Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 13
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Entro en la catedral fingiendo ser una devota de la religión que aquí se procesa. Y no es que no crea en Santa Ilythia, para mí ella ha estado presente durante toda mi vida, es solo que no me hago cortes en la espalda en su nombre o la priorizo por encima de mi misma. Eso nunca.

El interior del edificio me deja completamente obnubilada.

Si los sacerdotes se plantearan utilizar su lugar de culto como un hogar para los más necesitados podrían refugiar a Torre Salamandra, Orio y Ninfa Oscura sin ningún tipo de esfuerzo.

Las columnas sostienen un techo que se eleva hasta el infinito.

Varias siluetas mudas se sitúan en cada esquina coronando la gran arquitectura del lugar.

De todas las construcciones de culto a la diosa de la noche eterna, la catedral es la única que la representa como una mujer hermosa de grandes alas de murciélago.

Soy conocedora de que en el resto solo hay murciélagos y zorros nocturnos de piedra que hacen honor a los querubines de la deidad.

Si mezclas ambos conceptos, ángel oscuro y murciélagos, surge la idea de los cuervos, y el aquelarre que protege Plaguen.

Un cántico de los sacerdotes se propaga por cada uno de los pasillos que recorre la basílica con complejo de castillo.

Aquellos que diseñaron los planes del edificio supieron aprovechar cada uno de sus centímetros para conseguir que las voces golpeen las paredes consiguiendo que no se sepa de dónde vienen.

Hay arcos con barrotes de acero y puertas de metal cuyo único cometido es diferenciar las zonas de rezo.

No es que haya mucha gente, pero la catedral dispone de una veintena de estancias que representan los pasajes de la biblia vampírica.

Espacios donde los devotos le dedican sus plegarias a los veinte aspectos de la diosa.

Los primeros guardan estatuas de Santa Illythia en su forma más pacífica y protectora, mientras que los últimos muestran a la deidad desquiciada y rabiosa.

En resumen, depende de lo que necesites en tu día a día le rezas a una inmortal con manzanas y rosas o a una con garras y colmillos.

—Sacarán a la Piedad durante la festividad. —apunta una mujer que camina junto a su pareja por el interior de la catedral—. Sus cofrades cargarán con ella durante doce horas, ya que es el décimo segundo aspecto de la diosa.

—Es un gran esfuerzo, aunque nada comparado con los que sacan a la Ascensión, que es la representación número veinte. —le responde el hombre con orgullo—. Espero que nuestras peticiones se cumplan este año.

—Amén —pronuncian a coro y casi lo hacen mirándome como si esperaran algún tipo de respuesta.

Me veo obligada a responderles de la misma manera.

—Amén.

Sigo caminando, paseo desapercibida junto a los otros devotos.

Busco a los sacerdotes con una desesperación muy bien disimulada.

Los minutos se convierten en horas cuando termino de recorrer los pasillos de la catedral sin dar con aquellos que portan el cuervo en sus túnicas.

Si tengo que encontrar a esa dichosa ave no puede ser de otra manera.

La gente se va parando en las diferentes estatuas de la diosa mientras murmullan todo lo que le transmite.

No puedo evitar pensar que para ellos es como elegir a su guerrera para una competición mortal que se llevará a cabo de manera silenciosa.

Cada Illythia es como una mujer totalmente diferente a la cual pedirle un deseo, desde amor hasta venganza.

No es raro ver que la gran mayoría se detiene frente a la diosa más enfurecida, el ataque de la Orden de los Condenados también llegó hasta Torre Salamandra, con ello la crisis del frenesí.

Como bien predican los sacerdotes, la sangre llama a la sangre.

—¿Dónde estáis? —digo para mí misma afinando el oído cuando paso frente a las puertas que se sitúan en la parte central del edificio—. ¿Desde dónde entonáis vuestro cántico de sirena?

No sé si es por la magia que recorre mi cuerpo o por la sensación de estar dando palos de ciego, pero finalmente decido recurrir a mi naturaleza.

Llevo a cabo mi mejor actuación, me arrodillo en uno de los bancos dispuestos para ello y uno mis manos frente a mis labios.

Con los ojos cerrados, y asegurándome que el fulgor rojo permanece bien escondido, susurro un encantamiento que agudiza todos mis sentidos.

Lo primero que percibo es el fuerte aroma a incienso y velas consumidas.

Un perfume que cosquillea en mi nariz y me incita a estornudar.

Consigo soportar cualquier cosa que me haga llamar la atención, es una lucha encarnizada entre yo y una amalgama de sensaciones que se proponen arruinarme el plan.

Las arcadas sacuden mi garganta cuando saboreo el rastro de la sangre de los humanos que rezan obstinados.

Si fuera solo eso no habría ningún problema, pero muchos de ellos han empezado a celebrar la temporada religiosa antes de tiempo.

Lo sé porque el vino y el alcohol serpentean en mi lengua con la intención de transmitirme una embriaguez que no deseo.

Después viene el tacto, con solo una caricia puedo diferenciar cada una de las muescas del banco de madera. Un detalle que me susurra el trabajo que ha tenido el carpintero que lo ha elaborado. Ignoro el sentido de la vista porque mantengo los ojos cerrados. Al final llega el oído.

La melodía de la canción de los sacerdotes se transforma en un hilo invisible que puedo perseguir.

Lo percibo reverberando en las alas de los zorros nocturnos situados en cada una de las esquinas.

El sonido aprovecha la curvatura de las criaturas para propagarse infinitamente.

Es entonces cuando me doy cuenta de que el cántico surge de pequeñas aperturas situadas en una de las salas centrales.

Disipo el encantamiento, abro los ojos sin rastro del carmesí en ellos y camino con elegancia como si hubiera dado por finalizada mi plegaria diaria.

Los devotos me dedican sonrisas cuando me ven salir de una de las salitas dedicadas a la diosa, creo que era la décimo quinta, algo que para mí carece de sentido.

Me dirijo hacia la puerta de acero con murciélagos grabados en sus filigranas.

Me aseguro de que nadie me está mirando, acaricio el pomo entre mis manos y entro.

O al menos lo intento, porque me doy cuenta de que está candada y que es un lugar reservado para los sacerdotes.

Pongo los ojos en blanco, suspiro y sacudo suavemente mis dedos para hacer que unas ganzúas de akathmancia abran la cerradura oculta en el interior.

En el momento en el que salgo de los pasillos dejo que las sombras me cubran como un manto de camuflaje y secretos.

Más que eso, pierdo la forma física para adquirir una más abstracta.

Mi cuerpo se desliza por el suelo dejando un rastro que se evapora en cuestión de segundos.

Soy un insecto insignificante, una serpiente camuflada en la guarida de su presa, un ratón que consigue pasar completamente desapercibido.

No, soy una bruja recurriendo a sus mancias para ocultar su presencia a ojos de los más curiosos.

No me hace falta deslizarme por el suelo, porque puedo pegarme a las paredes y al techo gracias a las leyes de la gravedad inexistentes para mí en esta forma.

Asciendo a través de las escaleras que me conducen hasta el coro de los sacerdotes.

Aprovecho las sombras que proyectan las luces de las velas para volverme completamente invisible.

Cruzo otra puerta, esta de madera tallada con las nubes que custodian la noche eterna de Valhía.

En cuestión de segundos estoy serpenteando a través de los pies de aquellos que portan la túnica del cuervo.

Ellos siguen cantando mientras se concentran en leer las partituras que sostienen entre sus manos. Me concentro en buscar respuestas.

Percibo la mortalidad de los humanos y la sed de los vampiros.

Aquí no existe la diferenciación de los depredadores y el ganado, al contrario, todos están unidos por las cadenas de la fe.

Intento distinguir algo más allá de la temperatura de sus pieles, de la percusión de sus corazones o el tintineo de sus almas.

Y entonces lo siento, una presencia mucho más imponente que el resto, un aroma embriagador que me obliga a recordar el baile de unos labios que ansío.

El sabor de una sangre que ya he probado, la promesa de un futuro juntos y la traición del olvido.

El poder de un heredero de la corona de oro negro y rubíes, de un hijo de la estirpe Dynevor. El Maestro.