los vampiros de sangre real, individuos con un poder que nuestro antepasado les ha prestado para volver a arrebatárselo cuando llegue el momento, cuando el primer hijo de la diosa drene la vida de la realeza inmortal de Valhía.

Tengo que utilizar mi telekinesis para que el cuerpo de Kaine no se desmorone del caballo.

Mantengo el hechizo durante unos minutos mientras él hace lo que sea que hacen los Dynevor cuando utilizan su traspaso de conciencia.

Sé cuándo regresa a su cascarón porque se despierta de golpe y se agarra con fuerza a mi cintura.

Por desgracia nuestros perseguidores siguen galopando hacia nosotros.

—¿Qué ha pasado?

—No son vampiros. —pronuncia jadeante, el proceso le ha dejado agotado—. Humanos, son humanos y llevan el emblema de la Orden de los Condenados.

—¿El emblema de la Orden? —No doy crédito a lo que estoy escuchando—. ¿Sigue habiendo rebeldes?

—Los que consiguieron huir durante el ataque y me temo que no van a parar hasta dar con nosotros… conmigo.

—¡Buscan al Maestro que les abandonó!

—¿Y cómo han sabido que era yo?

—Alguien debió de identificarte. —Azuzo al caballo de nuevo para evitar que los rebeldes nos alcancen—. ¡Arre, más rápido!

Pero el animal no me responde, al contrario, empieza a bajar el ritmo mientras saca la lengua, agotado. Cierro los ojos comprendiendo que no es una montura entrenada para la carrera, es un corcel preparado para las rutas largas.

—Sujeta las riendas. —le ordeno antes de que puedan alcanzarnos—. Mantente cerca.

—¿Qué? ¿Qué vas a hacer, Kath?

—¿Tú qué crees? Magia.

En el instante en el que Kaine coge las riendas del corcel, yo comienzo a levitar.

No exactamente, dejo que la oscuridad me envuelva bajo la tormenta y me eleve por encima del suelo.

En un abrir y cerrar de ojos me convierto en una criatura de sombras, una mezcla entre animal y persona.

Me concentro en que las monturas de los enemigos perciban el terror, en cuanto lo hacen gritan y se dan la vuelta para huir de mí.

A los pocos segundos vuelvo junto al stoker y me coloco a su espalda.

Esta vez soy yo la que se agarra a su cintura.

—Eso bastará para darnos tiempo.

—Ha sido espectacular.

Ignoro por completo sus alabanzas, ni una sola muestra de cariño, ni una sonrisa.

—Sal del camino, si seguimos la ruta nos encontrarán —le digo.

Así lo hace, nos desviamos del paso principal para recorrer el bosque cuyos árboles entorpecen nuestra huida. La frondosidad crece cuanto más profundo nos adentramos, hasta que al final el caballo se detiene en seco.

—No está entrenado para esto. —apunta Kaine mientras se desmonta del animal.

Después extiende su brazo para ayudarme a bajar, pero yo le rechazo, me bajo de un salto y me atuso el cabello.

—Libérale, que vuelva a las cuadras.

Y de nuevo hace lo que le pido, acepta mi actitud y suelta las riendas del corcel para que este galope despavorido retrocediendo sobre sus cascos. El muy maldito no estaba cansado, solo sabía que estaba demasiado lejos de casa y quería regresar. De otra manera no podría explicármelo.