12
El caballo que he alquilado no es demasiado rápido.
Al menos la ruta hacia Torre Salamandra está más que allanada debido al paso constante de los carruajes.
Algo común en los pueblos abanderados de la corona de oro negro y rubíes, ya que las donaciones de sangre humana se llevan a cabo durante todo el año.
Me doy gracias a mi misma por haber decidido vestirme con el pantalón de cuero.
En ausencia de la niebla reglamentaria, suelo escoger vestidos ajustados para mis «escapadas» al exterior de la guarida.
Haber escogido un vestido significaría sentir incomodidad constante al utilizar la montura.
Más aún cuando me he visto obligada a hechizar la silla para que no se me duerman las nalgas durante el trayecto que dura tres horas.
La magia de las brujas del Continente de la Banshee funciona gracias a la energía de nuestras antepasadas.
Cuando las más poderosas, las que se convierten en nuestras líderes, mueren, sus huesos son consagrados en el suelo de nuestra guarida.
De esta manera nosotras podemos canalizar la esencia de ese ritual para elaborar hazañas dentro de un área de efecto.
Por ejemplo: teletransportarnos en los dominios de Plaguen, vestirnos con la magia o saciar nuestra sed con el maná del aire, entre otras muchas.
Es decir, durante mi estancia en Torre Salamandra, mis hechizos serán limitados.
Solo las mancias se quedan a mi lado por mucho que me aleje de la bendición de las brujas madres.
Algún día mi cuerpo también servirá para potenciar los poderes de otras brujas.
—¡Por Ilythia! ¿De verdad eres tú? —Malik abre la puerta sin ninguna gana, en cuanto sus ojos se clavan en mí, sus labios se abren en una señal de sorpresa—. ¿Mi hermana ha venido a verme? ¿No me digas que te han expulsado?
—Recuerdo haberte enseñado educación durante nuestra infancia. ¿Se te ha olvidado ser un caballero?
El silencio surge entre nosotros, lo hace durante unos segundos, después se rompe en mil pedazos.
Malik y yo empezamos a reírnos a carcajada limpia, lo hacemos como si nuestras simples presencias produjeran una adicción constante a la risa.
Así como la magia a veces me vuelve adicta, estar con mi hermano me hace tremendamente feliz.
Un sentimiento que se ha opacado por el peso de la responsabilidad de proteger a todo un reino.
—¿Y estos músculos? —Me jacto cuando me rodea con sus brazos y siento el resultado del trabajo duro.
—Ahora tengo un trabajo digno. —Sonríe él mientras me guía al interior de su hogar—. Nada de tráfico con sustancias ilegales o alianzas con organizaciones que atentan la seguridad del país.
—Me alegro de que le hayas encontrado el sentido a una vida honrada.
Malik suspira aliviado mientras se pasa la mano por su flequillo castaño.
Es la viva imagen de nuestro padre, con el rostro fino y los ojos grandes.
A pesar de que siempre he tenido el cabello rizado, herencia de mi madre, nuestros tonos de pelo han sido muy similares.
Al menos hasta que me escogió la magia y mi Marca de Bruja me tiñó el cabello de rojo.
—Y este es tu cuarto.
La casa de mi hermano no es demasiado grande, apenas tiene un par de habitaciones, un cuarto de baño sumamente limitado y una cocina tan humilde que ni siquiera cabe una mesa para sentarse a comer.
De alguna manera vivir en la guarida, bajo el palacio, me ha hecho acostumbrarme a las grandes estancias.
Agradezco que no tenga que quedarme aquí durante muchos días, sé que acabaría agobiándome.
—Quiero que conozcas a alguien. —dice Malik cuando estamos sentados en las escaleras de la entrada comiendo una patata asada que él ha preparado.
—Eso ha sonado a que te vas a casar —bromeo, pero debo de haber acertado porque mi hermano me mira boquiabierto.
—¿Cómo lo has sabido? —después baja la voz y susurra—. ¿Has utilizado tus poderes?
—Me estás tomando el pelo, ¿verdad?
Y volvemos a reírnos juntos. Malik admite que quiere que conozca al dueño del aserradero del pueblo. El señor Picsert ha sido un gran amigo para él desde que le dio un trabajo digno. Al final me acaba resumiendo su vida en Torre Salamandra.
La vida de mi hermano es completamente normal y cotidiana, algo que en el fondo envidio.
No tiene que preocuparse por la amenaza constante de los rebeldes, los necrófagos o las guerras entre estirpes.
Al contrario, sus noches están llenas de trabajo, música y buena cerveza.
No hay ninguna chica al frente, al menos ninguna fuera del Ángel del Amor .
Un edificio sin apariencia de burdel, donde las mujeres venden su cuerpo a cambio de pequeñas fortunas.
—¿Cuándo vas a asentar la cabeza?
—Pues son majísimas. Tendrías que conocer a Priscila, seguro que te cae genial.
—Quería ir a visitar la catedral, recuerdo cuando fuimos durante nuestra niñez. Tengo ganas de ver las estatuas a Santa Ilythia. ¿Siguen estando dentro no?
La verdad es mucho más alocada. Quiero ir al monumento principal del pueblo para buscar al cuervo que acecha mis sueños. Pero explicarle eso a Malik seria como hacerle entender a un perro que tiene que maullar en vez de ladrar.
—Sí, de hecho, los escultores están trabajando en nuevas representaciones de la diosa.
Han abierto una votación pública para ver que manto van a llevar durante la próxima temporada religiosa.
—Él habla con orgulloso, siente el pueblo como su hogar y de eso no cabe ninguna duda—.
¿Podrás venir a la Semana Santa? Torre Salamandra se llena de gente y hay música por todos lados.
Incluso la gente de las islas trae sus ofrendas de flores para pedirle a Illythia que le concedan sus deseos.
—Tiene que ser precioso, lo intentaré.
Malik y yo hablamos tanto que perdemos la noción del tiempo. Mi hermano acaba sirviéndonos una copa de plasma para alimentar nuestra bestia interior y evitar que el frenesí nos consuma. No soy consciente de la sed de sangre hasta que el rojo recorre mi gaznate y me revitaliza.
—Ten, por si te quieres comprar algo bonito. —Él deja caer una bolsa con monedas sobre mis manos—. Volveré a casa en la cuarta campanada. Intenta no usar tus poderes en público, ya sabes que aquí no son muy fanáticos de las brujas de Plaguen.
—Lo sé, lo sé… nada de escobas ni gorros de ala ancha.
—¿Os ponéis eso de verdad? —La ignorancia de Malik me hace quererle de manera infinita.
—¡Qué va! Solo llevamos una túnica con velo que nos hace parecer fantasmas de carnaval.
—Tú solo intenta no caminar por el techo cuando llegue a casa. Como te vea girando la cabeza trescientos sesenta grados me va a dar un infarto.
El sonido de las risas sustituye los adioses de nuestra despedida. Malik vuelve a causar este efecto en mí, el de que me duela la boca de tanto reír. Él asegura que aquí la gente le aprecia mucho, no me extraña, es de esas personas que, cuando le conoces, se convierte en indispensable.
Camino tranquila a través de las calles empedradas del pueblo.
De todas las aldeas del Continente de la Banshee esta es la que más representación artística tiene.
Los escritores, pintores y críticos tienden a visitarla por el gran contenido histórico que se impregna en sus edificios.
Plaguen es una ciudad que se podría considerar nueva en comparación con la antigüedad de Torre Salamandra, incluso se cree que Illythia pasó aquí la gran mayoría de su existencia antes de convertirse en la eternidad de nuestra especie.
Los más devotos bajarían a las catacumbas de la Corte de la Noche solo para ver al Antiguo con sus propios ojos, aunque eso significara morir en el intento.
Les da igual, para la gente religiosa el primogénito de la diosa es la representación física de que la fe tiene sentido.
Para ellos él será nuestro salvador cuando más lo necesitemos, y no le falta razón, lo que no saben es que si el Antiguo saliera del Hall de la Sangre cambiaría todo lo que conocemos.
La Tríada siempre nos contó que los poderes de nuestro ancestro son tan destructivos que no quedaría nadie con vida en caso de que él interfiriera en nuestros asuntos.
—Aquí es. —comento observando a la salamandra gigante y petrificada que rodea la torre más alta de la catedral—. ¿Dónde estás amigo?
Estudio cada una de las figuras esculpidas en la fachada del edificio.
En su totalidad son representaciones históricas del pasado de nuestra raza.
La llegada de Illythia creando el mundo que conocemos, el nacimiento de su primer hijo o el castigo del fatum por habernos sublevado a sus normas.
Eso es lo que cuentan los libros que predican los sacerdotes de la diosa, las consecuencias de nuestras ansias de poder.
—Perdón —pronuncio en el momento en el que provoco que una anciana choque conmigo cuando me detengo en seco.
—Anda con más cuidado, joven. Estás en la calle principal.
—Sí, sí, disculpe.
Me tengo que apartar para dejar pasar la procesión de gente que acuden a la plaza, junto a la catedral, para montar las carpas que darán pie al mercado que empezará en unas horas.
Cada minuto allí significa percibir el aroma de la carne recién hecha, las manzanas dulces o las velas aromáticas.
Por no mencionar la gran variedad de quesos o panes horneados que atraen la atención de los más exquisitos.
Tengo que alejarme más para poder percatarme de todos los detalles de la fachada de la catedral.
Hay aves volando entorno a las farolas que iluminan el lugar, en su totalidad palomas y golondrinas nocturnas, ni rastro de ningún cuervo.
Suspiro abrumada, estoy a punto de dar mi misión por fracasada cuando mis ojos se abren de par en par para asegurarse de que lo que están viendo es real.
Varias figuras caminan hacia el interior de la catedral, tres individuos ataviados con una túnica negra con capucha.
Sé que son los sacerdotes de Santa Illythia, pero lo que llama mi atención es ver que tienen un cuervo bordado en sus capas.
Sin otra pista a la que seguir tomo la iniciativa de ir hacia ellos.
Me sacudo el cabello rizado mientras me concentro en no levitar para acelerar mi paso.
Este pueblo es un lugar precioso, antiguo y lleno de arte.
Pero también oculta una oscura historia.
Un conflicto entre brujas y sacerdotes, una guerra religiosa que conllevó a que la corona de oro negro y rubíes sentenciara la prohibición de las mías en los lugares sagrados de los devotos a la diosa.
Por eso, si alguien utiliza las mancias bajo el amparo de Santa Illythia acabará siendo expulsado de Torre Salamandra por toda la eternidad.
Y no quiero eso, no ahora que tengo que encontrar a un cuervo que me devuelva lo que se supone que he perdido.