Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 15
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Donmancia, la magia de la mente, el poder de interferir en los pensamientos ajenos.

El simple hecho de poder acceder a una de las trece mancias no te convierte en una bruja, muchos vampiros de Valhía pueden aprender a hacer magia si se lo proponen.

Aunque ese esfuerzo es mucho mayor para ellos que para aquellas que hemos sido elegidas por la hechicería.

Así como en las Tierras Doradas existen los magos que se especializan en el dominio de los cuatro elementos y otros tipos de poder vinculados al influjo del sol.

En el Continente de la Banshee existen individuos con la facilidad de realizar hazañas sencillas.

Como la familia del consejero Luther Ashlax, que son entrenados desde pequeños en los hechizos de fuego.

O incluso el propio Estevian Ilia que es capaz encantar sus armas con la antimagia para combatir.

Por eso no es raro que algunas brujas se hayan camuflado en la sociedad inmortal de la noche eterna.

Así como Yleth finge ser una nolmante, otras reprimen todos los poderes del aquelarre para mantener una vida aparentemente normal.

Yo no podría hacerlo, no podría rechazar regalos como el levitar, la telekinesis, la meditación o el teletransporte.

Todo eso forma parte de mí tanto como lo hace mi corazón.

Es una bandera que esgrimo sin dudas, no solo por todos los logros que he conseguido, también es una manera de honrar a todas aquellas que se han cubierto con la niebla alguna vez.

La lluvia empapa mi cabello y se desliza por mi rostro.

La suerte de tener el pelo muy rizado es que no parece que estoy empapada hasta que el agua llega a mi ropa interior.

Podría refugiarme en alguno de los establecimientos cercanos, y estoy resistiéndome a no entrar en el Antiguo Sonriente a tomar una taza de té caliente, pero tengo que quedarme aquí.

La salamandra gigante de piedra me mira desde lo alto de la torre de la catedral.

Sé que me está juzgando, lo único que le falta es llamarme estúpida.

Pero eso significaría que me he vuelto completamente loca y hablo con las estatuas.

Extrañamente ese es uno de los poderes que las brujas no disponemos.

—Me la ha vuelto a jugar…

Y justo cuando estoy a punto de marcharme le veo salir por la puerta de la catedral.

Me quedo hipnotizada con su forma de caminar, Kaine prescinde de su túnica y la ropa de calle le queda perfecta.

La lluvia provoca que la camisa negra se adhiera a su piel haciendo resaltar la presencia de sus poderosos pectorales.

Luego están sus pantalones, que se ajustan a su figura resaltando la forma de sus nalgas.

Las botas de cuero simplemente complementan su vestimenta.

—¿Qué hace una vampira tan guapa en un lugar como este?

Sus palabras son precedidas por una sonrisa torcida, la curvatura de sus labios me derrite mientras su saludo evoca el momento en el que le conocí. La primera vez que escuché su voz, que le vi y que decidí que iba a ser mi perdición.

—Date prisa y no me hagas perder el tiempo.

Me resisto a sonar agradable. Por mucho que el rencor forme una armadura alrededor de mí cuerpo, al otro lado de la coraza hay una mujer ansiosa por inmolarse. Estamos a punto de entrar en la posada cuando él me detiene:

—No, vayamos a un sitio más tranquilo. Cuanto menos ruido haya, más probabilidades de que esto salga bien.

—Sorpréndeme…

—La catedral era mi hogar, no conozco a nadie de por aquí.

Pongo los ojos en blanco, suspiro y tomo una de las decisiones más importantes de mi existencia.

—Sígueme, vuelve a traicionarme y te prometo la peor de las torturas.

Kaine me sigue en silencio sabiendo que cualquier cosa que diga es una invitación directa a una vida llena de pesadillas.

Caminamos bajo la intensa lluvia mientras el sonido de la tormenta acalla nuestros pasos.

No hay nadie por las calles de Torre Salamandra, es como si todos supieran que estoy aquí y pretendieran ignorarme por ser simplemente una bruja.

Eso o es que la gente del pueblo no quiere, enfrentarse al lamento de su diosa.

—Es aquí —digo abriendo la puerta de la casa de mi hermano.

Justo cuando entramos, la catedral da su tercera campanada.

—¿Estamos entrando en una casa ajena?

—¿Estás ciego? No ves que tengo la llave. —Me aparto para dejarle pasar, después improviso una pequeña mentira—. Es un alquiler temporal, el dueño regresará en una hora. Date prisa.

No hay tiempo para largas conversaciones, menos aún para la infinidad de preguntas que quiero hacerle. Por primera vez desde que me convertí en parte de la Tríada, me priorizo a mí por encima de los demás. Necesito recuperar mis recuerdos, completarme para superar el acertijo del templo.

—Si intentas utilizar el don de tu estirpe conmigo prometo que te convertiré en una rana.

—Es una buena opción.

—Kaine…

—Vale, perdona. —Entonces suspira y adquiere una tonalidad más seria—. Me juré a mí mismo no volver a utilizar el poder de los Dynevor. Esto será solo donmancia, prometido.

—Sí, ya… tu palabra tiene poca validez para mí.

—Te lo debo.

Nos quedamos en silencio mientras nos sentamos en el suelo de mi habitación. Kaine me hace indicaciones con las manos para que me relaje, mueve sus manos a un ritmo relajado. Pero no me relajo, al contrario, me centro en él, en su aroma a incienso y vela quemada. Solo así consigo mantener la calma.

—Ahora entraré en tu mente y rasgaré los resquicios de tu pasado. —Sus ojos se encienden rojos—. Escucha mi voz y síguela hasta el principio de todo.