16
Pasado
Los pasillos de la guarida están a rebosar de brujas novatas, todas, en su totalidad, con edades cercanas, en mayor o menor medida, a la adolescencia.
En ausencia de la niebla, todos son rostros conocidos y colores de pelo llamativos.
Hay chicas con tonos lilas, azules y rubios en sus cabellos.
También abundan las pelirrojas, suelen ser tonos anaranjados y naturales, sin duda la única con el rojo fuego en sus rizos soy yo.
Aunque hay otra bruja que resalta en la multitud, una cuyos filamentos rosas salmón suavizan los colores oscuros de nuestros vestidos.
Su nombre resuena en boca de todas y ella no deja de sonreír sabiendo que es querida y popular:
—Yleth Paquin, ¿quieres demostrarles a tus compañeras como se hace una correcta mezcla de la pócima sonámbula?
La madre Anya mantiene su trenza platina por encima de su hombro. Su voz es tranquila y con el poder suficiente como para hacer que todas olvidemos nuestras preocupaciones y que nos concentremos en escucharla.
—Hay que machacar bien las flores de medianoche para dejar que sus estambres se liberen del encantamiento que consigue que haya ciclos lunares en sus pétalos.
—Ella habla con orgullo haciendo florituras con sus manos—.
Se hierve a fuego lento junto a la cáscara de las nueces, sin frutos, y un toque de hierva duermevela.
—Tomad nota, chicas, realizaréis un examen de alquimia en los próximos días.
Las presentes ahogan un grito de sorpresa desde los pupitres dispuestos por toda la estancia. Todas nos miran preocupadas, tanto Yleth como yo somos las más mayores y eso significa cargar con el peso de la responsabilidad.
—Tranquilas. —Me levanto de un salto, coloco mis brazos en jarra y les dedico mi mejor sonrisa—. Os ayudaremos con las recetas más complejas, ¿a qué si, cielo?
—Haremos repasos después de la clase de herbología —secunda mi amiga aliviando al resto.
Los recuerdos del pasado amueblan una de las habitaciones olvidadas de mi mente. Las imágenes transcurren a gran velocidad hasta el punto en el que todo cambió. En un abrir y cerrar de ojos todas las brujas novatas rodean a la Tríada mientras ellas pretenden anunciar a sus elegidas.
—Os pediríamos que cuando seáis nombradas nos acompañéis a nuestros despachos para informaros del nuevo calendario de estudio.
—Que nervios ¿verdad? —me susurra Yleth. Su mano se mantiene entrelazada con la mía.
—Tranquila, cielo. Te van a escoger, eres buenísima en el combate y tu alquimia es insuperable. —Yo simplemente me preocupo de apartar el cabello de su cara—. Ya verás como eres la primera en ser nombrada.
—No sé si quiero… —Su voz es un murmullo lleno de dudas—. Si nos eligen a una de las dos no nos veremos a menudo.
—Solo durante las horas de descanso. —Una sonrisa picaresca se dibuja en mi rostro. Me aseguro de que nadie me escucha para poder añadir—. Y si no siempre podemos huir a las calles de la ciudad. Conozco una posada que tiene el mejor vino.
—Sshhh, Kath… —se queja completamente sonrojada. Me clava su mirada, una cascada de color azul que amenaza con desbordarse si las emociones son demasiado fuertes—. Yo creo que renunciaría…
—Yo seguro que sí. Paso de tantas responsabilidades. —Suspiro, envuelvo su mano con las mías y pronuncio decidida—. Si me escogen como prefecta te delegaré el cargo, prometido.
Entonces ocurre, las brujas madres van escogiendo a las prefectas para formarlas en el liderazgo del Aquelarre del Cuervo.
La primera en hablar es Daidra, especializada en las premoniciones y la magia protectora.
Sus gafas redondeadas nos van enfocando una a una hasta que se detiene frente a la bruja de piel más oscura.
—Calista Balanta, de las Islas del Sur, da un paso al frente —Las otras aprendices se abren en corrillo para dejar pasar a la elegida.
Cali nunca ha sido conocida por ser una chica habladora o agradable, al contrario, siempre está perdida en sus estudios y tiende a no relacionarse con el resto.
Por eso algunas de mis hermanas tuercen su gesto extrañado cuando ven que alguien que resalta tan poco sea escogida como prefecta de Daidra.
Minrash empieza a hablar y nos vemos obligadas a prestarle atención.
Ya no por simple educación, sino porque de todas las brujas madres ella es la que peor humor tiene.
Recuerdo una vez durante una de sus clases, las hormonas nos tenían alteradas y éramos incapaces de mantenernos quietas.
Con solo un chasquido de sus dedos nos dejó completamente mudas y mantuvo su hechizo activo durante una semana.
Fue horroroso. Tuvimos que comunicarnos mediante cartas y notas de papel, yo incluso llegué a pensar que jamás nos devolvería la voz.
—Edana Owen, de Ninfa Oscura, da un paso al frente.
Así como con Calista no hubo casi celebración, con Edana todas rompemos en aplausos. La bruja de hielo nos hace una pequeña reverencia antes de avanzar y colocarse junto a su maestra.
—Ahora anunciaré a mi prefecta.
En el momento en el que Anya habla, Yleth me mira despreocupada. Si no hemos sido elegidas por las otras brujas madres, cabe una pequeña posibilidad de que esta tampoco nos nombre.
Se hace el silencio, uno con más intenciones de querer acabar con esta incertidumbre que de saber el resultado de la decisión.
Mi mente planea la manera de llevarme a Yleth a una de mis excursiones ilegales.
Las aprendices del aquelarre no tenemos permitido salir de la guarida, menos aún sin la túnica que oculta nuestra identidad.
Una norma que se me antoja sumamente estúpida.
«¿Para qué tenemos el poder de teletransportarnos si no podemos disfrutar de la libertad?»
Así fue como tomé la mala costumbre de escabullirme en secreto.
A Malik y a mí no nos quedaba nadie más en el mundo, y aunque la hechicería me hubiera elegido, jamás iba a abandonar a mi hermano.
Por eso nos veíamos en las diferentes posadas, nos poníamos al día y nos prometíamos volver a brindar juntos.
La sala estalla en aplausos sin darme pie a enterarme de todo lo que está pasando.
No soy consciente de que he sido la elegida por la bruja madre hasta que las otras aprendices forman un pasillo para que me dirija al centro.
Mi corazón da un vuelco cuando veo todas las sonrisas que se dirigen a mí, todas menos una.
Yleth está apenada, dolida, pero con la esperanza de que respete la promesa que le he hecho hace apenas unos minutos.
—Kathleen Strauss, por favor, acércate —repite Anya captando toda mi atención.
Pero yo no me muevo, antes que una bruja soy leal a mis amigas y Paquin ha estado a mi lado desde que llegué aquí.
La Tríada siempre admitió que éramos algo así como brujas gemelas, un fenómeno poco común que solo se da una vez cada cinco milenios.
Brujas gemelas, chicas elegidas por la hechicería en la misma décima de segundo.
Yleth es más que una hermana, es como el reflejo de mi magia.
Estoy a punto de negarme en rotundo a ser la prefecta de la madre de la alquimia cuando siento un pinchazo en la cabeza. Una fuerte migraña que atraviesa mi carne para llegar a mi mente. Una tortura insoportable que me impide pensar en otra cosa que no sea en ceder ante el dolor.
La magia me regala una visión que no comprendía en ese momento.
Si mi yo del presente no estuviera acudiendo a mi pasado no tendría las herramientas para descifrar las encrucijadas de la hechicería.
Porque sí, porque funciona de esta forma.
La xuthmancia, presente en todas las brujas como una base de magia y conocimiento, siempre nos regala premoniciones que rara vez sabemos interpretar.
Incluso habrá inmortales que se han rendido antes de comprender muchas de las cosas que han visto a lo largo de su vida. Pero ahora lo sé.
Veo la Guerra de las Estirpes, la lucha contra el duque Treznor y la victoria que la nueva Tríada conseguiríamos unidas.
No, no solo eso, veo al ser alado, el ángel destructor que amenaza el equilibrio de Valhía.
En todas esas visiones siempre estoy junto a Calista y Edana.
Soy yo la que une el poder de las tres, la que sostiene los cimientos que evitan que el Aquelarre del Cuervo se desmorone.
Soy yo y nadie más. Pero hay algo extraño en todo esto, de las tres, soy la única que puede caminar bajo el sol.
—Acepto —pronuncio con claridad mientras avanzo hacia el centro de la sala.
Aún sin comprender el peso de las visiones soy consciente de que debo hacerlo. Y sin saberlo hundo a Yleth en la oscuridad de la traición. Sin saberlo convierto nuestra amistad en un sinfín de cristales rotos, fragmentos afilados cuya caricia puede abrir heridas que nunca sanan.