Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 14
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Me deslizo por debajo de su túnica, repto a través de su pierna para recorrer su pantalón de una manera sutil, como la cazadora que acecha a su presa antes de abalanzarse sobre ella.

Me cuelo en el interior de su camisa y recorro cada milímetro de su palidez.

Acaricio sus abdominales, juego con la forma de su torso y recuerdo el deseo que me producía.

Su piel se eriza sin poder identificar el cosquilleo que siente por todo su cuerpo.

De pronto el cántico de los sacerdotes se detiene y yo me veo obligada a quedarme completamente inmóvil.

—Amén —se despiden instantes antes de abandonar el ala destinada a su canción.

Pero Kaine Dynevor no se mueve, al contrario, se queda completamente petrificado mientras los latidos de su corazón se convierten en una percusión nerviosa y aterrada.

En el momento en el que se queda solo se dirige a la puerta con las nubes y la cierra por dentro para que nadie puede entrar. Sin saberlo me acaba de hacer un favor.

—¿Quién eres? —pregunta siendo consciente de mi presencia.

Sería más fácil regresar a mi forma corpórea, arrinconarle e interrogarle acerca de todas las dudas que me asolan. Pero no puedo ser pacífica, no sabiendo todo lo que ha causado durante la Guerra de las Estirpes.

Él ha sido el culpable de la muerte de hombres y mujeres leales a la corona de oro negro y rubíes.

El asesino de vampiros y ghouls dispuestos a todo por proteger a sus líderes.

Más que eso, Kaine es el culpable de haberle arrebatado la vida al padre de los nuevos stokers.

La magia que habita mi interior se moldea con la ira y el rencor provocando que mi cuerpo de sombras se convierta en una mano con la única intención de aferrarse al pecho del inmortal para acabar con él.

—Asesino… —La voz que surge de mí es un conjunto de susurros fantasmagóricos que se anidan sobre su piel—. Tú mataste al duque Darius Cárpasot y por eso debes ser castigado.

La mano de oscuridad se tornan en las garras de un monstruo.

Presiono el torso del vampiro provocando que las primeras gotas de sangre se deslicen por su piel.

Podría llegar a su corazón con suma facilidad, arrancárselo de cuajo y pisotearlo con mis botas de tacón.

Pero no quiero, necesito saborear el momento de haber atrapado al hombre que ha estado jugando conmigo todo este tiempo.

—Asesino de reyes, Plaguen exige saldar su deuda.

—Hazlo. —Sus labios se mueven con decisión. Más que una provocación o una mofa suena como una súplica—. Haz lo que no he tenido el valor de hacer. Mátame, acaba con mi sufrimiento. Entrégale mi corazón a la duquesa Amari, cumple con tu misión.

Me quedo completamente paralizada, a pesar de no disponer del don de percibir las mentiras sé a ciencia cierta que él está diciendo la verdad.

Las garras de sombra se disipan obligándome a salir disparada desde su ropa.

Recupero mi forma física para encontrarme cara a cara con el inmortal que ha jugado con mi mente durante tanto tiempo.

Una gota de sangre se ha quedado impregnada en mis labios durante el proceso, justo cuando estoy a punto de limpiármela todo cobra sentido.

—Kathleen. —Veo sus labios vocalizando mi nombre, pero lo que escucho es el graznido del cuervo de mis visiones—. ¿Kath eres tú?

Entonces lo veo, el sueño que tuve en el ataúd se repite en una fracción de segundo. Ahí está la catedral de Torre Salamandra y el ave clamando mi nombre. Pero después todo cambia, en un parpadeo el animal toma la forma de Kaine con la túnica del credo a Santa Illythia.

—Has sido tú todo este tiempo… —No separo la mirada de él en ningún momento, estoy lista para utilizar mi magia si decide atacarme. No lo hace, al contrario, esboza una sonrisa que me resulta extrañamente familiar. Y lo peor de todo es que me gusta—. El cuervo que tiene algo que me pertenece.

—¿Has venido a matarme? —Ignora por completo todo lo que digo. Se limita a abrir sus brazos en cruz, alzar el mentón y cerrar los ojos—. Al menos he podido verte por última vez.

El sonido del tortazo se propaga por toda la catedral en forma de un golpe cuyo impacto se convierte en un eco eterno.

No he podido remediarlo, no he podido controlar la rabia.

A pesar de que mi mano se haya quedado marcada en la cara de Kaine, y que me pique la palma como si hubiera cogido un ramo de ortigas, siento cierto alivio.

—Me lo merezco.

—Deja de hacer eso. —protesto con los colmillos extendidos—. Deja de lamentarte de ti mismo. Eres ridículo.

—¿Cómo quieres hacerlo?

—¿El qué? —giro el rostro en una mueca de extrañeza.

—El matarme, el castigarme por todo lo que he hecho, por todas las vidas que he quitado.

—No voy a matarte, Kaine. —Es él ahora el que me mira sorprendido—. No hay mayor castigo que cargar con el peso de tus actos.

Nos quedamos en silencio durante largos minutos.

Nuestras miradas se clavan como si alguien nos hubiera paralizado.

Cuanto más lo observo más recuerdos intentan aflorar en el interior de mi mente, pero no pueden.

Aun así, su simple presencia me estremece todo el cuerpo.

Negar lo que siento por él es una lucha que he perdido de antemano.

Por mucho que haya jugado con mi mente no ha podido borrar las sensaciones de mi cuerpo.

De pronto me apetece acariciar su mandíbula apretada, sacudir su cabello corto del color de la noche eterna y besar sus labios.

Pierdo la noción del tiempo en el preciso instante en el que accedo al jardín de sus ojos verdes en ausencia del fulgor carmesí, un paisaje bien cuidado y lleno de flores.

Es en ese momento en el que me doy cuenta de que he estado tumbada en ese verde durante más horas de las que podría contar.

—¿A qué has venido? —Sus manos se mueven solas, se colocan sobre mis hombros con aires de preocupación—. Si el Aquelarre del Cuervo no viene a castigarme, ¿por qué estás aquí?

Por un momento me quedo sin aliento, si necesitara respirar seguramente estaría sufriendo por mis pulmones.

Por mucho que desee seguir sintiendo el tacto de su fría piel consigo tener la entereza para dar un paso hacia atrás.

Me percato de cómo sus dedos se cierran anhelando el contacto físico.

No le culpo, solo la diosa sabe que si no me abalanzo sobre él es por pura cabezonería.

No puedo permitirme flaquear, no ahora que le he encontrado y tengo el poder suficiente como para resistir sus hechizos.

—La magia me ha guiado hasta ti. —respondo con soberbia sin apagar el fulgor rojo de mi mirada. Quiero que sepa que no voy a volver a bajar la guardia, ya no. No, porque si lo haría sería mi perdición—. Tienes algo que me pertenece.

—¿Yo? Mírame, lo he perdido todo. —Sacude las mangas de la túnica que oculta un cuerpo esculpido por la misma Santa Illythia. Aunque no tengo claro cuál de sus veinte aspectos se ha perdido en la perfección de los detalles—. Tómalo todo, daría mi vida por compensar todo el daño que te he hecho.

Sus palabras provocan que titubee, por un momento estoy a punto de bajar la guardia cuando encajo las piezas de un puzle invisible.

De pronto todo cobra sentido, los susurros del templo se referían a que estoy incompleta como bruja, sin mi pasado no soy digna de afrontar las encrucijadas de mi futuro.

Por eso Yleth no escuchó nada, tiene que ser eso, porque ella no se ha perdido en el pozo del olvido.

—Devuélveme mis recuerdos. —digo con seguridad dando un paso al frente—. Utiliza la donmancia para devolverme lo que me has robado.