10
El miedo se apodera de mí y me obliga a gritar palabras que no sé si siento de verdad.
Cuando la supervivencia pende de un hilo, cualquier apuesta es válida para poder ganar el juego.
En esta partida no había cartas que valieran para llevarse el bote, lo único que quedaba era aferrarse al comodín, el mío: Yleth Paquin.
Todo cambia a nuestro alrededor cuando el portal nos hace aparecer en un lugar desconocido.
Grandes columnas de piedra gris con acabados en dorado sostienen una bóveda circular llena de inscripciones rúnicas.
Desconozco el dialecto, incluso empiezo a dudar si puede tener algún tipo de interpretación. No importa, estamos vivas.
—¡¿Qué es lo que has hecho?! —Yleth intenta incorporarse mediante la levitación, pero se da cuenta de que aquí la magia no está permitida—. ¿Dónde me has traído, Strauss? ¿Esto es lo que llevas buscando todo este tiempo verdad? Pues felicidades, me acabas de arruinar la vida.
—Espera, espera… —respiro hondo, cierro los ojos y me concentro en mantener la cordura.
Soy una de las brujas de la Tríada, no puedo perder el control, otra vez no.
Me levanto, camino hacia ella y estiro mi mano para ayudarla—.
Encontré una pluma mágica, he intentado estudiarla, pero no he sacado nada en claro.
Ahora sé que guardaba más secretos de los que podía esperar.
Yleth se niega a aceptar mi ayuda para ponerse en pie. En cuanto lo hace se sacude el cabello y alza la barbilla orgullosa. Me fulmina con la mirada, por mucho que rechace hacerlo, no le queda otra opción que creerme.
Nos dedicamos a mirar todo lo que nos rodea buscando las respuestas que se ocultan entre los designios de una magia que no conocemos.
El suelo es de mármol plateado con líneas que surgen de todos lados para converger en el círculo interior.
Tengo claro que no es una guarida de brujas, una sala de ritual o una estancia para reuniones.
Lo peor de todo es que no huele a nada, no hay ningún detalle que nos ayude a saber dónde estamos.
La luz proviene de farolillos anclados a cada una de las columnas, no hay nada que se oculte en las sombras porque no hay cabida para ellas.
—Estamos en un templo. —comenta Yleth descifrando las formas que nos rodean—. No se diferencia mucho de la iglesia de Plaguen o el monasterio de Ninfa Oscura.
—¿Un templo a quién? —intento levitar por inercia, lo hago olvidando que no se puede utilizar magia aquí. Me limito a señalar las runas del techo y pregunto—. ¿Reconoces alguna?
Yleth niega con la cabeza. Nos centramos en encontrar alguna puerta, alguna señal que nos diga qué es lo que debemos hacer.
Por primera vez en mi vida siento mi poder apagado, mudo, peor aún, inexistente.
Sé que soy una inmortal del Continente de la Banshee, pero aquí me siento desarmada, inútil, humana.
—¿Tienes sed? —pregunto intentando extender dos colmillos que no me obedecen—. ¿Puedes activar el fulgor rojo de tu mirada?
—No, no,… ¿Qué está pasando? —Yleth entra en pánico mientras se da cuenta de que nuestra naturaleza sobrenatural ha desaparecido—. ¡¿Qué me has hecho?!
La histeria se apodera de ella y le incita a acercarse hasta a mí y empujarme.
Ella nunca ha sido violenta, si me ha estado golpeando minutos antes es porque se ha sentido atacada por mí.
Es más, Yleth siempre ha sido una de esas chicas que prefiere no mancharse las manos con nada.
Pero la desesperación ha tomado el control de su cuerpo y su frustración se centra en mí.
—Tienes razón… —pronuncio recuperando el equilibrio tras su golpe—. Soy la culpable de que estemos aquí. Si no te hubiera provocado la pluma no hubiera colapsado en un portal.
—Kathleen, eres imposible —Ella me mira sin entender a donde quiero llegar.
Pero se equivoca, no tengo ninguna intención de hacerla daño o ponerla en peligro. Lo único que pretendo es comprender qué es lo que nos está pasando. Yleth suspira, pone los ojos en blanco y se acaricia el cabello para relajarse.
Me quedo mirándola mientras ella se mueve por el lugar enredando sus dedos en los mechones de color rosa salmón.
La chica siempre ha resaltado por su atractivo natural y su melena perfecta, por no mencionar la longitud de su pelo, que le llega hasta la cintura.
Sin darme cuenta doy la primera puntada en el bordado de un velo lleno de misterios.
—El pelo…
—¿Qué has dicho? —Se gira de golpe, espera a que me meta con ella para atacarme de nuevo. Pero no lo hago, al contrario, le doy un buen motivo para creer en mí.
—¿Qué es lo que pasa cuando la Chispa despierta en una bruja?
—Que todo a su alrededor se torna caos.
—No, Yleth. Cambia su apariencia física —Ella abre la boca en sorpresa y después sonríe aliviada.
Cuando una vampira es elegida por la magia se produce lo que nosotras llamamos la Chispa.
Un acontecimiento místico en el que la inmortal pasa a ser una bruja.
La Tríada siempre nos ha dicho que es la forma que tiene la hechicería para llegar a nosotras.
A veces ocurre sin más, un día como otro cualquiera.
Pero en muchas otras ocasiones la magia nos envuelve cuando más la necesitamos.
Es entonces cuando se da el cambio de apariencia y recibimos una Marca de Poder.
La mayoría de nuestras hermanas tienen una peca o un lunar que resplandece púrpura cuando hacen uso de su poder.
Pero hay otras cuya marca les delata desde el mismo instante en el que empieza su nueva vida.
Tal y como ocurrió con Paquin y conmigo, que disponemos de colores de cabello pocos comunes en la sociedad de la noche eterna.
Por eso Yleth se relaja, porque su cabello sigue de color rosa salmón lo que significa que la magia no le ha abandonado.
Al contrario, sigue con ella, muda, pero a su lado.
Lo primero que hago al verla sonreír es asegurarme de que mis rizos siguen siendo rojos intensos.
Como diría Cirigh de Laneth, del color de las anémonas de fuego.
—Aquí hay algo. —comenta ella al percatarse de que, allí donde todas las líneas doradas del suelo convergen en círculo, hay una pequeña apertura del tamaño de un anillo. Yleth me mira, sonríe y cruza sus brazos—. ¿Te sientes culpable verdad?
—Sí… y lo siento —Sin querer caigo en su trampa.
—Pues mete el dedo, sácanos de aquí y date por perdonada.
Mis labios sueltan una bocanada de aire mientras me doy cuenta de que no va a cambiar su forma de ser ni, aunque aparezcan diez necrófagos en la sala. Hago lo que me pide, no por su perdón, sino porque creo que es la única forma de encontrar respuestas.
En el momento en el que lo hago siento un chispazo recorriendo mi piel.
Aparto el dedo lo más rápido que puedo, emito un pequeño quejido y miro a Yleth con la esperanza de que haga algo para ayudarme.
Pero no lo hace, al contrario, sigue de brazos cruzados mientras espera a que continúe con la función.
—Corriente eléctrica…, magia… —Las deducciones se dibujan en mi mente empujadas por la esperanza de que lo que estoy diciendo tenga sentido—. Cuando dos brujas nos tocamos sentimos la descarga de nuestro poder.
Yleth se aclara la garganta indicándome que no quiere perder más el tiempo. No la culpo, ha dejado a los nuevos stokers sin supervisión. Ninguna de las dos esperábamos aparecer en donde quiera que estemos. Entonces deduzco la solución a este acertijo que nos mantiene presas.
—¡Ya sé! Necesitamos algo mágico. ¿Ves algo que nos pueda servir?
—Oh, sí… —Ella finge sorpresa, lo hace tan bien que casi caigo en su engaño—. Lo más mágico que veo aquí eres tú, Kath. Una de las brujas de la Tríada. ¿Qué va a haber más mágico que eso?
—¡Eso es! —celebro con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Eres tan lista!
—Oh, venga… déjate de bromas.
—No, lo digo enserio. —Me agarro uno de los filamentos rojos y tiro de él—. Nuestros cabellos siguen siendo nuestras Marcas de Bruja, lo único mágico que hay aquí.
El rizo se introduce a través del anillo dorado con total facilidad, el agujero lo absorbe con la misma potencia con la que el portal nos arrastró hasta aquí.
De repente surge una luz de color intenso y morado.
El rayo se clava en las runas, de la bóveda del techo, y estas empiezan a brillar del mismo color.
El dialecto desconocido empieza a moverse haciéndonos creer que va a volverse legible, pero eso nunca ocurre.
El baile de las runas me embelesa y me fuerzan a intentar entenderlas.
—Atrás —comenta Yleth agarrándome del brazo y obligándome a retroceder.
En ese preciso instante me doy cuenta de que el techo está bajando hacia nosotras.
No, no es eso, es la bóveda la que empieza a descender arrastrada por magia de levitación.
Miro hacia todos lados intentando buscar a la bruja que está utilizando la telekinesis para poder realizar el truco, pero no hay nadie, solo estamos Paquin y yo.
La plataforma rúnica encaja perfectamente con el anillo y la luz morada que forma el rumbo de su vuelo.
Nos damos cuenta de que ha formado una mesa mística.
Una piedra redonda sujeta por el flujo de poder constante que surge del suelo para anclarse en el techo.
Sobre ella no solo están las inscripciones si no que ha aparecido una pluma muy similar a la anterior.
—¡Por la diosa! —Se me escapa entre los labios mientras la cojo entre mis manos y sonrío aliviada—. Ya podemos volver a casa.
Yleth suelta una bocanada de aire, se acerca a mí y acaricia el objeto sintiendo el flujo de magia que recorre cada milímetro de su superficie. Por fin está pesadilla se ha terminado, un sueño que ha sido fugaz y al que no tenemos que volver jamás.
—¿Y cómo vamos a activarla? No podemos lanzarle ningún hechizo —pregunta ella confundida.
—Ya está recargada —respondo advirtiendo las constelaciones infinitas, son mucho más numerosas que la primera vez—. Creo que si la partimos provocaremos que se abra el portal.
Espero la aprobación de la chica para gastar nuestra última carta.
Y así es como ocurre, en el momento en el que rompo la pluma, la magia surge de una manera controlada.
Las estrellas salen disparadas del firmamento púrpura y vuelan por el templo en forma de luciérnagas arcanas.
Las criaturas revolotean alrededor de las columnas, los faroles, e incluso de nosotras.
Se meten debajo de nuestras capas para después explotar perfectamente acompasados en magia pura.
En un abrir y cerrar de ojos se abre un portal cuyas vistas proyectan las calles de Plaguen.
Esta vez no nos absorbe, al contrario, espera paciente a que nosotras entremos por voluntad propia.
Y estamos a punto de hacerlo, y quizá deberíamos haberlo hecho, pero Yleth vuelve a abrir la boca y pronuncia:
—¿Por qué hay dos que brillan más que el resto?
Ella demuestra ser mucho más observadora que yo.
No le falta razón, de todas las runas que se disponen sobre la mesa, hay dos que resplandecen con más intensidad que las otras.
Cierro los ojos sintiendo el peso de la curiosidad y las ansias por descubrir la verdad.
Desde que la Chispa nos convirtió en brujas hemos comprendido que las cosas pasan por una razón, y está claro que algo o alguien quiere que Yleth Paquin y yo estemos aquí ahora.