Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 11
16%

11

—¿Cuántas hay? —pregunto nerviosa mientras me niego a separar mis ojos del portal. Siento que, si dejamos de mirarle, puede desaparecer.

—Doce… —responde Yleth al cabo de unos segundos—. ¿Las mancias?

—Son trece. —Nuestras mentes empiezan a divagar—. Las diosas no pueden ser porque son tres y su descendencia tampoco.

—Descendencia… ¿Y si hace referencia a los dones que han ido heredando las familias reales de la noche eterna?

—¿Te refieres a los poderes que ha asimilado el Antiguo? —Ella me responde con una pequeña melodía—. Los Ilia detectan mentiras, los Shayk controlan animales, los Hadid telekinesis,…

—Los Cárpasot la piel endurecida, los Dynevor el control mental… —secunda ella intentando llegar al final de todo esto—. Los Lient el sentido de los vínculos, …

—Podríamos estar así todo el día… no creo que sea eso.

Mirar al portal durante tanto tiempo me hace imaginar cómo se contrae, palpita o incluso reduce su tamaño. Pero es simplemente eso, mi percepción, lo tengo claro porque cuando parpadeo y descanso la vista vuelve a la normalidad.

—¿La ashlaxmancia despertó primero en ti no? —Yleth se niega a irse del templo sin aprobar el examen que la magia nos está poniendo.

—¿Cómo?

—Responde rápido, por favor. —Su voz se torna frívola mientras escucho como sus botines resuenan de un lado a otro—. Primero la ashlaxmancia y luego la akathmancia ¿no?

—Sí, fuego y sombras. —Y no puedo evitar repetirlo desesperada—. Fuego y sombras.

—Entonces esto tiene que ser nolmancia, este tualmancia y este otro valmancia.

—¿De qué estás hablando?

—He metido uno de mis mechones en la luz púrpura y se han encendido otras tres.

Me giro sorprendida para comprobar que Yleth dice la verdad.

Hay cinco runas encendidas como lumbres en el hogar.

El púrpura lo cubre todo haciendo que la mesa flotante palpite el poder más ancestral jamás visto.

Aunque la magia se haya enmudecido en mi interior, me siento observada, como si alguien estuviera poniéndonos a prueba.

Una sensación que se aleja demasiado de la que siento cuando estoy frente al Antiguo de Ilythia.

Eso es, lo que se mantiene encerrado en este templo es una presencia divina, el alma de la diosa.

—Ves, esto forma parte de mí —dice ella mientras toca las runas que se han encendido al contacto con su cabello.

La magia fluye desde la mesa flotante hasta su piel. Cuando lo hace, sus ojos centellean rojos haciéndole recuperar su naturaleza inmortal, al menos durante unos segundos.

—Agua, tiempo y belleza. —Después señala las otras dos runas encendidas y añade—. Toca las tuyas, la sensación es espectacular.

Yleth se descubre como alguien sumamente inteligente.

Ha descifrado el secreto de las runas sin ningún tipo de esfuerzo.

Sin duda podía haber sido una bruja excepcional, una maestra del aquelarre, un ejemplo para las futuras nuevas alumnas.

Pero ella tuvo que elegir otra vida, una mundana y corriente lejos de las responsabilidades de nuestra naturaleza.

Estiro mis dedos para acariciar la inscripción que se supone que pertenece a la mancia de fuego.

A ella no le falta razón, la sensación es placentera, como una corriente eléctrica que me hace sentir invencible.

Siento mi inmortalidad recorriendo cada uno de los poros de mi piel, es algo nuevo para mí, como si recuperara algo que siempre me ha pertenecido.

Mantengo una mano en la inscripción de fuego para colocar la otra en la de sombras.

En el mismo instante en el que lo hago la vista se me nubla y los músculos se me entumecen.

—Estás incompleta, Kathleen Strauss —Una voz misteriosa susurra palabras que consiguen erizarme la piel.

—¿Has escuchado eso?

—¿El qué?

—El viento está susurrando…

—Por favor… ¿Tienes que resaltar continuamente?

Soy un canal para la magia. Como una tubería a través de la cual el poder más puro se transforma en una corriente imparable. El puente entre dos puntos imposibles de cruzar de otra manera. La lupa de un faro con la capacidad de intensificar las llamas en su aceite.

—Lo digo ense… —Pero antes de que pueda hablar siento una respiración cerca de mi oreja.

—Recupera lo que es tuyo, Kathleen Strauss. Encuentra al cuervo antes de que el mundo se precipite a su fin.

El terror me obliga a separar las manos y acallar los susurros del viento.

Sea lo que sea lo que se mantenía invisible, ha desaparecido.

Yleth me mira con una mezcla entre confusión y molestia.

Yo me limito a intentar recuperarme de la fatiga que me ha producido entrar en contacto con la mesa rúnica.

La magia es un elemento salvaje que, de no controlarlo, se puede desbordar destruyendo todo a su paso. Esa es una de las primeras enseñanzas de las brujas madres, si dejas que el poder te domine lo primero que se fragmenta es la carne. Por suerte para mí he cerrado el canal a tiempo.

De pronto el templo se sacude, la mesa flotante vuelve a ascender convirtiéndose en una bóveda repleta de runas. No hace falta decir nada para saber que tenemos que cruzar el portal antes de que se cierre.

—¿Te has vuelto loca? —pregunta Yleth cuando nuestras botas se posan sobre los adoquines de la Plaza de Ilythia—. ¿Qué acaba de pasar?

No hay nadie alrededor, nadie que se haya percatado de nuestro combate, del portal que nos ha absorbido y menos aún de nuestro regreso. Volvemos a ser inmortales, vampiras y brujas. Nuestra naturaleza se ha reconstituido y con ella todo nuestro poder.

—¿Qué significa esto? —pregunto cuando me doy cuenta de que hay una pluma mágica entre mis dedos.

—El templo quiere que volvamos. —comenta ella con otra idéntica en su posesión—. Por eso nos ha dado la forma de regresar.

—Escucha, Paquin. —Mi corazón se acelera cuando recuerdo las advertencias de la presencia—. Tengo que marcharme, pero volveré en unos días. Intenta no volver sola.

—¿Quién te crees que soy? —Yleth suelta la pluma dejando claro que no quiere formar parte de todo esto—. Que se encarguen tus hermanas.

De pronto ocurre, el objeto púrpura regresa a sus manos recorriendo el mismo trayecto que ha seguido durante su caída. Ella se lo guarda en el bolsillo, recoge sus telas del suelo y se gira con una  sacudida de cabello. Después se marcha, lo hace sin despedirse.

—Nos veremos pronto—murmullo a tiempo de dirigirme al Corcel Chillón para alquilar una montura que me lleve hasta Torre Salamandra.